Providence, de Alan Moore y Jacen Burrows: el Watchmen de lo lovecraftiano

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Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

El siglo XXI ha traído una oleada de cómics basados o inspirados en Lovecraft. Tenemos el estupendo Fatale de Brubaker, en el que mezcla mitología lovecraftiana con novela negra. También El velo de Gabriel Hernández y El Torres, Nameless de Grant Morrison o adaptaciones de relatos tal cual, como el que hizo Culbard de En las montañas de la locura. Alan Moore empezó a dar su versión de las obras de Lovecraft en su Neocomicon (junto a Jacen Burrows), cómic del que ya hemos hablado aquí. Podemos decir que el cómic del que vamos a hablar, Providence, realizado también con Jacen Burrows a los lápices, es la continuación de la historia. En España nos llegó toda la historia en tres tomos de Panini.

Como alguna vez hemos comentado la gente de este sacrosanto blog, es posible que Edgar Allan Poe fuera más elevado literariamente que Lovecraft pero el que ha conseguido saltar a otros medios y no parar de hacerlo pasen los años que pasen es Lovecraft. No sólo el juego de rol clásico de La Llamada de Cthulhu es uno de los que salen siempre entre los mejores en todas las encuestas, es que la cantidad de videojuegos que se basan directamente en Lovecraft o lo homenajean desde Occidente a Japón es enorme y constante, incluso hoy. En productos, hay que decir, de producción con muchos medios y con muchas ventas. Es decir, que no hablamos de cosas ocultas y casi desconocidas por el aficionado a videojuegos medio. Lovecraft siendo posiblemente peor escritor ha conseguido trascender muchísimo más a nivel popular, seguramente por el trasfondo filosófico e ideológico de su obra que es a día de hoy incluso perfectamente compatible con el espíritu de la época en que vivimos.

Alan Moore empezó con Lovecraft por cuestiones alimenticias: hizo realmente el cómic Neocomicon para pagar impuestos. Desde allí retomó los mitos de Lovecraft incidiendo en los aspectos menos tocados en sus obras, entre ellos la casi total ausencia del sexo que solo aparece como una práctica sucia que realizan de forma depravada seres de distintas especies o el racismo poco disimulado de más de uno de sus relatos. También está la desconfianza hacia las cosas modernas, de las mezclas entre personas muy distintas o la desconfianza casi patológica hacia la mujer. Algunas de estas obsesiones serían compartidas con amigos suyos como el famoso autor de Conan, Robert E. Howard. Hace un cómic poco convencional sobre Lovecraft, usando de hecho una trama que tiene que ver con lo sexual y que pasa más de puntillas por las obsesiones reaccionarias del autor.

Pero en Providence vamos varios pasos más allá. Alan Moore da la sensación que percibe lo que hemos comentado anteriormente: la capacidad de lo lovecraftiano para reproducirse en videojuegos, juegos de rol, peluches o juegos de mesa exitosos año tras año década tras década es sorprendente. La base del cómic es esa: Alan Moore usa esa capacidad casi única de Lovecraft para expandirse popularmente para contar una historia. O varias. Porque aunque todo empieza con un periodista homosexual intentando escribir un libro que trate de la historia oculta de los Estados Unidos el relato trata de varios temas.

Y el cómo se tratan es clave. El dibujante, Jacen Burrows, prácticamente clava o repite la forma de narrar gráficamente de Watchmen. Las composiciones de las páginas, la simetría de viñetas para contar cosas distintas en las que se tratan de hacer paralelismos, las viñetas acercándose poco a poco a los personajes o alejándose desde un punto fijo mientras se desarrolla una conversación, el foco en un elemento más o menos inocuo mientras conversaciones importantes se están desarrollando: todas las herramientas de narración gráfica recuerdan a lo que hizo Dave Gibbons en su día. Incluso podríamos afinar y decir que incluso más de un modelo de personaje recuerda a aquellos. Hay que decir que la atmósfera conspirativa y la sensación de que algo realmente terrible está corriendo por detrás de la historia que vemos directamente es realmente parecida. Lo es hasta el punto que se ha vuelto al juego especular de Watchmen, haciendo que la primera página de la historia y la última sean las mismas, por poner un ejemplo de tantos.

