Hoy revisitamos El Lago Azul (1980), la historia del despertar sexual entre dos adolescentes en una isla desierta que, dirigida por Randal Kleiser (Grease), catapultara en su momento la carrera de Brooke Shields y constituyera un éxito cinematográfico aun sin la aprobación de la crítica.
Bienvenidos sean a un nuevo retro-análisis, hoy para hablar de El Lago Azul (The Blue Lagoon, 1980), película de Randal Kleiser que, conocida en América Latina como La Laguna Azul, constituyó al despuntar los ochenta un éxito mundial de taquilla que cautivó muy especialmente al público juvenil y adolescente, además de lanzar a la fama a Brooke Shields con solo catorce años de edad.
El filme está basado en la novela homónima de 1908 escrita por el irlandés Henry De Vere Stacpoole y no es, por cierto, la única ni tan siquiera la primera adaptación que ha tenido, existiendo dos antecedentes fílmicos de 1923 y 1949 y, previo a ello, una adaptación teatral de 1920.
Además de ser un éxito editorial y gozar de buena recepción por parte de la crítica, la novela fue irreverente para su tiempo al abordar como tema central el descubrimiento sexual entre dos adolescentes en un contexto paradisíaco y con más que obvias referencias al Génesis bíblico y, puntualmente, a la historia de Adán y Eva.
Igualmente exitosa fue la primera adaptación cinematográfica que, muda y en blanco y negro, fue estrenada en 1923. Dirigida por el sudafricano Dick Cruikshanks (en realidad británico para la época), fue en su momento una gran producción al ser rodada justamente en Sudáfrica y en una isla desierta cercana a Mozambique. Por desgracia, la cinta ya no sobrevive y se considera perdida, pues un incendio destruyó en 1936 la única copia que seguía existiendo.
También británica fue la versión fílmica de 1949 que, dirigida por Frank Launder y rodada en Fiyi, significó nada menos que el debut cinematográfico de Jean Simmons. Debido a la vigente censura en Estados Unidos del Código Hays, se debieron hacer varios cambios sobre el material original si se quería estrenar la película allí. No podía haber desnudos ni escenas de sexo, como tampoco los protagonistas ser parientes entre sí, lo que se buscó compensar con una trama de intriga y la película fue, de todos modos, otro éxito de taquilla.
Para finales de los setenta, Randal Kleiser venía de un increíble suceso con Grease (1978), que recaudó casi 400 millones de dólares con solo seis de costo. Hacía ya un tiempo que había leído La Laguna Azul y estaba encantado con la novela. Presentó el proyecto a Columbia y consiguió la financiación, haciéndose él cargo no solo de la dirección sino también de la producción.
El guion fue encomendado a Douglas Day Stewart, de experiencia hasta allí mayormente televisiva, y la fotografía al experimentado catalán Néstor Almendros, quien se había desempeñado en el cine europeo junto a insignes directores como François Truffaut y Barbet Schroeder antes de entrar en lleno en Hollywood con Días de Gloria (1978), Camino al Sur (1978) y la oscarizada Kramer vs. Kramer (1979).
La música quedó en manos del gran Basil Poledouris, que ya tenía una década de experiencia a cuestas en bandas sonoras, pero no había dado aún el gran salto que daría en los ochenta con algunas icónicas e inolvidables como Conan el Bárbaro (1982) o Robocop (1987).
La elegida para el papel de Emmeline fue Brooke Shields que, con solo catorce años de edad, venía teniendo una carrera como modelo desde los once meses (!!!) y como actriz desde los cinco años con la versión televisiva de Después de la Caída (1974), de Arthur Miller. Pero el papel con el que más diera que hablar fue sin duda el que con doce años interpretó en La Pequeña (Pretty Baby, 1978), filme de Louis Malle con que levantó polémica dando vida a una prostituta infantil. Como dato curioso, se quedó con el papel de Emmeline pasando por encima de Jodie Foster (así como de Kelly Preston), lo que había ocurrido también en La Pequeña.
Por su parte, Christopher Atkins, quien consiguió el papel de Richard, era un instructor de navegación a vela que contaba ya dieciocho años y que se presentó al casting alentado por un amigo y sin ninguna experiencia actoral detrás, siendo por lo tanto El Lago Azul su debut en ese terreno.
