Juego de Tronos en retrospectiva: una historia de hielo, fuego y cenizas

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En la todavía corta historia de la televisión, pocos san las series que gozan de poder ser llamadas revolucionarias. Juego de Tronos, probablemente haya sido una de las más significativas e influyentes de la historia reciente, que ha sido capaz de elevar los medios de producción hasta límites insospechados y establecerse como un fenómeno mediático superior a lo que fue en su día Perdidos. Una serie que sin duda ha marcado un antes y un después, pero cuya calidad y prestigio han sido puestos en duda recientemente con sus últimas temporadas. Es probable que un producto de semejantes dimensiones ya estuviese condenado a un final insatisfactorio, pero lo cierto es que la recta final no podría haber dejado más controversias. Es precisamente en estos instantes en los que, en pleno frenesí bílico, quizás convenga hacer una pequeña retrospectiva y contemplar su reinado, uno de hielo, fuego y cenizas.

Hielo

Hielo: Si algo nos ha acompañado desde los inicios de la serie, ha sido el frío. Todo dio comienzo con los Stark, los buenos, una familia honrosa y bienintencionada que nos acomodó en un universo de fantasía, cargado de increíbles paisajes y leyendas con dragones, dándonos una falsa sensación de tranquilidad: “un cuento más”. Pero los Stark no son los protagonistas en vano, son nuestro vehículo de inmersión, el contraste necesario para que la serie consiga subvertir unos valores que han sustentado y guiado siempre la mayoría de historias del género, uno especialmente cerrado y anquilosado.

Juego de Tronos es fría y despiadada, y eso es lo que busca desprender desde su planteamiento inicial: una buena familia atrapada en medio de un mundo desalmado, un mundo que, aunque fantástico, es profundamente real. No es casualidad pues que los Stark vivan en el norte, en Invernalia, rodeados de un intenso frío que cala hasta los huesos, un entorno feroz y sin clemencia en el que ellos se empeñan en vivir. Los Stark son la esperanza en un mundo paranoico, distinto pero curiosamente cercano, despiadado pero sin perder coherencia, Juego de Tronos era una fantasía sustentada en la fría realidad, y eso es lo que la hizo destacar.

Fuego

Fuego: Aquellos productos verdaderamente revolucionarios, son aquellos que de un modo u otro, rompen con lo establecido. Juego de Tronos sacudió las convenciones de la fantasía, y el fuego y el frenesí entre los espectadores, no tardaron en aparecer. Pocos hubieran dicho en su momento que cuatro guerreros y unos cuantos dragones serían capaces de revolucionar el mundo como lo han hecho, pero la serie se convirtió en todo un fenómeno de masas. Temporada a temporada, su universo crecía y se enriquecía, rompiendo y creando nuevas dinámicas, explorando relaciones entre personajes y sentando las bases de épicas confrontaciones movidas por la vanidad y el ego.

Juego de Tronos consiguió aglutinar en un esquema oxidado algo para todo el mundo: asesinatos, dramas, romances, batallas… La serie se expandía y la bola seguía haciéndose más grande y con ella, nuevos adeptos se sumaban al fenómeno a la vez que Daenerys, reina de infinitos apellidos y ama de lagartijas aladas, empezaba su particular periplo en busca de la liberación de los esclavos y en pos de un reino más justo. Tras la dispersión y exilio de los Stark, fue ella la chispa de la esperanza, una nueva y distinta llama, una de dragón, con el potencial para iluminar el camino, pero demasiado inexperta y joven como para hacerlo.

Cenizas

Cenizas: Quizás el inevitable destino de todo fenómeno de masas, ya que hoy en día parecen estar destinados a la amargura de la insatisfacción o a la desidia de la repetición eterna. A estas alturas Daenerys ya ha criado a unos dragones de considerable tamaño y las posibilidades los Stark para volver a reinar son esperanzadoras, pero un terrible mal se ha ido gestando durante todo este tiempo, uno particularmente frío. La serie ya está consolidada como uno de los grandes acontecimientos televisivos de la historia, pero el final está cerca, tanto como el Ejército de la Noche. Como ya pasó con Perdidos en su día, el ansia de expandirse y explorar, malcrió a unos guionistas que poco se plantearon la clausura y, para cuando se dieron cuenta, se quedaron sin tiempo y sin libros.

Perdidos en el absoluto abismo y con una cantidad de dinero nunca visto en televisión, Juego de Tronos empezó a tambalearse en los momentos de mayor presión y, sin nada en lo que poder inspirarse como habían podido hacer antes, cayeron en el recurso fácil: el fan service. Con un retoño del tamaño del Empire State Building, escogieron la vía de tratar de contentar al espectador, poniendo una tirita en una herida supurante que, con el tiempo, no controlaría el sangrado. Todo empezó con el regreso de Jon Snow, pero por la cercanía a las cinco previas temporadas, pasó desapercibido. Con la forzada contrarreloj, el tamaño de tramas y subtramas los superó y quisieron encarar un final demasiado rápido, sacrificando con el paso de las temporadas la credibilidad y complejidad de los personajes, haciendo de una serie coral e impredecible, algo lineal y con unos pocos protagonistas.

Quisieron mantener viva la llama de lo que antaño marcó su serie, pero el fuego se estaba apagando y los pequeños giros e intentos por mostrarse despiadados carecían de potencia, pues no es tanto el hecho de las muertes de personajes importantes o improbabilidad de determinados acontecimientos, lo que de verdad calaba en el espectador era que, a pesar de no haberlos visto venir, tenían un sentido aplastante. Y eso es precisamente lo que le ha faltado a esta temporada: sentido. Unas últimas temporadas secas y apresuradas, faltas de mimo y armonía que tan solo han dejado las cenizas del fuego que antaño ardía.

Juego de Tronos ha sido sin duda una de las grandes series de la historia del medio. Nunca antes se había visto en televisión unas producciones de dimensiones cinematográficas a lo blockbuster. Ha sido una serie que ha contribuido a cambiar la percepción social acerca de lo que es capaz la pequeña pantalla y son muchos los adeptos que ha conseguido sumar. Pocas veces un culebrón ha llegado a semejante envergadura y ha logrado romper tantas convenciones y clichés de un género. Le debemos mucho a Juego de Tronos y, por mucho que nos duela, tenemos que aceptar el desenlace que ha tenido y no firmar una petición para que vuelvan a hacer el final. Seamos consecuentes y aceptemos la realidad pues, como bien plasmó la serie en sus inicios, la vida es fría e insatisfactoria.



el autor

Proyecto de todo sin llegar a nada. Estudio guión cinematográfico y en ocasiones me creo crítico. Vivo en una divagación constante y no me arrepiento de ello.

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