Ciclos de Cine: John Carpenter, el último director de género (Parte 2/2)

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Continuando con el análisis de la filmografía de John Carpenter, maestro del terror y genio de los ochenta hollywoodenses, en Ciclos de Cine llegamos a la etapa más desatada creativamente del director neoyorquino –y también la que termina con sus primeros fracasos artísticos. Pero antes de su declive, Carpenter firmaría algunas de las películas más icónicas, originales y pasadas de rosca de la década.

Después de firmar en 1979 una película difícil de encajar entre el resto de su obra, un biopic de Elvis Presley en formato telefilm en el que el mismísimo Kurt Russell interpretaba al Rey del Rock, Carpenter daba una vuelta de timón para volver al cine de terror. Lo hacía esta vez basándose en un relato de Stephen King (es sorprendente tanto la elección, una historia breve y no demasiado brillante entre la basta bibliografía de King) como el propio hecho de que fuera esta su primera incursión en las adaptaciones cinematográficas del autor, conociendo el perfil creativo similar de ambos. Christine (1983) es un ejemplo maravilloso de la inventiva, precisión y ambición de Carpenter: de este relato resumible en un par de líneas consigue extraer un largometraje que mezcla filias y miedos metálicos en un retrato exageradísimo de lo que podríamos conocer como el estereotipo definitivo de la década. Y entonces, Carpenter se reinventó otra vez.

Starman (1984)

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Carpenter admiraba a Howard Hawks. No es de extrañar que lo hiciera: con una versatilidad inmensa y un estilo marcadamente personal pero adaptable al formato que hiciera falta, fue uno de los directores más influyentes de su generación. Sin embargo, en la filmografia de Carpenter encontramos pocos ejemplo de cambios tan bruscos (ya sean de género o de estilo) como en la de Hawks. Aunque, para ser justos, Carpenter era maestro de reinventar géneros cambiando situaciones, personajes y estructuras y subvirtiendo clichés hasta darles nuevas formas. Es decir: donde Hawks adaptaba su estilo a distintos géneros –siempre sin perder la marca–  en función de la historia que quería contar, Carpenter adaptaba el género (en singular) a su marca de la casa. La adaptación de Carpenter a su cine era más formal que de fondo, y raro sería salir del fantástico. Conociendo esta admiración inspiradora, no se hace extraño conocer que La cosa es un remake y readaptación de una película de Hawks.

Pero con Starman firmó una de esas películas más aisladas de los estándares de su filmografía, virando al drama romántico sin dejar de lado el trasfondo del fantástico. Es una película que fue recibida a partes iguales con entusiasmo y sorpresa (merecidos ambos) al poder ser una película salida de la mano de ese Spielberg ochentero que jugueteaba con los mismos géneros dentro de convenientes moldes PG-rated. No es que sea una película menos personal, sino que es una película en la que se presenta más rebuscado encontrar los trazos del autor: bajo el barniz de la moderación, banda sonora convencional incluída (faltan sintetizadores, diría él mismo), parece por momentos que Carpenter estaba dejando atrás esas convicciones autorales que le llevaban a ser un eminente director de género. Nada más lejos: esta película marcó indefectiblemente el giro radical de Carpenter hacia nuevos terrenos donde podría hacer del género su maqueta y diluir hasta el extremo nuestra percepción de estar asistiendo a una película clasificable. A pesar de serlo.

Golpe en la pequeña China: elevando la Serie B

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En 1986 Carpenter daba el golpe definitivo a su carrera, fusionando en una sola película tal cantidad de referencias, estilos y homenajes –no en vano es una película precursora de lo que triunfaría en el cine americano no mucho después con cierto director de Tennessee) – realizando una película que elevaría el concepto de la serie B a una categoría superior de forma casi incomprensible. El cine asiático, las explotations, los tópicos del cine de aventuras más descerebrado, los héroes masculinos del cine de acción estadounidense reconvertidos a antihéroe casi payaso y mil ideas desorbitadas y exageradísimas se dan cita en una película que bien merece mención aparte. Junto con la posterior They Live, se trata posiblemente de la película de Carpenter que más citas identificables deja a una audiencia que la vivió igual de entusiasmada que confundida.

El príncipe de las tinieblas

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El cine de terror suele encontrar en personajes planos y desarrollos apresurados la excusa perfecta para lanzar situaciones que propicien el susto con subida de volumen y la tensión fastfood de estirar secuencias inconexas. En El príncipe de las tinieblas (Prince of Darkness, 1987) tenemos personajes bien trazados, un desarrollo que se toma el tiempo necesario, varias tramas paralelas enlazadas temática y situacionalmente, un ritmo construido a fuego lento a través de una composición de planos cada vez más asfixiante y un montaje cada vez más rápido y una imaginería poderosa, artesanal y muy cuidada. Es una de las mejores películas de terror de su época y es mil veces mejor que cualquier copia-pega que podamos encontrar hoy en día batiendo récords de taquilla, e incluso superior a la más famosa y ya comentada La Niebla.

También es una de esas películas de un grupo, el de cintas de terror pequeñas y más o menos desconocidas,  como El hombre de mimbre o ¿Quién puede matar a un niño?, difícil de encontrar en DvD, que te hace clavar las uñas a la silla y darte cuenta de que a Carpenter le sobraban recursos para hacer Terror: no necesitaba repetir fórmula, ni situaciones, ni personajes ni formas de rodar escenas. Se adapta al guion y deja que sean los personajes los que lleven la película hasta el extremo, pero nunca antes de que sea estrictamente necesario. Y consigue con una de las máximas del género, sugerir en vez de mostrar, que sea una película que deja poso y angustia aún después de su visitando.

