Bienvenidos un sábado más a la sección de los amantes del cómic. Bienvenidos a El cómic de la semana y a su vez auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez. Hoy destacamos Yo, loco, de Antonio Altarriba y Keko. Al final del artículo tendréis la portada y el enlace.
Hoy hablaremos de Yo, loco, cómic dibujado por Keko y con Antonio Altarriba al guión que ha sacado Norma Editorial en nuestro país. Es una historia completa sin necesidad de leer nada antes ni después, por más que algún detalle no muy importante pueda venir de la anterior obra de los autores, la fantástica y premiada «Yo, asesino» (de la que ya hemos hablado en este blog).
Es posible que Paco Roca y Antonio Altarriba sean dos de los mejores autores de cómic de este siglo. Hay que empezar a decirlo así. Los que son capaces de hacer Arrugas y Los surcos del azar o El arte de volar (aquí) y Yo, asesino deben ser tratados así. Hay muy pocas cosas en el cómic anglosajón o asiático a ese nivel. La anterior obra, «Yo, asesino», dejó el listón altísimo, hasta el punto que el mismísimo Museo del Prado les hizo un encargo para publicarlo. Mucha gente les demandaba una segunda parte.

Los autores afirman que «Yo, loco» es una segunda parte que empezó en «Yo, asesino» y que acabará en un tercer cómic llamado «Yo, mentiroso». Tanto el primero como éste podrían leerse de manera independiente sin perder gran cosa. Donde el primero es una mezcla de cómic y novela negra con el trasfondo del mundo del arte aquí el trasfondo es el mundo de la industria psicofarmacéutica, perteneciendo el género de la novela negra también. El primero nos recordaba a las bravas la naturaleza conflictiva y agresiva del ser humano ahogada en el proceso de civilización a lo largo de los siglos. Es decir, de la creación de una mentira compartida socialmente que es mejor que la realidad, la cual el protagonista quiere recordar por más que dicha realidad sea espantosa. En este cómic se va hacia la dirección contraria: la creación de otra mentira compartida que es peor que la realidad. En las propias palabras del guionista:
“Es una trilogía en tono de thriller, que quiere tener crítica social –asegura el guionista-. Pensamos que las grandes corporaciones cada vez tienen más poder y su funcionamiento es más opaco. Toman sus decisiones más en función de los beneficios que de los intereses de la gente. Desde la industria automovilística, que truca las emisiones del CO2, a las prácticas ilegales de los bancos. O el aviso hace muy poco, por parte de Naciones Unidas, del riesgo que suponía que algunas multinacionales se estuvieran haciendo con el monopolio de las semillas y lo que puede ser significar eso para la agricultura y la alimentación”
”Ese problema es especialmente sensible en las farmacéuticas –continúa Altarriba-. Nuestra salud depende de lo que fabriquen y pongan en el mercado. Y hemos querido indagar en cómo perfilan los comportamientos de las personas, hasta llegar a catalogarlos como enfermedades mentales. Creo que se están inventando enfermedades mentales que no existen para aumentar sus ventas. Actualmente sacan sus mayores beneficios de los hipnosedantes, los ansiolíticos… los medicamentos para tratar trastornos mentales”.
Tampoco debería ser una sorpresa: la novela negra tiene toda una tradición de denuncia social y poco disimulado izquierdismo que casi llega a lo marxista muchas veces. Al fin y al cabo, es común hablar de mundos de corrupción generalizada en la que la maldad no es una cuestión de uno o dos individuos, sino que es el cómo está montado el sistema lo que hace que todo esté podrido, siendo el protagonista un sujeto extraño que no tiene ninguna posibilidad de destruir por sí mismo el sistema. No es posible para el héroe acabar con todo el sistema: ninguna hazaña individual puede acabar con el Mal, como mucho puede derrotar a otros individuos beneficiados por el sistema o a partes del mismo. Pero todo continuará igual después, porque toda la estructura de incentivos y de recompensas está construída del mismo deprimente modo, y los individuos que ocupen los puestos vacíos funcionarán igual. No tiene nada que ver con su ideología, tiene que ver con de dónde y cómo viene su dinero y su posición social. Los cómics tratados comparten todas estas premisas.

De nuevo el cómic se adapta visualmente a todo este tono. Los claroscuros del blanco y negro del dibujante Keko son muy marcados, muy fuertes. Hay una clara diferenciación en las caras y las constituciones de los distintos personajes, cosa poco común por el clásico molde de tanto dibujante en cuanto encuentra un modelo de mujer y otro de hombre que le sale más o menos bien y con el que está cómodo. Hay una forma distinta de dibujar interiores y exteriores, así como de mostrar los movimientos en una calle o en un interior. En una obra como ésta, en la que los sueños o las escenas protagonizadas por alucionaciones tienen que tener peso, lo irreal tiene el mismo tratamiento visual que lo real, que es lo correcto para contribuir a la confusión entre ambos lados. El trabajo del blanco y negro así como el uso del otro color usado, el amarillo (como indicador de la locura, de lo irreal, de la caída a la irracionalidad, en la mejor tradición de Lorca con su famoso uso del color verde) es fantástico.

