El reciente estreno de la secuela de El Diablo viste de Prada sirve como pretexto para hacer repaso de la película de David Frankel que, con una brillante Meryl Streep sólidamente acompañada por las entonces ascendentes Anne Hathaway y Emily Blunt, pasó a ser referencia indiscutida de la filmografía relacionada con el mundo de la moda y la cultura fashion. Un 20 de abril de 2006 tenía su preestreno en el Lincoln Center de New York…
Bienvenidos a un nuevo retro-análisis, hoy para hablar de El Diablo viste de Prada (en inglés original The Devil wears Prada y en Latinoamérica El Diablo viste a la Moda), película de 2006 que, dirigida por David Frankel, fue un exitazo de taquilla y se convirtió sin dudas en el filme icónico de la moda (lo que no había logrado en la década anterior Prêt-à-Porter, de Robert Altman). El reciente estreno de su secuela nos da una buena excusa para echarle repaso…
La última década del siglo pasado y la primera de esta fueron sin duda de la moda. Las transmisiones de los desfiles arrasaban en audiencia, los nombres de las modelos eran tan conocidos como los de las estrellas de rock y los diseñadores eran los nuevos rostros de la industria. Hasta en una entrega de Premios Oscar se presentaron los ternados para mejor vestuario en modo desfile.
No es que hoy todo eso haya desaparecido, pues el de la moda sigue siendo indiscutiblemente un ámbito ligado al éxito, el dinero y esa sensación de vida inaccesible que nos pasa muy pero que muy lejos, pero claramente perdió el lugar de preeminencia cultural que tenía en aquellos días y ya analizaremos las razones. Lo importante aquí es que justamente en ese contexto se estrenó el título que nos ocupa.
El Diablo viste de Prada está basada en la novela homónima de Lauren Weisberger publicada en 2003 que fue todo un éxito en ventas y de la cual 20th Century Fox adquirió los derechos cuando ni siquiera estaba aún terminada. La misma tenía mucho de autobiográfico, pues la autora que, al igual que la protagonista, se había trasladado a New York en busca de trabajo, se desempeñó durante diez meses en la redacción de la revista Vogue a las órdenes de Anna Wintour, famosa por haber posicionado a la publicación bien alto, pero también por su estilo de liderazgo demandante y tiránico.
David Frankel contaba para ese entonces en su haber con un único largometraje como director (Rapsodia en Miami), pero había ganado en 1997 el Oscar al mejor cortometraje por Querido Diario, así como un Emmy en 2005 por la dirección del episodio piloto de la serie Entourage, de HBO. Fue, de hecho, el primero en quien pensó Wendy Finerman, productora igualmente oscarizada por Forrest Gump (1994).
El guion recayó en manos de Aline Brosh McKenna (después de haber probado borradores con otros tres), quien venía de un par de comedias románticas (Three to Tango, Las Leyes de la Atracción) y a la cual Frankel encargó que hiciera los cambios necesarios sobre la novela original que, según él, castigaba en demasía a la jefa de redacción Miranda Priestly, equivalente de Wintour en la trama.
A fine de hacer la historia más realista, McKenna recurrió al testimonio de varias personalidades de la moda, pero no la tuvo fácil con el terror a Wintour y su guadaña editorial. De hecho, se dice que amenazó a quienes aparecieran en el filme haciendo de sí mismos, siendo el diseñador Valentino Garavani y las modelos Heidi Klum y Bridget Hall prácticamente los únicos que se atrevieron. Gisele Bündchen pidió no aparecer como sí misma ni tan siquiera como modelo (en esos días era la mejor paga del mundo), por lo que interpreta a una asistente más en la redacción de Runway, revista que hace las veces de Vogue.
Con respecto a las actrices principales, Rachel McAdams fue la primera opción para interpretar el papel de Andrea Sachs, pero lo rechazó al igual que lo haría después Kate Hudson. Fueron también consideradas Natalie Portman, Kirsten Dunst y Scarlett Johansson, pero finalmente se optó por Anne Hathaway, que venía de lucirse en las dos películas de Princesa por Sorpresa (2001 y 2004) y en Brokeback Mountain (2005), cosechando elogios y comparaciones con Audrey Hepburn y Judy Garland.
