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Análisis de Fargo, Temporada 4, Episodio 3

La tercera entrega de esta cuarta temporada de Fargo nos ha permitido conocer mejor a algunos personajes, además de anunciarnos una inminente guerra entre italianos y afroamericanos.

Hola, fargueros. Pensar que estuvimos esperando tres años por la cuarta temporada y ahora se nos hace  eterna la semana entre episodios. Pero aquí estamos otra vez para comentar, justamente, el tercero, que sigue confirmando a Fargo (la serie de FX creada por Noah Hawley) como una de las grandes series de hoy en día. Cumplo en avisar, como es regla en este sitio, que SE VIENEN VARIOS SPOILERS DE LA TRAMA, por lo cual no recomiendo seguir leyendo si aún no lo han visto.

Puedes ver aquí nuestros artículos sobre Fargo.

La acción se toma un cierto respiro (aunque tiene sus momentos) para, en cambio, dejar más lugar a uno de los puntos fuertes de la serie: sus excelentes diálogos. Uno tiene ganas de que nunca terminen esas impagables charlas que se cruzan entre protagonistas.

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Y ya lo saben: “Los hechos que se narran a continuación son reales; ocurrieron en Kansas City en 1950. Por respeto a los vivos, los nombres de los protagonistas han sido cambiados. Por respeto a los difuntos, el resto se cuenta tal como ocurrió”. Así es: y bien sabemos que esa maravillosa mentira en forma de sentencia al inicio de cada episodio es un guiño cómplice que nos invita a mantener el engaño.  A fin de cuentas: ¿cuánta supuesta historia “real” dando vueltas por allí realmente lo es?

No hay Peor Sordo que el que no quiere oír

Comenzamos a conocer en profundidad a Dick “Deafy” Wickware (Timothy Oliphant), quien, apenas esbozado en el episodio anterior, asume ahora un papel central desde el arranque. Se trata de un detective que ha llegado desde Salt Lake City tras la pista de las dos reclusas fugadas en el episodio anterior. Recordemos que, siendo una de ellas hermana de Dibrell (madre de Ethelrida), se han ocultado en su casa, cosa que Deafy sospecha. Por tal razón acude al marshall local para solicitarle refuerzos policiales a los efectos de irrumpir en la vivienda.

Entretanto, la conversación nos permite saber que es un profundo creyente mormón (en un estado en el que no son bien vistos) de discurso puritano: reniega de cualquier bebida que contenga cafeína y es comedor compulsivo de zanahorias. Su apodo Deafy (sordito) no tiene que ver con problema de audición alguno sino con que escuchar solo lo que quiere.

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Al parecer, es de principios (a su juicio) rectos pero frío e implacable, que desprecia por igual a italianos y negros, a quienes ve como una de las tribus expulsadas de Israel por Dios. Más allá de su propia investigación, está al tanto de la balacera frente a la clínica del doctor Howard y no solo sabe que se trató de un fallido ajuste de cuentas de los italianos, sino que huele, acertadamente, que la policía local está en contacto con ellos y les ha advertido de no continuar con acciones que los expongan.

Pastel de Manzanas

Cuando Deafy llega con sus hombres a la casa en que presume que las prófugas se ocultan, alcanza, desde el auto, a ver el momento en que Thurman recoge el pastel de manzana que allí acaba de dejar Oraetta (la enfermera despedida), tal cual habíamos visto al final del episodio anterior. Forzando la puerta, ingresan a la vivienda y se encuentran con la familia a punto de cenar, llamando la atención del detective que haya cinco cubiertos sobre la mesa en lugar de tres.

Uno a uno, los integrantes de la familia son interrogados pero, a pesar del terror que experimentan, los tres, hasta la adolescente Ethelrida, niegan que las fugadas se encuentren en la casa.  Deafy no les cree, por lo que envía a revisar el sótano, en donde funciona el depósito de la sala funeraria de la que Thurman y Dibrell son dueños.

