Se dio a conocer esta semana el fallecimiento, a los 97 años, de Norman Jewison, prestigioso director canadiense responsable de filmes icónicos como En el Calor de la Noche, El Violinista en el Tejado, Jesucristo Superstar, Rollerball, Hechizo de Luna y tantos otros. Vaya a modo de homenaje un repaso sobre su vasta obra…
Norman Jewison había nacido un 21 de julio de 1926 en Toronto siendo, de hecho y con veinticuatro largometrajes en su haber, el director más prolífico de la industria de Hollywood que haya salido de Canadá. Sus primeros pasos, según propias palabras, los dio en el patio de su colegio, donde representaba obras para sus compañeros a dos centavos durante los momentos de recreo.
En 1944 se enlistó en la Marina Real Canadiense y participó de la Segunda Guerra Mundial. Ya de regreso, giró como autoestopista por Estados Unidos y conoció de primera mano la terrible realidad de la segregación racial, recordando especialmente cuando un chofer de autobús le llamó la atención por haber tomado asiento en la parte del vehículo destinada a los negros.
La indignación provocada por aquel episodio le dejó tanta huella que el racismo se convertiría en preocupación frecuente de sus filmes así como, en general, los temas políticos y sociales controvertidos… “Me convertí en una especie de monstruo para los estudios – recordaba en una entrevista de 2016 – porque siempre he creído en la total libertad de expresión…”
Sus primeras experiencias profesionales las tuvo en la televisión canadiense con programas de variedades para la cadena CBC, pero los horizontes eran muy limitados en su país y a la larga terminó migrando a los Estados Unidos. Allí trabajó algún tiempo para NBC y el gran Harry Belafonte lo eligió para dirigir un especial suyo que se convirtió en el primero de la televisión estadounidense dedicado de manera exclusiva a una figura negra.
Contratado por Universal Pictures, su debut cinematográfico llegó en 1962 con la comedia Soltero en Apuros, que tenía a figuras como Tony Curtis, Suzanne Pleshette y Diane Ladd al frente de su elenco.
El firme camino ascendente seguiría con El Gran Desafío (1965), drama interpretado por Steve Mc Queen y Edward G. Robinson en el cual le tocó la enorme responsabilidad de reemplazar nada menos que a Sam Peckinpah después de que este se bajara del proyecto por diferencias con la producción; además, le significó lidiar contra un clima político adverso por trabajar con un guionista (Ring Lardner Jr.) que estaba en la lista negra de la caza de brujas.
A propósito de ello, Jewison tuvo también la irreverencia suficiente para tomarse la Guerra Fría en solfa, tal como lo hizo en ¡Que vienen los Rusos! (1967), parodia que se burlaba de la paranoia norteamericana al presentar un submarino soviético que encallaba accidentalmente en las costas de Nueva Inglaterra y provocaba un pánico generalizado con respecto a una supuesta invasión.
En el Calor de la Noche, de 1968, sería otro importante hito en su cinematografía y también en su compromiso político-social pues, protagonizada por Sidney Poitier y Rod Steiger, contaba una historia ambientada en el racista mundo rural del sur de Estados Unidos a partir de un detective de policía negro que, acusado de asesinato, debía dedicarse por su cuenta a resolver el mismo a pesar de la resistencia de un sheriff local lleno de prejuicios contra su raza. El filme, además, le significaría a Jewison su primera nominación al Oscar como mejor director.

Su siguiente hito sería El Caso Thomas Crown, de 1968 y protagonizada por Steve McQueen y Faye Dunaway, filme de atracos y amores criminales que, además, fue innovador y pionero en el uso de pantallas divididas.
No le fueron esquivas las adaptaciones de musicales de Broadway y así fue como en 1971 estrenó su adaptación de El Violinista en el Tejado, obra de Jerry Bock, Sheldon Harnick y Joseph Stein que, ambientada en la Rusia imperial de 1905, giraba en torno al drama de las familias judías y la pérdida de sus valores tradicionales. La película no solo le valió su segunda nominación al Oscar como director, sino que además causó tal impacto que llevó a que mucha gente creyera erróneamente que Jewison era judío (digamos que el apellido colaboraba en el error) cuando la realidad es que procedía de una familia cristiana metodista.
Jesucristo Superstar, de 1973, fue la excelente adaptación del musical homónimo de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice, llevando a la pantalla una versión de la historia de Cristo que, en formato de ópera rock y con mucho espíritu de finales de los sesenta, provocó urticarias a las mentes más conservadoras de la época y a las altas jerarquías religiosas, tanto que el propio Papa Paulo VI acabó viéndola en el Vaticano a los efectos de emitir un dictamen y, para asombro mundial, la terminó aprobando. Y también mi compañero Fernando, al incluirla en su listado de las mejores películas bíblicas.

Jewison nunca fue, por cierto, un director que se encasillase en género alguno y en 1975 dirigió Rollerball, distopía de ciencia ficción que hizo época y que, protagonizada por James Caan, abordaba temas como los intereses corporativos, los deportes ultra violentos como espectáculo y el individualismo rabioso. A pesar de que la crítica no entendió en su momento el tono de sátira, el filme acabó, con el tiempo y como suele pasar, convirtiéndose en clásico de culto.
Tampoco los conflictos obreros y luchas sindicales fueron ajenos a su filmografía, tal como lo demuestra F.I.S.T. (1978), protagonizada por Sylvester Stallone. Ni la corrupción judicial, como en la exitosa Justicia para Todos (1979) que, con Al Pacino en su papel principal, logró embolsar en taquilla ocho veces su modesto presupuesto.
Y podríamos seguir mencionando Historia de un Soldado (1984), donde volvía a tocar el tema del racismo pero esta vez en el ámbito militar. O Hechizo de Luna (1987), aclamada comedia romántica que le valió tanto a Cher como a Olympia Dukakis sendos premios Oscar como actriz principal y de reparto. Y a Jewison su tercera nominación como director…

O Huracán Carter (1999), en la cual Denzel Washington daba vida al boxeador Rubin Carter, quien pasó veinte años en prisión por un triple homicidio que finalmente no había cometido.
Y aun así estaríamos nombrando solo algunas, pues entre medio hay muchas más. Sus películas se llevaron en total doce premios Oscar, pero no ganó nunca el de mejor director a pesar de haber sido nominado tres veces ni tampoco el de productor, para el que fue nominado en cuatro ocasiones. De todas formas y haciendo algo de justicia, se le entregó en 1999 un Oscar honorífico por su trayectoria.
Por otra parte y a pesar de su éxito en Hollywood, jamás se olvidó de su país natal y fue de los que abogó para que Canadá desarrollara su propia industria cinematográfica de manera independiente a la “Meca” de sus vecinos. A tales fines se convirtió en uno de los fundadores del Canadian Film Center, dedicado a desarrollar directores, actores, productores y guionistas de ese origen. De hecho, al recibir el Oscar honorífico, lo dedicó a dicha institución.
A los 97 años y en su casa de Malibú, California, Norman Jewison murió el pasado sábado según informó este lunes su publicista Jeff Sanderson. Si bien la causa del fallecimiento no fue especificada, la avanzada edad hace pensar simplemente en causas naturales. Lo que es seguro es que el compromiso plasmado en su inmensa obra no requiere de informe médico ni certificado de defunción porque sencillamente… no muere.
Hasta siempre Norman y gracias por tanto…