They Live (1988)

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La película que inspiró al creador de OBEY a crear su marca de ropa, plagada de contradictorios y simplistas mensajes, es mucho menos contradictoria y algo menos simplista que las famosas sudaderas. Están vivos (horrible traducción que pierde el mensaje del original) es una película de… ¿acción? ¿Comedia? ¿Ci-fi deconstruida? ¿Todas juntas?. En la distopía que plantea Carpenter, los aliens invadieron la tierra hace bastante tiempo y viven entre nosotros (aprovechando que estamos dormidos) haciendo que les veamos como iguales porque no nos damos cuenta por culpa de la ceguera del capitalismo salvaje (¿qué?). Es una muestra más de la capacidad del director para darle la vuelta a géneros, subvertir clichés y crear tendencias. Se tarda en presentar el conflicto ci-fi la friolera de treinta minutos de película (imposible en una gran producción al uso) y lo que tenemos en su lugar es un drama social sobre la clase trabajadora estadounidense en la era Reagan. Tal cual. Los personajes se toman su tiempo en desarrollarse hasta que nos creemos que un inmenso culturista rubio (inmenso Roddy Piper, que en paz descanse) es el protagonista de una película naturalista que disfrutaría viendo el mismísimo Claude Berri.

Entonces llegan las famosas gafas de sol que le permiten ver a los bichos en cuestión, se nos plantea una metáfora descaradamente evidente del capitalismo más bestia  (que deja en mantillas la locura de American Psycho en los noventa) y la película pasa de drama social que subraya el colectivo a denuncia de la dificultad de crear conciencia de grupo a americanada individualista del héroe liándose a tiros contra las hordas de aliens mientras dice una de las catchpharase mas memorables de la historia del cine de acción (he venido ha mascar chicle y patear culosy ya nos me queda chicle). Y todo con mucha mala baba, humor negrísimo y despropósito bien orquestado. Y lo mejor de todo es que la película consigue que todo esto no desentone: They live es una película tan excéntrica en las formas como en el planteamiento, y lleva todos sus temas al extremo de forma que lo que inicialmente parece sólo una metáfora burda y superficial pase a ser escenario de un genial uso del subtexto para tratar todos esos temas que tanto preocupaban a los democrats de los 80 y que tan poco esperábamos encontrar en una película como esta. Ah, y en medio de la descarga de serie B con buen gusto está una de las mejores peleas a puñetazo limpio de la historia del Cine.

Escape from L.A. (1996)

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Si Rescate en Nueva York era excesiva, su secuela 2013: Rescate en Los Ángeles es la cima del cine de despropósitos divertidos. Desde el minuto uno se juega con reírse del propio concepto de secuela calcada al original, si bien era un fenómeno mucho menos común de lo que es hoy en día. Escape from LA coge todo los elementos míticos de la primera entrega (desde el concepto de ciudad-prisión hasta el método de captar al personaje de Russell para que acepte una misión suicida de rescate), los multiplica por dos y los calca. Los calca con tanto descaro que no puede evitar reírse de su propio despropósito, con personajes preguntando en voz alta si ha pasado lo mismo que la última vez. Y aprovechando su concepto de película-parodia y de exageración a la máxima potencia, puede permitirse introducir una sátira ácida de la superficial escena hollywoodiense (cirujano plástico adicto a las operaciones incluido como parte del plantel de villanos) y también explotar la sutil crítica política de la primera entrega. Desde un villano cruce de Castro y el Che, desarrolla una historia que tiene lugar en una era en el que el presidente de Estados Unidos (otra vez retratado como un idiota engreído) lidera un movimiento restrictivo que envía a prisión a aquellos que cometen crímenes contra la moral americana.

Es una fábula ridícula y obvia, y encaja sorprendentemente bien en el festival de excesos de todo tipo que trae consigo la cinta. Excesos formales con una sucesión de escenas climáticas rodadas con una épica desmedida. Exceso interpretativo en un plantel de actores, desde el  siempre carismático Russell hasta el divertidísimo Buscemi, que hacen de la sobreactuación su hoja de ruta. Excesos en unos efectos visuales por ordenador que pretendían recrear situaciones por encima de las posibilidades del medio en la época, resultando en una pobremente integrada estética de videojuego noventero que acentúa aún más la sensación de estar viendo una Serie B de gran presupuesto. Escape from LA revierte clichés, perpetúa otros, juega a parodiarse a sí misma mientras se ríe del género porque oye, al menos ella es autoconsciente. Y por eso funciona cuando Snake tiene que sobrevivir a una cmpetición de baloncesto y cuando surfea un tsunami en medio de la ciudad. Y por eso es una película con la que es difícil no pasar un gran rato, y posiblemente la última gran obra de John Carpenter.

Más Carpenter

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Por el camino se han quedado unas cuantas películas. Muchas de ellas reseñables (Village of the damned es una de sus películas más reconocidas) y otras no tanto (de Vampires en adelante es mejor mirar hacia otro lado y pretender que no existen). Carpenter es un director tan capaz, tan habilidoso con la forma cinematográfica que ha conseguido ceñirse de forma casi exclusiva a ciertos patrones que logra ocultar, película tras película, en una constante reinvención de su estilo que le ha llevado a ser considerado el último gran director americano de género. Sus películas, inicialmente consideradas entretenimientos baratos, han demostrado ser complejísimos proyectos cuidadosamente diseñados para evitar casi de forma impoluta la sensación de intelectualizar un género que llega a través de la emoción, el sentimiento y la emoción más directas. Precisamente por esto es inevitable agradecer su maestría e incontables aportaciones a un cine más inteligente que no tiene necesidad de demostrar nada, ni rehuir el entretenimiento, para serlo de forma innegable. Nunca sobrarán Carpenters en el medio.



el autor

En twitter me llamo @pga_es y hay gente que piensa que hablo de golf. No les culpo.

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