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Crítica de Maldita, temporada 1: fantasía épica a mitad de camino en Netflix

Una vez más, Netflix vuelve a incursionar en el terreno de la épica de corte medieval, en este caso a través de Maldita (Cursed), serie basada en la novela homónima de Tom Wheeler ilustrada por Frank Miller.

El género de espada y hechicería debe estar dando buenos réditos a juzgar por el hecho de que Netflix haya lanzado, en menos de un año, tres series de propio cuño que se inscriben dentro del mismo. A la aceptable The Witcher le siguió la menos feliz Carta al Rey y ahora nos llega Maldita, adaptación de una novela escrita por Tom Wheeler e ilustrada nada menos que por el legendario Frank Miller, de quien ignoro hasta qué punto se habrá involucrado con la historia en sí. Ambos autores, de todos modos, son también productores de la serie que, además, se hizo casi en paralelo con la novela publicada en octubre del año pasado.

Crítica de la primera temporada de The Witcher.

Crítica de la primera temporada de Carta al rey. 

Deposité muchas expectativas en este estreno: en primer lugar, por tratarse de una nueva visión sobre el fascinante mundo de las leyendas artúricas, al cual siempre voy a volver se estrene lo que se estrene y así se trate de la más sublime maravilla o de la peor basura; en segundo lugar, y tal como mencioné antes, por estar involucrado nada menos que Frank Miller, sobre cuyo inmenso aporte al mundo del cómic casi huelga hablar. ¿Se cumplieron mis expectativas? Paciencia: ya llegaré…

La Leyenda que siempre vuelve

Es bueno recordar que el ciclo de Pendragon ha sido no solo visitado con frecuencia en la pantalla grande sino también, con desigual suerte, en la ficción televisiva. Tal fue el caso de la muy interesante miniserie Merlín (1998), la cual, protagonizada por Sam Neill, introducía algunas pequeñas diferencias con los mitos tradicionales y reunía a un descomunal elenco con nombres como Miranda Richardson, Helena Bonham Carter, Rutger Hauer, Isabella Rosellini o Martin Short: casi nada.

Fue luego el turno de la serie de la BBC también titulada Merlín, de la cual se emitieron cinco temporadas entre 2008 y 2012: fresca y simpática, nos daba una aproximación diferente al plantear a Merlín y Arturo como adolescentes a través de una eficaz dupla interpretada por Colin Morgan y Bradley James, sin dejar de lado al inolvidable Ian Hart en la voz del dragón.

Entre 2010 y 2012, Startz produjo Camelot, serie algo dispar con un poco carismático Jamie Campbell Bower en el papel de Arturo y una siempre interesante Eva Green en el de Morgana; a pesar del éxito de audiencia y según en aquel momento se dijo,“insalvables problemas de producción” llevaron a la cancelación.

Es ahora Netflix quien se arroja hacia un universo una vez más reinventado, concepto que debe ser tomado con pinzas, pues, como por definición ocurre con toda leyenda, no existe versión única ni definitiva y, en este caso en particular, todo lo que mayormente conocemos procede de los escritos de Geoffrey de Monmouth (siglo XII) y de Thomas Malory (siglo XV), los cuales dan forma a lo que hoy podríamos denominar sin temor como canon artúrico.

Cambio de Protagonista

La historia de esta serie de flamante estreno se centra en Nimue, la Dama del Lago, interpretada por Katherine Langford (Por Trece Razones). El hecho de que, a diferencia de cualquier versión anterior, el protagonismo recaiga en un personaje femenino podría, a primera vista, ser interpretado como parte de las tendencias mainstream imperantes hoy en día; sin embargo, no se puede decir que ello devenga aquí en un anacrónico discurso militante. Claramente, el problema de Maldita no pasa por allí. Está bien, lo dije: hay un problema entonces. Y más de uno también, pero insisto: paciencia…

Nimue carga, desde niña, con el peso de ser una Inefable (Fey), es decir el de pertenecer a la selecta casta ancestral de quienes ofician como portadores de la antigua magia de tiempos prerrománicos, la cual, cada vez que se manifiesta, parece hacerlo en forma de invocación a la naturaleza, pues todo se llena de ramas y raíces. Pero lo importante es que el ser una Inefable convierte a Nimue prácticamente en una rechazada y marginada aun dentro de su propia aldea.

