Crítica de Creep: grabando la vida de un extraño

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El género de metraje encontrado, creado por Ruggero Deodato la película Holocausto Caníbal y popularizado por la exitosa El Proyecto de la Bruja de Blair, tuvo su edad dorada en la primera década del siglo XXI. Sagas como Paranormal Activity explotaron este recurso para el género de terror, y no es difícil entender por qué: se trata de un método extremadamente barato para crear películas, ya que el toque de grabación amateur puede justificar los escasos valores de producción de estas cintas. Además, se trata de un método ideal para establecer una identificación entre los protagonistas y el público. Como cualquier director que se precie sabrá, esto resulta especialmente indispensable para el cine de terror: si no, las amputaciones y asesinatos de adolescentes acabarán produciendo más risa que miedo.

Sin embargo, la popularidad de este género fue su perdición: aunque los exponentes del mismo triunfaron entre el público, gran parte de la crítica acabó hastiada por su escasa originalidad. El evidente uso por parte de directores primerizos o mediocres para tapar sus carencias con la excusa del metraje encontrado hace que muchos pongamos los ojos en blanco cuando oímos hablar de estas producciones. Y, sin embargo, filmes como Creep, disponible en Netflix, nos hacen mantener cierto atisbo de esperanza en un género que todavía ofrece posibilidades.

Un empleo demasiado bueno para ser verdad

El protagonista de esta película es un estudiante de Cine con problemas económicos que responde a un misterioso anuncio: un hombre acaudalado le pagará una cuantiosa suma de dinero a cambio de grabar su día a día en una cabaña apartada de la civilización. Josef, la parte contratante de este extraño pacto, le explica sus razones: le quedan solo un par de meses de vida y quiere dejar un recuerdo para su futuro hijo. El estudiante acepta su propuesta, y comenzará a documentar la existencia de este sujeto. Pero pronto notará algo raro en el comportamiento errático de su nuevo jefe.

A partir de este inquietante punto de partida, el director Patrick Brice construye un relato de terror que va avanzando con lentitud pero con pulso firme. El guión sabe exactamente qué tiene que mostrarnos en cada momento, y qué botones tiene que presionar para crear tensión e ir introduciendo algunos elementos que serán importantes en el futuro. La dosificación es uno de los puntos fuertes de este filme, y su magistral uso consigue dar forma a una primera parte que podría haber sido tediosa en manos de otro director. En este caso, por el contrario, siempre hay un momento inquietante o llamativo que reclama la atención del espectador, y que aparece en el momento justo para no caer en el aburrimiento o el exceso.

Un dúo de miedo

Si la película funciona es gracias a la colaboración entre sus dos creadores: Patrick Brice, director del largometraje y actor protagonista… y el soberbio Mark Duplass, que contribuyó a escribir el guión y da vida al perturbador Josef. Esta cinta solo tiene dos personajes principales y, a pesar de ello, logra mantener el interés gracias a la indiscutible química entre ambos. La colaboración entre los dos actores da sus frutos, en un duelo interpretativo que recuerda a otras producciones como La huella. Sin embargo, en este caso, no cabe ninguna duda sobre quién es el depredador.

La segunda mitad de la película confirma las sospechas planteadas en la primera, y nos muestra lo que sucede entre ambos cuando la verdad se descubre. Es en este momento cuando el filme se resiente, ya que el estudiante toma algunas decisiones claramente contraproducentes por conveniencia del guión. A pesar de estos problemas, la atmósfera de terror creada al comienzo del metraje se encuentra presente también en el clímax. De nuevo, los responsables de este producto son lo suficientemente inteligentes como para no copiar las tan parodiadas persecuciones de los slashers. La conclusión de este duelo de ingenio está rodada con ingenio y sobriedad, de nuevo, sorprendiendo al personal.

Conclusión

Creep es la prueba de que no hay género malo, sino malos directores: a lo largo de sus escasos ochenta minutos de duración, logra aprovechar las posibilidades del metraje encontrado de un modo bastante original, desde grabaciones en las que la perspectiva puede jugar una mala pasada hasta una escalofriante escena en la que Josef le pide al protagonista que apague la cámara. No es una obra maestra y podría haber dado más de sí, pero se trata de una muestra inconfundible de buen cine de terror que consigue recordarnos que los mayores peligros pueden parecer inofensivos en un principio. Que, como los cuentos populares, nos advierte de los disfraces tras los que puede ocultarse un lobo.



el autor

Periodista en cuarto de carrera. Redactor en esta página y en el portal digital madridesnoticia. Creador de contenido para redes sociales. He publicado tres libros en ebook, y cuento con un blog donde expongo mis proyectos. Si pinchas en esta casita tan mona, podrás verlo.

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