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Análisis de La Historia de Lisey. Miniserie. Episodio 7

Penúltimo episodio de La Historia de Lisey, la miniserie que emite Apple TV y que, guionada por el propio Stephen King, adapta una de sus novelas más controvertidas bajo la dirección de Pablo Larraín.

Bienvenidos a un nuevo análisis de La Historia de Lisey. Ya estamos llegando al final y vuelvo a decir algo semejante a lo que dije del episodio anterior: algunas cuestiones se van cerrando, pero otras se siguen abriendo en un momento en que la cercanía del desenlace nos haría prever lo contrario. El episodio que nos ocupa es el séptimo y su título es Sin Chispa, sin Luz, frase que, como veremos, está cargada de doble sentido. Pasamos ya a analizarlo y advierto, por lo tanto, que SE VIENEN SPOILERS DE LA TRAMA, además de recordarles que pueden leer nuestros análisis anteriores aquí.

Lo que pasó con Scott

El episodio gira en torno a dos subtramas separadas en el tiempo: por un lado, los hechos que llevaron a la muerte de Scott Landon y, por otro, la resolución de la historia en torno al fan psicópata Jim Dooley.

Lo primero que vemos es un evento en una sala de teatro en la cual Scott Landon hace la presentación de un libro. A la entrada, los fans se agolpan para hacerle firmar ejemplares del mismo y se vive un momento de tensión cuando uno de ellos, provocando alarma en el personal de seguridad, se acerca para entregarle una varita mágica que él mismo dice haber hecho replicando la de la novela Reliquias. Scott la recibe con una mezcla de duda y temor mientras el fan le agradece por haberle “cambiado la vida”. O sea: es Jim Dooley más joven.

Por otra parte, ya desde que desciende del auto, Scott viene experimentando una insistente tos que le obliga a retirarse a los sanitarios una vez en el teatro. Mientras desde afuera se le avisa que en la sala le están esperando, la tos no solo no le cesa sino que se vuelve sanguinolenta y, viéndose al espejo, advierte su cuerpo lleno de heridas, una de las cuales coincide con el orificio de bala que alguna vez le dejara aquel fan en el campus universitario.

Repentinamente, uno de los grifos se abre solo y luego otro y otro. El agua mágica de Boo’ya Moon fluye y vuelve a curarlo una vez más, al punto que, cuando instantes después sale en busca del auditorio, parece estar otra vez como nuevo, sin dolencia alguna ni laceraciones a la vista.

Solo es una sensación momentánea: recibida la ovación y a poco de empezar a hablar, la tos le recomienza e, instantes después, tal como ocurriera con Lisey en aquel momento Linda Blair del episodio anterior, vomita el agua en chorro a presión ante la mirada horrorizada de los asistentes. Una vez que la misma ha salido de su cuerpo, se desploma sobre las tablas mientras el personal del teatro pide por un médico.

Scott acaba en un hospital y hasta allí llega Lisey en estado de angustia y desesperación, pues se lo ve muy delicado. Entre lo poco que él llega a decirle, menciona aquel episodio en que su hermano Paul lo hiriera en una pierna mientras le perseguía reptando por las escaleras.

Desde ese día, según afirma, el mal siempre lo acompañó en su interior. Lisey, entre sollozos, pregunta si entonces todo fue ocasionado por Paul, pero él desvía la cuestión y le cuenta que ya no puede ir a Boo’ya Moon para curarse en el lago porque ahora todos los caminos le están siendo bloqueados por el “niño alto” o “larguirucho”. Scott está muriendo y el tono de sus palabras así lo evidencia: lo último que hace es agradecer a Lisey por haberle sacado de la oscuridad; algo así como que, gracias a ella, terminó viviendo más de la cuenta. Son, desde ya, sus palabras finales antes de que Lisey rompa en llanto.

El extenso flashback se cierra con Lisey ya de vuelta en su casa mientras, hablando sola, pregunta a Scott si lo están comiendo los gusanos o está en algún otro lado. Sabe, claro, que su difunto esposo solía visitar Boo´ya Moon por lo que podría, de alguna manera, seguir vivo en ese mundo.

Dado que, habiendo visto el episodio anterior, conocemos lo que va a ocurrir, podemos interpretar que Lisey se niega a dejar partir a su esposo y recién comprenderá que debe hacerlo cuando, ignorándolo en el anfiteatro del lago, opte, en cambio, por salvar a su hermana Amanda que, a diferencia de él, sigue viva.

