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Crítica de Pinocho de Guillermo del Toro (2022): una adaptación impactante y oscura pero también (justamente) con algunas sombras

Llegó finalmente a Netflix el Pinocho de Guillermo del Toro que, en lo que constituye su primera película animada, reversiona una de las historias más inmortales y universales. La propuesta apunta claramente a un tono más oscuro que la mayor parte de las adaptaciones que hemos conocido, acercándose más en esencia a la novela original de Carlo Collodi pero, a la vez, despegándose para contar su propia historia.

Ya hace algunos meses habíamos conocido la versión de Robert Zemeckis para Disney (aquí la crítica de un servidor), prácticamente un calco de la película de 1940 sin agregar demasiado. El Pinocho de Guillermo del Toro, que este codirige junto a Mark Gustafson y que nos llega ahora de la mano de Netflix, asume un tono mucho más personal y siniestro, aunque más en lo estético que en lo conceptual ya que sacrifica elementos que, justamente, hacían siniestra la novela.

Un Pinocho más Oscuro

Tanto el aspecto de la marioneta como el de las “hadas” (aquí “espíritus del bosque”) luce más inquietante que en cualquier adaptación anterior. Pinocho es bastante menos humano y calzaría perfecto en una de esas historias de terror sobre muñecos que cobran vida; inclusive anda “desnudo”, cualquiera sea el concepto de desnudez para una marioneta.

Las “hadas”, en tanto (o lo que sean), remiten más a la mitología griega, egipcia, sumeria o hebrea que a la tradición occidental e incluso se comportan con cierta ambigüedad moral. Paradójico que, pretendiendo el filme librarse de todo lastre Disney, sea precisamente una de ellas quien dé vida al muñeco cuando en la novela no se sabía el origen del portento.

La animación está realizada en stop-motion y se trata de un viejo sueño de Guillermo del Toro desde sus años de escuela secundaria. Es un gran acierto que, siendo una película sobre marionetas, Netflix se haya asociado, para producirla, con la compañía de Jim Henson, que es quien más entendió de ello en la tv y tal vez en la pantalla en general.

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Tenemos cambio de época. La historia está corrida décadas más adelante, hacia el período de entreguerras con el advenimiento de la Italia fascista. Los primeros once minutos están dedicados a la hasta ahora poco explorada relación y convivencia entre Geppetto y su hijo biológico que, según nos muestran, muere como víctima de bombardeos durante la Gran Guerra.

Lo de Guillermo del Toro con los bombardeos y los niños como víctimas ya es obsesión personal y, con tal de introducirlos, no vacila en echar mano de licencias históricas: ¿bombardeos con aviones contra ciudades italianas durante la primera guerra mundial? No sé si hay constancia de ello: sí la hay desde mar o tierra con artillería, pero si alguien tiene mejor información que yo, la agradecería…

Esos primeros once minutos nos ayudan a entender el vínculo particular entre Geppetto y su hijo que, en obvio homenaje al autor de la novela, se llama Carlo. Como también el profundo sentimiento de pérdida que su muerte provoca en el viejo artesano, llevándolo a construir un muñeco sustituto con un pino crecido junto a la sepultura y en el cual se acaba de instalar Sebastian J. Grillo, que es el relator en off (Ewan McGregor en idioma original) y el mismo al que en las versiones de Disney hemos conocido como Pepe Grillo (Jiminy Cricket).

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Es una buena alegoría que el director otorgue a la película un tono artesanal, ya que la novela, precisamente, reivindica al artesano. Pero otra vez caemos en una paradoja, pues el cambio de época debilita justamente ese aspecto: originalmente Collodi ubicaba su historia en una época en que el trabajo artesanal estaba siendo suplantado por la industria, pero para la Gran Guerra o los veinte, ese conflicto está ya bastante superado y por ende pierde protagonismo…

Política y Religión

Otra cosa que suele obsesionar a Guillermo del Toro es la crítica contra los autoritarismos y la religión: esta no es la excepción, por más que en la novela no hubiera nada de eso, al menos no en sentido tan literal. Ubicar la historia en los años del fascismo permite, como gusta al realizador, una mayor crítica social y política.

Y en ese marco, hasta la escuela ocupa un lugar distinto: no es, como en la historia de Collodi, la solución para sacar a las masas de la ignorancia y la explotación, sino un apéndice más del sistema para adoctrinar a las jóvenes generaciones y volverlas funcionales a la cultura autoritaria del fascismo. Hasta hay una escena en que Pinocho debe actuar para Mussolini.

También hay, como dijimos, crítica a la religión en sí o a la iglesia como institución, con analogía muy propicia entre Pinocho y Jesús (siendo este carpintero, estaba en bandeja). Al ver cómo las personas adoran e idolatran a Cristo a pesar de ser solo una figura de madera, la marioneta se pregunta por qué no lo quieren a él si está hecho en el mismo material.

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Por extensión y como también es regla en Guillermo del Toro, hay también una crítica hacia el trato que la mayoría de las sociedades dan a aquellos considerados diferentes, viniéndole como anillo al dedo el tono de fábula que suele ser tan frecuente en sus filmes.