William Daniels, que en la película da vida al padre del anterior y tío de Emmeline, acreditaba ya una larga trayectoria, siendo probablemente su personaje más recordado el de El Graduado (1969), donde encarnaba al padre del personaje interpretado por Dustin Hoffman. Y Leo McKern era un prestigioso actor australiano que había estado junto a los Beatles en Help! (1965) y actuado asimismo en Las Sandalias del Pescador (1968) o La Profecía (1976), solo por citar ejemplos.
Rodada mayoritariamente en Fiyi (al igual que la adaptación de 1949) y, más específicamente, en la paradisíaca isla Nanuya Levu entre junio y octubre de 1979, El Lago Azul llegó a los cines el 20 de junio de 1980.
La Historia
Comenzamos con un buque de vela navegando el Océano Pacífico a bordo del cual, con destino a San Francisco, viajan Arthur Lestrange (William Daniels) junto a su pequeño hijo Richard (Glenn Kohan) y su sobrina Emmeline (Elva Josephson), de nueve y siete años respectivamente. La niña viene de perder a ambos padres y el niño a su madre, aunque no sabemos hace cuánto o en qué circunstancias.
Un banco de niebla envuelve a la embarcación en el preciso momento en que se declara un incendio y, entre la confusión, Arthur sube a un bote salvavidas y los niños a otro en compañía de Paddy Button (Leo McKern), el cocinero de a bordo que solo instantes antes estuviera a punto de zurrarlos por andar husmeando entre sus fotografías de mujeres desnudas. Perdiendo todo contacto con el resto, estos últimos navegan prácticamente a la deriva y, cuando están a punto de desfallecer, tienen la suerte de encontrar una isla deshabitada en donde instalarse.

Paddy termina siendo para ellos prácticamente un padre a pesar de su carácter rústico y se encarga de protegerlos, muy especialmente, al descubrir que al otro lado de la isla hay señales de presencia temporal de nativos de una isla vecina que practican rituales de sacrificio, como evidencian las calaveras y osamentas que pueblan el lugar. Por tal razón, les prohíbe expresamente dirigirse allí.
Juntos construyen una improvisada cabaña y son casi una familia, pero Paddy tiene problemas con la bebida y, entre los enseres rescatados del barco, además de un baúl, hay un barril de ron. Ambos parecen eternos, porque del baúl no paran de sacar cosas y el barril jamás se agota por mucho que del mismo haga el cocinero uso y abuso. Sea por alcoholismo o vaya a saber por qué (tampoco se aclara), Paddy termina falleciendo y ello deja a los niños devastados y solos en la isla.
Desde ese momento, la película recorre el crecimiento de Richard y Emmeline, a quienes vemos, ya adolescentes, encarnados respectivamente por Christopher Atkins y Brooke Shields. Con sorprendente habilidad, él construye una vivienda mejor que, mejor que la anterior, sería envidia de más de un morador de barrio privado, mientras se dedica a cazar peces o recolectar frutas de una isla increíblemente pródiga para las dimensiones que tiene.
A partir de ese momento, el centro de la historia y eje de la película tiene que ver con el crecimiento de ambos jóvenes y, especialmente, el despertar sexual en la medida en que se van descubriendo a sí mismos mientras sus cuerpos, sobre todo el de ella, van cambiando de un modo que no llegan a entender, pero que se irá dando de modo espontáneo y natural hasta conducir a un embarazo. Y de momento no diré más…

En Contexto
Decíamos en el título del artículo que esta película no podría ser hecha hoy y los motivos son harto evidentes. Si fue polémico en su momento ver a dos adolescentes semidesnudos, o incluso desnudos, crecer y desarrollarse sexualmente en una paradisíaca isla desierta, ni qué decir de lo que provocaría hoy en día por razones diferentes, aunque relacionadas.
Más aún estando involucrada una actriz de catorce años, si bien es cierto que Brooke siempre lleva sus senos cubiertos estratégicamente por su larga cabellera, como también que tuvo un doble de cuerpo para las escenas de sexo que tanto escándalo levantaron en su momento (en el caso de Atkins, las protagonizó él mismo por tener ya dieciocho años).
Pero las cosas solo pueden ser vistas en contexto de época y para ilustrarlo basta un ejemplo: en 1969, una de las imágenes más icónicas del Festival de Woodstock mostraba a un grupo de niños sin ropa alguna ( como también lo estarían seguramente sus padres) trepados alegremente al escenario mientras jugaban a tocar instrumentos. En ese entonces no se lo veía como sexualización, sino como libertad, pureza, comunión con la naturaleza y por supuesto, contracultura, pues iba en contra de las normas instituidas y de la moral vigente y pacata, ya fuera la misma de índole burguesa o religiosa.
