Crítica de Midsommar: promesas incumplidas

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Puede que el recuerdo de la recepción de Hereditary sea difuso pero inclinado convencido una buena acogida: la marea de opiniones exultantemente positivas arrastró por completo a todos aquellos comentarios más o menos rigurosos sobre los múltiples errores de la cinta. Ahora, la segunda película de Ari Aster ha llegado a los cines y la historia se repite.

Márketing desde Hollywood, contra Hollywood

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Para entender el fenómeno Aster que explica la euforia por Midsommar es necesario hacer ciertas puntualizaciones sobre su debut en el largo, Hereditary (o El legado del diablo, traducción de dudoso gusto y evidente spoiler con que se comercializó en gran parte de Latinoamérica). Su capacidad de llegar a un público amplio, especialmente en el mercado doméstico, radica esencialmente en la utilización uniforme del formato popularizado por James Wan y la consiguiente ola de terror americano moderno capitaneada por sí mismo y ciertos sucedáneos. En este formato encontramos elementos repetidos hasta la saciedad y el desgaste, siendo el primero y más evidente de ellos una considerable variedad y exceso de medios que eliminan el carácter sucio o incluso low-cost asociado durante décadas a la estética del terror, acercándose a una limpieza y nitidez impropias –siempre acompañadas de una parafernalia sin significado en la operación de cámara que facilita la atención de espectadores alérgicos al estatismo. El cine de Wan despoja de sentido ciertas convenciones para unificar estéticamente un género que se pueda integrar plenamente en todo el Blockbuster americano; para sustituir la anterior suciedad y carácter, se ve obligado a repartir por la película elementos que mantengan a la audiencia en un constante estado de tensión artificial. Los ya famosos e infames jumpscares –golpe de sonido e imagen mediante– reciben así un tratamiento especial, al ser el susto directo el mecanismo más eficaz para que la audiencia reciba suficientes estímulos de los que espera a la hora de acudir al cine para ver una película de terror, si bien podríamos renombrar el formato a película de sustos. El guión pasa a ser mera rutina: ya no es el medio necesario para construir las condiciones propicias para el terror, psicológico y creciente, sino la excusa para sostener en el tiempo sucesivos sustos de usar y tirar: el cine de terror nunca había estado tan cerca de la estructura narrativa del porno. ¿Qué trajo, por tanto, Hereditary en este contexto? Aster se sirvió del uso de un excelente aunque en extremo insistente diseño de sonido para camuflar con variaciones sonoras ciertas convenciones del cine de terror marca Wan. Utilizando de forma asombrosamente efectiva los conflictos emocionales familiares, construyó la tensión de forma doble para evitar la sensación de que la narración servía al susto, y no al revés; esto no significa necesariamente que la narrativa fuera demasiado diferente a aquella de las crónicas variaciones de Insidious o Expediente Warren, pero como mínimo alteraba el acercamiento al conjunto. Acompañado de ciertas secuencias potentes, Aster consiguió vender como novedosa y revolucionaria una película que, en lo más hondo, era la enésima versión del mismo formato.

Midsommar nació precisamente del planteamiento que la recepción de Hereditary dejó plantado: sustituyendo una historia de médiums, espíritus y casas encantadas por una aventura de acercamiento casi documental a la vida de una secta, Aster prometía dar el paso definitivo a cercenar las convenciones del terror estadounidense de una vez por todas. El problema viene precisamente cuando acaba por incumplir o no desarrollar en lo más mínimo las únicas ideas interesantes presentadas en sus tráilers: todo aquello que se nos plantea en el primer acto de la película se estanca, reacio a avanzar, reiterándose en las mismas y manidas ideas hasta el hartazgo y la decepción. La forma, que prometía un eufórico atrevimiento a la hora de plantear una película de terror a plena luz del día, acaba por confirmarse como la más convencional de sus herramientas: errática, aleatoria y conformista, la narrativa de Midsommar merodea sin rumbo fijo entre perspectivas de personajes, ángulos, ideas reiterativas y conclusiones de todo menos atrevidas. No hay ninguna exploración de la enfermedad mental a través de la forma del terror, tal y como se nos había planteado desde un inicio: la analogía es tan burda y superficial que las ideas planteadas con cierto atino en el primer acto desembocan en una caricatura que sostiene un festival incesante de gore explícito pero breve, perversión de mirada apartada ahora y explícita después sin criterio alguno –todo diseñado para volver a ella cuando el gusto estético lo requiera– y yuxtaposiciones vacías, vehículo para mayor gloria del lucimiento técnico del equipo de maquillaje y cámara. Midsommar es cine de terror de Hollywood que pretende ir contracorriente: una forma rentable de vender como innovador lo que en realidad tiene poco siquiera de novedoso. Y es una pena. Es una pena porque promete mucho varios niveles, y cumple más bien poco. Es una pena porque dispone de una cantidad de medios y talento que habrían permitido, en las manos adecuadas o con más refinamiento, una película de terror realmente rompedora. Pero se queda en intento fallido de proyecto interesante, siempre con la incesante necesidad de recordarnos sus intenciones en vez de demostrarse efectivo en su consecución.

Todavía no

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Para quien busque escuela de El hombre de mimbre, no es Midsommar la mejor elección. Para quien busque terror contenido, elegante, coherente y distanciado de las convenciones al estilo de La Bruja, It Follows o Déjame Entrar, más vale prestar infinita atención a The Lighthouse, el nuevo y prometedor proyecto de Eggers con Robert Pattinson y Willem Dafoe. Para quien desee entretenerse con una película de terror poco exigente que como mínimo haga menos uso del jumpscare, puede que Midsommar sea una buena elección: en todo su metraje encontramos menos sustos que construcción de posibles sustos, en una curiosa manera de adoptar los patrones más convencionales de su género sustituyendo el culmen al que estamos habituados por anticlímax. A Midsommar no le sobra ambición, le sobra metraje; no le falta talento, le falta cuidado. Sigue habiendo demasiada unidimensionalidad útil como para apreciar totalmente el resultado. Quizás, si la indulgente recepción no lo impide, lleguemos a ver en el próximo proyecto de Aster el tipo de cine que lleva tiempo prometiéndonos.



el autor

En twitter me llamo @pga_es y hay gente que piensa que hablo de golf. No les culpo.

1 comentario

  1. Esta no la he visto aún,pero comparto lo dicho sobre Hereditary.No era ni mucho menos una mala película,pero tampoco la obra maestra que muchos “críticos” nos intentaban colar.Yo también tengo muchísimas esperanzas en lo último(huele a clásico)del director de la “La bruja”.Esta si cumplía ampliamente las expectativas creadas por los que la vieron y analizaron.

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