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Crítica de El hilo invisible (Phantom Thread), visita obligada al cine

El cine de Paul Thomas Anderson lleva unos años conquistando a la crítica y teniendo dificultades para llegar al público. Con esta situación tiene mucho que ver la evolución de su estilo, pasando de narrativas extáticas pero serenas entre Scorsese y Altman con Boogie Nights y Magnolia a una calma, sutileza y narrativa puramente visual en sus películas más recientes, siendo The Master o Puro Vicio su máxima expresión. Su nueva película El hilo invisible se acaba de estrenar dando un paso más allá y fusionando sus dos estilos diferenciados –la narrativa más clásica con los silencios más expresivos– dando lugar a una película que parece diseñada para cerrar un ciclo de su director.

Simpleza y complejidad

El argumento de El hilo invisible es sencillo, pero la película es compleja. Los diálogos están muy medidos para no ser expositivos –ni siquiera lo son cuando es tentador en las narraciones explícitas, a modo de confesión– y los silencios están muy respetados para construir un ritmo calmado, lento en el buen sentido de la palabra. Un ritmo que va construyéndose milimétricamente a lo largo de las dos horas de película para que cuando nos demos cuenta de que ha cambiado no podamos dar con el momento en que lo ha hecho. Es necesario porque es una película que trata el amor como obsesión y la obsesión como enfermedad física: los saltos no están permitidos y la transformación se produce en silencio y sin sobresaltos, sin darnos esa oportunidad de racionalizar cómo se extiende que un incidente incitador más convencional habría aportado. Ahí radica la genialidad de El hilo invisible: igual que The Master podía aparentar ser una película sobre las sectas o Pozos de ambición parecía girar en torno a un comentario sobre la religión que luego resulta ser irrelevante, situar El hilo invisible como drama de época es un error porque su ambientación es tan meramente circunstancial como lo es el desarrollo de su argumento. Es un escenario perfecto para hacer creíble su relato del artista obsesionado que traslada a lo romántico su dependencia y sus fantasías. No en vano la mayor parte de la acción transcurre entre las paredes de la casa londinense en que se filmó la película: el relato es interno y las circunstancias sólo eso, circunstanciasEl hilo invisible tiene tanto de relato costumbrista como El sacrificio de un ciervo sagrado de cine sobre cirujanos.

El trabajo grupal para darle a toda la película el tono necesario es sobresaliente. La operación de cámara es tan profesional que cuesta localizar el salto de un plano general a un primer plano en transiciones tan suaves, tan elegantes, tan bien integradas en un conjunto muy bien planificado. Tanto es así que la película no cuenta con un director de fotografía como tal: la razón por la que no ha podido ser nominada a esta categoría en los Oscar, a pesar de su calidad, es sencillamente que no hay nadie llevando este puesto. Es el propio Anderson y su equipo quienes hacen posibles una fotografía natural, comedida y granulosa, de tonos apagados y luces suaves, que hacen manifiestamente imprescindible el rodaje en analógico. La elección del celuloide es un elemento más para que la situación histórica y la localización, que no dejan de ser refuerzos tonales de lo que se cuenta, no se rompan en ningún momento. Lo mismo ocurre con la excepcional y casi ininterrumpida banda sonora de Johnny Greenwood –que acaba sonando a una suerte de Radiohead de otro siglo– con sus melodías clásicas e insistentes que pasan de lo apagado a lo chirriante. La película tiene formalmente tan poco espacio para lo cálido como la sadomasoquista y aséptica relación de Reynolds Woodcock con su entorno.

 Adiós a la altura

La que supuestamente será la última interpretación del enorme Daniel Day Lewis –quien, por cierto, brilla aquí en una inusual contención exquisita que le obliga a ser expresivo con los recursos mínimos de su raramente emocional personaje– es una despedida a la altura firmada por Paul Thomas Anderson en estado de gracia (¿alguna vez no lo ha estado?). Vicky Krieps, en una tesitura más compleja que Paul Dano en 2007, es un contrapunto muy fuerte al carisma de Lewis; una labor interpretativa con la que el mismo Day Lewis está tan satisfecho que afirmaba haberse asustado de su capacidad (probando inmerecidísima la decisión de la Academia de no concederle nominación a mejor actriz). Puedes y debes huir de El hilo invisible si los tempos lentos, los ritmos medidos y los estudios de personaje deprimentes no son santo de tu devoción. Si no tienes problema con esas condiciones y te gusta el cine, El hilo invisible es una visita obligada a la sala y una de las mejores películas americanas que podrás ver este año.

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