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Los 15 mejores testamentos cinematográficos de la historia del cine

Este 2023 ha sido un año magnífico para el cine. Películas como Cerrar los ojos, Napoleón, Los asesinos de la luna, Los Fabelman o la próxima Ferrari mantienen la llama de un arte que se desvanece en su forma más clásica: la de las salas.
Pero también es un año que invitan a la reflexión. Porque directores como Martin Scorsese, Ridley Scott, Steven Spielberg, Michael Mann o Víctor Erice rondan o superan los 80 años. Por no mencionar los 93 años de Clint Eastwood, rumbo a la que puede ser su última película. O de Francis Ford Coppola, que estrenará Megalópolis con 85 años. 
Por eso, hoy he querido recopilar las mejores despedidas cinematográficas, sin centrarnos en la carrera de estos directores. Sin duda, Alfred Hitchcock, Howard Hawks o John Ford merecían mejor testamento a toda una carrera y, por ello, no aparecerán en esta lista.
Comenzamos.

1. F.W. Murnau: Tabú (1931)

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Un accidente de tráfico nos privó prematuramente de uno de los mayores talentos del cine mudo y, por ende, de la historia del cine. No olvidemos que el cine sonoro, debido a las enormes cámaras que se necesitaban y a otras dificultades logísticas (que se pueden ver en la infravalorada Babylon), tardó años en recuperar el virtuosismo con las imágenes que alcanzaron los autores del mudo.
Murnau fue uno de los más importantes. Autor de obras maestras incontestables como Nosferatu, El último o Amanecer, su última película fue Tabú, una aventura rodada en tono documental en Tahití y Bora-bora.

2. Serguei M. Eisenstein: Iván el terrible parte II: la conjura de los boyardos (1958)

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La última película de otro de los padres del cine, el soviético Serguei M. Eisenstein, fue la segunda parte del notable díptico histórico sobre Iván el terrible.
Limitado por la censura soviética, Eisenstein apenas dirigió un puñado de películas desde su brutal Acorazado Potemkin, una de las obras maestras esenciales de la historia del cine, o Alexander Nevsky, película que cuenta con una de las mejores batallas de la historia del cine.
En esta segunda parte, el pionero del montaje se apaña para superar la dura censura de Stalin, que se negaba a ver a su alter ego, el zar Iván el Terrible, como un hombre con luces y sombras; y alumbrar una película que supone el mejor punto y final de su carrera.

3.  Fritz Lang: Los crímenes del dr. Mabuse (1960)

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Ecléctico como pocos, Fritz Lang fue todo un superviviente del cine. Tras alumbrar algunas de las obras maestras del cine mudo (Mabuse, Metrópolis, Los nibelungos), Lang tuvo que huir del nazismo y se convirtió en un director de estudio más. De hecho, uno de segunda fila que supo seguir rodando con maestría sin tener los medios de los más afortunados.
Finalmente, volvió a Alemania quince años después de la Segunda Guerra Mundial y rodó, a la manera de los thrillers alemanes de los años 60, Los crímenes del Dr. Mabuse, donde regresó a uno de los personajes clave de las películas de su juventud.

4. Joseph L. Mankiewicz: La huella (1972)

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Es probable que la década de los 70 fuera la más interesante de la historia de Hollywood. No solo por la irrupción de los nuevos autores surgidos de las escuelas de cine (que ahora, en 2023, afrontan las que probablemente sean sus últimas películas), sino por los últimos cantos de cisne de aquellos cineastas que hicieron grande al Hollywood más clásico.
Uno de ellos fue Joseph L. Mankiewicz, brillante guionista y director autor de obras como Eva al desnudo o Cleopatra que, en 1972, rodó su última película, una joya teatral basada en la obra de Anthony Shaffer. La huella es un juego criminal que contiene uno de los mejores duelos interpretativos de todos los tiempos, el de un veterano Laurence Olivier dándole el relevo a un joven Michael Caine.

5. Luchino Visconti: El inocente (1976)

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Tras una carrera de más de treinta años intentando plasmar la decadencia de los estamentos aristocráticos a los que él mismo perteneció, el director de obras como Rocco y sus hermanos, El gatopardo o La tierra tiembla se despidió del cine con El inocente, película en la que, como buen epitafio, se resumen todas las constantes estilísticas y las obsesiones narrativas de su director.
El inocente relata la caída a los infiernos de un matrimonio aristócratico en la que unos cuernos por venganza tendrán consecuencias imprevisibles para los protagonistas. Una joya.

6. Luis Buñuel: Ese oscuro objeto de deseo (1977)

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El considerado por muchos como mejor director de la historia del cine español nos regaló con su última película toda una recopilación de su particular mirada sobre la relaciones de dependencia que se establecen en la pareja.
Ese oscuro objeto de deseo narra la relación entre un hombre maduro y rico y una mujer joven que solo lo quiere por su dinero y que no mantiene relaciones sexuales con él. Aparte del estilo ya conocido de su director, lo más destacado de su última película fue la elección de dos actrices de carácter diametralmente opuesto (uno ardiente y la otra más fría y distante) para interpretar al mismo personaje. No se puede imaginar mejor forma para reflejar lo desconcertante que puede llegar a ser una relación amorosa.

7. Sergio Leone: Érase una vez en América (1984)

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Tras doce años sin dirigir, el director que había patentado el spaghetti western se enfrentaba a su proyecto más acariciado, sin saber que moriría tan solo cinco años más tarde mientras preparaba una película sobre la batalla de Stalingrado.
Tras cinco western, Leone se introducía fuera de su ámbito natural para contar la historia de unos amigos que acaban convirtiéndose en poderosos gángsters. Una obra magna, interminable, con todos los conflictos propios del subgénero mafioso pero con una compleja reflexión sobre la amistad, el amor, el paso del tiempo y, en definitiva, la pérdida que la convierten en una de las mejores películas de la historia del cine. 

