Crítica de After Life, temporada 2: La lucha contra uno mismo

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El año pasado irrumpió en Netflix una intimista propuesta del famoso cómico Ricky Gervais. Aprovechando el camino que ya se estaba estableciendo de las «dramedias» como formato innovador y en muchos casos rupturista, After Life llegó al panorama serial con la ambición de explorar la ansiedad, la depresión y las tendencias suicidas con un cariz ligeramente desenfadado.

Como ya comenté en esta crítica, la primera temporada nos dejó con momentos muy interesantes y se demostró como un proyecto con las intenciones claras y un formato bien definido, pero que fallaba al querer recalcar demasiado reflexiones que ya podían sacarse de la progresión de su trama y personajes. Ahora nos llega una segunda temporada no del todo esperada o necesaria a primera vista, pero que ofrece una continuación que pule algunos aspectos de su primera entrega y cohesiona su imaginario.

La ambivalencia de lo anodino

Una de las principales claves que mostraba After Life ya en su primera temporada, era la arena en la que se movía toda la acción. De entre todos los posibles lugares en los que hablar y mostrar los estragos de la depresión y la crisis existencial, la serie se decanta por el entorno de un pueblo pequeño, donde gran parte de sus habitantes se conocen y el estrés y frenesí de la gran ciudad no llegan. Esto no es arbitrario, pues los rasgos de esta población están profundamente exagerados, haciendo de la mayoría de los personajes que rodean al protagonista, una suerte de perdedores que acentúan la sensación de intrascendencia, fortaleciendo así su creencia de que no vale la pena seguir viviendo. Donde más evidente se hace este fenómeno, es en su entorno laboral, el periódico local. Si bien sus compañeros de trabajo ya lo representan en gran parte, las noticias que cubren suelen ser de lo más absurdas, mostrando un patetismo e inocencia que parece engullir a todos los habitantes del lugar, y que refuerza que no pasa nada que valga la pena vivir.

Esto es en gran medida la función que se aprecia en la primera temporada y que se mantiene en la segunda, pero esta nueva entrega cambia ligeramente el rumbo y explora la ambivalencia presente en este concepto. La dinámica de esta temporada, es el cambio de chip que hizo al final de la primera, y por ello seguimos los intentos de Tony por ser una persona más optimista, más «zen». Esta meta nos da más pie a conocer el resto del elenco de la serie con mayor profundidad y descubrimos junto al protagonista, que todos en el fondo también son personas rotas, con sus carencias y ambiciones frustradas, que tras esa capa de incompetencia o aparente patetismo, se encuentran buenas personas cuyo vínculo vale la pena mantener y preservar.

La lucha contra uno mismo

After Life demostró tener un enfoque interesante a la hora de abordar la depresión y mentalidad de alguien que cree no tener nada por lo que vivir, consiguiendo una hábil hibridación entre drama y comedia que –en bastantes ocasiones– pecaba en última instancia de ser demasiado obvia. Este problema está en gran medida corregido en la segunda temporada, quizás por sentirse más segura en cuanto a su mensaje o por el nuevo rumbo más optimista de la nueva entrega.  En la segunda temporada, After Life hace un cambio en la dinámica, siendo ahora el protagonista el que activamente quiere sanarse y no el entorno; una deriva lógica pero necesaria para evitar el estancamiento de una temática sensible y conseguir así un merecido puesto de reconocimiento entre algunas de las grandes series que han abordado el temas similares –Bojack Horseman, Undone, Kidding o incluso Forever–.

Uno de los grandes aciertos que presentó en su momento, fue la ausencia de un final excesivamente optimista. Estamos demasiado acostumbrados a ver en pantalla empalagosas resoluciones a grandes problemas, tanto internos como externos, y poco a poco esto nos crea a nivel subconsciente una concepción artificial de que en cine y series todo saldrá bien, desconectando de la realidad y limitando los resultados a tan solo un mero A o B. After Life nos recordó que también existen grises, y que una resolución no tiene porqué resolver un problema, sino que también puede ser dar un paso. El paso que dio Tony en la primera temporada, fue el de iniciar un viaje hacia la recuperación. Viaje que sabe de antemano que no será fácil y no tiene certeza de superarlo, pero al menos es uno que vale la pena recorrer, y esto es precisamente lo que vemos en la segunda temporada: a alguien todavía roto por un evento traumático que pelea consigo mismo por «sanarse». El camino no es lineal y está lleno de recaídas, a veces da la sensación de que hay un estancamiento y no se avanza, pero nunca se sabe cuándo ese aprendizaje intrínseco en el viaje, puede salvarte en un momento dado, y ahí está la belleza de lo que nos propone Gervais.

Luces en un camino sombrío

After Life ha sabido dar una continuación interesante a un producto que bien podría no haber seguido, solucionando incluso gran parte de los problemas evidentes en su primera temporada a la par que manteniendo una atmósfera cálida y fría a la vez, donde lo anodino y lo agradable conviven en una incestuosa relación deprimente a la par que magnética. Aunque no todo es bueno, pues mantiene algunos elementos muy empalagosos en su universo y acusa todavía una trayectoria más user friendly que, aunque no mala per se, debilita en ocasiones al mensaje y propósito de la serie. Sea como fuere, Ricky Gervais presenta de nuevo un producto diferente que merece su visionado. Sabiendo que la tercera temporada está en los planes, no puedo evitar preguntarme si conseguirán mantener una serie que se maneje mejor en los grises que en lo empalagoso o lo sumamente deprimente.



el autor

Proyecto de todo sin llegar a nada. Intento de guionista y en ocasiones me creo crítico. Vivo en una divagación constante y no me arrepiento de ello.

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