Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.
Altarriba hizo uno de los mejores cómics de Europa y del mundo con “El arte de volar” (del que hablamos aquí). Siguió con los muy notables “Yo, asesino” (del que hablamos aquí) y “Yo, loco” (aquí). Tras el éxito de “Yo, asesino” y los prestigiosos premios recibidos fue junto al dibujante Keko a por una trilogía que llaman “Trilogía egoísta”. En este caso hablaremos de “Yo, mentiroso”, el fin de la trilogía, publicada en España por Norma Editorial en diciembre de 2021.
La trilogía
En “Yo, asesino” veíamos una trama de asesino en serie que tenía detrás el mundo universitario vasco (con sus momentos sutilmente terribles a manos de simpatizantes etarras) pero sobre todo de la industria perversa del arte. En “Yo, loco” todo se centraba en la industria de la locura, de la creación de psicopatologías y del negocio detrás de ello, así como continuando con las tramas de novela negra en la que el gran entramado es combatido casi inútilmente por el protagonista. En este “Yo, mentiroso” se acaba la trilogía centrándose en la industria de la mentira política: los asesores, los ideólogos que crean ideas que serán repetidas por opinadores profesionales, los que crean las mentiras que se repetirán hasta la saciedad para ganar la famosa (y agotadora para los que viven desde fuera) “guerra cultural”. Tres industrias que entrelazan sus lógicas, sus funcionamientos y con son pilares de nuestra civilización: la del ocio, la de la salud y la de la mentira ideológica.

La historia está inspirada en Iván Redondo. El famoso asesor político español que empezó en el conservador Partido Popular y acabó como asesor principal del actual presidente socialista Pedro Sánchez. En «Yo, mentiroso» hay cambios de nombres (en el cómic se llama Adrián Cuadrado) que usa el autor con evidente y brillante mala baba: Mariano Rajoy pasa a ser Raimundo Godoy (¡Godoy!) o el presidente de la Comisión Europea que pasa de Jean Claude Junker a Jean Marie Drunker. En este universo paralelo los nombres están cambiados pero los personajes y tramas son claramente reconocibles, desde la caída del presidente barbado de derechas hasta el sórdido comisario que hace trabajos sucios y parece saber todo de todos. Pero todo lo vemos desde la perspectiva del fabricante de las consignas, del fontanero. De uno de tantos creadores de propaganda, de frases hechas que hemos escuchado y escucharemos centenares de veces: “vivíamos por encima de nuestras posibilidades”, “el trifachito”, “la Constitución que nos hemos dado”, “alerta antifascista”, “gobierno socialcomunista” y demás grandes éxitos de la mercadotecnia política.

El discurso interno
Dentro del trazo estupendo para el género de la novela negra de Keko, con esos negros abigarrados y duros en las facciones de las caras, Altarriba nos mete una vez más en la cabeza del protagonista. En su flujo de pensamientos. Como en las anteriores dos comics, en «Yo, mentiroso» el discurso interno del protagonista es terrorífico por sus implicaciones sociales. Nos hace partícipe de su obsesión enfermiza que le aísla de sus seres queridos, que le entregan a un egoísmo y soledad atroces. En este caso, su obsesión es su trabajo. Es decir, la fabricación de la mentira. O en su propia versión de las cosas, la fabricación de la verdad. La verdad como algo maleable, cambiable y, por supuesto, vendible. No miente en cuanto a que esa idea esté extendida: realmente hay mucha gente con mucho poder que está dispuesta a pagar mucho a personas para que cambie la realidad respecto a sus empresas, su fama o en cómo es percibida socialmente.

Todas las acciones del protagonista están gobernadas por la idea de que la verdad es gris y posiblemente insoportable. Que con la mentira se crean realidades nuevas, realidades necesarias para que la gente vulgar y corriente pueda justificar su día a día. Y, así, la realidad cambia, y la verdad inventada termina siendo verdad en el mundo exterior a las personas. El protagonista de «Yo, mentiroso» nos sumerge con su monólogo interior en la creencia de que es un mago, que crea cosas donde no las hay, pero es consciente de lo necesario del creyente. Es decir, de la necesidad real de las personas normales de ser mentidas. Sus hijos y mujer no le creen, ven que es un farsante, y quizás son los únicos, los que le conocen más íntimamente, los que saben de su patetismo, de su mentira. En privado y con años es complicado mentir. Mentira que adquiere el color verde a lo largo de todo el cómic, jugando los creadores con dicho color y con la confusión entre realidad y propaganda de manera muy divertida (simplemente viendo en qué momentos se le ponen verdes los ojos al protagonista o cuando no ya es algo revelador de por donde van los tiros). Como divertido es que todo el resto de elenco de personajes quitando a su familia tengan al protagonista por un solucionador de embrollos con poderes para diseñar las mentiras necesarias que la gente gustosa aceptará. Continúa así la línea de soledad personal de los dos anteriores protagonistas de la trilogía.

