InicioseriesAnálisis de La Historia de Lisey. Miniserie. Episodios 1 y 2

Análisis de La Historia de Lisey. Miniserie. Episodios 1 y 2

De la mano de Apple TV y con una impresionante lista de nombres involucrados nos llega la adaptación de una de las más controvertidas novelas de Stephen King. Por lo que hasta aquí hemos visto, La Historia de Lisey se perfila como una de las mejores series o miniseries basadas en su obra.

Todo matrimonio guarda sus propios secretos” reza el inicio y, salvo que se haya leído la novela, no podemos saber que el tal Scott Landon que aparece suscribiendo la cita es un escritor ficticio y personaje importante en esta historia: no el principal, claro, o no se llamaría La Historia de Lisey. Aun habiendo leído bastante a Stephen King (pero siempre poco considerando su apabullante y frondosa bibliografía), confieso no haber leído esta novela en concreto.

Para ubicarnos en contexto, la misma fue escrita después de aquel accidente casi fatal en que se salvara de milagro tras ser embestido por una camioneta (que después compró y envió a compactar para borrar cualquier síndrome Christine). Ese hecho puntual le llevó a replantearse muchas cosas y a preguntarse cómo hubiera seguido la vida de su esposa y demás deudos si nunca hubiese regresado a casa.

La historia, por lo tanto, tiene mucho de autorreferencial (más que autobiográfico) y lo del escritor atormentado aparece también en El Resplandor, La Mitad Siniestra y tantas otras obras. Y así como en El Resplandor, el personaje principal no es el escritor sino su hijo (contrariamente a la adaptación de Kubrick, donde se imponen los quilates de Nicholson), aquí lo es la reciente viuda de Scott Landon. El propio King ha destacado en reiteradas oportunidades la importancia de su esposa Tabitha en el proceso creativo, tanto que, según contó, fue ella quien rescató del cesto de basura sus manuscritos de Carrie.

Estamos, por lo tanto, ante una historia muy cara a sus vivencias y afectos, lo cual hace entendible que haya demorado dieciséis años en ceder los derechos para su adaptación al haber tanto factor emocional involucrado. Esta miniserie, de hecho, lo encuentra como productor ejecutivo pero también como guionista, quizás única forma de fiarse del producto final.

Si ello no es suficiente para generarnos expectativa, además los ocho episodios están dirigidos por el chileno Pablo Larraín (No, El Club, Neruda, Jackie), quien también oficia como productor, lo mismo que J.J. Abrams y la propia Julianne Moore, que, además, es la actriz principal secundada por un impresionante elenco que incluye a Clive Owen, Jennifer Jason Leigh y Joan Allen: toda una avalancha de nombres que constituye un staff verdaderamente cinematográfico.

Sin más, pasamos ya a las impresiones que nos dejaron estos dos primeros episodios, titulados respectivamente Cacería de Sangre y Dáliva de Sangre. En caso de que aún no los hayan visto, advierto que SE VIENEN SPOILERS DE LA TRAMA.

Lisey y sus Hermanas

Lisey (Julianne Moore) ha quedado viuda de un célebre autor de best–sellers que, sin embargo, la sigue contactando: en visiones o sueños, le brinda enigmáticas pistas que aún no sabemos hacia dónde conducen, más allá de un mundo paralelo o tal vez imaginario llamado Boo’ya Moon y de algo llamado dálivas que quizás, como yo, les haya hecho correr a Google para encontrar que es una palabra inventada por King cuyo significado, probablemente, vayamos develando a medida que la trama avance. Lo que me llama la atención es cómo se llega a esa traducción al español cuando el término original en inglés es bool: todo un misterio, de momento, cómo terminamos en dáliva.

Las visiones llevan a Lisey, sobre todo, a dos momentos del pasado: uno es su fiesta de boda y el otro un evento en el cual su esposo, en un campus universitario, se apresta a dar un discurso por la inauguración de una biblioteca cuando recibe un disparo del cual, luego, se recupera sorprendentemente bien en el hospital: “los Landon sanamos rápido” dice su reiterada cantinela a lo largo de los flasbacks y hasta la propia Lisey lo repite.

Poco a poco y en la medida en que dichos flashbacks nos dan más información, sabemos que, previo a dispararle, el agresor le increpó por robarle su mente y sus historias; también que no llegó a efectuar un segundo disparo por el golpe de pala que, propinado por Lisey, le dejó el rostro desfigurado. Esa pala plateada, que estaba allí por la colocación de la piedra fundamental, se convierte en ícono a lo largo de la serie representando, seguramente, el quiebre entre la vida y la muerte: algo así como el gato de Schrödinger.

Otro dato interesante es la enigmática frase que, desde el suelo y herido, Scott le dice a Lisey: “Está aquí… hay muchos rostros… produce un sonido…”. De momento, un gran misterio, como también por qué Scott termina, de todos modos, falleciendo después de su milagrosa recuperación.

