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Análisis de La Historia de Lisey. Miniserie. Episodio 3

Seguimos analizando La Historia de Lisey, miniserie basada en la novela de Stephen King, con guion propio y dirección de Pablo Larraín.

Hola otra vez. Nueva entrega de La Historia de Lisey y estamos aquí para analizarla. La miniserie, recordemos, es emitida por Apple TV y está basada en una de las novelas más personales y controvertidas de Stephen King, quien también se hace aquí cargo del guion a lo largo de ocho episodios dirigidos por el chileno Pablo Larraín. El que hoy nos ocupa, al igual que una clásica comedia americana de 1963, se titula Bajo el Árbol Yum-Yum. Si quieren echar ojo a nuestro análisis de los dos episodios anteriores, pueden hacerlo aquí y si aún no han visto este, cumplo en advertir que SE VIENEN SPOILERS DE LA TRAMA.

La Caja de los Recuerdos

Luego de esa siempre hipnótica introducción de marionetas, vemos a Jim Dooley, el fan obsesivo y desquiciado, tomándose selfies junto a una imagen en tamaño real del escritor de su devoción: Scott Landon. La escena define bastante el tono del episodio que, en definitiva, gira en torno a fronteras imprecisas y límites difusos: autor y lector; realidad y ficción; cordura y locura; vida y muerte.

Lisey recibe una llamada de su hermana Darla preguntándole una vez más si ha ido a visitar a Amanda, cosa que, obviamente, no ha hecho.

Darla percibe, no sin razón, que Lisey parece más preocupada por develar enigmas tal vez imaginarios que por la salud de su hermana. La cuestión, claro, es que para Lisey todo está relacionado y su gran preocupación, de hecho, es hallar una caja de cedro mencionada en la última pista dejada por su difunto marido Scott.

Amanda sigue sin emitir palabra o bien solo lo hace en su mundo, es decir en Boo’ya Moon, donde, por momentos, la vemos entrar al agua para quitarse los vendajes y, en otros, sentada otra vez en el enigmático anfiteatro y mirando hacia ese estanque, lago o mar iluminado por la luna roja. Clamando con angustia en su desesperación, insiste en que no quiere estar allí, pero vuelven a callarla, ya no solo la mujer de blanco tul sino también Scott, sentado a las gradas y cubierta su cabeza por una capucha.

Hay menciones al “niño alto” y cuando Amanda implora por estar en su casa, una voz replica “estás en casa”.

No obteniendo respuesta de Amanda, Lisey, por cuenta propia, da con la caja de cedro en una alacena: dentro de ella hay recortes periodísticos que tienen que ver con Scott, así como viejas fotografías (una junto a Amanda y otra junto a Lisey, todo un símbolo), un trozo de tela tejida y una postal que alguna vez ella enviara a su hermana desde un apartado hotel en las montañas de New Hampshire llamado Antlers Inn.

Ello nos transporta a un recuerdo del viaje de luna de miel de Lisey, durante el cual, precisamente, llegaron a ese paraje en auto en momentos en que el hotel estaba totalmente vacío debido al aislamiento provocado por tormentas de nieve. Inevitable pensar en El Resplandor.

El Árbol de los Recuerdos

En las cercanías del hotel, ella y Scott se sientan bajo un árbol llamado yum-yum, especie de sauce bajo cuya copa el ambiente es templado y acogedor en contraposición con el crudo y helado invierno que castiga fuera de la misma.

Es allí donde Scott le cuenta acerca de sus visiones y la relación que tienen con las historias que escribe.

Como ocurriera en el episodio anterior, la serie recurre al flashback dentro de otro y vamos a parar a la niñez de Scott, sentado al alféizar de la alta ventana en un granero mientras su padre, desde el suelo, le impele a saltar e incluso amenaza y corta con un cuchillo a su hermano mayor Paul, que, a pesar de ello, le insiste en que no haga caso.

Scott termina haciéndolo y su padre lo felicita pues, según dice, son formas en que el mal se aleja de ellos: lo que antes apareciera mencionado como dáliva de sangre y hasta diera título al segundo episodio.