Una Britania en Transición

Uno de los aciertos de la serie es marcar bien el paso de las tradiciones celtas hacia las cristianas, parte esencial de las leyendas artúricas que, a diferencia de muchas versiones previas, está presentado como transición a la vez que como conflicto, ya que un sacerdote de nombre Carden (Peter Mullan) lidera una orden de monjes fundamentalistas conocidos como Los Paladines Rojos, los cuales, de modo cruento y sanguinario, llevan adelante una auténtica cacería de brujas contra quienes sostienen o ejercen las viejas prácticas paganas.

El enfoque es novedoso para las historias basadas en el ciclo de Pendragon, pero a la vez algo excesivo o anacrónico, ya que esas prácticas inquisitoriales parecen corresponderse con fechas más tardías. El verdadero líder detrás del líder, inclusive, termina siendo el propio Papa.

La Espada de la Discordia

Son, justamente, los Paladines Rojos quienes asolan la aldea de Nimue masacrando a sus habitantes. Ella, no obstante, logra escapar llevando consigo la espada que su madre le ha dado en custodia para que la entregue al mago Merlín. La espada, ni falta hace decirlo, es la célebre Excalibur, aunque ese nombre no aparece en toda esta primera temporada sino que se le hace referencia como La Espada del Poder, La Espada de los Primeros Reyes o, de modo más informal, Diente del Diablo.

Esta versión, de hecho, acentúa el valor fetichista de la misma al presentarla como talismán que despierta en los seres humanos los peores sentimientos. En ello, claro, parece haber huella del anillo de Tolkien: la espada es un objeto que tiene casi voluntad propia y que, al ir cambiando de mano en mano, se convierte a un mismo tiempo en obsesión y perdición para sus sucesivos portadores, así como en objeto de deseo para los distintos bandos en pugna que pretenden hacerse con ella. No deja de ser una paradoja que, habiéndose inspirado Tolkien en las leyendas celtas, sean ahora sus propias historias las que influyan al revisitarlas.

Un Merlín más Oscuro

Casi de modo tangencial hemos mencionado a Merlín y, desde ya, ninguna historia sobre el ciclo de Pendragon podría estar completa sin incluirlo: el icónico mago es aquí interpretado por Gustaf Skarsgård (Floki en Vikingos y Karl Strand en Westworld) y lo primero que nos va a impactar es encontrarnos con un Merlín venido a menos que, caído en el alcoholismo, ha, incluso, perdido su magia y carga con una aparente traición al rey Uter sobre sus espaldas.

En los dos primeros episodios, su personaje no termina de convencer pues parece repetir algunos modismos psicóticos de Floki en Vikingos mezclados con el caminar de Jack Sparrow. Sin embargo, al avanzar la serie, el personaje va adquiriendo brillo propio con gran mérito del bueno de Skarsgård, quien logra sacarle al mismo más de lo que parecería ofrecer al recrear con maestría a un Merlín oscuro, atormentado e intempestivo que hasta consigue que la serie se sostenga a flote cuando parece hacer aguas.

Por su parte, Uter (Sebastián Armesto) es, una vez más, representado como necio y ambicioso, con la variante de que aquí es un rey de personalidad absorbida por su madre. Ello hace que si bien pueda parecer un villano algo liso, sus propios conflictos internos y familiares lo van a hacer, hacia el final de la temporada, mostrar aspectos que lo terminan también convirtiendo en un personaje interesante, sobre todo al tratar de hacer aflorar de su interior lo que teme nunca haber sido.

