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Análisis de La Historia de Lisey. Miniserie. Episodio 8. Último capítulo

La entrega final de La Historia de Lisey nos ha dejado un episodio memorable: magnífico y emotivo cierre para lo que termina siendo una gran adaptación de Stephen King sobre sí mismo. La miniserie, emitida por Apple TV cuenta a Pablo Larraín como director y a J.J.Abrams como productor.

Bienvenidos a nuestro último análisis de La Historia de Lisey y hay que decir que las dudas que acerca de si se cerrarían todas las historias en el episodio final eran infundadas: el desenlace nos dejó una entrega llena de intensidad y crueldad, pero también de belleza, poesía y, sobre todo, mucha emoción.

Pasamos ya mismo a analizar este octavo y último episodio que, como la serie, se titula La Historia de Lisey. Pueden leer aquí nuestros análisis anteriores y cumplo en advertir que SE VIENEN SPOILERS DE LA TRAMA.

Una flor florece para su propia alegría

                                      Oscar Wilde

Mil Cuerpos en Uno

Con la cita de Wilde se abre esta nueva entrega: la referencia, por supuesto, tiene que ver con Lisey y, sobre todo, con el seguir adelante por uno mismo en lugar de anclarse de por vida a una persona, un pasado o un recuerdo.

Comenzamos en donde habíamos quedado, con Lisey y Dooley esfumándose de la habitación mientras Darla pregunta si Dooley se llevó a Lisey, a lo que Amanda responde que es al revés.

Nervioso, Dooley camina por entre la vegetación de Boo’ya Moon mientras Lisey sigue tratando de atraer al niño alto o larguirucho, cuya llegada se avizora inminente con el mecerse de la vegetación y una luna que, por primera vez, no se ve roja sino azulada, lo que parece presagiar algo.

Dooley y Lisey se encuentran: él le rompe y muerde la mano mientras ella lo golpea un par de veces con la pala en la cabeza. Hay que decir que Dooley se mueve demasiado bien para haber haber recibido dos disparos de Darla al cierre del episodio anterior.

El niño alto llega y, ahora que le vemos de cerca y en detalle, la visión no puede ser más dantesca: su cuerpo está compuesto, justamente, por cuerpos, los cuales se arraciman, mueven y agitan todo el tiempo: todo indica que son almas perdidas de las que el monstruo se ha ido apropiando. El homenaje a Clive Barker del que habíamos hablado tres análisis atrás, resulta ahora evidente: la criatura es sugerentemente parecida a Popolac.

Dooley queda paralizado ante la visión y la situación es aprovechada por Lisey para inyectarlo en el cuello con la jeringa que hallara junto a la tumba de Paul: ignoro el plazo de vencimiento de la ketamina pero aceptemos que el tiempo, según se aprecia, transcurre distinto en Boo’ya Moon. Dooley queda aún más inmovilizado que antes, pero lejos de vérsele amedrentado ante la proximidad del niño alto, parece envalentonarse y, exultante, proclama a viva voz ser el hijo de Scott,. el profeta y también el faro, para terminar luego pidiendo a Scott que lo transporte con él. Lo suyo es mesianismo puro y parece asociar a la criatura con el escritor fallecido o verla como personificación de la muerte misma.

En cualquier caso, el destino que le espera es, desde hace rato, previsible, pero no por ello la imagen deja de ser estremecedora y más al verse realzada por la magnífica fotografía. El monstruo lo alza en vilo para arrojarlo con fuerza contra el suelo e izarlo nuevamente mientras la horrenda maraña de miembros humanos rodea a Dooley, lo atrapa y va destruyendo su cuerpo. Impactante escena.

El Cuerpo del Delito

Lisey va al lago para curar sus heridas. En las gradas del anfiteatro sigue sentado Scott, pero su rostro se ve bastante más palido y cadavérico: la sensación es que, por fin, está comenzando a partir.

Ya de regreso y reencontrándose con sus hermanas, Lisey les da la buena nueva de que Dooley ya no existe. Una vez que ellas se marchan y en otra imagen sublime de tan macabra, encuentra el cuerpo de Dooley horriblemente desmembrado y flotando en la piscina en mil partes.