Todo lo anterior va unido a que hay fragmentos de los diarios del protagonista entre capítulo y capítulo. Notas manuscritas sobre lo que hemos visto en el cómic o pensamientos suyos al respecto. A través de dichos diarios Alan Moore nos habla de la necesidad del protagonista de crear una novela que hable de la historia oculta de los Estados Unidos, llevándole a conocer a conocidos ocultistas, expertos en sectas y demás. Nos habla, y esto es lo apasionante, cómo su homosexualidad tiene que ser expresada de algún modo y el modo más fácil de hablar de ella sin tener consecuencias sociales serias es a través de dicho libro que quiere escribir, usando la metáfora de los Estados Unidos “ocultos” o “silenciados”…para darse cuenta enseguida de lo peligroso y evidente que puede ser. A través de dichos fragmentos vamos viendo sus pensamientos sobre los problemas a la hora de escribir un libro: el problema del planteamiento, de las obvias trampas y fallos que vas encontrando al imaginar posibles argumentos, algunas reflexiones sobre qué da realmente más miedo al lector y la forma de exponerlo, etcétera. Es un relato literario sobre la propia literatura de terror, confrontando el estilo de Bram Stoker y su Drácula con enfoques menos convencionales.

Alan Moore hace deambular al protagonista por casi todo el universo lovecraftiano. Es decir, que en el universo del cómic todos los relatos de Lovecraft están pasando a la vez. El protagonista irá conociendo de primera mano, al investigar sobre posibles cultos o cosas sobrenaturales que le ayuden en su libro, a muchos de los protagonistas de los relatos de Lovecraft, sin saber, por supuesto, quienes son ni qué lógica hay en todo ello. El lector de Lovecraft los reconocerá al instante, así como los muchísimos detalles a veces insignificantes como los comentarios de unos lugareños en autobús sobre algo que están viendo por las ventanas. El terror aquí, además de poner alguna escena abiertamente sobrenatural, viene en gran parte por todo ese enfoque indirecto, esa extrañeza que el protagonista va conociendo y que el lector conoce mucho mejor al saber de qué se está hablando en cada parte.

Podríamos decir que la narrativa a lo Watchmen trata de crear un mundo ordenado en el que las diversas historias de Lovecraft suceden en el mismo mundo y en los mismos momentos, siendo Alan Moore un arquitecto que trata de poner un orden en todo el caos de historias y que trata de darles un sentido último. De nuevo es otra herejía filosófica para Lovecraft, tan amante de la idea de que el universo es un caos sin sentido cuyo intento de conocimiento o sistematización solo puede llevar a la locura, la degeneración moral o la muerte. El protagonista sufrirá a través de todo este camino iniciático por la realidad lovecraftiana de muchos y espantosos modos, lo cual incluirá conocer al mismísimo Lovecraft en persona, que es tratado de una manera muy creíble por Alan Moore. El contacto entre el protagonista y el autor de Providence es lo que desencadenará la finalización del cómic, sobre todo sus conversaciones y su conocimiento mutuo. Tras las conversaciones de aspectos literarios o de temáticas hay mucho más, todo el sentido último que Alan Moore ha encontrado en la capacidad de Lovecraft de tener éxito en otros campos décadas y décadas después de estar muerto. Capacidad aterradora, si tenemos en cuenta que es Alan Moore el que explícitamente nos habla de esos peluches o juegos de mesa que tan bien se venden actualmente como parte de algo terroríficamente mayor. Es una genialidad usar el éxito actual en otros campos de Lovecraft como parte del sentido de cosas escritas por él hace tantísimo.

El final recupera aspectos del cómic Neocomicon, sin el cual me temo que el final de este comic puede empezar siendo confuso, para acabar del único modo posible visto lo visto y leído lo leído. Alan Moore y Jacen Burrows han hecho para lo lovecraftiano lo que Alan Moore y Dave Gibbons hicieron para lo superhéroico. Lo han deconstruído, han destilado las esencias de sus partes que menos se han tratado y han construido un modo distinto y un enfoque muy particular y fuera de lo habitual para contar sus historias, incluso hasta cierto punto siendo sacrílegos con los fundamentos de lo que se está hablando. Es un cómic, me temo, que es complicado que fuera de los aficionados a la obra de Lovecraft pueda ser apreciada o entendida en toda su grandeza, al fin y al cabo muchísima de la habilidad u originalidad mostrada es en referencia a muchos de sus relatos. No es un cómic universal ni pretende serlo, pero es apasionante y una obra de ingeniera creativa maravillosa.

Sed felices.



el autor

Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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