La vemos, además, reordenando la casa y quitando de en medio todo objeto que remita a la memoria de su esposo, siendo imposible disociar esa escena del testimonio del propio Stephen King cuando contó que, tras aquel accidente en que fuera embestido por una camioneta en 1999, se encontró con que, al regresar del hospital, su esposa Tabitha había cambiado en la casa todo de lugar, siendo ese episodio puntual el que le llevó a escribir La Historia de Lisey. Como ya hemos señalado en otras oportunidades, los límites entre realidad y ficción son imprecisos, tanto para los personajes como para nosotros, ya sea en calidad de lectores o de espectadores.

El Faro en la Oscuridad

La segunda mitad del episodio nos lleva a la actualidad de la historia, en donde nos habíamos quedado con Lisey, Amanda y Darla preparando la trampa para Dooley, a quien la primera ha citado para un encuentro a las diez de la noche en el estudio de Scott. En las cercanías del lugar, el policía más inútil del mundo (léase oficial Dan) ha decidido, por alguna razón, retomar su puesto de vigilancia a pocos metros de la casa. Pero, claro, no hay que olvidar que estamos hablando del mismo efectivo que abandonó ese puesto la noche en que Dooley torturó a Lisey y que no vio nada durante su pobre inspección del domicilio de Amanda siendo que, una vez más, Dooley estaba allí.

¿Qué tanto puede, entonces, sorprendernos que un psicópata de chaqueta amarilla que avanza en la lluvia sin cuidado alguno ni capucha sobre su cabeza le dispare a través del cristal y le deje sin vida en el interior del auto? Nada. Adiós a un personaje que bien podría no haber estado.

Amanda y Darla, en tanto, cruzan el bosque al abrigo de un paraguas y no sé por qué prefieren hacerlo de ese modo con semejante psicópata dando vueltas: hacen acordar a esas chicas de película slasher que cruzan el campus de la universidad solas y en plena noche. Vamos a suponer que es para no sembrar sospechas con un auto en las cercanías o que, simplemente, creen que Dooley (ese mismo que golpeó, cortó y desfiguró a su hermana) es un muchacho de palabra y no va a llegar antes de la hora acordada.

Más aún llama la atención que Amanda lleve en sus manos un palo de hockey autografiado por un tal Patrice Bergeron (existe: me encargué de chequearlo); consultada por Lisey al respecto, dice haberlo traído como arma. Claro, hay que recordar que le retiraron la pistola que tenía en su casa, pero, por suerte, la siempre más pragmática Darla no se ha deshecho de la misma y la ha traído consigo.

La conversación deriva hacia Boo´ya Moon: a Lisey le intriga la cuestión de los dobles; se pregunta por qué Amanda estaba en ambos mundos y lo mismo la colcha afgana, pero cuando quiere hablar de las personas amortajadas en el anfiteatro, Amanda comienza a angustiarse y no quiere hablar del tema. En cambio, le pregunta a Lisey si Scott le comentó acerca de la historia que estaba escribiendo y remarca el hecho de que nunca le dedicó un libro, cosa que esta última relaciona con el haber querido mantener la vida privada por fuera del mundo del éxito editorial: una vez más, suena a discurso autorreferencial de King.

Darla, al igual que nosotros, se sorprende de que Lisey no tenga un plan o, mejor dicho, eso que tiene no puede ser llamado plan: que sus hermanas, mientras ella habla con Dooley, se escondan en el cuarto de baño y esperen a actuar cuando la oigan pronunciar la palabra clave “greenlawn” (nombre del instituto psiquiátrico en que estaba internada Amanda).

Dooley entra en la casa equipado con un dispositivo de visión infrarroja que le permite ver a Lisey en la oscuridad. La conversación entre ambos gira en torno a un intercambio poco claro: él reconoce el faro que adorna el estudio de Scott como un premio que le otorgaron por las 750.000 copias vendidas de su novela La Hija del Cabotaje. Lo que no se entiende es por qué ahora lo quiere cuando en su momento lo miró con poco interés mientras se llevaba los manuscritos.

Lisey lo descoloca al mencionarle que tanto él como el sujeto que le disparara a Scott proceden de Tennessee y compartieron allí internación en un mismo instituto psiquiátrico. Sugiere, claro, una sociedad o conexión entre ambos, lo cual, desde luego, carece de sentido porque nunca Dooley hubiera aprobado que se le disparase al escritor de su devoción. Pero la intención de Lisey es, justamente, ponerlo nervioso y lo logra, al punto que parece estar a punto de dispararle. En ese momento, ella enciende la luz del faro y lo deja ciego por su visión infrarroja.