Lo mismo se puede decir de Iris (Emily Coates), monja novicia que tiene ambición de sumarse a los Paladines Rojos, pero ello le está vedado por su condición de mujer y no puede soportarlo, al punto de terminar siendo presa de su propia locura que la lleva a obsesionarse con la idea de entregar a Nimue o incluso matarla. Y en el medio, no escatimará en nada con tal de lograrlo.

Un Crisol de Razas

Hay también algunos otros personajes logrados y otros no tanto, pero uno de los puntos que puede provocar urticaria en Maldita es la variedad racial que, al parecer, tenía la Inglaterra de los siglos VVI, en los cuales, se supone, transcurre el ciclo de Pendragon. Vayan por donde vayan y cualquiera sea la aldea visitada, siempre habrá gente de todas las etnias, incluyendo afros, asiáticos, latinos, etc. Y aquí volvemos sobre una cuestión que cada vez parece más reiterada al punto de que uno se hastía de tener que hablar de esto y dar siempre la misma y obvia explicación como si estuviera pidiendo disculpas.

Porque si uno se queja por la anacrónica diversidad racial de la Britania de esos tiempos, pareciera estar llamando a que le cuelguen el mote de racista o a que se malinterprete que le molesta la presencia de distintas etnias en pantalla. Pero si decidiéramos hacer una historia basada en la mitología incaica, ¿no sería un disparate llenar las aldeas de gente caucásica? Entiendo que se pueda aducir que, en definitiva, un mito puede ser reinterpretado como más plazca, pero esto no es la Tierra Media ni ningún otro mundo inventado: es, sí, un mundo mítico , pero con base histórica y, como tal, debe ser creíble.

Hasta el propio Arturo (Devon Terrell) encaja dentro de la corrección étnica, lo mismo que Morgana (Shalom Brune-Franklin, que, al menos hasta ahora, no es ni su media hermana ni tampoco tuerta sino una monja con inclinaciones lésbicas) y si bien se puede pensar en la posibilidad de que gente afro hubiese sido llevada como esclava a la Britania por los romanos (poco probable que en grandes cantidades), no encaja en absoluto que terminen siendo luego granjeros libres o monjes.

De hecho, parece una sociedad sorprendentemente abierta ya que no hay traza alguna de racismo ni tan siquiera etnocentrismo de algún tipo: pueden perseguir brujas o criaturas de la noche, pero, por lo que se ve, aceptan de buen grado y solidariamente la igualdad entre las razas. Casi un canto a la diversidad sorprendente para la época, como también el intenso ascenso social que se advierte.

Y ya que hablamos de época, hay algunos sorprendentes errores de ambientación, como la presencia de espejos de cristal (su uso se comenzó a difundir aproximadamente desde el siglo XIII) o herraduras (no se generalizaron en Europa Occidental hasta el siglo IX), aunque creo que el más grosero es cuando el padre Carden, justificando la cacería de los Inefables, sentencia: “… esta es la verdadera cruzada, no en Jerusalén sino aquí…”. Interesante analogía, aunque algo futurista ya que faltaban por lo menos quinientos años para la primera de las cruzadas.

Un Equilibrio Débil

Los efectos y la utilización del CGI tienen algunos buenos momentos y otros que no lo son tanto: alcanza con comparar la escena del oso con la de los lobos (si aún no han visto la serie, ya sabrán de qué les hablo cuando lo hagan) pero, en ese sentido, ya sabemos que es bastante probable que aún Netflix no haya soltado todo el presupuesto que requiere una producción de esta índole y quizás lo haga cuando compruebe que la propuesta funciona en cuanto a audiencia.

Lo mismo puede decirse de los escenarios, ya que la mayor parte de la historia transcurre en ámbitos cerrados o en sets de filmación más que en los majestuosos paisajes naturales que su carácter podría ameritar. Pero, repito, tengo confianza en que una hipotética segunda temporada venga con mayor presupuesto.

