El 5 de febrero de 1956 llegaba a los cines estadounidenses La Invasión de los Ladrones de Cuerpos (Invasion of the Body Snatchers) que, dirigida por Don Siegel y conocida en América Latina como La Invasión de los Usurpadores de Cuerpos, se convertiría en clásico y película de culto con innegable influencia sobre el posterior cine de terror y ciencia ficción. Hoy, en nuestro retro-análisis, la revisitamos…
Los años cincuenta fueron de quiebre para el cine de ciencia ficción. No solo por lo prolífico de la producción (alimentada por la conquista del espacio), sino además porque en esos años se rodaron y estrenaron filmes que acabarían siendo icónicos para el género, algo que no ocurría desde las películas de Fritz Lang en los años ’20 (Metrópolis, Mujer en la Luna). Fue la década, por ejemplo, de Ultimátum a la Tierra (1951), La Guerra de los Mundos (1953), Planeta Prohibido (1956, aquí retro-análisis) o La Invasión de los Ladrones de Cuerpos (1956), que hoy ocupa nuestro retro-análisis.
Pero los cincuenta no fueron solo los años de la conquista espacial, sino también de los de la Guerra Fría y era inevitable que, de un modo u otro, se filtrara en el cine de la época. La Invasión de los Ladrones de Cuerpos es una película que transita una fina línea entre la ciencia ficción y el terror mucho antes de que Ridley Scott hiciera Alien (1979, aquí retro-análisis). Y en la sociedad norteamericana de esa época no solo había terror de que nos invadieran desde el espacio sino también y de modo más terrenal, paranoia hacia la Unión Soviética, la infiltración comunista y un posible escenario de guerra nuclear.
Basada en una novela de Jack Finney de 1954, La Invasión de los Ladrones de Cuerpos se trató básicamente de una producción independiente a cargo de Walter Wanger y distribuida por Allied Artists Pictures. La idea original era un rodaje de veinticuatro días y un presupuesto de algo más de 450.000 dólares, siendo considerados para los papeles principales actores de la talla y fama de Joseph Cotten, Dick Powell o Gig Young y actrices como Anne Bancroft, Kim Hunter o Vera Miles.
Pero la ciencia ficción y el terror no eran géneros en los que se estilara por esos años hacer grandes gastos y ello llevó a que los estudios le terminaran acotando a Wanger tanto los tiempos como los presupuestos, con lo que cualquiera de los nombres anteriormente considerados quedó fuera de las posibilidades.
La dirección recayó sobre Don Siegel, que acreditaba en su haber dos cortometrajes oscarizados y haber tenido a su cargo nada menos que el montaje de Casablanca (1942, aquí retro-análisis). Como director, había desarrollado a partir de El Veredicto (1946), una carrera que abrevaba mayormente en el cine negro, alternando con algún western o comedia romántica. Primerizo, por lo tanto, en lo que a terror y ciencia ficción se refiere.
El papel de Miles Bennell acabó siendo para Kevin McCarthy, actor de tradición shakespeariana que, aun sin tener todavía tanto renombre, contaba sin embargo con una buena experiencia teatral y se había hecho, en cine, acreedor de un Globo de Oro y una nominación para el Oscar como mejor actor de reparto por Muerte de un Viajante (1951).
En cuanto a Dana Wynter, quien acabó seleccionada para el rol de Becky Driscoll, era una actriz británica (aunque nacida en Alemania) que, con alguna experiencia cinematográfica en tierras inglesas, había migrado a New York en 1953 para actuar en teatro y en algunos episodios de series televisivas, siendo La Invasión de los Ladrones de Cuerpos su primera oportunidad de interpretar un papel principal en pantalla grande.
La escritura del guion fue encomendada a Daniel Mainwaring, quien ya tenía experiencia trabajando para Siegel. La idea de ambos era iniciar la película con un prefacio en off escrito por Ray Bradbury y recitado por Orson Welles, pero los recortes de presupuesto no lo hicieron posible y el mismo acabó escrito por el mismo Mainwaring y en la voz del propio actor principal.
