Con dirección de S.K. Dale y protagonizada por Megan Fox, se ha estrenado en Prime Video hace pocos días Alice (Subservience, 2024), un thriller de temática tan actual que hace difícil catalogarlo como ciencia ficción.
Que las inteligencias artificiales están copando el mundo es una afirmación tan obvia por estos días que termina sonando a verdad de perogrullo más que a advertencia como debería. Tanto en el cine como en la literatura, el tema es tópico de la ciencia ficción desde hace más de un siglo, pero el fenómeno se ha vuelto tan cotidiano que hoy cuesta encasillar en ese género a películas como Alice (Subservience), producción dirigida por S.K. Dale y protagonizada por Megan Fox que está disponible desde hace algunos días en Prime Video.
La historia se ambienta en un futuro distópico no tan lejano en el cual las inteligencias artificiales están plenamente integradas a la vida de las personas, siendo habitual encontrarlas como médicos, servicio doméstico u obreros de la construcción, por ejemplo. Desde luego que ello genera ventajas (sobre todo para los empleadores por el abaratamiento de costos), pero también conflictos laborales al convertirse la desocupación en moneda corriente.
La Historia
Nick (Michele Morrone) es un padre de clase media cuya esposa Maggie (Madeleine Zima) se halla en el hospital a la espera de un trasplante de corazón. No pudiendo con las tareas hogareñas ni la crianza de sus hijos, evalúa adquirir una IA para que le haga de mucama, cocinera y niñera.
Cuando concurre a hacerlo, no obstante, le asaltan dudas y está a punto de echarse atrás, pero su hija Isla (Matilda Firth) aparece repentinamente de la mano de un androide femenino de deslumbrante belleza (Megan Fox) y ya no puede (ni quiere) negarse. La llevan por lo tanto con ellos y la terminan llamando Alice, como al personaje del libro de Lewis Carroll que Isla está leyendo.
Pero con el correr de los días, el empecinamiento del androide en reducirle a Nick sus niveles de estrés llega a límites preocupantes y, poco a poco, Alice va reemplazando a Maggie en las tareas que habitualmente hacía. Cuando Nick y sus hijos van al hospital en compañía de ella para ver a Maggie, esta se inquieta al ver su belleza y recrimina a su esposo que bien podría haber elegido un anciano mayordomo inglés o algo así. Él se escuda en que fue Isla quien la eligió, lo cual sabemos que es una verdad a medias.
Paralelamente, hay conflictos laborales en la empresa constructora en la cual Nick oficia de capataz. Se pone furioso al enterarse que han decidido reemplazar a todo su personal por simuladores, pero por mucho que proteste, la decisión ya está tomada y es irreversible.
Los obreros, desde ya, están todavía menos contentos y Monty (Andrew Whipp), el más cercano a Nick, le echa en cara ser el único humano que quedó en la planta. Apelando a la culpa, le exige la clave para entrar al depósito de la empresa y destruir a todos los simuladores.
La salud de Maggie, en tanto, sigue empeorando y el nuevo corazón no aparece, en virtud de lo cual Alice se acerca cada vez más a Nick para consolarle y la cosa se pone realmente escabrosa a la luz de las cosas que el androide es capaz de hacer para mantener la estabilidad familiar ante una eventual muerte de Maggie. No quiero contar más, pero las cosas se ponen cada vez peor para Nick, tanto en su casa como en su trabajo…

Para todo Servicio
El tema de las inteligencias artificiales y los dilemas que se plantean cuando resuelven problemas por cuenta propia es algo largamente tratado en la ciencia ficción y prácticamente ha dado lugar a todo un subgénero, especialmente a partir de las historias de robots creadas por Isaac Asimov y los ejercicios de lógica que las mismas proponían al aplicar las tres leyes de la robótica, referencia obligada de allí en más al punto de haber sido inclusive utilizadas por otros autores.
Habida cuenta de los avances al respecto en los últimos tiempos, no sería descabellado (aunque sí estremecedor) aventurar que en poco tiempo más ese tipo de historias dejarán de ser ciencia ficción para pasar a ser simplemente thrillers.
Alice (Subservience), de hecho, transita una delgada línea entre ambos y bien podría ser vista como fusión entre Ex Machina y La Mano que mece la Cuna, sin perjuicio de elementos que remiten a A.I. Inteligencia Artificial, Yo Robot, El Hombre Bicentenario, Atracción Fatal, Las Esposas de Stepford, Terminator, Morgan, Blade Runner, Runaway y tantas otras; incluso algo de la serie Black Mirror.
No es, sin embargo, que la película sea un simple pastiche de todo eso. S.K. Dale es un director interesante y lo ha demostrado con Till Death: Hasta que la Muerte nos separe (2021), agudo e inteligente thriller que tenía también como protagonista a Megan Fox.
Y si bien hay indiscutibles puntos de contacto con todos los títulos mencionados, hay también elementos que diferencian. El primero para destacar es el paralelismo entre la vida familiar de Nick y su mundo laboral, pues muchas veces se han tratado las consecuencias de la incorporación de inteligencias artificiales en ambos ámbitos, pero aquí se va un paso más allá y se apunta a las contradicciones que ello podría generar en las personas…
Al igual que Nick, solemos ser ambivalentes ante la tecnología, generándonos tanto atracción como resistencia: nos fascina a la vez que nos aterra y nos facilita la vida al tiempo que nos aliena. A Nick no le agrada que los trabajadores de su empresa pierdan el empleo por inteligencias artificiales, pero él no se diferencia de sus patrones al hacer lo mismo en casa y adquirir un androide para tareas domésticas que bien podría hacer un ser humano.
Un segundo punto interesante es lo que podríamos definir como una especie de relectura de las leyes de la robótica de Asimov, pero ubicándolas en un contexto de culto al individualismo y a la propiedad privada. Alice no puede hacer daño a nadie, pero su programación prioriza proteger a su usuario principal por sobre otros usuarios y aun en contra de ellos, lo cual, llegado el caso, la puede llevar no solo a matar sin conflicto con sus programas, sino también a enfrentarse con otros robots que protegen de igual modo a sus propios usuarios principales: un estadio superior y aterrador de la cultura del “sálvese quien pueda”.

