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Crítica de Han Solo: Una historia de Star Wars (sin spoilers); más de lo mismo

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Para sorpresa de todos, el Festival de Cine Cannes acogía este año el preestreno mundial de Han Solo: Una historia de Star Wars (Solo: A Star Wars Story). El festival de cine más prestigioso del mundo, esencialmente centrado en el cine de autor y la ficción independiente, había cerrado este año sus puertas a Netflix y las plataformas de vídeo bajo demanda por no estrenar en salas pero las abría a una película de Disney destinada a ser producto de masas. Se sembraba así la duda sobre la calidad de la cinta: ¿había conseguido Ron Howard hacer una película única dentro de la franquicia, sorprendiendo incluso a los espectadores más exigentes que acudirían a las proyecciones en La Croisette con motivo de su selección fuera de competición? ¿Era Solo una sorpresa narrativa que se atrevía a salirse de los carriles homogeneizados de Disney? Tras fuegos artificiales y pomposa celebración del evento, se despejó con la proyección la incógnita: no.

Continuismo sobre estilo

Donde en Rogue One, su predecesora real –los Episodios tienen unas líneas generales más diferenciadas– había reshoots y cambios de tono para reconducir una película errada, en Solo hubo directamente un cambio de director en pleno proceso de producción de la película: Phil Lord y Chris Miller tuvieron que abandonar el barco tras diferencias creativas y muestras varias de incapacidad para manejar una producción del tamaño de Solo (no en el sentido narrativo sino puramente logísitico), el tipo de película que a su sustituto Ron Howard le venía como anillo al dedo. Howard venía de dirigir a grandes repartos en agendas hipercalculadas, y sabe lo necesario para cumplir un calendario de la manera que a una gran compañía como Disney le gusta. Y se nota su trabajo de adaptar un proyecto más personal a un producto más discreto. Está el estilo de los directores de La Legopelícula en forma de residuo, de la misma manera en que la marcha de Wright de Ant-Man se notaba: el tono, el espíritu sigue en el fondo, pero la realización cepilla todo rasgo estilístico definitorio de la superficie hasta que queda lisa e indistinguible del conjunto de películas que la preceden y siguen.

Por eso mismo se puede decir, sin ser necesariamente ofensivo, que Solo es más de lo mismo. Y por eso es difícil encontrar en esta película diferencias a nivel de forma o incluso de fondo respecto a muchas otras propuestas similares. La estructura de Solo se hace evidente en los primeros diez minutos de la película: se establece un interés romántico, un conflicto de identidad para el protagonista, un grupo de personajes con los que progresivamente ganará y perderá vinculación y confianza y el cemento para tres actos tradicionales que giran en torno a la consecución de un objetivo físico y externo al que irá asociado el cambio final de personalidad. Cambio de personalidad que, por otra parte, también conocemos al tratarse de una precuela de manual: vemos literalmente al personaje de Ehrenreich asimilar los adjetivos que asociamos al de Harrison Ford.

Es quizás por esta necesidad de encajar en una serie de rasgos ya creados por otro actor –peso con el que Rogue One no contaba, al menos de forma explícita y visual– lo que hace que se trate de una película muchísimo más contenida de lo que habría poder sido en un marco distinto. Más que una historia de comienzos, parece una reafirmación de cosas que ya se habían dicho antes (o, según la línea cronológica, después) sin necesidad de aportar el contexto argumental para las mismas. Esa es la función que cumple Solo: lanzar las situaciones concretas (e innecesarias) en las que podemos enmarcar todo lo que ya conocíamos. Arcos antes implícitos son ahora obvios, personajes que podíamos imaginar como agentes de esos cambios adquieren rostro (personificados en  Clarke y Harrelson) y personajes muy delimitados como Lando aparecen aquí a modo de subrayado de una caricaturización carente de desarrollo. Ehrenreich parece tener miedo a romper con su caracterización de un personaje popular que le pertenece a otro actor y se limita a emular sus actuaciones físicas desde el respeto, dejando para la interpretación per se poco espacio.

Donald Glover es consciente de tener tan poco tiempo en pantalla como su predecesor Williams, así que aprovecha al máximo esa posibilidad para imbuir de carisma al un personaje secundario cuyas limitaciones a nivel de guion son las mayores ventajas a nivel interpretativo, y consigue hacer un trabajo tan satisfactorio como era posible en su circunstancia. El resto del reparto, sin las limitaciones de los dos personajes clásicos pero con poco que ofrecer por su carácter eminentemente secundario (incitadores de los cambios en el protagonista), se limitan a cumplir dando una solidez poco sorprendente al conjunto, que parece seguir punto por punto lo que un espectador que hubiera visto el tráiler podía intuir. Es inevitable sentir que todos y cada uno de estos personajes son prescindibles, sustituibles por cualquier otro sujeto que cumpla la misma función en la vida del protagonista sin importar demasiado el contexto o el origen de sus (nulos) conflictos, y sin otro propósito a cumplir mas allá de llevar a buen puerto la tarea única de llevar Solo por un camino ya conocido.

