Revisión de Prison Break: suspenso en incredulidad

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Parece ser que fue el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge, el autor de The Rime of the Ancient Mariner, quien se inventó o usó por primera vez la expresión suspensión de la incredulidad, un concepto básico que nos explica por qué podemos adentrarnos y  disfrutar de la ficción ya sea literaria, cinéfila o televisiva. Una de las características de este proceso es su voluntariedad, es decir, dejamos de lado nuestro sentido crítico porque queremos supongo que como contrapunto a tantos hechos reales y cotidianos que merecen no ya crítica sino incluso ira. Pero también la obra de ficción debe invitarnos a caer en sus redes y correspondernos cuanto más tiempo mejor. O simplemente dejamos de seguirla. Eso les pasa a muchas series, que no son capaces de mantenernos en estado de credulidad bien sea porque les falla el guión, la interpretación, el desarrollo o se expanden en exceso.

Debo confesar que me cuesta suspender mi incredulidad, soy más de ensayo que de novela, pero tampoco soy un hueso ni hipercrítico. Hay montones de series que me encantan y de variedad de estilos, desde Vikingos a Borgen, pasando por Breaking Bad y Modern Family. Pero deben convencerme y no parecer un refrito de trucos efectistas que caiga en la mediocridad. Y eso me ha pasado con Prison Break, que me devolvió la incredulidad casi desde el minuto uno. Es muy buena la idea inicial: un ingeniero finge cometer un crimen para que le encarcelen junto a su hermano, condenado a muerte injustamente, llevando tatuado en su cuerpo el plano y las instrucciones para la fuga. Y encima me atrae por distintos motivos: me gustan los tatuajes, las pelis de cárceles y estoy en contra de la pena de muerte. Hasta estudié ingeniería industrial un año. Si no triunfa conmigo, no lo hará con nadie pensé. Pues a partir de ese planteamiento, que bien hecho daría para una buena miniserie, todo lo demás se cae como un castillo de naipes rozando el absurdo en algunos momentos.

Vamos a empezar diciendo que el protagonista sabe exactamente que la juez le va a condenar porque ésta casi no lo hace ya que el chico no tenía antecedentes y eso pese a atracar un banco a punta de pistola, el detalle condenatorio fue que disparó por eso el protagonista lo hace dos veces, por si acaso. Continuemos diciendo que la ficticia cárcel de Fox River se supone que es de máxima seguridad pero los presos poco menos que hacen lo que les da la gana. De hecho, los reclusos tienen a su disposición cabinas telefónicas en el patio que, por supuesto, usan siempre que quieren. No hay cárcel que se precie que no tenga un motín de vez en cuando, para soltar adrenalina entiendo, pero es que en esta se suceden creciendo en intensidad. No es de extrañar, tras el primer altercado con tintes raciales y puñaladas a mansalva, el alcaide pone un castigo ejemplar: dos días sin salir al patio. Y ojito con repetir porque el bueno de Stacy Keach, en teoría el mandamás, amenaza con dejarles una semanita sin sol. Pues repiten claro y más violentos. También resulta poco creíble que ambos hermanos compartan espacios, cualquiera sabe que en Estados Unidos a los condenados a muerte se les tiene aislados y estabulados casi como a animales con el doble fin de castigarlos por su crimen y de que lleguen bien vivitos a la ejecución. Dejémoslo aquí.

En definitiva, toda una cascada de disparates en apenas 10 episodios que he podido aguantar de la primera temporada. Y eso que los responsables de la serie demuestran haber visto algunas buenas películas de cárceles ya que las referencias a Cadena Perpetua, La fuga de Alcatraz e incluso La Milla Verde son constantes y muy evidentes. Pero parece que quisieron hacer algo en serio y les salió fatal. Tampoco es problema de que los actores sean malos, ahí tenemos a Peter Stormare que no es precisamente el actor de Fargo. Más bien es que están mal dirigidos a través de un guión que les parece tan horrible como realmente es.

Es posible que la serie mejore aunque no sólo lo dudo mucho sino que no pienso comprobarlo, no es chulería sino falta de tiempo, y que por eso se llegue en su quinta temporada camino de la sexta, lo cual es más milagroso que fugarse de una prisión tan penosa. A poco.



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