Y, el último hombre de Brian Vaughan y Pia Guerra. El feminismo, las mujeres y nosotros.

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Bienvenidos, auténticos creyentes, a La tapa del obseso, la sección de Raúl Sánchez.
Podríamos caer en el tópico y parece mal hacerlo. Al final el problema es sacar el tópico de manera aburrida, como siempre. Un tópico cuando lo miras desde otro lado puede ser gracioso, querer decir todo lo contrario o ser siniestro. Hacer algo de todo esto es muy complicado: si no nos volvemos majaretas del todo es, entre otras cosas, gracias a que insistimos en nuestra idea de que al abrir la puerta de casa siempre parecerá la calle y no el mundo de Link o Narnia. Podríamos, vaya, recurrir al tópico del lector viejuno de cómics como alguien con problemas históricos para relacionarse con las mujeres, cada uno con el suyo: unos eran feos, otros no se cuidaban demasiado, otros no conseguían muchos avances a pesar de no hablar nunca con ninguna y mirarlas desde la distancia, a otros les daban miedo, alguno juntaba todo y etcétera. Como en todo hay excepciones, cada uno es un mundo y demás, pero digamos que algo de esa atmósfera de fracaso con las mujeres había en los tiempos adolescentes previos a la explosión de las consolas, de internet y de las películas de superhéroes. Eran ambiente casi únicamente masculinos, con todo lo que eso conlleva.
Desde aquí queremos reivindicar ser feliz, como dice el blog. Nadie dice que entre solo hombres o solo mujeres no haya risas, pero las cosas son mucho más graciosas cuando hay mezcla. Es posible que ambientes solo masculinos o solo femeninos sean sitios bastante menos interesantes y menos opresivos que en los que hay mezcla. Entre lo mucho bueno que ha traído definitivamente el siglo XXI es la aparición de la mujer públicamente como lectora de cómics, de manga o jugadora de videojuegos. No es que no pasara antes, cuidado. Pero ahora (casi) nadie se oculta. Incluso tenemos más autoras de comics, de videojuegos o demás: tenemos mucha más variedad y riqueza. Para los que queremos ser felices es algo bueno.
La idea contraria a la de la felicidad es la de ensalzar la estricta separación de los seres humanos en parcelas que no puedan saltarse de ningún modo. Tú ahí, que eres mujer. Tú ahí, que eres hombre. Tú ahí, que eres “x”. Nada de esforzarse, que los de otras parcelas no pueden oírte ni entenderte. Estás tú con los de tu cubículo y fuera de ahí nadie te entiende ni puede hacerlo. Nada de mezclarse. Nada de tratar de romper las barreras de nuestras pequeñas y absurdas diferencias basadas en cosas mucho menos importantes que ser felices y hacer más llevadera nuestra pelea individual contra el universo frío y sin sentido en el que vivimos. Los obsesos enfermizos de la pureza son, siempre, gente siniestra que no quiere que nadie más sea feliz.
Algo de todo hay también en ese estupendo cómic que es Y, el último hombre, obra del guionista Brian K. Vaughan y de la dibujante Pia Guerra para la línea Vértigo de DC Cómics. La hemos visto recopilada en cinco tomos hace prácticamente nada en España por Ecc cómics. He aquí de qué va a grandes rasgos:
Un mediodía cualquiera, sin previo aviso, todos los hombres del mundo mueren. Con su desaparición la humanidad, ahora compuesta solo por mujeres, se ve condenada a una lenta extinción. La única esperanza de salvación se convierte en el secreto mejor guardado de los Estados Unidos de América: Yorick, un joven normal y corriente, es el único superviviente junto con Ampersand, su mono capuchino. ¿Por qué han sobrevivido? ¿qué papel deberán jugar en un mundo condenado? Un largo viaje les espera, y el misterio apenas acaba de empezar.
Una vez leído esto lo primero que viene a nuestras depravadas mentes es que esto no pasa de argumento estándar de película porno de los años ochenta o de videojuego porno amateur ruso. La fantasía erótico-festiva definitiva del hombre, en las que la historia es una excusa para que el protagonista vaya ejerciendo de repoblador del mundo. Otra posibilidad igualmente lamentable hubiera sido hacer una historia pornográfica en el sentido opuesto, el moralista, en el que el Mal está únicamente en un lado, está claro y solo hay que señalarlo con el dedo desde una elevada altura moral. Con este asunto y este argumento lo fácil hubiera sido caer en una de estas dos vergonzantes y adolescentes tendencias.