Pero, tal como dijimos, Lisey no tiene un plan y la escena deviene en un combate cuerpo a cuerpo en el cual, obviamente y una vez recuperado, Dooley saca ventaja. Ella pronuncia la palabra clave y sus hermanas salen del escondite: Amanda golpea a Dooley con el palo de hockey pero de mucho no sirve y la cosa termina con ella inconsciente en el suelo. Darla le dispara dos veces pero la tercera bala no sale y ello hace que Dooley, aun herido, recupere terreno y la deje en el mismo estado que a Amanda. Seguidamente, vuelve contra Lisey pero, mientras la está estrangulando, ella se concentra en Scott, a quien ve sentado en el anfiteatro del lago y de inmediato la lluvia comienza a caer ya no solo fuera de la casa sino ahora también adentro.

Y otra vez el agua mágica. Lisey ha conseguido llevar a Dooley a Boo’ya Moon, lo cual era el objetivo buscado. Ella sostiene en mano la pala plateada que allí la mantiene a salvo, mientras reflexiona a viva voz sobre la inútil obsesión de buscar motivaciones en detrimento de las coincidencias: la vida, dice, no funciona así, sino que es “un maldito perro que recorre 2500 kilómetros para volver a casa después de tres años”. La alusión, claro, hace referencia a aquel titular de periódico comentado por Scott en el episodio anterior y es, una vez más, parte del discurso de King: la dedicatoria parece dirigida a quienes (como yo) se devanan los sesos tratando de hallarle sentido a las incongruencias de la historia.

Deambulando nervioso por entre la floresta con la luz del faro dándole cada tanto en el rostro, Dooley le recrimina que ella no es escritora y que “solo se acostaba con él” en clara referencia a Scott. La quietud del entorno no arroja buen presagio, pues ya sabemos que en Boo’ya Moon no hay viento, por lo que la vegetación meciéndose solo puede indicar la proximidad del “niño alto”. De hecho, Lisey no hace más que invocarlo hasta que, finalmente, se presenta…

Balance del Episodio

Aun dentro de un contexto extraño, fue una entrega extraña. No ha sido un mal episodio, pero ciertas cuestiones deberían empezar a cerrarse al estar a la vista el final del túnel, pues solo queda un episodio. A la vez, el propio autor nos sigue recordando que, quizás, no debamos esperar todas las respuestas.

De hecho, los dos últimos episodios han sido los que más incongruencias han mostrado y, justamente, ha estado en ambos presente la discusión sobre la obsesiva necesidad de explicarlo todo cuando en la vida ello no ocurre. No es casualidad: King se está justificando y, de algún modo, golpea a la mandíbula del lector o espectador del mismo modo que Paul Sheldon en Misery al querer cambiar el tono de sus novelas.

Por otra parte, hemos visto que el agua curaba a Scott pero sus efectos, según parece, se fueron haciendo cada vez menos duraderos y le han traído daños colaterales que lo llevaron a la muerte.  ¿Estamos hablando de adicciones? Es muy posible cuando el propio King dice haber escrito muchas veces bajo efectos de la cocaína, al punto de ni siquiera recordar en qué momento escribió algunas de sus historias: Cujo, la principal de ellas… No es nada alocado, entonces, relacionar ello con la noticia del perro que regresó a su hogar después de tanto tiempo. Al igual que Cujo, Ralph (tal el nombre del can) carece de explicación y funciona como metáfora de la vida.

Por cierto, el título Sin Chispa, sin Luz guarda una doble lectura: es la leyenda que reza un letrero en el teatro al inicio del episodio y en su sentido literal llama a no fumar pero, de modo más figurativo, puede referirse al bloqueo o vaciamiento de ideas de un autor consumido por las drogas.

Perfectamente puede ser esa la oscuridad de la que Scott dice que Lisey lo sacó o, yendo más allá, la de King en relación con su esposa.

En lo que respecta a actuaciones, este ha sido el episodio de mayor lucimiento de Julianne Moore. Y era hora considerando que la serie se llama La Historia de Lisey.

En definitiva, repito, no ha sido un mal episodio y ha comenzado a ahondar en algunas respuestas. La pregunta es, claro, si tenemos que esperar que sigan apareciendo o debemos quedarnos con la analogía del perrito.

Lo sabremos la próxima, cuando estemos analizando el último episodio. Hasta entonces y sean felices…

Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.

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