La trama sigue un ritmo parecido al del anterior cómic: la vida profesional se entrelaza con algo siniestro y criminal, la vida personal del protagonista es tirando a desastrosa y caótica, tendente a la soledad más asfixiante. Hay un ambiente claustrofóbico en toda la historia, una sensación de vivir en un pasillo con pocas salidas del que no se conoce el fin. En este caso, la conspiranoia en relación a las prácticas de la industria farmacéutica.
Y, siendo el ritmo muy bien medido y la historia muy absorbente, tenemos que tener cuidado con las intenciones de los autores. Al fin y al cabo, es un gran cómic en casi todos los sentidos. Las obras artísticamente estupendas son expresiones de emociones de los autores bien pulidas en las formas y es fácil que pasen los radares de la racionalidad y nos afecten emocionalmente. Los autores tratan de denunciar algo que no es ningún secreto oculto en cajones olvidados. Es decir, la tendencia que uno puede observar en medios de comunicación o instituciones de convertir en trastorno mental cosas normales de la vida.
Así, uno puede encontrar cosas como el «síndrome postvacacional», que teóricamente es una pequeña depresión por volver de vacaciones al trabajo. Algo tan normal como querer seguir de vacaciones y estar algo fastidiado por tener que volver a madrugar se convierte en algo que suena a «enfermedad mental», aunque sea transitoria y de baja intensidad. Cuando yo hice prácticas de quinto de Psicología se presentaba una madre con su hijo adolescente diciendo que llevaba una semana muy triste porque le había dejado su novia. El dolor de que corten contigo forma parte de la normalidad, no es ningún trastorno, al contrario: ese dolor es adaptativo. Lo preocupante sería que te abandonen como pareja y nunca te preguntes el porqué, no pudiendo así madurar como persona. Esa madre quería que su hijo no sufriera bajo ningún concepto, aunque determinados dolores sean parte normal y lógica de la vida que hay que afrontar para ser una persona adulta.

El cómic acierta al denunciar lo que podríamos llamar la psicopatologización de la vida normal: la transformación de partes de la vida que no son bonitas ni agradables pero parte de la normalidad en enfermedades mentales, es decir en cosas que no son normales y deben ser tratadas con medicación. Aldous Huxley hablaba ya en «Un mundo feliz» de niños a los que se llevaba a ver a muertos para que no sintieran pena ni miedo de la muerte. Es decir, la eliminación de todo sufrimiento o dolor de la vida, la idea de que cualquier sentimiento desagradable tiene que ser extirpado del ser humano, que no hay que soportar ni adaptarse a nada que nos moleste. Es, de hecho, la idea peligrosísima que trata de combatir el cómic: la vida tiene decepciones, mierdas, bajones emocionales y sin ellos lo mejor de la vida es complicado que llegue. Sin ellos posiblemente es complicadísimo crecer y disfrutar de las muchas cosas bellas y maravillosas que hay. Si sólo estamos anestesiados y en una burbuja lo que seremos es eternamente niños.
En todo este discurso no hay que olvidar algo importante: el mundo para los enfermos mentales graves, los reales, es mucho mejor con la existencia de psicofármacos. Los cuentos de terror sobre las familias que tenían un esquizofrénico en su casa en los años 50 son para no dormir, con familias destrozadas por tener un hijo «loco» al que atan a la cama, no dejan de salir de la habitación y que son consumidas por las enormes cantidades de energías mentales y físicas de soportar algo así durante el resto de su vida. Para estas familias con personas que han padecido trastornos psiquiátricos graves los psicofármacos les han librado de un sufrimiento casi inimaginable para quienes no han pasado por ello. De lo que se trata no es de negar que los psicofármacos hayan sido un avance enorme para el bienestar de cientos de miles de personas sino de denunciar la ampliación de la idea de «trastorno mental» a los ámbitos normales (aunque dolorosos) de la vida.

Donde quizás el cómic derrapa es determinada caracterización de algunos personajes de la empresa del protagonista. Quiero decir: no es tampoco ninguna cosa oculta la enorme cantidad de psicópatas que hay en el mundo de los directivos (aquí más), pero la trama de peleas corporativas quizás es más débil de lo debería. Alguien que ha llegado a un puesto más o menos alto de una multinacional con renombre es complicado que hable como hablan algunos del cómic: las cosas raramente se dicen tal cual son y hay una cantidad de psicochachara y humo discursivo que hace casi imposible decir cosas realmente concretas. No es creíble que se hable con tantísima franqueza en una reunión de tan alto nivel. No digo que no sea posible en la realidad: digo que en determinadas ocasiones en el cómic huelen a villanos de opereta de segunda o a supervillanos de cómics de superhéroes de los años 40 del pasado siglo. El giro final argumental tampoco ayuda a esto, y puede que sea demasiado rebuscado y conveniente. Hubiese sido mucho más desolador un final más abierto, como en el del primer cómic.
En todo caso, es un gran cómic en lo artístico, es meritorio en jardín en el que se meten y es un poco triste que determinados personajes y el final sean el que son. Pero es más que recomendable y un cómic, a pesar de las cosas menos bonitas mencionadas, que hay que leer.
Sed felices.
Os dejo la portada y enlace a Norma Editorial.




