El cine es un arte político. Y con esto no me refiero a que unas u otras estrellas suelten sus proclamas al ganar un premio. Hablo de la capacidad del séptimo arte para contar historias que remuevan nuestras conciencias. Y, por si acaso no nos enteramos, de rodarlas de una forma que las despierten de una vez. Es el caso de Un simple accidente, película iraní coproducida con Francia y Luxemburgo que ganó el reputado festival de Cannes y que fue nominada al Oscar a mejor película internacional.
Enlace a Un simple accidente en la plataforma Filmin.
Una familia iraní debe parar en un taller al tener un pequeño accidente con su coche. Allí, uno de los mecánicos cree reconocer en el padre de familia al hombre que le torturó. Decide secuestrarlo y, ante la duda, comunicarse con otros antiguos torturados para que le ayuden a confirmar su identidad.
Es imposible no pensar en Un simple accidente como cine político (que no de política, que para eso aquí tenéis las veinte mejores de la historia del cine). Primero por su contexto. Es una película dirigida por Jafar Panahi, uno de los pocos directores que ha ganado La palma de oro en Cannes, el Oso de oro en Berlín y el León de oro en Venecia. Y también un conocido disidente político iraní al que se le ha prohibido dirigir, ha estado en la cárcel y en arresto domiciliario. Así que la denuncia va implícita en una película cuyo director ejerce su profesión en contra del poder establecido en su propio país.

Segundo por su mensaje. Un simple accidente no retrata el régimen iraní directamente como si fuera una película basada en hechos reales (véase la estupenda Holy Spider, la película sobre la investigación de un asesino en serie de prostitutas en la Teherán del 2001), sino que utiliza una premisa sencilla para articular una fábula sobre el trauma, la violencia y el perdón.
Porque el puñado de personajes que protagoniza Un simple accidente ha intentado, de una u otra forma, continuar con su vida de forma digna hasta que el pasado se estampa contra ellos. O, mejor dicho, tiene un accidente y para en tu taller. Tenemos al mecánico, a la fotógrafa de bodas, a la novia que se va a casar con un esposo que desconoce su pasado y al tipo que ha sido incapaz de reintegrarse en la sociedad tras lo vivido en las cárceles del régimen.
Este microcosmos es encerrado en una furgoneta, un único espacio que, como La diligencia de John Ford o la cabaña de Los odiosos ocho, enclaustra a cada personaje con sus propios conflictos y a todos ellos con la persona que les destrozó la vida.
Y, por último, llegamos al estilo. El cine, como he dicho antes, también puede ser político por su forma de rodar. Que se lo digan al realismo con el que Steven Spielberg abordó el asalto al gueto de Varsovia en La lista de Schindler. O al travelling con el que Gillo Pontecorvo se recreó más de la cuenta en la muerte de una mujer contra una valla de un campo de concentración. Distintos estilos para sacudir la conciencia del espectador.
En este sentido, Un simple accidente no se recrea especialmente en el drama, sino que maneja un suspense tan tenso como accesible sobre la verdadera identidad del hombre que han secuestrado. ¿Y si se han equivocado? O, es más, ¿Si han dado con su torturador, le devolverán lo que recibieron?
En definitiva, Un simple accidente es una estupenda intriga que, partiendo de una premisa sencilla, construye una metáfora sobre los devastadores efectos del régimen iraní en las personas que viven bajo su yugo. Una película idónea para introducirse en un suspense distinto al hollywoodiense y, sobre todo, para entender el papel del cine como entretenimiento y como despertador de conciencias.
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