Esclavos del trabajo, de Daria Bogdanska.

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Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

Una de las cosas que más me han llamado la atención desde el estallido de la última crisis económica ha sido cómo se ha reflejado en películas, música, cómics o videojuegos. Hay muchas posibilidades de que la música pop haya estado más o menos ausente y que lo que quiera que haya hecho el rock, totalmente superado por el tiempo desde hace mucho, apenas se haya escuchado mucho (salvo excepciones estupendas y necesarias como Lehendakaris Muertos). Es significativo, creo, que el género de éxito entre los más jóvenes sea el trap. El cine se ha metido más con cosas como Inside Job, pero podemos decir que ni asomo el volumen de películas sobre lo que ha pasado estos años se parece a lo que podemos ver sobre las consecuencias en el mundo real de determinadas políticas económicas o cambios sociales en, por ejemplo, los años 80. En España se llegó hacer incluso un “cine quinqui” desde finales de los 70 a los 80, reflejo de la muy real escalada de violencia, drogas y multitud de jóvenes muertos en mitad de todo aquello.

En videojuegos en el mejor de los casos se ha visto algo en videojuegos no precisamente grandes, como Not tonight, un videojuego ambientado en el Brexit, pero ha sido un tema pasado de puntillas en general. Es muy posible que un videojuego japonés de gran presupuesto como Persona 5 (del que hablamos con gran amor aquí) sea lo más parecido a una crítica global contra lo que viene pasando desde 2008. Es muy posible que sea de lo poco del videojuego con mucho dinero detrás que se ha atrevido a algo así.

Es extraño en un tiempo en el que la politización e interés de la población por la política es mayor que en las últimas décadas. Es decir, en España en los 90 era impensable que un canal de televisión fuera rentable basándose en tertulias políticas y directos sobre novedades políticas. A cualquiera que se lo contaras le sonaría tan impensable como montar un negocio de mantas calentitas para Extremadura en agosto. Pienso que hay cosas que se me escapan, como muy posiblemente corrientes de trap o nuevas formas de expresarse que yo ni conozca, pero los medios artísticos más asentados y mayoritarios tienen una ausencia significativa de contenidos sobre la crisis de 2008 en adelante.

En cómic creo que sí hemos podido ver algunas cosas, aunque sea algo en claro declive en cuanto a atención (que no hay que confundir con sus productos derivados: las películas). Quizás cosas como Ms Marvel de Willow Wilson, quizás cosas como el Capitán América de Nick Spencer se han metido con temas no directamente de las causas de la crisis sino más en algunas de sus consecuencias. En España hemos tenido cómics como Simiocracia de Aleix Saló que han intentado dar una explicación comprensible, amena y más o menos documentada sobre las causas de la crisis, pero hemos tenido menos de las consecuencias en el día a día.

Y de esas consecuencias va “Esclavos del trabajo“, cómic autoconclusivo de la autora polaca Daria Bogdanska que nos ha traído la editorial Astiberri a España recientemente. Yo conocí el cómic por ésta entrevista a la autora en El Diario.es. La sinopsis del cómic sería la siguiente:

Daria ha decidido irse de Polonia para huir de un padre violento y hacer borrón y cuenta nueva. Tras una temporada en España, se traslada a la localidad sueca de Malmö, donde se apunta a una escuela de cómic, ansiosa por emprender una nueva vida. Pero allí le espera una pesadilla kafkiana de trámites administrativos, y para subsistir no le queda más remedio que aceptar un empleo de camarera con un sueldo de miseria y sin contrato. Mientras acumula horas de trabajo, cansancio y desamores, le va creciendo por dentro un imparable sentimiento de rebeldía ante la injusticia, y decide dar un puñetazo en la mesa y luchar por sus derechos y los de sus compañeros (…). Esclavos del trabajo es el relato autobiográfico de una lucha social y sindical, que retrata una generación de jóvenes que viven en situación de riesgo social, con un futuro incierto y precario. También es el diario íntimo de una veinteañera recién llegada a una ciudad nueva en condición de emigrante, con sus anhelos, su desarraigo, sus dudas sentimentales y sus ganas de integrarse y de construir algo nuevo. Esclavos del trabajo formó parte de la selección oficial del Festival de Cómic de Angoulême 2018 y fue finalista del premio Artemisia 2018.