Lisey tiene dos hermanas: una es Amanda (Joan Allen), que tiene comportamiento catatónico y suicida desde que su esposo la abandonara por una “francesa sexy”, razón por la cual está internada en un instituto especializado y sufre también visiones que la hacen entrar en contacto con el fallecido Scott (¿existió también una historia compartida entre ambos?) o bien la llevan a momentos de su infancia en los cuales, con sus hermanas, jugaba a buscar un tesoro con un barco pirata imaginario al que llamaban Hollyhocks (alceas). Suele hablar acerca de un “niño alto” que se lleva los cuerpos y se queda con las almas.

La otra hermana es Darla (Jennifer Jason-Leigh), quien pareciera querer actuar como contrapeso racional entre las otras dos: es quien más atiende a Amanda y recrimina a Lisey no prestarle suficiente atención por estar inmersa en sus historias imaginarias.

Un detalle que me han comentado quienes han leído el libro es que allí las hermanas son cinco, lo cual lleva a pensar que el propio King, al adaptar su novela, habrá pensado que eran demasiados personajes de peso para una miniserie de ocho episodios.

Cuervo en Buzón

Lisey está sufriendo el permanente asedio de Hugh Dashmiel (Ron Cephas Jones), editor del fallecido Scott que intenta convencerla de entregar los manuscritos que ha dejado sin publicar, algo a lo que ella se niega sistemáticamente.

No es el único: más preocupante es Jim Dooley (Dane DeHaan), psicótico y extraviado fan que detesta la televisión y solo come carne blanca, pero no de cerdo por parecerse demasiado a la humana: si eso no da miedo, hay que verlo comiendo pizza. Ha llegado a amenazar la integridad física de Lisey y hasta le ha dejado en su buzón un cuervo ensangrentado y calcinado por microondas.

Lisey le toma por esbirro de Dashmiel pero, interpelado este al respecto, se muestra sorprendido y aunque admite haber hablado con él, dice solo haberle pedido que tratase de persuadirla en buenos términos acerca de los manuscritos.

Mi sensación es que dice la verdad, aunque no deja de ser algo ingenuo si confió en la moderación de ese sujeto. Jim, al igual que suele hacerlo el público, parece tener móviles propios y estamos ante un planteo frecuente en la obra de King: el de quién es el verdadero propietario de una obra y hasta qué punto el público no termina por ser una pesadilla peor que los editores. ¿Alguien dijo Annie Wilkes?

Luna Roja

En medio de esta triple lucha contra Dashmiel (el sistema), Dooley (el público) y Scott (el pasado) se desenvuelve, entonces, La Historia de Lisey, sin apresuramientos y tomándose su tiempo, lo cual no debe ser confundido con lentitud.

El ritmo, justamente, particulariza a la serie al mezclar, casi sin anestesia, pasado y presente o fusionar recuerdo, visión y sueño haciendo difícil distinguirlos. Pero ello no deviene en confusión sino en intriga y hay recursos muy interesantes como flashbacks dentro de flashbacks, tal como lo muestra un recuerdo de Lisey que nos lleva a Scott y de allí a un recuerdo de este que deja entrever infancia difícil con padre canturreando mientras juega con navaja.

La magistral fotografía es otro punto alto, estando a cargo del iraní Darius Khondji, que acredita en su haber títulos como Seven, Medianoche en París, Delicatessen, Evita o Diamantes en Bruto y que ha trabajado a las órdenes de Woody Allen, Bernardo Bertolucci, Alan Parker y muchos otros grandes.

Su oficio y originalidad se aprecian en cada plano, con movimientos de cámara que pueden subir, bajar o acercarse a los personajes desde atrás; también en el impresionante manejo de colores (todo lo relacionado con Lisey tiene un tono rojizo bordó, desde su cabello hasta los detalles del frente de su casa, pasando por su indumentaria) o en tomas que son poesía pura como las del barco pirata o la amenazadora luna roja reflejada en el mar, la piscina o el lavabo. El agua, por cierto, parece también ocupar un lugar central en la trama que, supongo, iremos desgranando.

El cliffhanger final es estremecedor e intrigante. Lisey, en plena noche y pala en mano (rechaza las armas de fuego desde lo ocurrido con Scott) cree escuchar entre la vegetación que rodea su casa un sonido susurrante imposible de disociar de lo que le dijera su difunto esposo: “produce un sonido”. En su piscina ve reflejarse la luna roja y se repite a sí misma que “no es real”.

De inmediato, la escena nos lleva al centro psiquiátrico, en donde Amanda, en una de sus visiones, es transportada a Boo’ya Moon: allí, la vemos sentada en un anfiteatro entre figuras enfundadas en blanco que, en silencio, miran el barco pirata que, en la lejanía, se recorta bajo la misma luna que, aparentemente, ve Lisey en su piscina.

