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Análisis de Cien Años de Soledad. Gran Final. Adiós a Macondo

Tal como estaba anunciado, Netflix estrenó este pasado miércoles el doble episodio final que da cierre al gran viaje que ha sido la difícil y ambiciosa adaptación de Cien Años de Soledad, la novela de Gabriel García Márquez que es hito absoluto para la literatura latinoamericana y mundial. Vista ya pues la serie completa, analizamos lo que nos ha dejado y buscamos establecer si su conclusión ha estado a la altura.

Y llegó el final de Cien Años de Soledad. Particular, por cierto, el cronograma de Netflix para esta segunda temporada al hacernos conocer de un tirón los primeros siete episodios y tres semanas después el que, con dirección de Laura Mora y duración de una hora y cuarenta y cinco minutos, viene a cerrar este viaje de realismo mágico por el mundo de Gabriel García Márquez, como también y definitivamente (nunca mejor dicho) la historia de Macondo y los Buendía.

Al momento de anunciárselo de ese modo, se nos dijo que el episodio final tendría un carácter más cinematográfico. Y lo tiene, pero no más que el que en general ha tenido el resto la serie y, muy especialmente, esta segunda temporada, de vuelo visual realmente alto.

Análisis de Cien Años de Soledad. Temporada 1

Análisis de Cien Años de Soledad. Temporada 2 (episodios 1 a 7)

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Yo diría que lo que más bien diferencia a este episodio como para estrenarlo en solitario es su tono crepuscular y elegíaco. Todo huele a epílogo y, con la misma fidelidad casi reverencial que la serie ha tenido hacia la novela, no es un cierre que anuncie el inicio de algo como viniera ocurriendo antes con previas conclusiones de distintos arcos a través de generaciones. El de Cien Años de Soledad es un final en todo sentido y la serie consigue hacernos sentirlo desde la propia estética.

Macondo está decaído y la naturaleza abriéndose paso para reclamar el territorio alguna vez suyo: el herrumbre se apodera de las puertas, las hiedras de los muros y las hormigas de las casas. Y los Buendía, o los que quedan de ellos antes de que la familia se acabe de extinguir por completo, son también parte de ese deterioro.

La historia de este episodio final es básicamente la de Aureliano Babilonia (Sebastián Osorio), el hijo de Mauricio Babilonia y Renata (o Meme). Y tiene sentido que el derrotero de la familia se cierre con alguien que siempre fue considerado prácticamente ajeno a la misma. Para todos es el bastardo y así se lo enrostra cada vez que puede Fernanda del Carpio (Margarita Rosa de Francisco), ese personaje casi de Dickens trasplantado a Colombia o, mejor dicho, a ese mundo propio y decadente que es Macondo…

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Los días de Aureliano con ella (su abuela, aunque no lo sepa) son un calvario de maltratos y desprecios en una relación que bordea la esclavitud y de la cual solo puede escapar yendo al laboratorio de Melquíades para descifrar los manuscritos bajo consejo y asesoramiento de este. Hasta que un día el anciano ya no está…

Melquíades, en efecto, no muere como lo hiciera otras veces y, de hecho, los fantasmas no lo hacen. Simplemente desaparece para ya no regresar más, con lo cual, en consonancia con la historia de la familia a lo largo de un siglo, la soledad de Aureliano Babilonia ante los pergaminos pasa a ser más soledad que nunca.

Y, como todo allí, cualquier intento suyo de avanzar con los mismos termina mal. Desafiando la prohibición de Fernanda, quien no está dispuesta a que sea visto por las calles el bastardo de la familia, se escabulle de todas formas hasta la tienda de libros de un sabio catalán en la cual se halla el ejemplar que, según le dijera Melquíades, le dará la respuesta definitiva sobre sus orígenes. Pero en el camino de regreso es atacado y robado, quedándose sin libro…

La buena noticia es que al regresar a la casa, Fernanda está muerta. La mala es que cuatro meses después, y procedente de Roma, arriba José Arcadio (Emmanuel Restrepo), el hijo de ella que supuestamente destinado a ser Papa, pero del que Aureliano se da rápída cuenta de que su vocación religiosa ha sido siempre puro cuento, permitiéndole incluso su conocimiento de latín descubrir que ni siquiera sabe pronunciar una misa de muertos.