La fortuna juega a favor de la familia, pues los efectivos que revisan los cofres del sótano son blandos de estómago y, al encontrar un par de cadáveres ya en estado de descomposición (la casa tiene problemas con la instalación eléctrica y es dable pensar que la refrigeración de la morgue no funciona bien), comienzan a dar arcadas y regresan arriba diciendo que no encontraron nada.  Deafy sigue sin convencerse, pero parece tocado cuando, en charla con Dibrell, nota que es creyente y descarta que alguien tan devoto pueda estar faltando a la verdad. Tanto él como el resto de los hombres abandonan el lugar sin saber que Zelware, junto a Swanee (su amante presidiaria y  cómplice de fuga) permanecían ocultas en un cofre que no llegaron a revisar.

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La situación crispa aún más la ya tensa relación entre Zelware y su hermana Dibrell , quien las quiere lejos de casa antes de seguir exponiendo a su familia; ese es también el plan de Zelware y Swanee, pero dado que necesitan dinero para subsistir, están tramando un atraco (especialidad por la que fueron a prisión), aunque aún no sabemos cuál es el blanco que tienen en mente. Por lo pronto, Swanee se termina comiendo el pastel que preparó Oraetta (recordemos que en el episodio anterior habíamos visto a la enfermera echarle jarabe de ipecacuana) y ambas salen de la casa en el interior de un ataúd.

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Ya que mencionamos a Orlaetta, ha conseguido empleo y nada menos que en la clínica del doctor Harvard (aquel que negara atención a Donatello Fadda tras ser herido).

Tensión entre Hermanos

Entre los italianos, Josto Fadda se ve cada vez más cuestionado por su recién llegado hermano Gaetano, quien lo ve blando para ser líder, echándole en cara que la silla le queda grande y que no ha sido capaz de tomarse venganza del doctor Harvard.

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Rabbi, en tanto, mantiene cierta amistad con Satchel, el niño afroamericano hijo de Loy Cannon que está viviendo con ellos como parte del intercambio para asegurar la paz entre las bandas. Por cierto, a Gaetano no le cae bien Rabbi  ni por su origen irlandés ni por haber traicionado a su propia familia: por tal razón y asumiendo casi un liderazgo paralelo, decide enviarlo en una misión que pruebe su lealtad.

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Recuerdos de Nüremberg

Del lado de los afroamericanos, la trama se centra esta vez menos en Loy y más en Doctor Senator (nombre que, indefectiblemente, mueve a la sonrisa), quien, en charla con Ebal Violante (hombre de los Fadda), no solo insiste en el supuesto acuerdo que, por el matadero, tenían con Donatello, sino que, además, narra una particular anécdota personal de cuando, durante la guerra, se le encargara nada menos que interrogar a Herrmann Göring sin saber que el verdadero objetivo de ello era quebrar al jefe nazi con la humillación de ser interpelado por un negro. La anécdota tiene cierto aroma a Tarantino (y no es lo único en el episodio), pero, haciendo justicia, hay que recordar que la cinematografía de este debe no poco a la influencia de los hermanos Coen (directores de la película Fargo y productores de la serie): quizás la palabra adecuada sea “reinfluencia”.

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Gloria, Gloria, Aleluya

Por su parte, Josto, cuestionado por su hermano, necesita demostrarse a sí mismo y a los demás que es la cabeza allí: para hacerlo, debe liquidar a Harvard en algún momento. Tal obsesión lo lleva a plantarse con su auto frente a la clínica y apuntar hacia las ventanas gatillando con el dedo, como si practicara, pero es sorprendido por Oraetta, quien sale de su nuevo lugar de trabajo y lo acusa de ser un depravado que la está espiando. Josto lo niega enfáticamente, pero el hecho, no obstante, termina con ella masturbándolo dentro del auto mientras entona el Himno de Batalla de la República (el famoso “Gloria, gloria, aleluya…”).