Niños desnudos eran igualmente comunes en las pinturas renacentistas como lo serían siglos después en las portadas de álbumes de rock en los años ’70 (la de Houses of the Holy, de Led Zeppelin, es sin duda una de las más recordadas e icónicas) e incluso era frecuente en los artistas el fotografiarse sin ropas junto a sus hijos, lo cual nadie veía como perversión salvo, desde luego, los más conservadores y acérrimos defensores de “la moral y las buenas costumbres”. Y aunque el hippismo y el verano de las flores fueron después mermando, la idea de la pureza vinculada a la infancia se mantuvo durante bastante tiempo y no hasta hace mucho.
Cuando la película representa a dos niños corriendo o nadando desnudos, lo que subyace es una especie de filosofía del “buen salvaje” semejante a la de Rousseau. La idea de que vivir en un marco natural exótico ayudaba a crecer de modo libre y sin prejuicios ni ataduras sociales se puede encontrar, sin ir más lejos, en las historias de la selva escritas por Edgar Rice Burroughs o Rudyard Kipling e incluso en las de náufragos que proliferaron entre los siglos XVIII y XIX.
Y el marco elegido no es casual, pues las islas del Pacífico Sur o el Occidental solían ser terreno de investigaciones de campo para antropólogos que, como Bronislaw Malinowski o Margaret Mead, buscaban culturas no contaminadas por la europea/occidental, o bien motivo de inspiración e incluso refugio para escritores y pintores, siendo el de Paul Gauguin el caso seguramente más famoso.
Recrear en pantalla la adolescencia como etapa de descubrimiento sexual constituía un abierto desafío al conservadurismo y basta recordar el éxito y los cuestionamientos que, por partidas iguales, tuviera en España la película Adiós, Cigüeña, Adiós (1971) al atreverse a tratar el embarazo adolescente.
De alguna forma, eran filmes con sentido pedagógico, ya fuera para educar a los propios púberes o a sus padres, pues no hay que olvidar que eran días en los cuales la educación sexual libraba quijotescas batallas para ser incorporada a los planes de estudio. Hablar de sexo en la adolescencia era todo un tabú y mostrarlo en pantalla una transgresión.
Crecer en una Isla
El Lago Azul no escapa a la tónica que acabamos de escribir y así es como debería ser vista en lugar de ponerla bajo el lente de una supuesta sexualización a todas luces anacrónica y que posiblemente esté solo en la mente de quien mira. Ello no la hace necesariamente buena: está llena de defectos que empañan el resultado final, pero van por el lado de lo cinematográfico y no de la moralina conservadora ni de la progresista que, cuando se trata de emitir juicio, condena o valoración, se terminan muchas veces tocando.
Y donde más hace agua El Lago Azul (parece un chiste, pero no lo es) es justamente en dar credibilidad y profundidad al planteo, quizás porque tampoco estaba en la intención y se buscó más bien una historia de romance que fuera atractiva para el público juvenil o adolescente sin necesidad de que situaciones y personajes fueran creíbles. No he leído la novela, pero tengo entendido que los niños crecían en la isla casi como animales salvajes y sus incipientes conductas sexuales iban, por lo tanto, en consonancia con ello.
En la película no solo lucen maquillados, bien peinados y con cuerpos lampiños prolijamente bronceados, sino que además llevan incorporados todos los pudores y pruritos propios de la cultura occidental, lo cual es no solo sorprendente por el poco tiempo que tuvieron para asimilarla, sino que además contrasta con la evidencia antropológica recogida por quienes han estudiado el despertar sexual en sociedades no industrializadas.

¿Por qué siente culpa Emmeline ante los cambios de su cuerpo? ¿A qué se debe que experimente vergüenza por su sangre menstrual o su embarazo? Esos parecieran el tipo de traumas que, sobre la preadolescencia, hacen pesar las familias nucleares o las religiones judeo-cristianas, pero si ella fue a parar a la isla con solo siete años y vivió allí otros tantos, no tiene sentido que los haya adquirido.
