Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.
Hacer algo sobre el fenómeno que representó Tamara a principios de siglo XXI en España era más o menos fácil. Eso puede pensar uno al empezar a ver «Superestar» en Netflix. Al fin y al cabo, de Tamara, Leonardo Dantés, Paco Porras era imposible no saber cosas. Qué menos que sus canciones, que rápidamente pasaron a ser parte cultural de aquella primera década del siglo.
Todos los que teníamos consciencia en aquella época sabíamos quiénes eran. Hacer casi cualquier cosa podría más o menos atraer a gente buscando reírse, extrañarse o lamentarse de aquel circo/movimiento/vaya usted a saber. Es básicamente, no nos engañemos, la especialidad de Netflix, nuestra fábrica de hacer salchichas culturalmente hablando.
De vez en cuando, claro, se les cuela un «Mi reno de peluche«. O incluso este «Superestar» de Nacho Vigalondo, que en seis episodios huye de cualquier intento convencional de hacer un relato cronológico de lo más o menos sabido de los personajes con alguna licencia y ya está. Se ha arriesgado.
No, no se ha arriesgado: ha tomado todos los elementos públicos de los personajes, los ha mezclado con ciencia-ficción, mundos alternativos, el esperpento clásicamente español y ha creado algo sorprendente, fascinante. Ha unido teorías de las conspiración con elementos de realismo mágico con recreaciones de momentos de la televisión que hemos visto todos. Nacho Vigalondo ha hecho magia, ha creado algo siniestro, terrible, chocante. Pero sobre todo valiente. Increíblemente valiente.
Para hablar de «Superestar» hay que hablar de todos los elementos mágicos recurrentes en los seis episodios, cada uno dedicado a un personaje de todo este universo. Ese hostal nocturno de esa calle desconocida de Madrid, fuente de magia y de realismo mágico para todo el que entra, que es un espejo, una adicción y un potenciador de quien entra. Esa sala de baile oscura y brillante, decadente y vibrante. Todo ese oscuro, peligroso, atrayente y adictivo Madrid nocturno del cambio de siglo, heredero fiel de El Día de la Bestia de De la Iglesia.
En ese Madrid de la serie hay una continuidad perfecta entre pasear borracho por la calle, fijarse en el lugar donde Valle-Inclán se inspiró para desarrollar su esperpento y encontrarse en medio de una secta llena de cultistas poderosísimos que velan por el devenir del país.
En «Superestar» es fácil encontrarse con estrellas mundiales del pop que creíamos muertas mientras buscamos tápers para llenarlos de mierda, encontrar sujetos oscuros y siniestros con disociaciones mentales que ríete tú del protagonista de Psicosis y universos alternativos en los que la casualidad dio lugar a un universo en el que todo fue muchísimo más gris. Lo conocido por todos se da la mano con un universo mágico desconocido que lo conecta y desarrolla de manera espectacularmente esperpéntica y maravillosa, tan siniestra como cómica.
Es complicado no ver una mezcla de David Lynch con Alex de la Iglesia y sobre todo Valle-Inclán constantemente en «Superestar». Es fácil ver las referencias al Eyes Wide Shut de Stanley Kubrick, precisamente estrenada en 1999, siendo algo contemporáneo de los hechos en que se basa la serie. Nacho Vigalondo usa todas estas referencias cinematográficas para atarlas mediante el esperpento y el realismo mágico a su particular versión de lo que pasó entre bambalinas mientras todos veíamos el espectáculo de gritos, canciones grotescas, anuncios en fruterías y augurios basados en vegetales.
Y en «Superestar» el camino de inicio es, para casi todos los personajes, el mismo. Alguien que no ha tenido éxito o que malvive de glorias pasadas, con delirios de grandeza que apenas pueden sostener el duro día a día.
El éxito llega desde el momento en que se sumergen en la gran piscina de violencia y pornografía del Castillo de Drácula de la serie: Crónicas Marcianas, el mitológico programa nocturno de la televisión española, aquí rebautizado con otro nombre. Y, cómo no, es el mismísimo autor el que ha reservado el papel de Drácula, es decir, de Javier Sardá (también con otro nombre en la serie).
Como en Drácula, todos los personajes sufren de un modo u otro por su causa, todos creen haber triunfado pero sufren de manera patética y terrible. Él nos los presenta al principio, nos los ofrece, aparece de pasada en sus episodios como si fuera un elemento del decorado más algo casi circunstancial. Pero no lo es. Es el centro de todo.
Donde en el esperpento de Valle-Inclán está la Muerte aquí tenemos al Amo del Calabozo que es ese Nacho Vigalondo presentador del inicio de cada uno. Prácticamente nunca le mencionan, está como una sombra entre las cosas que les pasan a todos, aparece en la televisión como uno más, pero de manera misteriosa presenta cada episodio de sus vidas.
Algunos de ellos pretenden rebelarse contra esta tiranía, disociando su personalidad en dos, enajenándose directamente de la realidad o incluso huyendo de ella a universos paralelos. Otros se enfrentan a lo que parece el inevitable destino personal y del país, horrible y espantoso bajo su punto de vista, ocultando hasta el final algo sórdido y retorcido sobre sus propios sentimientos al respecto.
En «Superestar» se salva quizás solo una persona, de la que siempre Tamara ha hablado bien, y la propia protagonista, tras pasar su propia aventura valleinclanesca mezclada con ciencia-ficción, por supuesto. No podía ser otra cosa que un espejo deformante que,siendo lo que es ella, tenía que ser un reflejo gris de lo que pudo haber sido y no fue. Y es enternecedor cómo ese reflejo gris brilla donde la versión original de ella misma parecía haberse apagado.
Es bonito y optimista. Es la pureza desde la sencillez, desde la falta de malicia y la honestidad. Después de pasearnos por tanta miseria moral, tanto espejo deformante sacándonos más feos de lo que somos, Vigalondo se permite hacer el camino contrario, literalmente, con el que empieza la serie, acabando por alabar el brillo, la luz, la esperanza.
No sabemos cómo ha convencido a la gente de Netflix para hacer «Superestar», pero ojalá lo consiga más veces. Y que Secun de la Rosa sea reconocido al fin como el enorme actor que es, que lo que hace con Leonardo Dantés lo han hecho en España poquísimos actores.
Sed felices.