Para el papel de Miranda fueron consideradas Michelle Pfeiffer, Glenn Close y Catherine Zeta-Jones, mientras que Meryl Streep fue inicialmente descartada por “demasiado seria”. Después se evaluó que su presencia daría al filme una buena reputación a priori y, además, se supo que Anna Wintour estaba dispuesta a cambiar su perspectiva de la película si el personaje era interpretado por ella. La paga inicial, no obstante, fue considerada baja por la actriz y hubo que duplicársela para que acabase aceptando.
Extraño fue el caso de Emily Blunt, pues más de cien actrices audicionaron para el que acabaría siendo su personaje que, al igual que ella, se llama Emily. Lo curioso fue que Blunt no estuvo entre ellas, sino que un agente de casting la vio y escuchó por absoluta casualidad mientras audicionaba para Eragon (2006), película para la cual no fue finalmente seleccionada, y quedó gratamente impresionado por su estilo y el acento británico que buscaban. La llevó con Frankel y rápidamente fue contratada.
La Historia
Andrea Sachs (Anne Hathaway) es una periodista universitaria que, viniendo de graduarse en Northwestern (Illinois), arriba a New York en busca de una oportunidad laboral que consigue en la redacción de la prestigiosa revista de modas Runway como segunda asistente de Miranda Pristley (Meryl Streep), famosa jefa de edición de la cual, sin embargo, nunca ha oído hablar.
Nada sabe de ese mundo glamoroso y ello le dificulta encajar, sumado a que va descubriendo lo pedante, implacable y demandante que puede llegar a ser Miranda, que la ningunea permanentemente por su hablar, su vestuario o su peinado y le exige cosas de lo más descabelladas e incluso ajenas a la publicación (como el manuscrito del nuevo libro de Harry Potter aún inédito para regalárselo a sus hijas).

Andrea deberá aprender a los golpes los avatares de su nuevo empleo y a convivir con el resto de sus compañeros de trabajo, especialmente la primera asistente Emily (Emily Blunt), quien está obsesionada con la perspectiva de acompañar a Miranda en un próximo viaje a París para la Semana de la Moda y con la cual entrará en involuntaria competencia. Y conocerá a Nigel (Stanley Tucci), director de moda de la revista que se irá convirtiendo en su mentor, así como a Christian (Simon Baker), periodista con el que entablará una amistad que irá dando paso a la atracción mutua..
Pero todo ello le significará a la vez una redefinición de su vida y, sobre todo, de la relación con su novio Nate (Adrian Grenier), un sencillo muchacho que sueña con ser chef y se siente relegado al verla tan enfrascada en su trabajo y en un mundo al que siempre consideró frívolo y superficial.

Metáfora del Poder
Como decíamos al principio, la moda, el glamour y la industria fashion siguen teniendo una gran importancia, pero claramente no ya el lugar que ocupaban en los noventa o dos mil. ¿La razón? Pues la proliferación de los casos de anorexia y bulimia fue sin duda uno de los factores clave al dar lugar a campañas de concientización sobre los peligros de buscar compulsivamente patrones estéticos socialmente establecidos como deseables, pero que exigen al cuerpo más allá de lo posible y saludable.
La moda comenzó pues a rodearse de un aura maldita. Se la veía, algo exageradamente, como la única responsable de todo y se comenzó a difundir la idea de que uno debe aceptarse como es sin pensar que un tipo de cuerpo sea mejor o más deseable que otro. Si a ello agregamos la imagen de frivolidad y éxito fácil (otra vez exagerada) que siempre la moda conllevó, fue casi lógico que se la demonizase por desviar a los jóvenes de objetivos que implicaran una mayor cultura del esfuerzo.
Jamás consideré (como suele creerse) que la gente de la moda sea estúpida. Que representen, o incluso lleven, una vida de glamorosas frivolidades no debe hacer pensar que son imbéciles. Cuando en un desfile vemos un atuendo espantosamente recargado de algún color o saturado con un motivo determinado, los diseñadores saben perfectamente que lo más posible es que casi nadie lo compre ni lo use, pero el público retendrá la tendencia a través de la exageración y cuando alguien vea en una vitrina algo que lleve mínimamente ese color o motivo, sabrá que eso es lo que “se usa”.