Las tramas
La trama política de «Yo, mentiroso» es a ratos creíble, a ratos excesivamente paranoica. No se trata tanto de que no se hablen cosas entre bambalinas del modo en que aparecen en el cómic, sino más bien determinadas expresiones, puestas en escena o formas de hablar. Por ejemplo, hay una escena en el palco del Bernabéu con el presidente del Real Madrid, una banquera muy famosa, un ex-presidente del PSOE e incluso algún personaje de otros cómics de la trilogía. Es un tanto increíble que un palco de un estadio grande en un día de partido sea escenario de conversaciones políticas de tantísima importancia: hay camareros, seguridad, gente yendo de aquí para allá, etc. Es un sitio y lugar especialmente poco discreto para nada remotamente importante. Es muy poco probable que en un palco se haga algo más que pasarlo bien y tocar temas de manera más o menos informal. Es una pena teniendo en cuenta que los autores o conocen o se han informado de aspectos más o menos especializados dentro del mundo de la política. No es sólo la forma de hablar de determinados personajes, bastante creíble teniendo en cuenta algunas grabaciones del mundo real en según qué juicios por corrupción, así como de la aparición de personajes referentes de ciertas corrientes reaccionarias actuales como Alexander Dugin. Sí, aparece Bannon, pero a ese le conocemos todos. Es decir, el conocimiento del mundillo de las fontanerías políticas no es superficial, aunque determinados desarrollos y algunas conversaciones sí descarrilan por su paranoia.

De las tramas realmente sucias que implican directamente asesinatos es complicado hablar. Es lo menos logrado de la historia, en contraste con el fantástico trabajo de evolución del monólogo interior del protagonista. Como en «Yo, loco» se rompe un poco la consistencia interna de la historia al meter elementos demasiado fantasiosos, distópicos o paranoides. Estos suelen aparecer con desarrollos llenos de chapuzas y cosas azarosas para sus protagonistas, lo cual hace que puedan resultar más creíbles y plausibles. En «Yo, mentiroso» desde luego se ha tirado por la chapuza y la casualidad como motor de las conspiraciones, en la tradición española de contar la evolución de las cosas en política. En estos tiempos de abrasante y muy agotadora tendencia a contar absolutamente todo desde el prisma anglosajón audiovisual es de agradecer que tanto Altarriba como Keko no nos hayan contado algo desnaturalizado en diálogos o formas de actuar. Es decir, que los personajes no suenan a serie de televisión de Netflix o HBO. Puede parecer tonto, pero es un oasis. Quiero decir: House of Cards es comedia involuntaria, nada creíble y demasiado ridícula psicológicamente pero por alguna extraña razón da vergüenza decirlo.
Conclusiones
El final de la trilogía que acaba en «Yo, mentioso» nos trae quizás pegotes de los anteriores dos cómics, que casi resultan innecesarios visto la finalización de la historia. También una crítica a las lógicas de las tres industrias del ocio, de la salud y de la mentira política, incidiendo en la destrucción progresiva de las comunidades y grupos que están llevando a cabo, formando un individuo ansioso, solitario, aislado y lleno de temor. Como en cualquier novela negra, el protagonista es solo un engranaje más, que cuando se revela es un héroe y es un loco, a la vez. Y cuando acepta la lógica del sistema asciende, como en el caso del último cómic. Un sistema no es algo destruible con la fe de una persona que sabe la verdad, es buena y pura. Si ha continuado y durado es precisamente por lo contrario, por haber desarrollado mecanismos de defensa para los locos, los héroes, los pirados, los idealistas. Es la mezcla de la industria del arte/ocio, la de la salud (sobre todo la mental) y la de la mentira política las que lo hacen sobre todo posible.
Sed felices.



