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“Nevenka” (Netflix): el miedo aterrador al jefe y a los compañeros de profesión

Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

Al ver “Nevenka” en Netflix hay que tener en cuenta, como siempre, el problema de los documentales. Es decir, la duración suele ser muy limitada, el motivo a celebrar o denunciar debe simplificarse para poder incidir de manera efectiva y es fácil pasar de puntillas por factores esenciales que al creador no le encajan en el cuadro a pintar. Todo ello puede suceder y tener éxito de crítica y público.

La factura visual de “Nevenka”

El documental es conciso, tiene una factura técnica impecable y un ritmo perfectamente medido para que nunca falte tensión y ésta vaya a más. Es complicado no sentir el agobio de la protagonista de la historia cuando ésta colapsa al huir del hotel. La entereza de la protagonista contando su historia con sobriedad contribuye a la credibilidad de lo que estamos viendo. Hasta aquí podemos pedir poco más a los creadores del documental.

Pero claro, lo que vivió Nevenka no sale de la nada. Es decir, que el documental nos plantea que aquello sucedió en una España en la que los propios delitos de acoso sexual estaban en pañales prácticamente, en la que había mucho más machismo que 2021 y en la que no había conciencia de aquello. Se pone como pista suprema el show clasista y rancio del fiscal hablando de lo que tiene que soportar una cajera por el pan de sus hijos, claro. O incluso las manifestaciones a favor del acosador. Se despacha todo esto con la idea de que el acosador había traído el maná de las obras públicas, el maná del dinero y el sacar a mucha gente del paro. Y algo de eso habrá.

El silencio que más suena en “Nevenka”

Pero en todo ese cuadro de la España de finales de los noventa de “Nevenka” le falta algo. De toda esa sociología basada en idolatrar a los caciques del pelotazo y burbuja inmobiliaria que tanto prosperaron hay huecos enormes en todo el documental. Y ese hueco, que no ha rellenado la  principal responsable del documental, Ana Pastor, es el de la prensa. La prensa de finales de los 90. 

El pasar de puntillas sobre el papel que tuvieron los tertulianos de Onda Cero con Luis del Olmo, de lo que se decía en el ABC o de los silencios del grupo PRISA es aterrador. Y más cuando el único periodista de renombre que aparece en el documental es Juan José Millás, que es famoso en el caso por haber apoyado públicamente a Nevenka entonces. Los demás aparecen en las entradillas de los episodios del documental en frases cortas, informando del caso, sin más, como un batiburrillo de fondo, perezoso. Y ya está. Eso es todo. 

Del documental tal cual saca uno en claro que esos manifestantes sólo querían el pan prometido por el acosador poderoso, pero por ningún lado sale de donde salían los argumentos clasistas y machistas del fiscal del caso. Sabemos de la motivación de comer o tener más dinero, no necesita contarnos Ana Pastor nada de eso, pero se le pasa, qué pena, contarnos de donde salían los argumentos de las señoras mayores manifestándose a favor del alcalde. Y salían de sus compañeros periodistas. De Onda Cero. Del ABC. Bastantes siguen en activo. Otros son viejas glorias y para qué vamos a recordar su numerito apoyando a un acosador. Otros amigos suyos del grupo PRISA se callaron porque la protagonista era de la otra acera política. Sacamos a Millás, que aquí hace el papel de uno de los diez justos que Abraham preguntó a Yahvé si no bastaban para salvar a Sodoma y Gomorra. Sólo que a Ana Pastor le basta con uno para salvar a todos. 

Tantos de estos periodistas ricos y cobardes luego han hecho carrera durante años dando sermones de alta moralidad y de exigencia de valentía al pringado estándar contra los mil males: ETA, el fascismo, el chavismo o contra el trumpismo. Porque de eso va también el documental. De, otra vez, regañar desde otro púlpito a la sociedad de final de los noventa por machista y bruta (que lo era) pero sin entrar en las razones y argumentos que la turba esgrimía en sus conversaciones contra Nevenka. Todos los “esta es una puta que se ha metío ahí y ahora va de lista”, “qué se ha creído la niñata, porqué te crees que te han metido ahí, no te jode” y muchas más lindezas a favor del acosador, algunas luego sofisticadas y más elaboradas muchos años después en medios de comunicación, incluso en 2021. Quizás al que en 2021 siguió en las mismas sí que le hemos dicho algo. Pero claro, no hablamos del resto de grandes periodistas aplaudiendo en aquella época el acoso, justificándolo, diciendo barbaridades que escuchaban quienes buscaban qué decir para ponerse del lado del que acosaba. 

“Nevenka” y el país de los niños obedientes

Eso implicaría hablar de las prácticas del periodismo de élite de este país. Y de su servilismo. De cómo las Angels Barceló, los Jiménez Losantos, los Gabilondo o los Cristian Campos no han llegado donde han llegado por ser los rebeldes sino por, al contrario, ser los niños más obedientes de la clase. Y que está por ver que haya diez justos en el periodismo de élite en España. Implicaría también hablar del miedo aterrador a enfrentarse al jefe, que sí es algo muy español que va mucho más allá del periodismo y está extendido por todos los lados. Nevenka es alguien admirable porque se enfrentó a muchos tabúes a la vez, no solo a uno. Se rebeló contra el acoso sexual, sin saber ni siquiera lo que era. Se rebeló contra la mansedumbre contra el jefe que sigue en 2021 haciendo estragos en decenas de miles de personas incapaces siquiera de algo inmensamente menor como irse a su hora del trabajo (y contra los compañeros cobardes capaces de ponerse del lado de un acosador para no perder el puestecito). Se rebeló contra el “vamos a esperar que pase y a olvidarnos lo antes posible”, que es la primera norma moral y política del país desde no sabemos cuánto. Lo hizo en soledad. Como una loca o como una heroína. 

En el mundo real la diferencia entre estar loco o ser un héroe suele ser el éxito. De haber perdido la sentencia Nevenka sería una loca más. Fue contra todo el espíritu de su época, perfectamente reflejado en la actitud de unos medios que Ana Pastor tiene pereza, qué pena, por mostrarnos con más detalle pintando que todo fue un señor acosador con dinero y gente que era machista (no sabemos cómo) contra una mujer valiente. Y lo era. Y lo es. Ganó el juicio. No estaba previsto. El mundo estaba en contra sin que Ana Pastor sepa explicar cómo. Y eso fue todo. Y lo sigue siendo.

Sed felices.

Raúl Sánchez
Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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