Es manipulación, sí, pero no menos que la puedan ejercer los gobiernos, el sistema educativo, la prensa o incluso el cine. Y es en su relación con el poder de convicción donde la moda adquiere su mayor fuerza y a ello apunta especialmente la película que nos ocupa. Baste como ejemplo el discurso del suéter azul cerúleo que pronuncia Miranda y que no en vano se volvió tan icónico, pues sintetiza a la perfección el funcionamiento de los más sutiles mecanismos de poder al decirle a Andy que esa prenda que lleva puesta es el resultado de muchas decisiones, aunque crea que simplemente la “eligió” en una tienda.
Esa dicotomía entre elegir y creer que se elige envuelve y atrapa a Andrea, que cambia para encajar hasta que lo logra y, al hacerlo, supera tanto a sus propios compañeros de trabajo como a sí misma, pero lo que está haciendo no es crecer, como en principio supone, sino solo adaptarse y, con ello, resignar inevitablemente parte de su vida anterior. De alguna forma, vender su alma al diablo del que habla el título del filme.
Y cuando, muy avanzada la película, descubre impensadamente humanidad en Miranda, entiende que también su jefa es un engranaje y, al igual que ella, tampoco elige: su discurso del suéter hablaba también de sí misma.
La historia que cuenta The Devil wears in Prada puede parecer a primera vista ligera y, de hecho, está presentada como tal: no busca los simbolismos de ni la sátira feroz de Zoolander (2001), pero contiene, aun así y bajo su formato de comedia romántica pasatista, una profunda lectura sociológica y filosófica que no salta a primera vista.
Hay quienes acusan al filme de suavizar el tono de la novela para hacerlo más digerible y menos corrosivo hacia el sistema y el mundo de la moda. No puedo hablar porque no la he leído, pero sí decir que la crítica social, quizás más sutil, está presente en el filme de todas formas.
Un Memorable Trío de Actrices Principales
Miranda está lejos de ser la clásica villana caricaturizada, lo cual es mérito de la guionista McKenna al hacer más humano al personaje de la novela, pero también, y qué duda cabe, de ese coloso de la actuación que es Meryl Streep, a quien le valió este papel ser nominada para el Oscar y quedarse con un Globo de Oro. No eleva la voz ni llena cada aparición en pantalla con gritos o gestos y, sin embargo, impone respeto con su sola presencia y nos hace estar atentos de manera hipnótica a cada cambio en la expresión de su rostro.
Y Anne Hathaway, que es una gran actriz de comedia (es aquí donde me gusta y no como Catwoman, por ejemplo), sale airosa del difícil desafío de hacerle de antagonista. Ni qué decir Emily Blunt, que está brillante interpretando a quien se desvive por ascender, pero se siente a la vez limitada en su potencial y estalla en crisis depresiva cuando, pasándole por encima, Miranda elige a Andrea para acompañarle en su viaje a París.

Entre el elenco masculino, Stanley Tucci se luce como siempre y es una pena que, aunque con dos Globos de Oro y una nominación al Oscar en su haber, esté siempre condenado a papeles secundarios. También está muy bien Simon Baker, a quien le faltaban aún algunos años para interpretar a Patrick Jane en la exitosa serie El Mentalista. Y Adrian Grenier, aunque su personaje no esté muy bien desarrollado en su relación con Andrea y, visto hoy, puede verse más tóxico que romántico (aunque yo ya lo vi de ese modo en aquel momento): ¿será esa la razón por la cual no lo llamaron para la secuela? Vaya a saber…
Sobre Ropa y Música
No se puede hablar de El Diablo viste de Prada sin hacer, desde ya, referencia al vestuario que, responsabilidad de Patricia Field, le valió al filme su otra nominación al Oscar, además de la de Streep (aunque no ganó en ninguna de las dos categorías ). Es que el atuendo forma parte también parte de la metáfora del poder, pero también representa el ascenso social: cada cambio de indumentaria implica ir un escalón más arriba.
Y desde luego que, aun si le quitamos ese enfoque, el filme hace las delicias de quienes gustan solo de ver ropa y no buscan tanta profunda y aburrida lectura entre líneas por detrás de la estética, lo cual de ningún modo está mal. Y si no, pregunten a los fans de la serie Emily en París (aquí los análisis de un servidor).