El cómic empieza con la llegada de la protagonista al país que está en los sueños políticos de tanta gente: Suecia. El paraíso sueco, ya sabemos todos, es el que aparece sistemáticamente en casi lo más alto de todos los estudios y estadísticas económicas y sociales de lo que debería ser un país. Suecia es el paraíso soñado y Olof Palme el profeta, vaya. Atraída por circunstancias personales y de estudio (quiere ir a una escuela de cómics), la protagonista desembarca en el teórico paraíso para encontrarse con la realidad.

En este caso no veremos el relato de inmigración africana o  sudamericana: es inmigración europea dentro de Europa. Nada de viajes jugándose la vida, nada de guerras civiles espantosas: simplemente alguien joven dentro de la Unión Europea cambiando de país para estudiar y vivir mejor. Pero las dificultades burocráticas son similares, así como lo absurdo de demasiados trámites o respuestas desde las administraciones públicas. Barreras que, al final, llevarán a la protagonista, como otros tantos, a trabajar sin contrato en bares o donde puede, con bonitas jornadas interminables por auténticas miserias.

El cómic trata en todo momento de sobresaturar a nadie, con abundancia de viñetas en las que está nada más el texto necesario. No hay ninguna virguería técnica en composiciones de página (tres filas por página, salvo excepciones) ni en narrativa ni en perspectivas: en ese sentido toda la parte visual mantiene una tónica general constante y clara sin grandes defectos pero sin grandes alegrías. Es muy posible que tenga influencias de Marjane Satrapi y su Persépolis, teniendo mucho mayor detalle aunque siendo menos arriesgada artísticamente.

Aunque sí es arriesgada en las dos vertientes de la crisis que empezó en 2008. No sólo han sido unos años en los que hubiera menos dinero o puestos de trabajo: hubo un cambio sustancial. La gente más joven se ha encontrado un mundo laboral inmensamente más duro en cuanto a condiciones laborales (mucha más temporalidad, bajada de salarios, menor posibilidad de ascender dentro de la empresa, perspectivas de progreso o superación de su situación tirando a escasas) que no parece haber ido a menos cuando teóricamente se ha salido de la crisis. Da toda la sensación que ese nuevo mundo es eso: un nuevo modo de hacer las cosas que ha venido para quedarse, especialmente con la gente más joven. Un mundo muy diferente al que ha visto que han vivido sus padres. Todo ello aparece en el cómic con toda su crudeza, con esos trabajos mal pagados con horarios que imposibilitan casi hacer otra cosa que trabajar y dormir, ese bello mundo laboral del “sálvese quien pueda”, esa descarada discriminación salarial en función de la procedencia étnica o el miedo y el desconocimiento de sus sufridores.

Pero además de la eterna incertidumbre laboral está el otro plano, el emocional. La escasa y casi obligatoria estabilidad económica lleva, como bien le pasa y cuenta abiertamente la protagonista, a una inestabilidad emocional. La protagonista lo expresa de nuevo abiertamente: la incertidumbre laboral lleva a una incertidumbre emocional. Sin saber qué puedo estar haciendo dentro de 3 meses es complicado planificar una vida o tener algo de sensación de control sobre ella, acabando por llegar a un estado de ánimo pseudo-depresivo en el que uno se conforma con ir sobreviviendo día a día y termina pensando que el mejor momento de sus días es cuando se va a acostar por la noche. Es lo que termina pasando cuando tienes que acostumbrarte a no estar nunca mucho tiempo en ningún sitio, a estar constantemente con gente distinta, a no profundizar casi nunca en ninguna relación, a que la gente de tu alrededor venga y vaya como el agua cuando abres el grifo. Es, otra vez, el eterno tema de Michael Houellebecq:

Definitivamente, me decía, no hay duda de que en nuestra sociedad el sexo representa un segundo sistema de diferenciación, con completa independencia del dinero; y se comporta como un sistema de diferenciación tan implacable, al menos, como éste. Por otra parte, los efectos de ambos sistemas son estrictamente equivalentes. Igual que el liberalismo económico desenfrenado, y por motivos análogos, el liberalismo sexual produce fenómenos de empobrecimiento absoluto. Algunos hacen el amor todos los días; otros cinco o seis veces en su vida, o nunca. Algunos hacen el amor con docenas de mujeres; otros con ninguna. Es lo que se llama la “ley del mercado”. En un sistema económico que prohíbe el despido libre, cada cual consigue, más o menos, encontrar su hueco. En un sistema sexual que prohíbe el adulterio, cada cual se las arregla, más o menos, para encontrar su compañero de cama. En un sistema económico perfectamente liberal, algunos acumulan considerables fortunas; otros se hunden en el paro y la miseria. En un sistema sexual perfectamente liberal, algunos tienen una vida erótica variada y excitante; otros se ven reducidos a la masturbación y a la soledad. El liberalismo económico es la ampliación del campo de batalla, su extensión a todas las edades de la vida y a todas las clases de la sociedad. A nivel económico, Raphaël Tisserand está en el campo de los vencedores; a nivel sexual, en el de los vencidos. Algunos ganan en ambos tableros; otros pierden en los dos. Las empresas se pelean por algunos jóvenes diplomados; las mujeres se pelean por algunos jóvenes; los hombres se pelean por algunas jóvenes; hay mucha confusión, mucha agitación.

Al final la idea de que es lo que hay y que hay que ir tirando son las que predominan entre las personas que lo sufren. No es cobardía, es supervivencia. Pero la idea de que las cosas que te pasan se deben sólo a tus decisiones individuales es combatida por el paso del tiempo por la protagonista, que quiere simplemente que su trabajo no sea injusto. Es decir, ella no acepta el “es lo que hay y si no te gusta te vas” que presupone que el problema lo tienes tú y que lo que hay no puede ser de otro modo. Entiende que el problema no es ella, lo que está mal es lo que hacen en su puesto de trabajo, que puede ser mucho mejor. Y como no es una cosa de ella como individuo, trata de informarse desde cero (no tiene ni idea de qué hacer) para actuar en grupo. Se tropieza mucho, encontrándose a veces con gente que debería ayudar y no lo hace, con pequeños desengaños con compañeros: lo esperable. Hay mucha gente ahí teóricamente peleando contra las injusticias laborales desde antes que tú y no todos son de gran ayuda. En ese sentido no es un cuento de hadas, la autora es honesta con las dificultades de pelear desde la nada.

Todo, claro, siendo europea y tratando de trabajar en otro país de la Unión Europea. El cómic deja a las claras que los propios países europeos no han facilitado precisamente el ideal de que cualquier europeo pudiera ir a trabajar a otro país de la UE. Hablamos, otra vez, del teórico ejemplo idílico de país puntero en casi todo.

El cómic, al final, habla de una pequeña lucha de una polaca en Suecia para que el dueño de unos garitos a los que va mucha gente progresista le pague lo que le debe. Pero en esa pequeña lucha, desde el desconocimiento y la total incertidumbre, el cómic nos habla del cambio mental que va de tragar con todo (esto es así y si no te gusta vete) a no aceptar eternamente que tenga que ser así y moverse para cambiarlo. Cosa que sólo será posible con la ayuda de más personas, ya que no es una pelea individual contra nada: es un lucha con más gente en común. Es una pequeña gran lucha que merece ser leída.

Sed felices.



el autor

Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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