La fotografía corrió por cuenta de Ellsworth Fredricks, dos años después nominado al Oscar por su trabajo en Sayonara (1957), en tanto que la banda sonora quedó a cargo de Carmen Dragon (que no los confunda el nombre; no era mujer) que, compartido con Morris Stoloff, ya había ganado el suyo con la banda sonora de Las Modelos (1944).

La Historia
La película comienza en una comisaría a la cual arriba el doctor Hill (Whit Bissell), psiquiatra cuyos servicios son requeridos para tratar al también doctor Miles Bennell, quien está preso de un ataque de pánico y se queja una y otra vez de que lo tratan como si estuviera loco. Cuando Hill logra calmarlo, le pide que cuente lo ocurrido y a partir de ese momento la historia se desarrolla en flashback…
Resulta que Bennell ha llegado a la ficticia localidad californiana de Santa Mira después de un congreso de medicina y allí se reencuentra con Becky Driscoll, un antiguo amor suyo regresado de Londres al que no vio en cinco años. Pero en el pueblo están ocurriendo situaciones extrañas: un niño afirma que su madre no es su madre y Wilma (Virginia Christine), prima de Becky, hace lo propio con respecto a su padre. No es que los vean distintos físicamente porque de hecho son idénticos, pero hay algo raro en sus personalidades, como si estuvieran huecos de emociones.
La cosa se complica aún más cuando los Belicec, un matrimonio amigo, llaman a Bennell para enseñarle un cuerpo inconsciente extrañamente aparecido sobre su mesa de billar y que luce como un cadáver cuando claramente no lo es pues, según el propio Miles puede comprobar, presenta signos vitales. Pero allí no termina el asombro: además, y según advierte horrorizada “Teddy” Belicec (Carolyn Jones), el cuerpo se parece demasiado a su esposo Jack (King Donovan), solo que en una versión aparentemente incompleta y como si los rasgos no estuvieran aún del todo definidos.

El hallazgo posterior en el vivero de misteriosas vainas vegetales que contienen más prototipos de cuerpos, incluidos los suyos propios, hace a Bennell caer en la cuenta de que los habitantes de Santa Mira están siendo reemplazados por versiones sustitutas que, si bien idénticas físicamente a los originales, se comportan como si careciesen de sentimientos y emociones. Y todo parece tener que ver con una amenaza llegada desde el espacio exterior ante la cual Miles y Becky irán quedando cada vez más solos…
Ciencia Ficción y Guerra Fría
Como decíamos antes, la década de los cincuenta fue prolífica en producciones cinematográficas de ciencia ficción. Pero La Invasión de los Ladrones de Cuerpos se despega en cierto punto de la mayoría de los filmes que le fueron contemporáneos. Es que muchos de los mismos respondían a lo que hoy conocemos por cine B y si bien la película de Siegel podría, por su exiguo presupuesto, ser catalogada como tal, también es cierto que contiene elementos que la elevan por encima de la media de otras producciones a primera vista similares.
En primer lugar, impacta con una fotografía que, lejos de tomar el blanco y negro como limitación, lo explota al máximo con una estética claramente deudora del cine policial negro (ámbito en el cual el director estaba más que curtido) y del expresionismo alemán de décadas anteriores, especialmente en el uso de claroscuros, primeros planos y ángulos oblicuos. Por otra parte, y como ya señaláramos, cabalga entre el terror y la ciencia ficción, una fusión que con los años se convertiría prácticamente en género.

No es que no haya, desde luego, elementos en común, especialmente con el cine de ciencia ficción de esos años y se vuelve aquí inevitable hacer referencia al contexto de la Guerra Fría y la paranoia de la infiltración comunista, cuestiones que necesariamente aparecen cada vez que se hace referencia o revisión de filmes que en los cincuenta recreaban invasiones alienígenas, o bien a los de zombies que llegarían a partir de la década siguiente. Subyace siempre, casi como lugar común, la idea de que todo es una gran metáfora política/ideológica.