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Rumor de Guerra

A todo esto, la misión que Gaetano ha encargado a Rabbi y a uno de sus secuaces es la de disparar contra Lemuel Cannon, hijo mayor de Loy, estudiante universitario y músico de jazz. Rabbi se encuentra entre la espada y la pared: sabe que su lealtad está siendo puesta a prueba, pero también que disparar contra uno de los Cannon iniciará una guerra entre bandas con el agravante de que cada una tiene como rehén a un niño de sus rivales, pues Satchel Cannon permanece junto a los italianos y Zero Fadda con los afroamericanos.

Sus vacilaciones hacen que cuando su auto se pone a la par del que lleva al hijo de Loy, no se atreva a disparar, debiendo hacerlo su compañero Calamita, pero ya a destiempo y solo asestando un par de impactos al vehículo, que huye raudamente.

Está claro que es un mal día para los afroamericanos ya que, en un hecho absolutamente desconectado (algo clásico en Fargo), Zelware y Swanee llevan a cabo el golpe que venían tramando, el cual consiste en irrumpir a mano armada en las oficinas de Cannon por haber notado allí movimientos de dinero. La escena es de lo más grotesca porque Swanee, por efecto del pastel, no para de vomitar y soltar flatulencias; a pesar de ello, Zelware logra hacerse con el dinero, pero con resistencia y un saldo de tres afroamericanos muertos.

El día no puede ser peor para Loy: han disparado a su hijo, robado su dinero y matado a tres de los suyos. Sin embargo, no sabe cómo actuar, pues es consciente de que cualquier contraofensiva hacia los Fadda puede devenir en la muerte de su hijo si es que no ha ocurrido aún. En medio de lo confuso de la situación, Doctor Senator, el pensante de la banda, le menciona la posibilidad de que los italianos estén divididos y los hermanos Fadda estén actuando cada uno por su cuenta.

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Balance del Episodio

Otro gran episodio de Fargo: se mantienen las marcas de fábrica de la serie, como las ya clásicas pantallas segmentadas (¡esta vez en cuatro!) y una trama que, ya más decididamente, va girando hacia el humor negro. Hemos conocido más a algunos personajes que se revelan como interesantes, tales los casos de Deafy y de Doctor Senator, a la vez que Oraetta permanece aún como una gran caja de sorpresas, pues su carácter psicótico no se nos termina de revelar todavía en su completa esencia y sus motivaciones se hunden en el misterio. Hasta los locos tienen motivos, solo que son motivos locos y, en el caso de ella, aún no los conocemos por completo: creo que la enfermera aún no ha jugado su carta más importante y que se convertirá en un personaje clave casi sin proponérselo.

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La guerra entre bandas se avizora como inminente, aunque el tenor y la forma en que el conflicto está planteado hacen difícil prever los carriles que la misma transitará. Ya lo dice, en un momento, Rabbi: “la vida es como el póquer: juegas con las cartas que te han dado”.

Hay, aun dentro de la excelencia que la serie mantiene, un doble peligro latente de pecar por exceso en próximos episodios. Por un lado, cierto componente escatológico ya visto en el primer episodio con la brutal flatulencia de Donatello Fadda instantes antes de ser herido mortalmente y que aquí vuelve a aparecer con la alocada escena del robo a las oficinas de Cannon, que también incluye flatulencias más vómitos; ello sin mencionar la escena de masturbación: de momento, está todo en justa medida y contexto, pero esperemos que el correr de los episodios no transforme el recurso en reiteración. Por otra parte, está también la posibilidad de que tengamos superpoblación de personajes excéntricos, lo cual podría llevar a un excesivo desmembramiento de la trama en torno a cada uno, algo que no ocurrió en temporadas anteriores.

Pero hablar de peligro implica, por definición, que los problemas aún allí, sino que se nos disparan las alarmas: de mi parte confío en el buen criterio hasta aquí demostrado por Noah Hawley y los hermanos Coen para llevar la serie por el camino correcto. O mejor dicho, por el incorrecto… o no sería Fargo.

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Hasta la próxima semana, fargueros. Sean felices…

 

Rodolfo Del Bene
Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.
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