Con sorprendente sangre fría o, quizás, curada de espanto, junta uno a uno los fragmentos para luego arrojarlos a un turbulento río desde lo alto de un puente.

De camino y antes de ello, encuentra tristemente a Dan muerto en el interior de su auto con el disparo en la cabeza. El dolor la invade y, posiblemente, también la culpa por no haberle puesto al tanto de que pensaba atraer a Dooley hacia una trampa; de todas formas y para disculparla, el oficial de policía no hizo méritos para evitar ese final.

Lisey llama a la policía para denunciar el triste hallazgo y cuando es interrogada acerca de Dooley, se le pregunta si sabe algo más de lo que cuenta admitiendo ella que sí, pero el gesto cómplice del oficial revela a las claras que no se investigará ni se hará nada al respecto: él mismo ha dicho que no le produce pena alguna el destino de Dooley tras lo que le hizo a Dan.

Es una situación bastante creíble siendo que un compañero suyo ha sido asesinado, pero no entiendo por qué descarta tan rápido toda participación de Lisey en la muerte del mismo cuando el cuerpo de Dooley, como él mismo dice, no ha sido hallado en los alrededores y sí en cambio su auto abandonado. Más aún: Lisey ni siquiera había denunciado las agresiones físicas de parte de Dooley, por lo que supongo que son solo los antecedentes psiquiátricos de este los que le juegan en contra, pero no creo que una investigación policial debiera descartar tan a la ligera todas las posibilidades.

El Cuerpo en el Foso

En conversación con Lisey, Amanda se atreve ahora a hablar del anfiteatro, cosa que antes se había negado a hacer: sostiene que los allí sentados son muertos que deambulan durante algún tiempo sin marcharse del todo y los amortajados, según interpreto de sus palabras, serían los que están en la etapa final y ya a punto de irse. Sirve como analogía sobre Scott y el lugar que tanto Lisey como sus lectores le han dado en sus vidas, lo cual, de algún modo, contribuye a hacer lenta su partida.

Ya en soledad, Lisey reflexiona sobre el hecho, señalado antes por su hermana, de que Scott nunca le había dedicado un libro. La razón, se dice, es que eran todos para ella y le queda repicando lo que Amanda dijo acerca de un manuscrito sobre su historia que, sin embargo, no está entre los textos que tiene en su poder y que termina donando a la Universidad de Maine.

Un momento interesante se produce cuando la empleada que los retira se declara ferviente admiradora de las novelas de Scott, lo cual genera en Lisey un fugaz pero tenso déjà vu. Sin embargo y antes de partir, la mujer le expresa sus condolencias por la pérdida: King nos está diciendo que no todos los lectores son psicópatas alejados de la realidad.

Lo del último manuscrito ha quedado dando vueltas en la cabeza de Lisey y ello la convence, piscina mediante, de una última visita a Boo’ya Moon tras dejar un mensaje a Darla por si no regresara.

La luna es otra vez roja, señal de que las cosas vuelven a estar en orden (con Dooley allí no lo estaban). Junto a la tumba de Paul, hay un hilo amarillo que, al mejor estilo Ariadna, le guía hasta una caja identificada como última dáliva con el agregado de la palabra “fin”.

Adentro, por supuesto, está el famoso texto que, obviamente, se titula La Historia de Lisey: manuscrito literalmente, ya que está en letra cursiva.

Lo paradójico es que cuando comienza a leer y aún a pesar de que se inicie diciendo “érase una vez Lisey”, lo que sigue no es su historia sino, una vez más, la de Scott, regresándonos un flashback a su infancia y a los días que siguieron a la muerte de Paul.

A su padre se lo ve cada vez más ido del mundo: delira con oír sonidos que adjudica a su hijo muerto, se envuelve por momentos en una bandera de Estados Unidos, escucha a fundamentalistas predicadores televisivos y hasta amaga suicidarse sin atreverse a hacerlo.

Está cada vez más violento, al punto de obligar a su hijo a comer un sándwich en castigo por habérselo preparado con pan mohoso o, incluso, poco le falta para matar al jefe de personal de su planta cuando llega a la granja para preguntar el motivo de su ausencia en el trabajo: solo una hábil historia de Scott logra alejarlo y evitar su muerte.

