Análisis de American Horror Story: Apocalypse. Capítulo 8

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Buenas queridos lectores, y bienvenidos al análisis del octavo capítulo de esta temporada de American Horror Story, que esta vez ha consistido en dar un refuerzo al fondo de la serie, en construir mejor un contexto, en este caso el de las motivaciones y pasado de Langdon, el anticristo, al mismo tiempo que se resuelven cuestiones que ya nos habíamos planteado en otros capítulos. Empecemos.

En primer lugar decir que me ha sorprendido la corta duración del capítulo, que por otro lado aplaudo dada la eficiencia con la que han comprimido la historia que querían contar de forma que resultase divertida y clara, sin relleno de por medio que sólo la habría estropeado. Esta historia es cómo Langdon, al descubrir la muerte de Miss Leads, entra en una crisis existencial al haber perdido la brújula que le dirigía a lo que parecía su misión, y de cómo su odio hacia las brujas se convierte en algo personal por esto mismo.

Tras saber que no sólo Miss Leads ha muerto, sino que su alma se encuentra escondida en algún lugar del infierno al que él no puede acceder, Michael se desmorona y emprende una caminata en la que sólo espera encontrar alguna señal, alguna respuesta que pueda dar sentido a su existencia. Pero aquí ocurre algo que merece la pena mencionar, y es el intento de Cordelia de llevar al anticristo al lado de la luz, al que sería capaz de pertenecer puesto que hay algo de humano en él, como desde aquí veíamos viendo venir desde hace capítulos. Este comportamiento humano es aquello que presenciamos durante todo el episodio, en el que el hijo del innombrable duda, llora, sufre, se siente inseguro e insignificante y acaba por incluso plantearse morir y abandonar aquello para lo que, en principio, por lo visto estaba destinado. No sé a vosotros, pero mientras que en los primeros capítulos simplemente no podía aguantar a este personaje, cuanto más llorón y débil le he visto, a pesar de ser quien es y hacer lo que hace, más fácilmente me he sentido identificada con él y mejor me ha caído.

Y es que al final Langdon, en efecto, parece ser sólo un niño que no sabe qué hacer o decir, que está siendo aplastado por unas expectativas brutales que no sabe si será capaz de cumplir y tampoco está seguro de que quiera cumplir. Su mayor preocupación es poder estar del lado de alguien que le acepte, le respete y le quiera. Y precisamente quizá por ello pase algo que estaba esperando desde hacía capítulos, y es la maldita intervención de Dios en todo este asunto, de alguna forma, por mínima que sea. Al más puro estilo Jesús y 40 días en el desierto Michael se retira durante días al bosque esperando una señal, y se le aparecen nada más y nada menos visiones y tentaciones de ángeles para que se una al camino de luz. No es precisamente de la forma de la que me imaginaba que Dios haría alguna clase de intervención, pero algo es algo, al menos se nos ha respondido a que si está ahí o no.

Otro punto interesante, quizá el que más, es que al fin se sabe cómo este piltrafilla del anticristo llega a causar una guerra nuclear que acaba por aniquilar a la raza humana, y es la interesante y graciosa micro (según la serie es macro)sociedad de satánicos que pueblan la tierra y controlan el mundo desde la sombras. No deja de ser gracioso ver sus misas y escuchar sus plegarias en la que insisten ser los más malos del barrio mientras hacen travesuras aleatorias sin ninguna intencionalidad detrás del “qué malo que soy”. Los poderes otorgados por Satán al unirte a su culto son, por lo visto, que te vaya bien la vida después de hacer un sacrificio humano y ser inmune a las drogas duras. No está mal. Además, a pesar de ser así de malos se ayudan unos a otros en verdaderos actos altruistas, y por inverosímil que parezca todo resulta que eso es precisamente lo que le gusta a Langdon, que a cambio les promete arder en el infierno en el pozo más oscuro, incómodo y feo mientras ellos dan saltos entusiasmados. Sin duda un capítulos gracioso y que al fin nos ha dado respuestas, eso por lo menos.

Un saludo y sed felices.



el autor

Mi nombre es Carmen, pero me llaman Kitayu. En los fríos inviernos me muevo sedienta de tinta y ocio. Bueno, a quién vamos a engañar, en verano también.

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