Drácula de Netflix: Steven Moffat vuelve a reinventar un mito

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En ocasiones, los personajes que surgen de la pluma de un escritor trascienden la obra original para convertirse en arquetipos. Numerosos héroes y villanos de distintas religiones y de la literatura han tenido tal impacto en nuestra sociedad que han sido versionados hasta el hartazgo con irregulares resultados. No hace falta acudir a la mitología grecorromana, sino que tenemos ejemplos mucho más recientes en el imaginario colectivo de los últimos siglos. Leyendas modernas como el Caballero Oscuro cuentan con interpretaciones muy dispares, pero son los personajes de dominio público los que más han inspirado a los creadores de todo el mundo, por razones evidentes. Y uno de los más llamativos es el conde Drácula, que cuenta con una nueva adaptación por parte de Netflix y la BBC.

Este no-muerto que aparece en la obra homónima de Bram Stoker, originalmente una interpretación más del mito del vampiro, se ha convertido en el exponente más significativo de este subgénero del terror, y el metro patrón por el que se miden todos los intentos posteriores de contar una buena historia con chupasangres. Al introducir el nombre de este monstruo en el buscador de IMDb aparecen más de trescientos resultados, y alguna de sus muchas adaptaciones ha llegado a ser más imitada que la propia novela, así que el showrunner Steven Moffat tenía ante sí una tarea titánica que ya llevó a cabo con más o menos acierto en Sherlock y Doctor Who: aportar su propia visión de un mito archiconocido y adaptarlo a las nuevas generaciones.

¿Ha conseguido esta legendaria figura televisiva salir airosa del paso? Comprobémoslo.

Un convento en Rumanía

Desde el principio, esta miniserie de tres capítulos deja claro que no pretende ser fiel al original, sino ofrecer su propia visión de los hechos: la acción comienza cuando un enfermo Jonathan Harker relata su experiencia dentro del castillo del conde Drácula a unas monjas que están cuidando de él en un humilde convento. A través de flashbacks que se dan durante esta incómoda entrevista, podemos encontrarnos con unas escenas bastante reconocibles de Harker visitando la guarida del vampiro, sin escatimar en añadidos de gore y humor negro que funcionan a ratos pero que no igualan ni por asomo el horror gótico de Coppola o Browning.

Esta adaptación consigue desarrollar su propia identidad, sin embargo, cuando el maquiavélico y rejuvenecido vampiro asedia un convento al que no ha sido invitado. A partir de este momento, la criatura tratará de manipular a todos los individuos que se refugian en él con las más viles estratagemas para conseguir su ansiado aperitivo y viajar finalmente a la idealizada Gran Bretaña, donde pretende hacerse pasar por un caballero civilizado. Pero, una vez se hace a la mar para dirigirse a su destino, las cosas comienzan a torcerse para él…

La sangre de muchos

Al igual que este Drácula trata de seleccionar a sus víctimas teniendo en cuenta la variedad de las mismas, la adaptación de Moffat toma prestadas demasiadas influencias como para citarlas a todas. Sin embargo, aunque hay elementos de versiones más alejadas de lo que solemos esperarnos de este personaje (como del Nosferatu de Herzog), parece contagiada del espíritu de la Universal o de la Hammer: lo que pretende es contar una historia entretenida y truculenta, adaptándola a los gustos actuales. ¿Lo consigue? Veamos…

En primer lugar, hay que destacar su trabajo en la reinvención de algunos personajes como Renfield o Jonathan Harker, cuyo sufrimiento a manos del vampiro resulta desgarrador. El cambio más llamativo es el que experimenta Van Helsing, con algunas diferencias bastante notables pero que mantiene una cualidad muy bienvenida: se trata de un individuo normal que se ha visto envuelto en esta horrible situación y que trata de estudiar al vampiro y de combatirlo como puede con sus escasos medios, no de un experto infalible. La persona encargada de dar vida a esta versión del personaje lleva a cabo una interpretación muy meritoria, cómica o solemne según lo requiera el guión, y es probablemente del descubrimiento más rescatable de esta miniserie, además del mejor Van Helsing desde Anthony Hopkins.

¿Y qué hay del propio conde? Claes Bang presta su rostro y su voz a una sensual y hedonista criatura inspirada principalmente en la versión de Lugosi, como atestiguan su peinado y la repetición insufrible de cierta frase por la que Universal Studios y el Defensor del Espectador deberían demandar a Moffat, pero consigue aportarle un delicioso toque personal. Aunque también puede mostrarse melancólico dependiendo de la secuencia, este Drácula ofrece una interpretación extremadamente divertida: los diabólicos trucos que el vampiro esconde bajo la manga y el modo en que disfruta de su cacería distraen hasta cierto punto de las carencias de este producto. Sin duda, el danés se ha divertido mucho interpretando a este desenfadado villano, y nosotros viéndolo.