Peor película, mejor pieza

Esta es la paradoja de Solo: Rogue One era una película sin pulir, algo brusca y descompasada, imperfecta, que conseguía con sus buenas intenciones ser una experiencia satisfactoria para el tipo de espectadores que disfrutan con la franquicia. Solo es una película mucho más sólida, más compacta, con una visión más unitaria del conjunto y una planificación acorde; es, en otras palabras, todo lo que quería ser. Y sin embargo, es una película mucho más olvidable: una cinta de manual que acaba resultando mucho más rutinaria o incluso innecesaria. No hay mucho que mencionar de la labor de Ron Howard como realizador porque su mayor mérito es haberle dado empaque a una película que es básicamente una pieza más a encajar en un cuadro mucho más grande. Han Solo: una historia de Star Wars es exactamente eso, una historia de Star Wars. No desentona. Para lo bueno y para lo malo, más de lo mismo.

 

10 COMENTARIOS

  1. Hola Pablo. Como siempre, un placer leer tus críticas. Es normal que nos den más de lo mismo. Esa es su intención, sobre todo desde el momento en que ponen a los mandos a Ron Howard, que es más un artesano solvente que no un cineasta con estilo propio.
    No me extraña mucho tampoco que la hayan estrenado en Cannes, un festival que ya acogío la Star Wars original y que por mucho cine de autor que tenga, siempre reconoce que va necesitado de un star system más convencional.
    En cuanto a lo de Netflix, la verdad es que me parece bien. Netflix hace películas pero eso no quiere decir que sean para la gran pantalla. Además, como me dijo Carlos María Porras, Netflix no sabe hacer buenas películas así que para eso mejor garantizarse una buena cuota de pantalla con toda la publicidad que le de Star Wars que no meterse a estrenar cosas parecidas al Farenheit 451 de HBO. Un saludo y gracias por hacerme caso.

    • Gracias por tu comentario, Pedro. Este ha sido un año flojo para Cannes en cuanto a grandes nombres (no así en la calidad de sus películas), en parte como reacción al exceso de cineastas de renombre en horas bajas por la que apostó otros años. En ese sentido, como bien dices, la estrategia ha sido meter Han Solo como reclamo más comercial potenciando el foco en estrellas más comerciales. La apuesta por prohibir cine producido por Netflix ha derivado en una consecuencia casi insalvable: Netflix ha acabado por comprar la distribución de películas ya exhibidas en Cannes, una jugada inteligente que hará que lleguen a mucha más personas a costa de que no podamos verlas en la gran pantalla. Saludos

  2. Sigue la deriva en calidad, pero ojo, ¡a manos llenas! Misión, (empresarial) cumplica. Que la fuerza os acompañe. A Star Wars hace tiempo que la ha abandonado.

  3. Lo que se hace evidente a los 10 minutos de película, y perdón por hablar tan claro, es que no se ve una mierda. Es tal la obsesión con rodarla en condiciones de poca luz o contraluces, que a duras penas se distinguen las facciones de los personajes en buena parte del metraje, sobre todo al principio. De hecho, sin saber nada del casting, no fue hasta pasado un buen rato que nos dimos cuenta que Becket era Woody Harrelson, y fue al oír su voz (era la versión original), porque a duras penas se le podía distinguir la cara. Tres cuartos de la película transcurren bajo esa misma dinámica, primeros planos muy oscuros y hasta casi borrosos y difuminados, hasta el punto que faltó poco para salir a quejarnos de que igual podría ser un problema del proyector de la sala. Es increíble que casi nadie comente este hecho, he pensado que igual es que estábamos locos hasta que he podido leer un artículo extenso en la web Indiwire al respecto. Adjunto enlace:

    http://www.indiewire.com/2018/05/solo-star-a-wars-story-theatre-projection-problems-bradford-young-1201969989/

    Con respecto al argumento y la trama, pues eso, una más

    • Entiendo lo que comentas porque más gente que ha visto la película en cines comerciales me ha dicho lo mismo. Es principalmente un problema de estos cines: la calidad de sus proyectores deja bastante que desear y hace que una película con fotografía oscura sea difícil de seguir. Con todo, no tiene nada que ver con grabarse en ambientes de poca luz, sino que es una elección consciente (y acertada, dado su formato casi western) de colorimetría en postproducción. En mi caso, tuve la suerte de verlo en un cine como el Lumière en el que se respetó por completo el material original proyectando la copia con todos sus matices de luz y contraste. Habrá que ver qué tal se manejan con el Port al mercado doméstico. Gracias por comentar este aspecto, ciertamente importante para mucha gente; si no lo mencioné en la crítica fue por haberla escrito antes del estreno comercial de la película y sin saber los problemas que estaban por venir en muchas salas. Un saludo

      • Ya, pero entiendo que si la productora ya sabía que el director de fotografía quería jugar a ser Kubrick en Barry Lyndon, que menos que haber lanzado un aviso de que solo se puede proyectar en salas con cierto tipo de proyectores o que había que reajustar los proyectores de cierta manera dadas las condiciones de baja luminosidad, y más tratándose de un producto de consumo masivo, que tampoco es que sea una película de arte y ensayo. Algo así como hizo Tarantino con ‘Los 8 más odiados’, que en principio solo se podia proyectar habilitadas para el formato analógico (aunque luego se proyectó en salas digitales, pero siguiendo una serie de pautas). Pero claro, es mejor dejar que se proyecte en cualquier lado, hacer el máximo de caja y luego echar balones fuera con lo de ‘es que los proyectores no son buenos, blah ,blah…’

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