No se sabe bien la edad de Scott en ese momento: se supone que ocho años, pero él mismo dice, de adulto, no poder precisarlo porque en su casa no se festejaban los cumpleaños. A la vez, su recuerdo nos va poniendo al tanto de qué es la cacería de dálivas: algo que Scott y Paul practicaban en ausencia de su padre y que consistía en ir buscando pistas que conducían hacia un premio, que podía ser un chocolate o una gaseosa.

En cuanto a Boo’ya Moon, parece ser el mundo hacia el cual ambos escapaban para alejarse de tanta violencia, aunque no me termina de quedar claro si se trata de un mundo paralelo que ya existía previamente o bien ellos mismos lo crearon con su imaginación. Cuando Scott acaba el relato de su infancia, la base del árbol comienza a inundarse (agua, elemento recurrente en la historia), lo cual aterra a Lisey pero él la tranquiliza.

RedruM

Amanda ha tenido otro de sus episodios en el psiquiátrico al acceder a una tijera y volverse a provocar daño: lacerada y cortajeada la encuentra Darla que, no sin razón, estalla en furia y desesperación mientras recrimina al personal por haberla descuidado. En su brazo, con la tijera, Amanda ha escrito “ayúdame Lisey” e idéntica frase, pero al revés, con sangre en uno de los muros: “Yelsi em pleh” (inverso del inglés “help me Lisey”). Una vez más, pensamos en El Resplandor.

Lisey está obsesionada con el trozo de tela que ha encontrado en la caja de cedro. En algún momento, se lo ha enseñado a Amanda habiendo, al parecer, generado alguna reacción mínima.

Según Lisey, corresponde a una colcha afgana que no ha vuelto a hallar y que un flashback nos muestra cubriendo los hombros de Scott en momentos en que ella lo encontrara en su lugar de trabajo con la vista ausente y, al parecer, muerto. Vamos comenzando a tener algún esbozo de cómo y en qué momento falleció tras haberse salvado de aquel disparo.

  El Pastel de la Muerte

La otra subtrama de la historia es, por supuesto, la de Dooley, que aunque pareciera desconectada del resto, tiene, creo yo, puntos de convergencia. Tal como Lisey cuenta a una escéptica Darla, la sensación es que Scott se ha ido pero sus mundos y, particularmente Boo’ya Moon, siguen existiendo por ser visitados cada vez que los libros son leídos. De hecho, Amanda es gran lectora de sus historias y lo mismo, obviamente, Dooley, aun cuando su patología se manifieste en un modo totalmente diferente.

A propósito de él, la policía ha conseguido datos: se sabe que ha llegado desde Tennessee y que ha estado internado durante cuatro años en un centro de salud mental.

Lisey no puede evitar reír cuando el oficial le muestra, en la tablet, una disparatada escena propia de Los Tres Chiflados en la que se lo ve atacar, pastel en mano, a un profesor que diserta contra la obra de Scott Landon y advierte acerca de los peligros del culto en torno a su figura. El hecho, al parecer, remite al “pastel de la muerte” que aparecía en una de sus novelas titulada “Las Reliquias”.

Más preocupante es lo que ve a continuación: imágenes extraídas de un vídeo subido a una página dedicada a Scott Landon y en las que se ve a Dooley ante un muro empapelado con imágenes y recortes relacionados con el escritor mientras, con tono mesiánico, llama a darle su merecido lugar a través del Pulitzer y el Nobel pues, según dice, le enseñó a leer, a pensar y a sentir.  Vamos entendiendo que la muerte de Landon fue una gran frustración para Dooley al cercenar para siempre la posibilidad de que recibiese dichas distinciones: la publicación de los manuscritos, según su óptica, podría ayudar a que lo finalmente lo haga.

Debido a las amenazas recibidas, se ha apostado custodia policial permanente en el domicilio de Lisey pero un incendio provocado en un granero cercano por el propio Dooley funciona como elemento distractor y así logra introducirse en la casa para, finalmente, dar con los manuscritos inéditos que Lisey se niega a entregar, los cuales se hallan en el cobertizo que Scott usaba como lugar de trabajo y en el cual, supuestamente, murió.

Se los lleva en un maletín mientras muy tranquilamente, juega una y otra vez con un yo-yo.

Lisey y Darla, a todo esto y entre vino y cigarrillo, han estado conversando en la casa sin advertir su presencia pero, cuando su hermana se marcha, Lisey parece percibir que algo en el ambiente, del mismo modo que aquella noche junto a la piscina.