A pesar de que José Arcadio comienza despreciándolo y solo quiere el tesoro que supuestamente escondió Úrsula, Aureliano termina haciendo con él amistad aun cuando nunca deje de llamarlo bastardo. Y juntos convierten a la casa en escenario de placeres libertinos, especialmente cuando un grupo de muchachos traídos por el primero logra dar finalmente con el tesoro, aunque solo para que se lo terminen robando tras ahogarlo.

Y detrás llega Amaranta (Estefanía Piñeres), la hija de Fernanda que sería supuestamente reina de Bélgica y que viene acompañada por un esposo aficionado a los insectos con la loca idea de instalar para Macondo un servicio postal aéreo, pero ya nada allí puede funcionar. Sin saber que es su tía, Aureliano termina teniendo una secreta relación con ella y, como resultado, un niño que, acorde a la profecía sobre las historias amorosas entre parientes, tiene cola de cerdo…

Y para cuando Aureliano logra finalmente descifrar los pergaminos, ya es tarde. Un vendaval de viento huracanado arrasa por completo a Macondo y es entonces cuando se da cuenta que lo que Melquíades escribió no era una profecía sino la historia completa de la familia, la cual no recorrió cronológicamente, sino que concentró todos los instantes en uno solo haciendo confluir pasado y presente. No futuro, porque ya no hay

En coincidencia visual con ello, los distintos personajes que han pasado por esa casa desfilan como fantasmas con la inexpresividad propia de los antiguos retratos de época, esos en los que estaba casi vedado sonreír a la cámara.

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El principio y el final son una misma cosa. “El primero de la estirpe está atado un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas” rezaba aquella sentencia que ahora cobra sentido para Aureliano al ver este cómo, en imagen terrible, los pequeños y voraces insectos dan cuenta del cuerpo del bebé que han tenido con Fernanda.

Y la banda sonora del episodio final ha guardado también concordancia, pues ha sido por lejos el más ecléctico al incluir música de muy distintas épocas y géneros, desde clásica hasta cumbia colombiana pasando por jazz y recalando según los momentos en Mozart, Chopin, Bach, Rossini, Scarlatti o Mascagni, pero también en Édith Piaf, Carlos Gardel, Duke Ellington, Django Reinhardt, Juancho Valencia, Cachaíto López o… David Bowie. Sí, muy raro escuchar Let´s dance en Macondo.

La ambientación ha estado también en este capítulo final a la altura como a lo largo de toda la serie y no se puede menos que aplaudir el esfuerzo de montar un pueblo completo para después modernizarlo, hacerlo decaer y finalmente destruirlo, lo cual imagino que pueda haber arrancado lágrimas de escenógrafos y equipo de producción.

La tormenta final, de hecho, termina siendo la más dramática representación de la violencia de la historia, el fin de los tiempos y la destrucción de la memoria, pues tal como nos dice al cierre el relato en off, y en correspondencia con la frase final del Gabo, “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la Tierra”.

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Porque Cien Años de Soledad es una historia que acaba siendo circular al volver a su punto de inicio, pero no cíclica, ya que no habrá más inicios. No más nombres repetidos ni militares que afronten y pierdan treinta y dos guerras civiles. Los Buendía ya no tendrán descendencia y Macondo será para siempre borrado de la memoria de la humanidad. Y tiene sentido que sea la naturaleza quien se encargue de hacerlo…

Cien Años de Soledad se lleva, en el balance final, un más que aprobado. Es cierto que pueda haber tenido algo de cobardía a la hora de desprenderse un poco más de la novela, pero ha logrado con buenas actuaciones y poesía visual lo que parecía difícil, si no imposible: que pudiésemos ver con nuestros propios ojos ese tan increíble mundo imaginado seis décadas atrás por la deslumbrante imaginación de García Márquez.

Así que, más allá de cualquier pega que se pueda poner y que para nada empaña el resultado final, vayan pues felicitaciones y reconocimiento para autores y responsables de llevar adelante semejante desafío. Y si la consecuencia es que más de alguno se sienta atraído a leer la novela, pues doble mérito…

Hasta la próxima y sean felices…

Rodolfo Del Bene
Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.
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