Algo parecido ocurre con Richard, que se aparta y oculta para masturbarse cuando ella no quiere tener relaciones con él por su preñez. No creo que estuviera al tanto del famoso “pecado de Onán” (de hecho, su religiosidad es bastante precaria y cuando intenta rezar lo hace muy mal y mezclando el Padre Nuestro con el preámbulo de la Constitución de Estados Unidos) ni que antes de los nueve años hubiesen ya llegado a sus oídos las clásicas bromas de colegio que ridiculizan al que practica la autosatisfacción.
Pero las inverosimilitudes no se agotan en la antropología de la sexualidad. Es igual de absurdo que no paren de encontrar elementos en ese inagotable baúl mágico (incluyendo una gran sierra que Richard utiliza con gran habilidad) o que sigan usando al crecer la misma ropa que de niños, la cual no solo no se ajó ni desgastó, sino que además creció con ellos. Y la cabaña que es capaz de hacer Richard sin haber construido nada jamás…, pues la quisiera tener yo. Eso sí: hacer habitaciones separadas fue poco astuto de su parte, además de un hábito edilicio occidental y post- industrial que vaya a saber cómo adquirió…
De igual modo, no se entiende de dónde obtienen el agua dulce para beber (en teoría solo podría ser por lluvia, pero aquí nunca se explica ni vemos llover nunca) y, ya que estamos, tampoco por qué la película se llama como se llama cuando no hay a la vista ningún lago ni laguna. Tengo entendido que en la novela sí la hay (muy típico en los atolones del Pacífico), pero aquí brilla por su ausencia y ello hace que el título pierda sentido.
Lo de los nativos (que no están en la novela) es otro despropósito. Amagan dar al filme tono de aventura y peligrosidad latente, pero desaparecen como llegaron sin siquiera cruzarse con la pareja ni percatarse de su presencia (extraño que en siete años no hayan visto nunca el bote, la cabaña o las fogatas que encendían en la noche). Y bien es cierto que el director evitó el clásico cliché “muchacha en apuros capturada por horrendos salvajes que quieren hincarle el diente”, también lo es que nos terminamos preguntando para qué demonios se los incluyó en la trama. Eso sí, el baile ritual que hacen ante su altar es absolutamente real y llevado a cabo por verdaderos aborígenes de Fiyi.
Las actuaciones adolescentes son otro punto bajo (están mucho mejor los actores infantiles que los interpretan a más temprana edad). Shields había recibido elogios de la crítica por su desempeño en La Pequeña, pero su crecimiento biológico no fue a la par de sus dotes actorales e incluso recibió por esta película el duro Premio Raspberry (Razzie) a peor actriz. Aclaro, no obstante, que no coincido con esas infames “distinciones” que no tienen reparos en destruir la carrera de una chica de catorce años y cercenarle quizás toda posibilidad de mejora o crecimiento artístico. Una canallada…

Lo extraño es que Atkins fue nominado al Globo de Oro como actor revelación y su actuación es peor que la de ella, aunque a la larga y de todas formas no escaparía tampoco a la guadaña y en 1983 se iba a hacer igualmente acreedor de un Razzie como peor actor por la película The Pirate Movie.
La fotografía de Néstor Almendros es maravillosa (única nominación al Oscar del filme) y aprovecha al máximo la belleza natural del ambiente exótico, amén de algunos clichés visuales que parecen más idea del director que suya, como los papagayos que esconden la cabeza bajo el ala cuando la pareja tiene sexo o las tortugas a las que se muestra copulando después de ello.
Por cierto, el intercalar con imágenes de la fauna de la isla es algo que se repite durante toda la película con primerísimos planos de arañas, cangrejos, pulpos y demás. Eso sí: se ve más abundante y variada de lo que en realidad es (las islas pequeñas tienen ecosistemas bastante cerrados), pues algunos animales fueron llevados para el rodaje. Así y todo, se alcanzan a apreciar algunas especies realmente autóctonas y, de hecho, la película permitió que un reconocido herpetólogo, al verla, descubriera un tipo de iguana que se desconocía que allí existiese.
Las escenas subacuáticas son también bellísimas, estando a cargo del matrimonio integrado por los australianos Ron y Valerie Taylor, experimentados documentalistas de ganado prestigio en filmaciones submarinas, especialmente de tiburones. Y la música de Basil Poledouris, tan magnífica como es habitual, termina de completar el conjunto.