Balance del Episodio

Esta nueva entrega de La Historia de Lisey ha sido aún más intimista y retrospectiva que las dos anteriores, así como no tan avasallante desde lo visual más allá de mantener la fotografía su calidad y cuidada estética, como en las escenas del paisaje nevado y el árbol.

Los flashbacks van tomando lugar cada vez más central y es lógico que así sea con la cantidad de enigmas del pasado que quedaron abiertos al cierre del segundo episodio. Y no es solo que nos agreguen nuevos o que, como en el caso de Scott, haya flashbacks dentro de otros, sino que, además, los que ya hemos visto se van ampliando y nos dan más información: así, volvemos a ver aquella escena en la que Scott, herido en el suelo tras el disparo, hablaba a Lisey acerca de alguien indefinido que estaba allí y de la presencia de “muchos rostros”, pero ahora la secuencia se estira unos segundos para que también le oigamos decir “están hambrientos”.

La gran novedad es que vamos sabiendo más sobre las dálivas, tanto en cuanto a la de sangre como a las cacerías. Sin embargo, sigue siendo un misterio la conexión lógica para aunarlas bajo una misma palabra o concepto. Lo de la cacería es, en definitiva, una especie de búsqueda del tesoro y aquí se puede establecer algún nexo entre la infancia de Scott junto a su hermano con la de Lisey junto a las suyas, quienes también buscaban un tesoro en aquel barco pirata imaginario.

En cuanto a la dáliva de sangre, parece ser algo enteramente diferente, pues tiene que ver con los cortes de cuchillo que el padre de Scott practicaba a sus hijos para que saliese el mal de su interior: la relación, en este caso, nos lleva a los que se practica Amanda. Parece haber, tanto en una dáliva como en la otra, algún recuerdo de infancia que, ya sea grato o traumático, el escritor transmite a sus lectores. El otro gran enigma, por lo menos para mí y temiendo ser reiterativo, es cómo termina en dáliva la traducción al español del término bool que, aunque inventado por King, ni siquiera se parece.

También vamos sabiendo algo más sobre Boo’ya Moon aun cuando, como dije, no termina todavía de estar claro si existe como universo paralelo o fue creado por mentes infantiles. Abundan las preguntas, desde ya: no sabemos por qué Dooley no está allí con los demás o quizás lo esté y aun no lo hayamos visto o bien tenga alguna relación con el “niño alto”, al cual todavía no sé si vincular a él, al hermano de Scott o bien se trata de una criatura totalmente desligada de ambos, ignoro si imaginaria o existente.

Son cuestiones que, desde ya, escapan a quienes no hemos leído la novela, aunque insisto en que haber leído lo suficiente al autor alcanza para aproximarse a la esencia de la historia. De hecho, sigue habiendo referencias al resto de su obra como las ya mencionadas en relación con El Resplandor o una cubierta de libro que, apareciendo fugazmente en un vídeo, es fácil de vincular con Cujo. El padre de Scott, además, llama a “no desenterrar a los muertos”, lo que bien podemos relacionar con Cementerio de Animales.  Y la chaqueta amarilla de Dooley, claro, remite a IT.

El agua sigue siendo elemento recurrente, ya sea en grifos abiertos, en el lago, la pecera o inundando la base del árbol.

Lo mismo la pala, que puede ir viajando junto a la luneta en el auto de Lisey o bien, en forma de pequeña réplica, estar clavada en el fondo de la mencionada pecera.

Sigo insistiendo en que pareciera existir una región oscura (¿zona muerta?) entre el momento en que Scott recibe el disparo y su muerte final como si, durante ese tiempo hubiese estado transitando una zona indefinida entre la vida y la muerte siendo la pala, justamente, el elemento que mejor representa tal situación, pero claro: estoy aventurando…

De momento, la historia va muy bien y vuelvo a insistir en que el ritmo pausado no deviene en sopor y aburrimiento, sino que, por el contrario, contribuye a crear clima e intriga. Y la cacería de dálivas, con sus pistas, se proyecta hacia quienes seguimos la serie, pues tenemos que ir deconstruyendo la historia a partir de las que nos van dando. Estaremos atentos a las próximas…

Hasta entonces y sean felices…

Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.

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