En las escenas de lucha o de batalla se advierte la misma disparidad: algunas se ven flojas o reiteradas.

Hay un tono de enfoque juvenil y ello no puede sino redundar en las consabidas escenas de romance y sexo (todo muy light, claro), pero también una impronta gore que, hasta por momentos, parece algo desencajada.

Es decir, a veces se peca por defecto y otras por exceso: alguien podrá decirme que entonces no estoy conforme con nada (y quizás tenga algo de razón), pero creo que falta el elemento capaz de equilibrar todo dentro de la trama. A ver si soy claro: lo que quiero decir es que cuando se presenta una escena edulcorada parece que se estuviera buscando deliberadamente el favor juvenil, en tanto que cuando hay una decapitación o mutilación de miembro, da la impresión de querer congraciarse con la crítica o con un público que busca algo más adulto, pero falta el puente que conecte ambas cosas.

Balance Final de Temporada

Pero entonces, ¿queda algo para rescatar en Maldita? Insisto una vez más en que la sola presencia de Gustaf Skarsgård logra, en muchos momentos, sostener la serie y su solo trabajo puede ser suficiente para mantener el visionado: por lo menos, para mí lo es.

Hay también, como he dicho, algunos otros personajes interesantes y una trama que, cuando menos, es entretenida y va creciendo en interés hacia el final, al punto que diría que el último episodio de la temporada es lo suficientemente bueno como para ponerle alguna ficha a que la historia sea continuada y, por supuesto, mejorada. Sobre el final hay varios giros interesantes en la medida en que van cambiando las alianzas y rivalidades en un triple juego que incluye a Uter, a los Paladines Rojos y a los normandos que, a su vez, están aquejados por divisiones internas.

Y no deja de tener, por cierto, su aspecto emotivo el irnos dando cuenta de quiénes estaban encubiertos bajo las identidades de algunos personajes: todo apunta a que, poco a poco, irán convirtiéndose en los que todos conocemos y que la historia, después de todo, terminará, aunque por caminos diferentes, aproximándose a una visión más clásica.

La fotografía está muy bien y la banda sonora es hermosa, perfectamente acorde con este tipo de propuestas basadas en la mitología celta.  Otro punto que me pareció interesante son los separadores de animación que van entre distintas escenas, los cuales remiten a cómic o a libro ilustrado.

Katherine Langford está aceptable en el papel principal, aunque muestra algunas limitaciones que delatan que aún no se siente del todo cómoda en el género (estuvo más que bien en Por 13 Razones).

En cuanto a Devon Terrell, en su interpretación de Arturo, no termina de transmitir el liderazgo innato que debería dimanar alguien destinado a proteger a la isla de los invasores normandos; tiene algún momento dramático bien logrado hacia los últimos episodios, pero la sensación que da es que no está en lo suyo: ni siquiera parece sentirse cómodo espada en mano. Hay que decir, no obstante, que el personaje tan pobremente garabateado que le han dado no ayuda mucho.

Vuelvo a lo que decía al principio sobre las expectativas que tenía al empezar a ver esta serie. ¿Quedaron satisfechas? Claramente no: se puede ver y tiene algunos puntos rescatables que ya mencioné, pero la sensación que me deja es de poco. Había potencial, así como una base para una historia fascinante, pero se queda a mitad de camino entre elementos que restan credibilidad, como la artificial y compulsiva búsqueda de corrección.

Y aquí vuelvo a Frank Miller: ¿hasta qué punto estuvo involucrado en la historia? ¿O solo la vio desde afuera? Es que no deja de sorprender que, siendo el responsable de algunos de los cómics más incorrectos jamás publicados (e inclusive codirector de Sin City) haya sido partícipe de una propuesta de este tipo. A menos, claro, que el aburguesamiento propio de la edad esté ya haciendo mella en nuestro querido y admirado Frank…

Que estén bien. Sean felices y hasta la próxima…

Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.

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