Review de Animal Crossing: New Horizons. Un cuarentón en una isla.

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Es un juegazo, jefe. Cuidao.

Raúl Sánchez. La tapa del obseso / Las cosas que nos hacen felices.

Desde que adquirimos la Nintendo Switch (qué maravilla de consola, de verdad) el año pasado, un único juego ocupaba la mente de mi hija de 12 años: Animal Crossing: New Horizons. Ya podías regalarle el Luigi’s Mansion 3 que ella estaba erre que erre con el Animal Crossing de las narices. Así que por fin llegó el día, el pasado 20 de marzo, en plena cuarentena por el estado de alarma, en que se lanzaba el esperado juego. Mi idea inicial era salir el sábado de paseo, una vez terminado un examen que tenía pendiente, aprovechando la tarde para dar una vuelta y comprar el dichoso juego, que había terminado por convertirse en una obsesión. Por supuesto, todo se fue al garete, como tantas cosas en estos días. Así que no quedaba otra, por el bien de la tensión familiar, que comprarlo en digital. ¿Valía la pena tanta murga?

Bienvenido a la isla

Yo ya sabía que de las virtudes de la saga por sus versiones en Wii y en el juego para tablets y móviles. Por descontado, mi hija acaparó la consola todo el fin de semana y mis partidas de Marvel Ultimate Alliance 3 quedaron suspendidas. Así que pensé: si no puedes vencerlos, juega con ellos. Dicho y hecho, cogí mi perfil y me fui a la isla. Para el que vaya despistado, hay que decir que Animal Crossing: New Horizons es un videojuego que se engloba dentro de lo que llamamos simuladores sociales, al estilo del archiconocido The Sims. Eso sí, con un diseño muy diferente y co-protagonizado por animales antropomórficos; sin personajes que hagan «ñaca ñaca», esas cosas de mayores que te da apuro explicar a tu hija de 6 años.

En Animal Crossing: New Horizons nos trasladamos a una isla donde podremos hacer multitud de cosas: plantar la tienda, comprar una casa, decorarla, ir de pesca, cazar mariposas, construir cosas, viajar a otras islas,… las posibilidades son casi infinitas. Y con lo de casi infinitas no estoy exagerando. Nada más llegar, nos encontramos con un clásico de la saga, el mapache Tom Nook. Este personaje es el epítome del capitalismo: solo por llegar a la isla y darte una tienda de campaña te clava 49.800 lereles que tendrás que ir pagando como buenamente puedas. Lo bueno es que puedes pagarlos en 5.000 Millas Nook, que son puntos que te dan por hacer cosas en la isla, no sea cosa que te de por hacer el vago. Eso si, una vez pagada la deuda inicial, si quieres cambiar la tienda por una casa, de unas 98.000 bayas o así no te escapas. Ya sabéis: la banca siempre gana.

Haz el vago. O no

¿Qué podemos hacer en Animal Crossing: New Horizons una vez estamos instalados en la isla? Pues lo que nos de la gana. Literalmente. Podemos pescar (yo pesco mucho y se me da fatal). Podemos cazar mariposas. Podemos pasear por la playa a ver si encontramos una botella con un mensaje dentro. Construir cosas. Las posibilidades son muchas pero lo mejor es que no estás obligado a hacer nada. En este sentido, es un juego maravilloso y más para gente como nosotros, que en esta web estamos muy a favor de perder el tiempo. Puedes sentarte en el sofá y vagabundear por la isla y ver como cambia la luz con el paso de las horas y no vendrá nadie a darte la vara con lo de «hacer cosas de provecho», una frase que mi mujer y la de mi compañero Raúl Sánchez suelen sacar a pasear más veces de las que nos gustaría.

Este es un punto muy a favor del juego. Es tan bonito, tan cuidado en su ambientación de dibujos animados (en el buen sentido) que incluso resulta relajante. Si no te apetece coger el mando, puedes sentarte a ver como juega tu hija o tu hijo y te divertirás igual. Por supuesto, si haces cosas igual te diviertes más pero lo mejor es que, si no te apetece, no tienes por qué hacerlo. Insisto mucho en este punto pero es que me resulta alucinante. El resto de juegos te marcan un objetivo y te hacen ir a por él aunque sea a base de lanzarte oleadas de enemigos que te dejan tieso a la primera que te descuidas. Animal Crossing: New Horizons no. Debe ser el único juego relajante que conozco. Lo dice alguien que se pone de los nervios con cualquier juego de Mario Bros.

Y debo decir que mi aventura en la isla (compartida, eso si; Animal Crossing: New Horizons solo permite una isla por consola) no ha hecho más que empezar. Tengo que pagar la deuda de la casa, aunque no creo que venga nadie a deshauciarme si no lo hago; tengo que visitar otras islas, como la de las tarántulas, que dicen que si te pica una tu inventario se va a la mierda; tengo que completar las tarjetas de millas; y sobre todo tengo que hacerme con una pértiga para cruzar el río. Y ya no os digo nada de terraformar la isla porque necesitaremos varias horas de juegos.

En definitiva, Animal Crossing: New Horizons ha llegado y ha triunfado. He leído por ahí que las ventas han sido estratosféricas, superando los 1,3 millones de unidades vendidas durante los tres primeros días que estuvo a la venta… ¡solo en Japón! No es extraño una vez lo has jugado y más en estos tiempos porque, aunque siempre será mejor vivir de verdad, ahora mismo la realidad es tan …

Lo siento. De verdad. No me sale la palabra. Llevo un par de minutos pensando y me he quedado en blanco. Lo único que acierto a pensar es que Animal Crossing: New Horizons proporciona una cierta calidez y seguridad frente a la incertidumbre que nos acompaña y quizás por eso recurrimos a él y a otros mundos imaginarios. Para no desfallecer y volvernos locos. Un saludo a todos y mucho animo en estos días.



el autor

Aficionado también al cine, las series de televisión, la literatura fantástica y de ciencia ficción, a la comida, la cerveza y a todas las pequeñas cosas que nos hacen felices.

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