Pero, por otra parte, Andrew Landon parece tener algo de conciencia de estarse convirtiendo, para su hijo, en un peligro quizás incontrolable. Es por ello que le deja pistas para una última cacería de dálivas cuyo “premio” final es una nota en la cual pide a Scott que lo mate y lo entierre junto a Paul.

La nota ha sido dejada en el mango de un pico, descontándose que esa es la herramienta que tiene que utilizar para cumplir con el pedido y, además, Andrew se ha asegurado de estar inconsciente bajo coma alcohólico para cuando el momento llegue.

Escena impactante y desgarradora: Scott lo mata enterrándole el pico en el pecho, pero luego no puede arrastrar el cuerpo por su peso. Finalmente, lo ata al mismo tractor al que alguna vez encadenaran a Scott y lo termina arrojando al pozo de la granja.

Según Scott termina relatando, quedó después bajo seguridad social como niño huérfano y las autoridades jamás encontraron los cuerpos ni de Andrew ni de Paul, de quienes el niño declaró que, simplemente, se habían marchado sin previo aviso.

Momento de florecer

Al final del manuscrito Scott le agradece a Lisey por sacarle de la oscuridad y ser su ancla para que el mal en su interior no lo arrastrase desde mucho antes: antes de conocerla, afirma, tenía solo sus historias, pero después ella se transformó en todas sus historias. Tras acabar la lectura entre lágrimas, Lisey va a visitar al niño alto y, en un acto simbólico, le entrega la pala, que es tomada por uno de los tantos cuerpos que lo componen.

Parece estar queriendo cerrar puentes entre ambos mundos, a pesar de lo cual dice que necesita “verlo una vez más”, en obvia referencia a Scott. En efecto, lo encuentra en el anfiteatro, pero ya no en las gradas, donde su lugar está vacío y solo ocupado por la colcha afgana; está con medio cuerpo dentro del agua y ahora también amortajado, lo cual indica a las claras que se está yendo definitivamente.

Una escena intensamente emotiva nos retrotrae a Lisey y Scott de espaldas y mirando hacia el mar hasta que él sale de escena y se marcha.

Inmediatamente y de manera análoga, Scott se despide antes de sumergirse en las aguas de Boo’ya Moon, no sin antes decir a Lisey que la ama y llamarla “babyluv”, tal como siempre lo hiciera. La escena es bella y conmovedora: una vez más se agradece la maravillosa fotografía de Darius Khondji.

Un detalle: ahora Lisey también ve, a lo lejos, el barco Hollyhocks (Las Alceas) que veía Amanda. Es un reencuentro con su propia infancia y el recuerdo de que ella tenía una vida antes de que apareciera Scott: más aún, tiene dos hermanas que están vivas. De hecho, un flashback las muestra a las tres paseando en el verdadero Hollyhocks, un barco de cartón que sus padres les habían armado.

Ya de regreso, está decidida a seguir adelante por cuenta propia y desprendiéndose de todo lastre por muchos y muy buenos que hayan sido los recuerdos compartidos con Scott: en un gesto muy alegórico, cierra los grifos abiertos y tras el feliz reencuentro con sus hermanas, quedan las tres en juntarse para cenar. “Él se ha ido, yo no” les dice.

Mientras tanto, quita de en medio la mayor parte de las cosas ligadas a Scott (reacomodo que remite al que el propio Stephen King dijera que su esposa hizo cuando él estuvo internado) y coloca boca abajo el retrato en que ambos están juntos: la vida sigue y si hay que florecer es para alegría propia, como diría Wilde. Estaré bien, es lo último que dice Lisey…

Una muy simbólica imagen nos muestra, en un rincón de la habitación, una maqueta del velero junto a un velador cuya roja tulipa remite inevitablemente a la luna de Boo’ya Moon, en tanto que sobre una mesa descansa para siempre la máquina de escribir y el faro que alguna vez Scott obtuviera como premio: no todos los recuerdos tienen que ser sepultados, pero la idea es que no se apoderen de nuestras vidas y nos permitan, justamente, vivir.

