InicioSeriesAnálisis de La casa del dragón. Temporada 1. Capítulo 8.

Análisis de La casa del dragón. Temporada 1. Capítulo 8.

Tres años después de su polémico final, volvemos a Poniente y al universo ideado por la mente maestra de George R. R. Martin. En un mundo dominado por Netflix, el fenómeno televisivo (junto a Perdidos) del siglo XXI fue la fantasía épica con dejes de telenovela familiar Juego de Tronos. Ahora es el turno de La Casa del Dragón, precuela centrada en los Targaryen.

En Las cosas que nos hacen felices somos muy aficionados al mundo creado por George R. R. Martin, como se puede comprobar con todos nuestros artículos.

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Lo mejor que se puede decir de La casa del dragón es que me repito más que un disco rallado. Nuevamente, estamos ante el enésimo mejor episodio de lo que llevamos de serie, lo que es señal de que las semillas plantadas de forma pausada y discutible en los primeros capítulos de La casa del dragón han crecido con fuerza. Las consecuencias las vemos en este Señor de las mareas.

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Han pasado seis años desde el final del último episodio, con la casa del Dragón más dividida que nunca. Por un lado, Viserys y Alicent continúan en Desembarco del rey, mientras que Rhaenyra y Daemon viven una existencia plácida en Rocadragón. Un acontecimiento adverso volverá a reunir a la familia de nuevo.

Dicho suceso es la desaparición, con mala pinta, de Corlys Velaryon, el señor de Marcaderiva. Inmediatamente, aunque su muerte no está confirmada, su hermano Vaemond quiere el trono por motivos de linaje. Al fin y al cabo, el legítimo heredero, Jace, no es un Velaryon.

Por ello, se organiza una reunión en Desembarco del Rey para dirimir la cuestión de la sucesión. Porque claro, Viserys siempre había mantenido que su nieto heredaría Marcaderiva. Pero el rey ya no es lo que era.

Sin duda, el mayor acierto de la serie es apostar por todo lo que hizo grande y de calidad a Juego de Tronos. Los fuegos de artificio desaparecieron hace episodios y quedan unos personajes a los que ya conocemos bien. Y claro, eso explica que  un episodio sin apenas espadazos (apenas) cuente con algunos de los momentos más épicos y emocionantes no ya de La casa del dragón, sino de todo el universo Juego de Tronos.

Grosso modo, el capítulo se divide en tres partes claramente diferenciadas, utilizando como eje a Viserys Targaryen, el rey que siempre quiso a su familia unida.

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Como era de esperar, la llegada de Rhaenyra y Daemon a Desembarco del rey no ha sido la soñada. Aprovechando la enfermedad de Visery, consumido por el dolor y hasta las cejas de leche de amapola (algo así como la morfina de Poniente), los Hightower han tomado el poder del reino. No ya Alicent, a quien vemos desenvolverse como reina, sino Otto, la Mano y el verdadero instigador de la progresiva desTargaryerización de la Fortaleza Roja.

La cosa pinta mal para Rhaenyra, ya que el bando Hightower se ha hecho con el mando de todos los estamentos de gobierno y tienen un candidato para Marcaderiva: el mismísimo Vaemond, hermano de Corlys. Aunque Alicent tiene sus reservas, Otto apuesta firmemente por el candidato.

Entretanto, Rhaenyra hace dos movimientos: uno con la cabeza y otro con el corazón. El primero es acercarse a Rhaenys, que parece haber acudido a la capital con su propia candidatura (y la verdad que yo apostaba por ella), ofreciéndole a sus dos hijos en matrimonio con las hijas de Laena, formando un vínculo Targaryen-Velaryon de cara al reino.

Por el otro, tanto Daemon como ella visitan al rey, consumido por la enfermedad y con un vendaje que le tapa media cara. Entre frases de cariño por el tiempo que llevaban sin verse, Rhaenyra le suplica al rey que defienda su derecho de sucesión.

Así, llegamos a la madre de todos los momentos épicos del universo Juego de Tronos. En una sala presidida por Otto Hightower en el trono y, justo antes de que Rhaenyra defienda la sucesión de su hijo, entra el rey.

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Curioso que, en su momento físico más desgastado, caquéctico y supurando por las heridas, veamos al Viserys más regio. No dejándole que nadie le ayude, salvo su hermano, Daemon. Al final, el tiempo lo cura todo, desnuda el alma de orgullo y únicamente deja a un hermano ayudando al otro a mantener la corona sobre la cabeza. Increíble.

Viserys decreta que sea Rhaenys, la esposa de Corlys, quien decida, ya que ella conocía la voluntad del todavía señor de Marcaderiva. Y Jace, hijo de Rhaenyra, se confirma como heredero al trono de la casa Velaryon, por mucho que Vaemond se opusiera, que para esos momentos tenemos la firmeza del rey y la espada de Daemon.

Tras la sucesión, llega la última cena.

Puede que la escena más legendaria del episodio sea la entrada de Viserys en el salón del trono, pero qué tensión se respira en la cena familiar. Viserys consigue algo parecido a una reconciliación entre Rhaenyra y Alicent y, por un momento que a Viserys se le hace eterno, todos sonríen. Pero tanto una como la otra han sembrado un odio que ahora no es tan difícil de extirpar en sus hijos.

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Especialmente preocupante es el caso de Aemond, que se pronostica desde ya como uno de los grandes personajes de la temporada. Es como un mini Daemon con un punto más psicópata, más desquiciado. Capaz de dejar en ridículo a sus sobrinos y herederos al trono en público.

Por suerte para él, Viserys se pierde esta escena. Es el personaje más recto de lo que va de serie, coherente en sus virtudes y en sus defectos. Lo bueno y lo malo conviven en él igual que la dualidad de su rostro. Abandona este mundo en paz, a la búsqueda de su gran amor pero, fiel a su estilo, se equivoca al, en sus últimos momentos, confundir a Alicent con Rhaenyra y depositar en ella la profecía de la Canción de Hielo y Fuego. Lo que Alicent puede interpretar como un deseo de que sus hijos reinen….y eso que, pese a Otto, el hacha de guerra parecía enterrada.

¡Un saludo y sed felices!

¡Nos leemos en Las cosas que nos hacen felices!

Fernando Vílchez
Fernando Vílchez
Comecocos. Intento aprender como si viviera para siempre y vivir como si hoy fuera mi último día...con las cosas que me hacen feliz.
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