Madre mía, qué cabreo. Cuándo se anunció el estreno de Los renglones torcidos de Dios en Netflix, me froté las manos, teniendo claro que ya tenía planteado un nuevo análisis psicológico para esta sacrosanta web. Al fin y al cabo, hablábamos de la adaptación al cine de una de las novelas más importantes sobre la locura del siglo XX, todo un libro de cabecera para cualquier sanitario que se dedique a esto de la salud mental.
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Por desgracia, vemos poco de la maestría de Torcuato Luca de Tena en esta lujosa pero vacía película. Así que nada, ni rastro de análisis psicológico, porque donde no hay mata no haya patata, y procedemos a desgranar cinematográficamente una película que, cómo podéis imaginar, no me ha gustado mucho.
Adaptación de la novela homónima publicada en 1979 por el escritor Torcuato Luca de Tena, Los renglones torcidos de Dios narra las peripecias de Alice Gould, una mujer interna en contra de su voluntad en un manicomio de la España de los años cincuenta, de sus relaciones con el resto de internos y del dilema al que se enfrentan los psiquiatras que le atienden: ¿Es una mujer cuerda engañada por su marido? ¿O una paciente con un delirio tan estructurado que parece que lo que cuenta es real?

Dado que la película es una adaptación de una novela magistral de la literatura española, he decidido dividir la crítica en dos partes: una hablando de la película exclusivamente como producto cinematográfico, independientemente de las bases que adapten, y otra como adaptación.
Estos son dos puntos de vista que aún hoy (y siempre) están sujetos a debate. ¿Debe calificarse una película exclusivamente como adaptación? En la historia del cine tenemos ejemplos claros de películas que adaptan productos de otros medios con éxito sin necesidad de ser excesivamente fieles al material original (El padrino, El señor de los anillos, El nombre de la rosa…). La cuestión es que, al menos en lo que a mí respecta, es imprescindible que el espíritu, la esencia, el mensaje de la obra original quede impoluto. Porque si no, ¿Para qué adaptar? Mejor coger otro material.
COMO PELÍCULA
La película, toda una superproducción española, está dirigida por Oriol Paulo, todo un fan en esto de retorcer la intriga con películas tan sugerentes como El cuerpo o Contratiempo y otras producciones no tan acertadas como Durante la tormenta o El inocente, serie de Netflix, plataforma que ahora produce esta Los renglones torcidos de Dios.
Paulo es todo un admirador de la intriga más clásica combinada con los juegos espaciotemporales a lo Christopher Nolan. Y eso es algo que hemos podido ver en prácticamente toda su obra. Lógicamente, también lo encontramos en Los renglones torcidos de Dios.
En esencia, la película es todo un policiaco que recuerda muy mucho a Shutter Island, su mayor referente a nivel cinematográfico. Claro está, habría que aclarar que la novela original de Shutter Island es bastante posterior a la historia de Los renglones torcidos de Dios. No será aquí el único sitio donde leáis que Dennis Lehane cogió más de un detalle de Torcuato Luca de Tena.

Realmente, todo lo deudor de Shutter Island se remite a los códigos del género de misterio empleados y a la ambientación situada en un psiquiátrico. Por lo demás, Paulo se aleja de Martin Scorsese en prácticamente todo, empezando por el uso la fragmentación temporal con varios relatos situados en pasado, presente y futuro. Dentro y fuera del manicomio.
Paulo parece más fascinado por que todo cuadre en esa interrelación entra tanta línea temporal que no exprime la historia de sus personajes. Vamos, que exceptuando la protagonista, una notable Bárbara Lennie que sostiene toda la película, el resto de personajes son más planos que un folio. Incluso incoherentes, como el caso del director Samuel Alvar, interpretado por un desaprovechado Eduard Fernández, que lo mismo instaura medidas destinadas a mejorar las condiciones de los internos que se comporta con inusitada crueldad con ellos.
Es por eso que muchas de las decisiones que vemos a lo largo de la película son inentendibles. Especialmente sangrante es su tercio final, plagado de giros continuos que buscan la sorpresa sin poso y sin reflexión. Porque a poco que nos paremos a meditar sobre lo que estamos viendo, la película se cae por su propio peso.
Eso sí, el uso continuo de géneros y cambios temporales hacen que las largas dos horas y media que dura la película no pesen en los ojos. Además, la película está rodada con un diseño de producción impecable. Vestuario, decorados, maquillaje…todo cuidado al máximo detalle.
En resumen, Los renglones torcidos de Dios es un policiaco fallido más allá de la interpretación de su actriz protagonista y el diseño de producción. Demasiado inverosímil y alejado del alma de sus personajes.
COMO ADAPTACIÓN

Llegamos al apartado especialmente sangrante de esta crítica.
Los renglones torcidos de Dios era una novela que funcionaba perfectamente a dos niveles: por un lado, una trama de misterio que vertebra toda la historia, la de la duda acerca de la cordura de la protagonista; la base que adapta la película. Por otro lado, la relación de esta con el resto de internos, cada uno con su propia voz e historia personal.
Esto ha desaparecido totalmente de Los renglones torcidos de Dios. No hay rastro de la mayoría de los personajes internos y, los que están, son tan unidimensionales que hasta resultan estigmatizantes.
Esto también ocurre con el personal sanitario que trata a los internos. En la novela, son tratados como personas que hacen todo lo posible por lidiar con los medios que tenían con las enfermedades mentales graves. En la película, nuevamente se reducen a personajes planos que, en el mejor de los casos, son absolutamente negligentes en su práctica clínica y, en el peor, directamente villanos ególatras y torturadores.
Por tanto, es una pena que una novela destinada a reflexionar sobre los límites de la locura y la cordura y los esfuerzos que muchos hacen por ayudar a los que sufren haya quedado en un simple policiaco destinado a sorprender al espectador de manera gratuita, sin aportar nada de poso ni reflexión.
Pues eso, que qué cabreo.
¡Un saludo y sed felices!
¡Nos leemos en Las cosas que nos hacen felices!