Como perfecto corolario, el faro se detiene y su luz deja de girar: Scott ya no necesita seguir guiando a Lisey, que ha aprendido a andar sin él y que se retira del estudio cerrando la puerta para ir al encuentro de sus hermanas mientras la cámara baja hacia la piscina y ya no vemos ninguna luna roja. Solo agua…

Balance Final

Realmente ha sido un cierre magnífico y conmovedor para una gran historia, tanto que hace olvidar algunas incongruencias a lo largo de la misma. La mayoría de las preguntas han sido respondidas y las otras quedarán, al decir del propio King, englobadas en aquello de “la realidad es Ralph”, frase que él mismo incluye en los agradecimientos finales de su novela y que se refiere a que en la vida no todo termina siendo explicado. ¿Por qué debería, entonces, en una ficción ser diferente?

Es posible que la historia haya estado en algunos momentos algo dilatada, pudiendo haberse contado en seis episodios en lugar de ocho. Con todo, La Historia de Lisey es una de las mejores adaptaciones televisivas hechas sobre King hasta la fecha y si bien habrá tenido sus cambios con respecto a la historia original, probablemente le haya servido al escritor para vivir en carne propia lo difícil de llevar una novela a la pantalla pretendiendo ser textual, algo que tanto él como otros escritores han solido criticar en sus adaptaciones.

Desde la parte actoral, hemos visto unos cuantos trabajos destacables, pero las mayores palmas se las lleva Michael Pitt con una increíble interpretación de Andrew Landon que lo eleva de categoría para quienes lo teníamos solo por carilindo; allí está la clave: a diferencia de buena parte del elenco, cuyas aptitudes ya conocíamos, lo de él sorprende sobremanera y por eso se destaca.

Creo que el segundo lugar lo tiene Jennifer Jason-Leigh con su papel de hermana más racional pero, a la vez, más simple y mundana: me hubiera gustado verle más participación. Pero todos están muy bien y no se puede dejar de destacar a Julianne Moore, que es quien ha llevado sobre sus espaldas el grueso de la historia.

A propósito de ello: puede parecer, tras el visionado completo de la miniserie, que el título estuviera fuera de lugar. De hecho, así me ha parecido a mí mismo hasta el final e incluso cuando Lisey comienza a leer el manuscrito y lo que se devela allí es la historia de Scott en lugar de la suya. Pero viendo el cierre, con sus referencias a cortar con el pasado y florecer para alegría propia, está claro que la idea es que la historia de Lisey, esa que se menciona en el título, empieza justamente allí, con los créditos finales: es la que, en medio de todo lo que hemos visto, tiene que terminar por aparecer. Lisey tiene una historia propia y es ahora cuando comienza: el concepto guía, en definitiva, es el dejar partir.

¿Puede ello ser un llamado de King a su esposa Tabitha para que lo deje partir y no se quede anclada en el pasado en caso de morir él algún día? Es posible y, de hecho, me gustaría citar algo que, al respecto, dice él en los antes mencionados agradecimientos finales de su novela: “Quiero aprovechar la oportunidad para expresar mi agradecimiento a mi esposa. Ella no es Lisey Landon ni sus hermanas son las de Lisey… Por las cosas en que he acertado, el mérito es de ellas. Por las cosas en que me he equivocado, no me juzguen con severidad. A fin de cuentas, tengo un hermano mayor estupendo, pero crecí sin una sola hermana.”

Creo que el maestro King lo ha dicho bastante claro y no hace falta agregar más, solo agradecerles por haberme acompañado leyendo estos análisis y por haberme llenado de comentarios (es una ironía, je… la idea es que sientan culpa y de una vez por todas lo hagan). De modo más personal, quiero dejar también un profundo agradecimiento para mi amigo Hugo Canal Bialy que no solo me animó para analizar esta miniserie sino que, además y con su erudición sobre la vasta e inabarcable obra de King y sobre esta novela en particular (que, como dije en el primer análisis, no he leído) me ha ayudado a rastrear referencias en una verdadera caza de dálivas.

Será hasta la próxima, sean felices. Y no lo olviden: la realidad es Ralph

 

Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.