Angustiada y al borde del llanto, Amanda repite una y otra vez que no quiere estar allí, pero una de las misteriosas asistentes le calla diciendo que “podría despertarlo” para, a continuación y en referencia a sí misma, decirle que ella está allí para analizar por qué los mató a todos.

¿Es Boo’ya Moon entonces una especie de purgatorio al cual van las almas en culpa? La pregunta nos queda flotando mientras la cámara, en una imagen tan bellamente poética como estremecedora, se eleva por sobre el anfiteatro y la música (otro gran acierto) nos transmite toda la angustia que Amanda siente sentada allí.

Lisey, en el parque, quita la vista de la piscina y da media vuelta para enfilar hacia su casa mientras la última imagen del episodio nos muestra una monstruosa criatura de ojos profundamente azules escrutando por entre la floresta.

 

Balance de los Dos Primeros Episodios

Tal como dije en el encabezado, estamos ante una de las mejores series o miniseries basadas en la obra de King y no es necesario haber leído el libro para afirmarlo: siendo un claro compendio de autorreferencias (más aún cuando él escribe el guion), se puede degustar conociendo su obra en general más allá de esta novela en particular.

Los guiños arrecian todo el tiempo: a los ya mencionados, como el escritor atormentado o el fan desquiciado, hay que agregar el disparo entre la multitud que nos transporta a La Zona Muerta o a 22-11-63, o el pequeño faro que Lisey tiene en su casa y que remite a Castle Rock (en cuyo universo, de hecho, transcurre la novela original).

Al momento de recibir su homenaje, Scott Landon ha llegado desde Maine, mientras que la pala como frontera imprecisa entre el mundo de los muertos y el de los vivos nos hace pensar en Cementerio de Animales.  También en la mencionada Castle Rock.

 

Hay más: el nombre del imaginario barco pirata hace referencia a las alceas, flores de las que el propio King ha declarado que le remiten a la casa de su abuela al punto que el solo verlas u olerlas le hace rememorar voces infantiles.

Podríamos seguir y, seguramente, unas cuantas se me escapan, pero creo que la idea se entiende: no hace falta haber leído La Historia de Lisey para entrar en la serie; alcanza con haber leído a King.

 

El elenco, casi cinematográfico como dije antes, es solvente en su totalidad pero creo que, de momento, las mayores palmas se las lleva el trío de hermanas: cada una encarna un papel y un proceso interno diferente, con reacciones propias y particulares.

De hecho, Jason-Leigh, en principio la de más bajo perfil, luce totalmente natural en su racionalidad. Y no deja de ser un acierto volver a reunir a Julianne Moore con Clive Owen, pareja protagónica de la aclamada Hijos de los Hombres (Alfonso Cuarón, 2006).

Es cierto que la trama puede aún verse algo confusa y no aflorar con claridad; es normal si se considera que no solo se manejan ritmos y tiempos particulares, sino que, además, presente y pasado se mezclan todo el tiempo, al igual que realidad, visión y sueño, sin aviso y con límites imprecisos. Pero ello no genera más confusión, sino que contribuye a realzar la magia estética de la propuesta (“surrealismo mágico” se dice por allí).

El ritmo pausado no es parsimonia: ayuda a que la trama no nos atosigue y podamos, poco a poco y sin apuro, ir encajando las piezas mientras nos deleitamos en la contemplación de los magníficos cuadros que nos deja la formidable fotografía.

King y Larraín, por otra parte, parecen formar un buen tándem y puntos que les hacen confluir: Larraín ya filmó la historia de una mujer a cuyo esposo le han disparado en Jackie (2016) y King ha tomado ese mismo asesinato como inspiración en 22-11-63Por otra parte, el hecho de que los ocho episodios tengan un mismo director le otorga a la serie un cariz más bien de autor que la acerca a propuestas como Twin Peaks antes que a otras más convencionales.

Quiero destacar, paradójicamente al final, la introducción. En un estilo próximo a Westworld o Black Sails por la inclusión de figuras en reemplazo de personas, nos muestra una función de marionetas de madera en la cual Lisey, llevada por los hilos, es atraída hacia Scott pero, al abrazarlo, este se deshace en hojas de libro, tras lo cual los hilos de ella se cortan y cae, no sabemos si liberada o muerta: todo ello mientras la ya icónica pala pende sobre la escena y, desde lo alto, todo el conjunto es manejado por una gran mano de la cual nada sabemos.

Toda una colección de simbolismos que, supongo, iremos desbrozando y no es poca cosa que una serie nos genere intriga no solo con la resolución de sus subtramas o cliffhangers sino, inclusive, con la de su presentación.

Veremos qué nos trae el próximo episodio: de momento la cosa va muy bien y nos genera un atractivo magnético y misterioso. Hasta entonces; sean felices…

 

Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.

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