8. David Lean: Pasaje a la india (1984)

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Después del fracaso de la incomprendida La hija de Ryan (1970), una película más intimista que anteriores superproducciones como Lawrence de Arabia, El puente sobre el río Kwai o Doctor Zhivago, el director David Lean no volvió a rodar hasta su testamento cinematográfico en 1984.
Aunque inferior a sus grandes superproducciones, Pasaje a la India todavía conserva el pulso narrativo de Lean y su talento innato para manejar ambiciosas vías narrativas. Lástima que lo que prometía ser la gran película sobre el colonialismo británico en la India derive en un notable, aunque simple, drama judicial.

9. Andrei Tarvskosky: Sacrificio (1986)

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Tarvskosky es uno de los directores más sacralizados por la crítica y menos entendidos por el público general. Básicamente, por su particular cadencia narrativa (cada uno de sus planos dura más del doble que uno “normal”), por lo críptico de su argumento y por la preponderancia de lo potente de sus imágenes.
Fiel a su estilo, Sacrificio fue un avance más en su particular estilo, no apto para todos los gustos pero magistral para aquellos que se emocionen con imágenes impactantes independientemente de la potencia de su trama.

10. John Huston: Dublineses (1987)

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Si algo se puede decir de John Huston, más allá de que rodó unas cuantas obras maestras entre 1941 (año de El halcón maltés) y 1987, es que vivió. Mucho. Aventurero nato (en todos los sentidos), Huston fue de los pocos directores de cine que pudo elegir su testamento cinematográfico y, más aún, este estuvo a la altura.
Dublineses, adaptación de una novela de James Joyce, con guión de su hijo Tony Huston y protagonizada por su otra hija Anjelica, es una película de apenas 80 minutos marcada por su simplicidad y su capacidad de penetración en el espectador. Una joya clásica en plena década de los 80 que Huston rodó en silla de ruedas y con bombona de oxígeno.

11. Stanley Kubrick: Eyes Wide Shut (1999)

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Conocido por su perfeccionismo a la hora de abordar cada uno de sus proyectos y doce años después de La chaqueta metálica, el director Stanley Kubrick rodó Eyes Wide Shut con la pareja cinematográfica del (entonces) momento: Tom Cruise y Nicole Kidman.
Concebido aparentemente como un thriller erótico propio de los noventa en el que se exponía el aparentemente perfecto matrimonio de las dos estrellas de Hollywood, lo realmente interesante de esta Eyes Wide Shut es el viaje interior de un perfecto Cruise como un hombre que bucea en el lado oscuro que esconde tras una fachada ideal. Ese que todos nos guardamos de enseñar.

12. Ingmar Bergman: Saraband (2003)

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Fiel a su estilo y dos décadas después de su aparente testamento cinematográfico con Fanny y Alexander, el director sueco Ingmar Bergman se despidió del cine con esta secuela de Escenas de un matrimonio, en el que los protagonistas de esta película, Erland Jopheson y Liv Ullman se reencuentran treinta años después.
Como todo testamento de autor, Saraband es continuista con respecto al reconocible estilo de Bergman, con una gran capacidad para diseccionar el interior de los seres humanos y de las complejas relaciones entre ellos con tan solo una imagen.

13. Richard Donner: Dieciseis calles (2005)

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El director de películas como La profecía o Superman se despidió del cine con un thriller propio de serie B pero que se engrandece tanto por la labor de su director como por la de su protagonista, un Bruce Willis avejentado que realiza una de sus mejores interpretaciones, aunque sea de las menos conocidas.
Odisea urbana de redención a través de las calles de Nueva York, Dieciseis calles es un thriller policiaco que va directo al hueso en su retrato de la corrupción policial. 

14. Sidney Lumet: Antes que el diablo sepa que has muerto (2007)

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Cincuenta años después de dirigir uno de los debuts más deslumbrantes de todos los tiempos, la estupenda Doce hombres sin piedad (una de las mejores películas judiciales de la historia del cine), el cineasta norteamericano Sidney Lumet se despidió del cine con otra obra maestra, esta vez del género criminal.
Dos hermanos (impresionantes Phillip Seymour Hoffman y Ethan Hawke) desesperados por conseguir dinero se reencuentran y se disponen a atracar la joyería de su padre. Puro cine negro clásico narrado con pulso y mala leche moderno, Antes que el diablo sepa que has muerto no solo es uno de los mejores testamentos cinematográficos, sino también una película para iniciarse en el fascinante mundo de Lumet.

15. Tony Scott: Imparable (2010)

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El mundo del cine jamás fue justo con Tony Scott, cuyo mayor pecado fue ser hermano de Ridley. Sí, el que acaba de estrenar Napoleón. El que lo mismo te hace El consejero que alumbra Alien, Blade Runner o Gladiator.
Retratado como un mero director comercial más, el tiempo ha ido colocando a Tony Scott como uno de los mejores directores de género de los últimos treinta años. Su despedida antes de suicidarse fue esta Imparable, nueva (magistral) colaboración con Denzel Washington y un Chris Pine entonces en alza. Una adrenalítica cinta sobre un tren que no puede frenar que no ha sido suficientemente valorada.
¿Y vosotros qué pensáis? ¿Estáis de acuerdo con estos testamentos cinematográficos? ¿Creéis que falta alguna?
¡Un saludo y sed felices!
¡Nos leemos en Las cosas que nos hacen felices!
Fernando Vílchez
Fernando Vílchez
Comecocos. Intento aprender como si viviera para siempre y vivir como si hoy fuera mi último día...con las cosas que me hacen feliz.
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