4 COMENTARIOS

  1. Estimado Rodo, bienvenido a Castle Rock, has sido un digno anfitrión al sumergirte en una de las obras más complejas y autoreferenciales de STEPHEN KING, quien se negó durante años a ceder sus derechos, justamente por resultados no tan satisfactorios de sus adaptaciones (especialmente después del giro tan libre y desmadrado que tomaron las dos últimas temporadas de “Under the Dome”), “LA HISTORIA DE LISEY” fue publicada en 2016 y tras 15 años de espera el propio King se encargó de la adaptación y de supervisar a todos los involucrados en el proyecto, desde la inmensa JULIANNE MOORE, quien le da vida a una Lisey creíble (logrando escenas de violencia y drama, pero también con grandes registros sutiles, en las mesetas del relato y cuando la calma precedió al espanto), ella fue quien recomendó al laureado director chileno PABLO LARRAÍN, productor de “Una mujer fantástica” (film chileno dirigido por Sebastián Leilo, ganador del Oscar a mejor película extranjera en 2013), quien también se involucró en la producción con su hermano Juan de Dios Larraín y en el seleccionado detrás de cámara también J.J. Abrams fue de la partida produciendo. Creo que Lisey junto a “22-11-63” son las mejores adaptaciones en series de obras del maestro de Maine hasta la actualidad.
    Me impactaron dos actuaciones, como bien referencias Rodo a Michael Pitt, como un temible y despiadado Andrew Landon y Dane Cepahs, como el obsesivo Jim Dooley, quien a partir de esta cinta comparte podio de maldad y fans dispuestos a todo con Kathy Bates en “Misery”.
    Me alucinó la fotografía, un genio como DARIUS KHONDJI podía lograrlo, especialmente en la recreación visual de “Boo’ya moon” con su lago y luna roja, y en todo el tono otoñal, que no solo se percibe en el follaje, sino también en el vestuario y el clima (a pesar de que en el libro cuando van a buscar de la biblioteca los inéditos de Scott, hace un calor insoportable, pero es apenas un dato menor).
    Como un verdadero cazador de dálivas, Rodo te sumergiste en la interpretación de los mensajes que fue dejando King para los lectores constantes, para Tabitha y sus lecturas del tiempo, los recuerdos y lo que dejamos cuando ya no integramos este plano vivencial, las referencias y como empezó a percibir la realidad después del accidente que casi le costó la vida. Con mis disculpas a los otros críticos que reseñaron a King en la página, algunos intentaron (los comentarios a “The Stand” fueron cumplidos por encargo sin compromiso), es tan difícil realizar buenas críticas de Stpehen King como adaptarlo a la pantalla, y creo que en este caso RODOLFO DEL BENE lograste el acercamiento más digno y elaborado del mundo King en “LAS COSAS QUE NOS HACEN FELICES”.

    • Muchísimas gracias Hugo. Se hace lo que se puede desde este lado y, desde ya y tal como lo he dicho, no puedo dejar de reconocer tu aporte para lograr entrarle a esta obra de Stephen King que se ve como difícil, compleja y que me han entrado ganas de leer en algún momento. Me pone feliz que te haya gustado el enfoque ya que, tal como lo señalé, tu erudición en King es todo un referente. Gracias por leer, por comentar y por el aporte permanente. Un abrazo

  2. Hola Rodolfo! Me encantan tus análisis. Leo todos los que escribís. Sos muy buen escritor. No sé si además de profesorado de historia estudiaste literatura o periodismo porque sos muy bueno. Siempre hay detalles importantes y descripciones justas y sin exageraciones pero sin que falte nada.
    Particularmente sobre La historia de Lisey te cuento que me encantó la miniserie. Nunca se hizo larga a pesar de no ser de acción y tampoco se sintió un drama a pesar de que en definitiva va sobre la muerte y el dejar ir o soltar. Tampoco leí el libro y soy fan de King así qie estaba esperando que termine la serie para empezarlo.
    Gracias por tus revisiones y te leo en la próxima!

    • Hola Analía, muchísimas gracias por leer, por comentar y desde ya por el concepto. Una satisfacción el que te gusten mis artículos. No: básicamente soy profesor de historia, alguna orientación en sociología pero no hay otra cosa; soy autodidacta, ja. Me alegra que te haya gustado la serie; a mí me venía pareciendo que en los dos episodios anteriores desbarrancaba o que iba a dejar demasiadas puntas abiertas, pero el episodio final cerró muy bien y fue, por cierto, muy emocionante. Es distinta, claro, a otras historias de King y se nota que hay involucrado un mambo muy personal, muy de él. Gracias por el aporte y que estés bien, un saludo!!

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