La música juega también su parte: la partitura de Theodore Shapiro cumple su función tanto en los momentos emotivos orquestales como en los que llevan algo más de groove o acid jazz (lo que toca ese bajista, mi madre), pero además se complementa a la perfección con un amplio cancionero no compuesto especialmente, pero fácil de relacionar con el mundo del glamour y no tanto por los artistas involucrados, sino por el clima que proponen, desfilando así (expresión muy adecuada) Madonna, U2, Jamiroquai, Moby o Alanis Morissette, entre otros. Ambas bandas sonoras (la de Shapiro y las canciones) fueron editadas en álbumes separados.
Eso sí: a pesar de que la película se haya vuelto icónica en relación con la moda, ningún tema musical de su banda sonora logró quedar tan ligado a ese mundo como lo hiciera más de una década antes Here comes the Hotstepper (Ini Kamoze) que, incluido en la película Prêt-à-Porter, quedó indisolublemente ligado por años a desfiles y pasarelas. Gran paradoja considerando que el filme de Robert Altman no alcanzó el carácter icónico de El Diablo viste de Prada, aunque en mi modesta opinión y contra las críticas que en su momento lo denostaron, está medio escalón por encima sin ser por ello perfecto.
Valoración y Legado
Entre tanta virtud que le he señalado al filme, no he hablado de lo que no me convence y que (además del flojo tratamiento de la relación entre Andrea y Nate) es el tono de moraleja edificante en el final. Quizás sea más compatible con el carácter de comedia buscado (y el éxito de taquilla así lo avala), pero creo que un final moralmente más ambiguo hubiera sentado mejor a la propuesta.
Fuera de eso, no cabe duda de que la película funciona o no tendría veinte años después el lugar emblemático que sigue preservando ni tampoco, por estas horas, una secuela en los cines. Las formidables actuaciones, desde ya, contribuyen a su vigencia.

Con un presupuesto de treinta y cinco millones de dólares, El Diablo viste de Prada recaudó casi diez veces su costo. David Frankel dirigió siete largometrajes más desde entonces, pero ninguno tan exitoso, aunque sí sucesos de taquilla nada despreciables con Una Pareja de Tres (2008) o Si de Verdad quieres… (2012). Y, al menos por las primeras cifras, parece haber comenzado realmente bien con El Diablo viste de Prada 2 (2026).
Anne Hathaway quedó definitivamente convertida en estrella y ese 2006 apareció en la lista de las cincuenta personas más bellas del mundo según la revista People. Interpretaría luego a la Agente 99 en Superagente 86 de Película (2007), a la Reina Blanca en Alicia en el País de las Maravillas (2009) y, de modo menos convincente, a Selina Kyle en El Caballero Oscuro: La Leyenda renace (2008). Ganaría el Oscar como Fantine en Los Miserables (2012) y tendría también papeles icónicos para Christopher Nolan en filmes como Interstellar (2014) o La Odisea (2026), próxima a estrenarse y en la cual da vida a Penélope.
Emily Blunt daría también inicio a una carrera rutilante con celebrados papeles en Al Filo del Mañana (2014), La Chica del Tren (2016), Un Lugar en Silencio (2017), Jungle Cruise (2021) y, por supuesto, Oppenheimer (2023), que le valió el Oscar como mejor actriz de reparto. Tuvo además nada menos que ocho nominaciones para el Globo de Oro, premio que ganó en 2006 por el telefilme La Hija de Gideon. Y de Meryl Streep creo que no hace falta hablar. ¿O sí?…
El Diablo viste de Prada es una película que entretiene y genera un buen rato si simplemente se la ve como pasatista o mostrario de ropa, pero que lleva una interesante reflexión sobre el poder si se la sabe leer entre líneas. Su carácter icónico es innegable.
Dio lugar en Broadway a un musical con canciones a cargo de Elton John y se impuso como influencia casi obligatoria para mucho de lo que vendría después, hasta el día de hoy. La mencionada serie Emily en París, de hecho, tiene bastante del filme que nos ocupa y la jefa Sylvie (Philippine Leroy-Beaulieu), remite bastante a Miranda, lo mismo que Cat Grant (Calista Flockhart), la autoproclamada “reina de los medios” en la serie Supergirl (aquí los análisis de otro servidor).
La invitación a redescubrir el filme queda hecha y el estreno de la secuela es, desde ya, una buena excusa para hacerlo. Hasta la próxima y sean felices…