Cambios y Pérdidas

Particular detalle de esta adaptación es que, al ser un muñeco de madera, Pinocho no puede morir: cada vez que lo hace despierta invariablemente en una funeraria con unos conejos jugando a los naipes. Ello da lugar a una reflexión sobre la muerte y la necesidad de estar expuesto a ella para sentirse realmente vivo, que es lo que Pinocho quiere. Sí, este es un Pinocho triste y si bien el final no es todo lo deprimente de la novela original (el muñeco acababa ahorcado, pero el propio Collodi lo cambió después), tampoco es un final rosa como en las versiones de Disney.

El filme, de hecho, se toma muchas licencias con respecto a la novela: el zorro y el titiritero Comefuego (o Stromboli) parecieran estar fusionados en un solo personaje, pero la mayor pérdida es el País de los Juguetes (o Isla de los Juegos según la traducción), ausente por completo de esta versión. Supongo que la intención habrá sido renunciar a cualquier moralina y de algún modo es coherente con el lugar que se otorga a la escuela, pero la transformación de los niños en asnos para ser utilizados en la minas era uno de los más terroríficos momentos de la novela y, como tal, se extraña en una adaptación que busca justamente ser oscura.

Balance Final

Sé que muchos me pueden odiar por escribir esto, pero aún no soy un gran convencido de la verdadera dimensión del talento de Guillermo del Toro. O sea, que lo tiene lo tiene, de ello no hay duda: lo demuestra con creces en El Laberinto del Fauno, sin duda su mejor película. Pero después nos entrega, por ejemplo, la insulsa La Forma del Agua por la que, paradójicamente y como suele ocurrir, la Academia le ha entregado el Oscar que debió haberle dado antes.

A lo que voy es a que todavía no ha logrado cruzar esa línea a partir de la cual se lo pueda considerar genio cinematográfico: no estoy diciendo que no lo vaya a hacer con el tiempo porque condiciones tiene, pero su carrera, al menos hasta ahora, muestra una gran irregularidad en contraposición con el sello de cine de autor que, casi a priori, se suele conferir a sus películas. Para decirlo claro, me parece un buen director pero sobrevalorado.

En parte, el responsable de esa sobrevaloración es él mismo por su demostrada habilidad para promocionarse: alcanza con ver que titula al filme Pinocho de Guillermo del Toro y que hizo lo propio con El Gabinete de Curiosidades, serie de Netflix que me había propuesto reseñar para esta web, pero de la cual solo soporté tres episodios. En ese agregado de su nombre a los títulos pareciera querer equipararse a Alfred Hitchcock o a Francis Ford Coppola: de momento, me parece mucho…

Que no se me malinterprete: lo peor que podría ocurrir es que toda esta larga exposición sobre Guillermo del Toro sea entendida como preámbulo para descalificar la película. Nada más lejano: su Pinocho es una adaptación magnífica en lo visual, personal en la concepción, valiente en el tratamiento y agradable de ver a pesar de su tristeza existencialista.

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Tiene, eso sí, un guion que no se sostiene de igual modo durante todo el filme y que, a veces, pareciera perder el eje: el grillo es quien comienza a relatarnos la historia, pero su personaje se desdibuja por completo durante la mayor parte del filme mientras que, por ejemplo, Candlewick (hijo de un funcionario fascista) aparece súbitamente en la historia como mejor amigo de Pinocho tras haber estado hasta allí prácticamente en sombras. Del mismo modo, los planteos sobre la religión o la escuela cobran fuerza para luego ser largo rato abandonados o reaparecer de manera esporádica y marginal. Y las dos horas de duración quizás sean un exceso…

La parte musical no está mal llevada (aunque a veces interrumpe climas): normalmente se trata de canciones dialogadas al estilo de las comedias musicales u óperas-rock, pero ninguna de ellas adquiere carácter de memorable ni quedará en la historia como When You wish upon a Star, por dar un ejemplo.

Y ya que hemos metido en el baile a Disney, allí está una de las grandes paradojas del filme: busca desprenderse de él pero no solo no lo hace del todo (ya hemos mencionado que la marioneta cobra vida casi de la misma forma) sino que además y en su intento por adquirir un sesgo más terrorífico, se queda atrás. Ya sé que tenía muy corta edad cuando vi por primera vez aquella magnífica versión animada, pero recuerdo el miedo que sentí con el titiritero Comefuegos o el País de los Juguetes: para el trauma casi…

No me parece que algo de eso ocurra aquí, aun cuando los personajes, fondos y ambiente se vean más oscuros. En ese aspecto y aun con todo lo que se la ha tildado de adaptación demasiado libre, la película animada de 1940 (insulsamente emulada en la reciente versión “live action” de Zemeckis) entendía mejor el concepto detrás de la historia, lo mismo que la reivindicación del artesano.

En definitiva, el Pinocho de Guillermo del Toro termina siendo, a mi juicio, una más que aceptable película y no puedo dejar de recomendarla, ya sea por la deslumbrante propuesta visual o por el solo hecho de ver una adaptación distinta y personal. Pero en su búsqueda de originalidad, paga algunas pérdidas que le impiden, al menos a mi modesto juicio, ser la obra maestra que bien podía ser

Hasta pronto y sean felices…

Rodolfo Del Bene
Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.
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