Retorno a la tienda de cómics

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Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

Hubo un tiempo en el que aquello pasaba. Ibas a bares. A restaurantes. A cines. Abrazabas a gente, besabas a gente, hacías el amor a gente. Incluso en la realidad. De vez en cuando. Alguna vez. Bueno, en realidad ibas a sitios con gente. A veces. Otras veces ibas solo. Que tampoco pasaba nada, vaya. Como en las tiendas de cómics.

A pesar de lo que puede creer el individuo que sólo conoce las tiendas de cómics por la serie de Sheldon Cooper la realidad es más aburrida de lo que parece. Esto último vale para casi cualquier cosa: todo es menos sexy fuera de las series, las películas, los libros o los videojuegos. Son sitios en los que se vende algo más o menos minoritario: cosas físicas que se leen. Un mercado que va claramente en declive desde hace décadas. Cada vez leemos menos gente cómics. Las nuevas generaciones que se incorporan a la lectura suelen hacerlo empezando y siguiendo con manga.

Las razones darían para casi un libro mezclando sociología, psicología, arte y evolución histórica del ocio. Pero no queremos que nadie lea más de lo estrictamente necesario, que luego alguien puede obsesionarse con algún libro y no salir de allí. Y no queremos eso. Preferimos que os dediquéis, amado pueblo, a hacer memes y retuitear cosas.

En fin, que a pesar de todo algunos todavía hacíamos aquello viejuno de ir a la tienda andando, pasear por los pasillos, ver las portadas, ojear cómics que ni conocíamos…había algo de romántico y de infantil, de dejarse sorprender, de maravillarse ante lo desconocido. Cada vez es más difícil con los años, ojo, pero sigue siendo posible. Que sí, Pueblo.

El mundo ha seguido dando vueltas desde que tenemos el coronavirus rondando. Hemos tenido que seguir comiendo, duchándonos o teniendo nuestros normales vacíos existenciales. No temáis, estamos aquí para abrazaros y deciros nuevas mierdas para leer, ver o jugar. Pero entendednos, la bella costumbre de maravillarnos en vivo y en directo entre cómics, mangas y juegos de mesa seguía rascándonos el cogote. Bueno, más bien picándonos. Y sí, tenemos varias columnas de libros y cómics tambaleándose en casa esperando a ser leídas, pero nada hay más consumista y capitalista que un coleccionista de cómics, libros o juegos de mesa. De nosotros depende el sistema. Vale ya de apelaciones políticas al trabajador, a los autónomos o demás: queremos subvenciones y ayudas nosotros también, ya.

Por eso cuando ya supe que iban a abrir en mi tienda, situada en el centro del universo (es decir, Alcorcón, Madrid), pues como que empecé a ver más la luz. Llamé antes por teléfono y me alegré de ver que volvían a abrir. El de la tienda también se alegró y nos dio cita previa. Ahora es así, hay que quedar como quien va al dentista, pero en plan no sufrir sino disfrutar. Tenía los cómics hasta más o menos cuando todo cerró en marzo. Yo no recordaba casi que tengo siempre una lista en la cartera con los comics que me quedan por comprar.

El viaje a la tienda de cómics fue entre máscaras, guantes, un tiempo agradable y mi hija pizpireta danzando y saltando mientras caminábamos. Al prepararnos para irnos me sentía un poco como Joel en The Last of Us, pero sin zombis ni ser tan sexy ni viril. La propia tienda de cómics era la misma, con su mesa enorme llena de cajas de cómics por colocar, sus cajas de cómics rebajados, sus estanterías de manga a un lado, a continuación DC cómics y al fondo europeo. A la derecha Marvel, los juegos de mesa y los juegos de rol.

Sueño a veces y en esa realidad compro todos los libros, videojuegos, cómics, mangas y juegos de mesa que existen. Tengo una casa para cada cosa. Una de ellas sólo tiene estanterías de cómics de Marvel, otra de DC, otra manga y así y así y así. En la última está repleto todo de juegos de mesa, sus expansiones, montones de extras hechos con impresores 3D, atrezzo para los juegos, tapetes, montones de dados, cajas de cartas y un apartado para pintar miniaturas. Todos los días traigo algo nuevo y todos los días leo algo nuevo, juego a algo nuevo o veo algo nuevo.

En este mundo tampoco es que me lleve sólo una goma de borrar, las cosas como son, pero me llevo la tienda a plazos (dentro de lo que se puede). Cada vez que voy me llevo una tonelada de cosas. Y esta vez es igual. Solo que esta vez le digo al de la tienda lo que quería llevarme y él entra entre estanterías, lo van recolectando y me lo trae. Va montando una columna con todo lo que trae. Luego le voy preguntando por más cosas, pero no tiene todo. Lo apunta para pedírmelo detrás de la mampara que hay ahora en la mesa donde está el ordenador donde apunta lo vendido. La tienda huele a que la ha limpiado a fondo.

Lo de la biblioteca loca de Borges, pero con cómics

Me voy de allí, entre otras cosas, con el último tomo de Los Muertos Vivientes. El cómic. La leyenda. En este acaba la historia ya mítica que ha saltado a las series de televisión. Que empezó de manera magistral, siguió de manera más o menos aburrida y en su recta final ha vuelto a ser apasionante, artística y políticamente. El propio protagonista, Rick, se ha puesto del lado revolucionario de la Historia en el nuevo mundo que debe construirse sobre las ruinas del viejo mundo destruido por el apocalipsis zombi.

No sé nada de cómo acaba. Es al salir de la tienda de cómics y ojear las últimas páginas cuando veo que el autor escribe un epílogo, cuyo texto ni leo. Sí, no había mirado por internet cuando iba a acabar la serie. Sí, ni idea de en qué sentido lo hace. Está bien así. Quiero que sea así. Parte de lo bello de los cómics, de la literatura, de las películas o los videojuegos (¡y de la vida!) tiene que ver con la sorpresa, con la inocencia y con la ingenuidad. Con que esa parte que puede sorprenderse y maravillarse no muera dentro de uno. Y aún escribiendo esto no sé cómo acaba. Pero escribo pensando que menos mal que no lo he sabido antes.

Y pienso en todas las veces que me quedan por volver a la tienda de cómics. Y en todas las veces que seguiré viendo otro cómic que no conozco, que me compraré y lo leeré sin saber qué me voy a encontrar. Eso va a pasar y va a seguir siendo maravilloso.

Habrá que volver otra vez, muchas más, a la tienda de cómics.

Sed felices.



el autor

Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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