Valoración y Legado
El Lago Azul fue un gran éxito de taquilla al momento de su estreno a pesar de las críticas negativas y gracias, en mayor medida, a un público predominantemente juvenil y femenino. Con un presupuesto de cuatro millones y medio de dólares, recaudó casi sesenta y recuerdo que prácticamente no había en aquellos días jovencita que no la hubiera visto, siendo la película tema recurrente de conversación en patios de colegio o reuniones adolescentes.
Si eras varón y estabas en pareja, tenías que acompañar obligatoriamente a tu novia a verla y aguantarla suspirar por cada centímetro de piel de Christopher Atkins, aunque podías, en venganza, recrearte con la angelical belleza de Brooke Shields. Si no lo estabas, te convenía igualmente ir a ver la película o corrías riesgo de quedarte afuera de las conversaciones de ellas. Y digo todo esto con conocimiento de causa por tener catorce años (misma edad que Brooke) al estrenarse el filme.
El final puede producir algo de desencanto al ser abierto y dejar un gran interrogante sobre lo que ocurre con los personajes. La respuesta, que quizás hubiera sido preferible no dar nunca, se encuentra al comienzo de la secuela El Regreso del Lago Azul (1991) y puede también generar desencanto, pero hay que aclarar que tanto el final ambiguo de la primera película como el destino final de la pareja están en los libros y hablo en plural porque Stacpoole escribió y publicó dos secuelas de la novela original.
Dicho sea de paso, El Regreso del Lago Azul es una secuela para el olvido y recibió críticas aun peores que su predecesora, pero con el agregado de que además fue un fracaso en taquilla. Da casi para reseña basura y tiene un insólito 0% (sí, cero) en Rotten Tomatoes (41% para el público) pero, aún así, y del mismo modo que la primera película impulsara el estrellato de Brooke Shields, esta hizo lo propio con Milla Jovovich, de solo quince años al momento de protagonizarla.
Algo mejor le iría con la crítica al remake televisivo El Lago Azul: el Despertar (2012) que, protagonizado por Brenton Thwaites e Indiana Evans, trasladaba la historia a los tiempos actuales en lugar de ubicarla en la época victoriana. Christopher Atkins es nuevamente parte del elenco interpretando a un profesor, mientras que Denise Richards da vida a la madre de Emma, que en esta versión, lo mismo que el padre, está viva y a la búsqueda de su hija por cielo y mar.
Pero volviendo al filme que nos ocupa, ¿qué fue de los actores juveniles a partir del mismo? Pues Brooke Shields sería convocada al año siguiente por Franco Zeffirelli para Amor sin Fin (1981) y otra vez recuperaría el favor de los críticos, estando su actuación entre lo poco que destacaron de una película a la que no trataron bien pero que, al igual que El Lago Azul, fue éxito de taquilla. Su carrera fue no obstante ondulante y retomó la pendiente con Sahara (1984), por la cual le otorgaron cruelmente una vez más el Razzie, pero esta vez… como peor actor de reparto (simula ser hombre en un momento de la historia).
La línea decadente continuó y durante algún tiempo se habló más de ella por sus relaciones (Andre Agassi, Michael Jackson, Julian Lennon) que por sus actuaciones, hasta que en 1994 se reivindicó en teatro con Grease (coincidentemente el musical cuya versión cinematográfica había sido dirigida por Randal Kleiser antes de rodar El Lago Azul), recibiendo su trabajo elogiosas críticas que la hicieron volver a posicionarse y protagonizar, entre 1996 y 2000 la exitosa sitcom De repente Susan, serie que le significó dos nominaciones para el Globo de Oro y otras tantas para los Premios Satellite.
En cuanto a Atkins, ya hemos dicho que recibió unos años después el Raspberry como peor actor por la olvidable The Pirate Movie, tras lo cual tuvo un papel recurrente en el culebrón Dallas y pasó por un par de películas de poca repercusión, interpretando incluso al príncipe de las tinieblas en Dracula, el Renacer (1993).
El Lago Azul es en definitiva un filme que podría haber sido mucho más de lo que terminó siendo de haber estado en la intención de su director el contar una historia más antropológica que abordara sin prejuicios ni estereotipos el despertar sexual adolescente lejos de la civilización. En lugar de ello, es por propia elección un romance quinceañero a puro cliché que solo destaca por sus magníficas fotografía y banda sonora, pero ni de cerca por su guion o actuaciones juveniles aun cuando, paradójicamente, convirtió en icono a Brooke Shields. Y si se ve la secuela de 1991, quizás hasta termine pareciendo buena…
Hasta la próxima y sean felices…