¿Pero hasta qué punto era realmente así? ¿Estaba esa analogía presente en los realizadores o se trata más bien de una construcción teórica posterior que los críticos y analistas han hecho al relacionar de modo quizás mecanicista esas películas con su contexto de época?
Es algo bastante recurrente, al mirar a la distancia, el vincular absolutamente todo con las circunstancias políticas e ideológicas del momento y no es que sea del todo desacertado, pero a veces caemos en el abuso de ver que todo encaja en ese marco cuando quizás somos nosotros quienes lo hacemos encajar.
De hecho y como suele ser también bastante común, existe asimismo y paradójicamente la interpretación opuesta pues, como siempre digo, se le puede hacer absolutamente cualquier lectura ideológica a cualquier filme con un poco de imaginación analítica y esfuerzo dialéctico. Y así como hay entonces quienes interpretan que las películas como La Invasión de los Ladrones de Cuerpos metaforizan sobre la infiltración comunista, también están los que, en contraposición, las ven como crítica velada al macartismo.
Tanto el director del filme como Jack Finney, autor de la novela original, han manifestado al respecto que jamás tuvieron en sus cabezas hablar del comunismo ni del macartismo, sino solo contar una historia de ciencia ficción y punto. En todo caso, como ellos mismos han señalado (e incluso así se desprende de las palabras pronunciadas por Bennell hacia el final del filme), la crítica podría estar dirigida más bien y de modo general a una sociedad moderna que va dejando de sentir y volviéndose cada vez más autómata y no pensante.
Tiene sentido y me inclino a creerles, pero ojo: no es que anule otras lecturas ni deje afuera el contexto, pues no hay que olvidar que los realizadores son también parte de su sociedad y es inevitable que, como tales, carguen con la cultura que han absorbido y hasta la difundan, ya sea consciente o inconscientemente.
El propio Bennell, una vez más y a modo de ejemplo, se espanta ante la sola idea de que el resultado final del proceso sea volverlos a todos iguales, uno de los clásicos temores occidentales de la época ante el socialismo. Tal vez no fuera parte de la intención hablar de ello, pero se lo terminaba haciendo de todas formas.
Del Libro a la Pantalla
Hay, por otra parte algunas diferencias entre novela y película, ya que la primera tiene un final más optimista y comparable en algún punto al de La Guerra de los Mundos, de H.G. Wells. Pero el que Siegel y Mainwaring pensaron para el filme era bastante más pesimista y si no digo mucho al respecto es para no hacer spoiler a quien no lo haya visto y quizás (ojalá) le entren ganas a partir de este artículo. De cualquier manera, la presión de la compañía cinematográfica hizo que se acabara optando por un final intermedio, que no es el de la novela pero tampoco el del guion inicialmente considerado…
Ya de por sí, no hay en el libro lo que se dice una historia marco: no se cuenta lo ocurrido a partir del relato del protagonista. En la película, en cambio, todo se estructura como un gran flashback en torno a las experiencias narradas por el propio Bennell, recurso que no gustó a Finney y que Siegel terminó aceptando sin la más mínima convicción. Esa historia marco, lamentablemente, es quizás el único detalle discutible de la película, aunque no al punto de empañar el gran resultado final.
Y es que, a primera vista, el final originalmente pautado en el guion se ve más interesante e impactante, introduciendo con respecto a la novela un giro en cierto modo semejante al que décadas después le daría Frank Darabont a su adaptación de La Niebla, de Stephen King (incluso con la historia terminando también en una carretera).
Otra diferencia importante es que el filme tiene más misterio, no dejando claro si los alienígenas responden a un plan calculado y sistemático o simplemente algo en su naturaleza los lleva a comportarse del modo en que lo hacen. En el libro está algo más claro, pero es gran acierto de la película no dar demasiadas explicaciones e incluso dejar al final un margen de suspenso en el que no sabemos qué ocurrirá y si los invasores acabarán expulsados o no. Una ambigüedad que hace interesante al filme.