Por eso es de agradecer lo que ha hecho Brian K. Vaughan a los guiones y Pia Guerra al dibujo. Donde era fácil despeñarse ellos han hilado muy fino. Es un cómic con evidente denuncia política y sí, hay mucho de mostrar con la ausencia de los hombres que el mundo sigue siendo un sitio machista. Es decir, que a las mujeres se les sigue dejando en una de las parcelas de las que hablábamos arriba y que no se les deja ir donde por costumbre no les corresponde. Así, la desaparición del hombre implicó en el cómic la desaparición de prácticamente casi todos los pilotos de aviones, haciendo los viajes casi inexistentes. También la desaparición de la policía, los ejércitos o gran parte de la clase política en los EEUU. De esos vacíos Vaughan y Guerra crean historias sobre las mujeres que pasan a ocuparlos, sucediendo que al llegar las mujeres a puestos de responsabilidad en la política o el ejército los males endémicos de la Humanidad siguen estando ahí. Sigue existiendo la violencia, las peleas políticas, las conspiraciones, el espionaje, la prostitución, el abuso de autoridad o el fanatismo.

Los autores en ningún momento huyen de los debates sobre el feminismo al respecto de un mundo así y casi siempre los abordan de manera no simplista y creíble. No sabemos qué pasaría en la realidad de suceder algo así, pero la gran virtud de la historia hasta por lo menos la mitad es que el desfile de mujeres que va conociendo el trío protagonista son creíbles. Lo son en su variedad de formas de pensar, de ser, de visiones del mundo. Hay prácticamente de todo, desde mujeres que quieren repetir las formas de funcionar del viejo mundo a las que quieren erradicar dichas formas. Entre estas hay de todo, incluídas las que creen que hay que seguir cualquier método necesario. Muchas quieren sobrevivir y ser felices como puedan. Hay compañías de actrices que se debaten entre hacer obras de teatro romanticonas clásicas (con mujeres con barba para hacer de hombre) para apelar a la nostalgia por los hombres y el ofrecer un teatro social que hable de cómo debe la mujer afrontar un mundo sin hombres. Hay nacionalistas que quieren llevarse al último hombre a su país para engendrar hombres en serie y que su país tenga una ventaja militar decisiva sobre los demás. Hay quienes viven mejor sin los hombres y son al fin felices, hay quien no puede soportarlo. Toda la historia, que es la de un gran viaje prácticamente a lo largo del planeta, no puede ser más variada en formas de afrontar y pensar en la relación de las mujeres de todo el planeta con los hombres que ya no existen.

Pero no es sólo el relato de muchas formas de ver a los hombres, la crítica nada disimulada a la exclusión de las mujeres de tantos sitios o el fanatismo que intenta traer justicia y reparación cayendo en los mismos vicios que el peor machismo. Es también la historia del protagonista, de Yorick, el último hombre, recorriendo el planeta para encontrar a la que era su novia antes de convertirse en el último hombre. El protagonista es un hombre sensible, escasamente viril según lo que todos entendemos como tal: no es la persona más segura, pretende respetar y entender a todo el mundo, no es precisamente violento y le encanta usar mil referencias culturales pop. Se encuentra con demasiadas mujeres en su viaje que son mucho más Rambo que él, la verdad. En muchas ocasiones actúa como la clásica damisela en apuros, dando a la historia un tono muy peculiar que le sienta realmente bien: el último hombre, la esperanza de la Humanidad, es una nenaza.

El final de la historia se hizo también famoso por ser muy atípico. No es el final esperable y cómodo que puede uno querer conforme van pasando y pasando las páginas. Creo honestamente que es un final valiente y que de nuevo los autores han querido dar un giro a la trama central, que era la búsqueda de la princesa por el héroe masculino. Lo que parecía como una excusa para hacer avanzar la trama termina siendo explícitamente una excusa al final. No soy amigo en general de los métodos posmodernos de narrar, pero es una decisión, insisto, valiente y consecuente con el espíritu de toda la historia. Sin ser el final todo lo redondo que pudiera, claro, pero si precisamente todo iba de mostrar por su ausencia los errores del hombre en separar a la mujer de lo que ha considerado históricamente sitios exclusivos suyos o de mostrar que tantas cosas horribles no eran fruto de los hombres sino de las propias estructuras de poder (que convierten a cualquiera que las ocupe en un ser con conductas similares) el final tenía que demoler la idea de la princesa esperando en el torreón a que la rescate el caballero. Es decir, la idea de que los seres humanos tienen su espacio acotado en función de si son hombres o mujeres y que la comunicación o la empatía son imposibles.

No puedo acabar sin resaltar el fantástico trabajo de Pia Guerra retratando a las muchas mujeres diferentes en un cómic en el que ellas, claro, son las protagonistas reales, destacando en cómo distingue de manera muy clara los muchos estados emocionales o gestos faciales diferentes de las diferentes mujeres. Puede parecer bobo, pero hay demasiados dibujantes que son incapaces de moverse de un registro (o todos serios o todos caricaturas humorísticas). Pia Guerra hace un trabajo estupendo en este apartado, además de narrar aceptablemente bien tirando, quizás, de mucha narración más del lenguaje de las series de televisión que el de los cómics, pero digamos que es el único defecto que podría encontrarle, por más que puede considerarse como que realmente no lo es.

Sed felices.



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el autor

Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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