Monty Python’s Flying Circus: la consolidación del absurdo

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Hace unas semanas, Netflix hizo una apuesta por el absurdo e incluyó en su catálogo gran parte del trabajo elaborado por los Monty Python. Un gesto atrevido pero necesario, ya que, a pesar de la fama de la que gozan hoy en día, la comedia de estos humoristas no se caracteriza por ser la más típica ni comercial. El hecho de que una plataforma con el tamaño de Netflix dedique un espacio a esta clase de productos, es algo a celebrar, pues le otorga una nueva visibilidad y la oportunidad de contagiar a nuevas generaciones del humor Python. Y es que los Monty Python ya son todo un referente cómico de culto, y como en todo, el visionado de los máximos exponentes -sea en el campo que sea- es sumamente enriquecedor, ya que independientemente del grado de simpatía que este genere, el aprendizaje prevalece.

Y en esta selección de productos que ha hecho Netflix, el que probablemente pase injustamente más desapercibido sea Monty Python’s Flying Circus. Esta serie -emitida por primera vez en 1969 y terminada en 1974- tiene una relevancia especial, pues fue la primera obra puramente Python y la principal responsable de catapultar al grupo cómico a la fama, consolidando su manera de hacer y sirviendo como campo de innovación narrativa. Hoy, trataré de explicar las maravillas que aportó el programa y por qué vale la pena verlo.

El nacimiento de los Monty Python y el realismo social británico

Nos encontramos en el Reino Unido, 1960, la televisión se ha consolidado como un medio narrativo digno, aunque la mayor parte de su ficción viene en forma de adaptaciones teatrales o literarias. El manifiesto de los Angry Young Man en 1955, propició el nacimiento de toda una generación artística que reivindicaría un retrato más amargo y fidedigno de la sociedad, el que será conocido como realismo social británico. En el cine cobró la forma del Free Cinema, y este acabaría contagiando a la pequeña pantalla, instigando la aparición de toda una serie de productos incómodos y reivindicativos, comprometidos con la realidad del momento, como Up the Junction que fue de las primeras series en mostrar el drama de un aborto en pantalla.

Esta realismo social en la televisión de los 60, impulsaría a su vez el nacimiento de una serie de comedias satíricas, que perseguían objetivos similares pero a través del humor, y es precisamente por estos programas por los que los Monty Python llegarían a formarse. En 1962, Cleese y Chapman empezaron a colaborar como guionistas en That was the week that was; y en 1966 coincidieron todos por primera vez como guionistas en The Frost report, que serviría como aliciente para terminar juntándose finalmente en 1969 tras haber consolidado su intencionalidad escribiendo por separado en otros programas: John Cleese y Graham Chapman en At last the 1948 show, aprendiendo de la mano del conocido Marty Feldman (El jovencito Frankenstein) y Eric Idle como guionista; y Michael Palin, Eric Idle y Terry Jones en Do not adjust your set, donde conocieron a Terry Gilliam.

Con la idea general de querer hacer reír y poder aplicar las ideas que les habían surgido en su corta experiencia televisiva, se embarcaron juntos con poco más que su afinidad hacia su primer proyecto oficial como los Monty Python: Flying Circus.

Rompiendo esquemas: Flying Circus y el surrealismo en la BBC

Monty Python’s Flying Circus terminó siendo un programa de sketches distinto y rompedor aunque no del todo inédito. Sí que es cierto que puso encima de la mesa cosas inimaginables entonces, pero si por algo terminó siendo vital la serie fue por consolidar ese tipo de sátira como válida y ser capaz de atraer al gran público, hasta el punto de fomentar la comedia surrealista en la BBC. Pero eso no quiere decir ni mucho menos que el proyecto fuese un camino fácil hacia el estrellato. Tuvieron unos inicios modestos y complicados, pues de entrada les costó encontrar un público que entendiese lo que pretendían hacer. Corre la anécdota de que las primeras tandas de público que reunieron para ver el programa eran abuelos confusos, pues esperaban un espectáculo circense y experimentaban un choque con sus expectativas ante el cual no sabían reaccionar. Y a estos problemas iniciales con el target de la serie, se les añadieron los conflictos de horario con la BBC, ya que les asignaron una franja horaria con la que era difícil llegar a un público más joven y que potencialmente se identificase más con su sentido del humor, motivo por el cual llegaron a ridiculizar a los dirigentes de la cadena en algún que otro sketch, pintándolos como pingüinos ineptos que no saben lo que hacen.

Y es que el Flying Circus, fue un programa distinto desde su concepción. Todos eran más guionistas que actores, trabajando en parejas y luego exponiendo sus ideas en común, decidiendo democráticamente cuales eran las mejores, y si de algo se dieron cuenta rápido fue de que no les gustaba la concepción del “punchline”. El punchline es una frase cómica que se utilizaba profusamente en la época como manera de terminar los sketches con un chiste final. En su experiencia como guionistas, los Monty Python habían visto como en muchos casos se tendía a forzar la broma y, en su defecto, matar parte de la intencionalidad cómica y la gracia. Fue con esto en mente por lo que llegaron a crear una de las características que terminaría haciendo del Flying Circus una serie especial: en lugar de sketches independientes terminados con previsibles punchlines metidos con calzador, convirtieron sus gags en las partes que conformaban una unidad indivisible gracias a una intencionalidad común. Seguía sin haber continuidad argumental, pero se hacía más fluida la alternancia de escenas gracias a que pasaban de uno a otro mediante la asociación de ideas, crearon una especie de flujo de consciencia tonal y emocional, que gracias a su estilo y las animaciones de Terry Gilliam, dotaban al programa de una gran personalidad.

A parte de su particular estilo y reformulación del formato de sketches, la serie se distinguía del resto por las referencias a la alta cultura, algo que no era típico en un programa de entretenimiento popular. Como ya he mencionado, el Flying Circus sigue la corriente creada por los Angry Young Man, el realismo social y británico y el boom satírico; influencias que se ven reflejadas en su estilo crítico y sus objetivos de mofa predilectos: la sociedad británica y su idiosincrasia. Pero, a pesar de esto, nunca solían ser muy explícitos y no les llegó a pasar como That was the week that was, que terminó cancelándose por acercarse un periodo electoral. De hecho, el que no fuera excesivamente clara y concreta en su crítica, facilitaba su exportabilidad, ya que era menos controvertida.

El estilo imperecedero de los Monty Python

Durante 4 temporadas y 45 capítulos, los Monty Python gozaron de un espacio en el que poder dar rienda suelta a sus desvaríos y darse a conocer. No sería posible sin estos casi 5 años de experiencia que hubieran llegado a conformar su distintivo y característico estilo. Sin Flying Circus no hubiese existido ninguna de las películas que ahora alabamos como Los caballeros de la mesa cuadrada o La vida de Brian.

Monty Python’s Flying Circus logró crear una sensación de rotura con el resto de programas coetáneos, derribando constantemente la cuarta pared y trastocando la dinámica preestablecida, uniendo el mundo exterior con el de la serie e implantando un estado en el que todo es posible. Un titánico y revolucionario trabajo que reivindicó a una generación de artistas y a su público. Una serie que contribuyó a elevar al formato y a ellos mismos un paso más allá.

el autor

Proyecto de todo sin llegar a nada. Estudio guión cinematográfico y en ocasiones me creo crítico. Vivo en una divagación constante y no me arrepiento de ello. También doy la chapa en Twitter @PablodesdeMarte.

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