Una copa agridulce de hemoglobina

A pesar de sus dos brillantes intérpretes principales, esta serie cuenta con una gran cantidad de problemas. El más importante es lo extremadamente irregular que resulta el conjunto y los océanos de distancia entre sus decisiones más acertadas y otras que resultan incomprensibles. Así, algunos de los momentos más sangrientos como las transformaciones de Drácula consiguen poner los pelos de punta por su visceralidad, mientras que otros golpes de efecto parecen sacados de una película de James Wan. El mal uso del CGI en algunas secuencias es más propio de una cinta de Asylum que de una producción de este calibre.

En cuanto al ritmo narrativo, haber optado por tres capítulos de hora y media no funciona tan bien como en Sherlock, donde las tramas autoconclusivas permitían contemplar las distintas entregas como largometrajes independientes. Precisamente el mejor capítulo de los tres, el segundo, podría tratarse de una película con valor por sí misma: relata el viaje en barco del conde de un modo extraordinariamente eficaz, gracias a un correcto elenco de secundarios y una historia con su planteamiento, nudo y desenlace. Las otras dos entregas, más subordinadas al resto del conjunto, no salen tan bien paradas, ya que su excesiva duración acaba desembocando en escenas redundantes o soporíferas.

Pongamos la etiqueta de spoiler para hablar del tercer capítulo, en el que Moffat repite el mismo truco que tan bien funcionó con el detective londinense: trasladar al personaje a la actualidad. Comienza planteando algunos conflictos bastante interesantes como el choque entre dos concepciones del mundo separadas por el paso de los siglos, y la explicación sobre los puntos débiles de Drácula que ofrece Van Helsing podría haber dado mucho más de sí… pero la conclusión de este episodio y de la miniserie es tan apresurada y confusa que casi parece invalidar el resto. El tramo final del arco de Lucy Westenra podría haber sido interesante pero lo chapucero de los diálogos y de los efectos especiales acaba convirtiéndolo en un lamentable ejercicio de comedia involuntaria.

Conclusión

¿Merece la pena el Drácula de Steven Moffat y Mark Gatiss? Quizás contenga hallazgos puntuales para los más incondicionales amantes del terror o para los interesados en la figura del conde, pero invertir cuatro horas y media de valioso tiempo en esta versión tan irregular puede resultar excesivo para el resto, sobre todo cuando la serie no recompensa al espectador con un final a la altura. A pesar de los interesantes desarrollos que plantea y del excelente capítulo central, y a la espera de que el equipo creativo confirme una posible segunda temporada, se trata de una versión fallida como adaptación y, sobre todo, como producto independiente. Sin embargo, es imposible reprimir una morbosa curiosidad por comprobar qué aventuras vivirá este nuevo Drácula cuando a sus responsables se les acaben las secuencias de la novela que adaptar.



el autor

Periodista recién graduado. Redactor en esta página y en el portal digital madridesnoticia. Creador de contenido para redes sociales. He publicado siete libros de ciencia ficción y fantasía en formato ebook, y cuento con un blog donde expongo mis proyectos. Si pinchas en esta casita tan maja, podrás verlo.

6 comentarios

  1. Pues, a mí me ha gustado bastante; me ha parecido valiente y me ha tenido enganchado de principio a fin, a pesar de que el final sí que me ha chirriado. Además, se nota quiénes son los showrunners de la serie porque tenemos a otro superprota arrogante, inteligente y con mucho encanto.

    • Valiente es un rato, y se agradece que se intente algo distinto con un icono como este pero, en mi opinión, la ejecución deja mucho que desear, en particular durante su tramo final. Es, de hecho, el primer ‘revival’ de Moffat que no ha recibido alabanzas casi unánimes durante su primera temporada.
      Sin embargo, está suscitando cierto debate, y eso siempre es mejor que la indiferencia.

  2. JORDI SANS el

    Es recomendable 100%, una producción de altura, y un tratamiento del mito novedoso con sus guiños a obras clásicas. Excelente.

      • JORDI SANS el

        Moffat tiene una gran trayectoria, y entonces con alguien así nos ponemos nerviosos cuando hace algo diferente. Más de un guionista/showrunner le gustaría tener a esta serie en su currículum.

        • Desde luego, tiene sus logros, y la idea de expandir pasajes de la novela (el convento, el barco…) y de adaptarla a la actualidad podría haber dado más de sí, pero el problema que muchos tienen no es por su novedad (ahí está Sherlock, mucho mejor recibida) sino por su ejecución.
          También hay que decirlo, el Internet del 2010 no es el del 2020 y este puede ser uno de los factores que explique la ¿polémica? que ha habido con la serie, pero en este caso coincido con la mayoría de las críticas.

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