Y Kevin McCarthy aporta un buen trabajo al transmitirnos el estado de angustia y desesperación en que se va hundiendo su personaje a medida que él y Becky vayan quedando en soledad ante la amenaza y prácticamente contra todo el pueblo.

Y ya que hablamos de actores, Whit Bissell, que no aparece acreditado, venía de estar en La Mujer y el Monstruo (1954) y estaría años después en The Time Machine (1960), ambas películas de las que pueden leer nuestros respectivos retro-análisis pinchando en los respectivos links. Sin dejar de lado, por supuesto, su icónico papel del general Kirk en la serie El Túnel del Tiempo, emitida entre 1966 y 1967.
Carolyn Jones, que venía de Los Crímenes del Museo de Cera (1953) desarrollaría también una carrera exitosa en cine, pero sus papeles más recordados los tendría en televisión con Morticia en La Familia Addams y a la reina Hippolyta en Wonder Woman (aquí análisis de quien suscribe), ambas series que tuvieron respectivamente mucho éxito en los sesenta y setenta.
Para cerrar con las actuaciones, un dato al margen pero no menor: Sam Peckinpah, años más tarde prestigioso director muy ligado al western crepuscular y al cine de acción (de hecho bajo los auspicios de Don Siegel) aparece en la película interpretando a un operario que controla los medidores para la empresa de gas.
Valoración y Legado
A pesar de su bajo costo, la película fue un éxito de taquilla tanto en Estados Unidos como en el Reino Unido, recaudando en total algo más de tres millones de dólares. Antes de su estreno definitivo, fue sometida a cuatro preestrenos para comprobar las reacciones del público y cambiar o eliminar lo que hiciera falta, sobre todo si se reían ante situaciones que no se suponían humorísticas. Para cuando, el 5 de febrero de 1956, llegó finalmente a los cines la versión acabada, los mismos fueron decorados con cápsulas de papel maché imitando las vainas alienígenas del filme.
Como hemos dicho sobre el principio, La Invasión de los Ladrones de Cuerpos supone un punto de quiebre tanto para el cine de ciencia ficción como para el de terror. No es que desde lo argumental venga a inventar un concepto totalmente nuevo, pues incluso la novela en que se basa tiene fuertes influencias de la icónica Amos de Títeres (1951) que, escrita por Robert A. Heinlein, merece por sí sola algún día artículo en esta web y ha sido, de hecho, adaptada más de una vez a la pantalla.
Pero el filme es revolucionario desde la estética con que elige contar su historia, lo cual hace de modo completamente ágil y trepidante a lo largo de sus ochenta minutos, duración que hoy se extraña. Y es además fundacional para subgéneros hoy asentados como el apocalíptico o el survival, pues la idea del pequeño poblado acechado por un mal cuya naturaleza se desconoce ha sido muy influyente y se puede encontrar en títulos posteriores tan emblemáticos como El Pueblo de los Malditos (Wolf Rilla, 1960) o incluso Los Pájaros (Alfred Hitchcock, 1963).
La crítica no la trató del todo bien al momento de su estreno pero la revalorizó con el tiempo: suele ocurrir. Y se rodaron con después nada menos que tres remakes (1978, 1993 y 2007), pero ya habrá tiempo de hablar de ellas. En cuanto a Don Siegel, se convertiría desde finales de la década siguiente y especialmente durante los setenta en un director fuertemente asociado a Clint Eastwood, iniciando incluso juntos una de las sagas más emblemáticas del cine de acción: Harry el Sucio.
Un último dato de color: en Francia, una interpretación equivocada del título llevó a que la película fuera estrenada como L´Invasion des Profanateurs de Sépultures, es decir La Invasión de los Profanadores de Sepulturas (de hecho, así se la conoce todavía al día de hoy), lo cual viene a demostrar no solo que muy probablemente los distribuidores galos no dedicaron siquiera un minuto a verla, sino que las traducciones disparatadas de los títulos no son exclusividad hispanoparlante.
Hasta la próxima y sean felices…