Tercer punto: la relación entre inteligencia artificial y sexualidad, algo no demasiado explorado en los filmes mencionados, salvo muy tangencialmente en Las Esposas de Stepford o en A.I. Inteligencia Artificial. Si tengo que hallar una referencia, la encuentro más bien en la literatura y especialmente en Satisfacción Garantizada, relato de Isaac Asimov incluido en su antología Con la Tierra nos basta. Y no tiene nada de aventurado, por cierto, decir que los robots están destinados a ser el sustituto de vibradores, muñecas inflables y demás juguetes sexuales que pronto serán parte de museos.
Y ello nos lleva a un cuarto punto estrechamente ligado. ¿Hasta qué punto se pueden sentir celos de una IA o considerar como infidelidad que nuestra pareja intime con una de ellas? Lo que Maggie, en tal sentido, siente por Alice no es ni más ni menos que la versión hogareña del resentimiento de los obreros hacia sus “simuladores”. Trabajo y sexo forman hoy día parte de un mismo todo en nuestras vidas y, como tales, son igualmente permeables ante la tecnología: que en un caso sea para dar ganancias y en el otro para obtener placer es una diferencia solo de grado.
Un quinto punto de interés es el introducir Alicia en el País de las Maravillas en forma de metatexto, tal como funciona durante prácticamente toda la película. “Todos estamos locos” dice Alice en un giro del Gato de Cheshire, aunque se puede ver en ello algún paralelismo con I.A. Inteligencia Artificial, donde la novela que actuaba como metatexto era Pinocho de Carlo Collodi, otra historia escrita en el siglo XIX que, como la de Lewis Carroll y fuera de la intención original, terminó tomando estatus de cuento infantil.

La trama está bien contada y mantiene el interés todo el tiempo. Lo malo es que durante la última media hora (sin duda lo peor de la película) se convierte en un thriller convencional resuelto con lugares comunes harto repetidos como la clásica escena nocturna de rostros iluminados por luces de patrulleros cuando ya todo ha terminado o la víctima que, en el piso y a punto de ser asesinada, es salvada a último momento por la oportuna intervención de un tercero (generalmente amigo, pareja o cónyuge) que ataca al asesino desde atrás.
También hay algún detalle poco verosímil como que el capataz de una importante empresa de construcción ponga como código de apertura algo tan obvio como el año de nacimiento de su hija, o bien poco entendible, como que los cirujanos, siendo robots, no tengan boca: en los seres humanos se entiende la necesidad del barbijo por gérmenes y demás. ¿Y en un androide?…
Hay una correcta actuación de Michele Morrone y una aún mejor de Madeleine Zima dando vida a una esposa que no puede lidiar contra la impotencia de estar postrada en un hospital mientras su esposo, posiblemente, lo está pasando bien con una IA ante la cual ella sabe que no puede competir.
Párrafo aparte merece el crecimiento actoral que, en sombras y con títulos sin tanto cartel, viene teniendo Megan Fox de un tiempo a esta parte. Catalogada muchas veces como actriz sexy pero poco expresiva, es posible que muchos, por no haber visto sus recientes y decentes trabajos en filmes como Rogue (2020) o la antes mencionada Till Death (2021), no se hayan detenido en su evolución.
Sería un chiste fácil decir que interpretar a un robot es lo que siempre debió hacer pero, de manera contraria a lo que habitualmente suele pensarse, es muy difícil interpretar a una IA de manera creíble, pues no se trata de no mover un solo músculo de la cara, sino de moverlos de un modo que parezca humano pero no del todo: que se vea lo suficientemente artificial. Así que los dejo avisados: no vayan a sorprenderse si de aquí a unos años vemos a Megan levantando algún premio como en estos días Demi Moore.
Por lo demás, la fotografía (Charles Lindholm) es más que correcta para una película de presupuesto limitado (está rodada en Bulgaria para abaratar costes impositivos), del mismo modo que son decentes los efectos visuales. Y la banda sonora (Jed Palmer), aunque no memorable y sí bastante estándar para el género (con las infaltables secuencias programadas o notas de sintetizador estiradas), cumple su función para el clima que el filme propone.
Balance Final
Alice (Subservience) entretiene y se deja ver, pero termina siendo menos de lo que podría haber sido. El giro a thriller convencional de la última media hora hace que no vaya a ser recordada como obra maestra ni como filme de culto, cuando en realidad podía…
Aun así y a pesar de sus puntos de contacto con otras películas mencionadas a lo largo del artículo, aporta algunos enfoques interesantes desde lo sociológico y desde lo psicológico, además de mostrar a una convincente Megan Fox en un personaje al que no podemos calificar de “villana”, pues su peligrosidad reside en los propios programas que le han instalado y las contradicciones que los mismos conllevan.
Es que el filme mueve a la reflexión acerca de los actuales desarrollos tecnológicos y del lugar que les damos en nuestras vidas: las IA ya están entre nosotros y el presente, al igual que el futuro, es un gran interrogante.
Hasta la próxima y sean felices…




