Quién nos iba a decir que una película de Denzel Washington, uno de los actores más carismáticos de los últimos 30 años, se iba a estrenar directamente en Apple TV. Un signo de los nuevos tiempos cinematográficos, que también vieron cómo la misma plataforma acogía el estreno de la inolvidable Macbeth de Joel Coen protagonizada por el mismísimo Washington. Del cielo al infierno también es una película inolvidable. Por lo decepcionante que resulta.
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Del cielo al infierno adapta una novela de Ed McBain que es más conocida por la adaptación clásica del maestro Akira Kurosawa, quien no solo rodaba películas de samuráis (como John Ford no solo estrenaba westerns).
Su argumento no puede ser más potente: un rico empresario a punto de hacer efectiva una transacción que puede aumentar exponencialmente su fortuna a costa de hipotecar su vida ve cómo su hijo es secuestrado. Sin dudarlo, decide pagar el rescate hasta que descubren que los criminales se han equivocado y llevado al hijo de su chófer.

Se establece así un dilema imposible con el que cualquiera podría sentirse identificado. Porque entregar el dinero supone salvar la vida de una persona que no es su hijo a costa de arruinar su vida y la de su familia. No os diré lo que ocurre en El infierno del odio (la adaptación de Kurosawa); tan solo animaros a verla. Si leer sobre Del cielo al infierno os ayuda a dirigiros hacia la misma me daré por satisfecho.
En esencia, el punto de partida de la película es el mismo que la original, salvo porque el protagonista pasa de tener una empresa de zapatos a ser un magnate de la industria musical. Un hombre que ha defendido la música negra y que quiere luchar con todas sus fuerzas por mantener su independencia frente al avance irrefrenable de la inteligencia artificial.
Y este detalle es el que define Del cielo al infierno. Porque una película de secuestros con un dilema moral tan radical realmente da más importancia al ímpetu del protagonista por defender la cultura musical negra.
Como el mismísimo Spike Lee, director y alma máter del proyecto. Toda una institución en Hollywood, un director que, sobre todo en los 80 y los 90, denunció el racismo imperante en Estados Unidos y defendió a ultranza la cultura negra y el barrio de Brooklyn, donde nació.
Desgraciadamente, Lee ya no es el director de Malcolm X (una de sus colaboraciones más icónicas con Denzel Washington), Camellos, La última noche o Plan oculto, su última gran película, hace ya dieciocho años. Desde entonces, horrible remake de Oldboy incluido, se ha convertido en una sombra, una parodia del gran director que fue.
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Pero, y probablemente con razón, sigue teniendo el suficiente crédito en Hollywood como para que cada uno de sus proyectos siga levantando expectación. Más cuando se reúne de nuevo con el bueno de Denzel Washington, su actor fetiche. Una institución de la historia del cine cuyas últimas interpretaciones (véase Gladiator II) están marcadas por la sobreactuación.
La presencia de ambas figuras justificó para Apple el desembolso y el hacer lo que ellos quisieran. Y, francamente, se han equivocado.

Porque Del cielo al infierno es una bobada de película. Una trama de secuestros que no va de lo que tiene que ir y en la que parece que su director está empeñado en sacarnos una y otra vez del filme. Lo hace buscando más la emoción con su defensa de la música negra que con la desaparición del hijo de su chófer. O con un pésimo uso de la banda sonora. Del cielo al infierno tiene muy buena música, pero su correlación con la trama no puede ser más equivocada. Y luego está la maldita manía de alargar las películas. A esta le sobra, directamente, media hora tras un falso final que es el que debería haber tenido.
En definitiva, Del cielo al infierno es un fracaso de película. Una broma malgastada sin alma que da la impresión de servir solo para que los viejos amigos Denzel y Spike se reencuentren y se tomen, entre toma y toma, unas cervezas recordando viejos tiempos. Ellos habrán afianzado su amistad, pero nosotros, directamente, hemos perdido el tiempo.
¡Un saludo y sed felices!
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