Lo que ha cambiado la industria del cine. Ahora todos los estrenos en pantalla grande basculan entre grandes superproducciones, a ser posible precuelasecuelarecuela o cine de superhéroes, y producciones indie enmarcadas dentro del cine de autor. Las películas de presupuesto medio alto, que antes copaban los cines, ahora parecen destinadas únicamente a las plataformas de streaming. Lo vimos en la magistral The order, en Amazon Prime Video. O en El abismo secreto, en Apple TV. Plataforma que también acaba de estrenar Laberinto en llamas, película de catástrofes basada en un hecho real.
Nuestra crítica de The order, una de las películas del año
Situada en uno de los incendios más devastadores de Estados Unidos, Laberinto en llamas se enfoca en un fracasado conductor de autobuses escolares que debe colaborar con una maestra infantil para sacar a 22 niños de una región que se ha convertido en un infierno.
La película es puro cine de catástrofes, como lo era Llamaradas, Volcano, Twisters o Un pueblo llamado Dante’s Peak. Puro espectáculo noventero que parece haber desaparecido de las carteleras y que solo podemos ver en televisión.
Y es una pena, porque la película está notablemente dirigida por Paul Greengrass, uno de los dioses del cine de acción del siglo XXI. Porque él fue el director de El mito de Bourne y El ultimátum de Bourne, las mejores entregas de la saga. O, dicho de otra forma, la cumbre de los planos cortos y la cámara en mano como forma de rodar la acción que vivimos entre finales de los 90 y el regreso del cine de especialistas con John Wick.
En los últimos años, Greengrass prácticamente solo rueda para plataformas. Ya lo hizo para Netflix en 22 de julio y en uno de los mejores westerns del siglo XXI, Noticias del gran mundo. Ahora, regresa al cine casi documental basado en hechos reales, como ya hizo en Domingo Sangriento, Capitán Phillips o la que creo que es su mejor película, United 93.

Al igual que con Capitán Phillips, Greengrass parece obsesionado con el heroísmo de a pie. El de personas que hacen algo bueno sin buscar la aprobación de otros, sino porque, sencillamente, hay que hacerlo.
El ejemplo perfecto es nuestro protagonista, un absoluto perdedor, divorciado y con una pésima relación con su hijo. Un hombre que tiene que cuidar de su madre enferma mientras mantiene a duras penas un trabajo que no le gusta. Y que se ve inmerso en un infierno en el que continuamente dudará si ayudar a los niños o dejarlos a su suerte.
Greengrass recalca el carácter perdedor con un arranque demasiado largo y sobreexplicativo. De hecho, es el mayor defecto de la película. El director subraya demasiado la emoción cuando solo le hace falta rodar como rueda las escenas de tensión.
Porque es aparecer el fuego y Laberinto en llamas despega como un cohete. Qué uso de la tensión con tan solo un autobús como escenario. Y qué química la de America Ferrera con Matthew McConaughey, ese actor que cambió las comedias románticas por el abogado de El inocente, el drama de Dallas Buyer Club, la épica de Interstellar o el misterio de True Detective.
Tras estas producciones, McConaughey ha continuado por la senda dramática, pero sus películas no han tenido el éxito de aquellos años, Óscar incluido. Y es un actorazo. Viéndolo, se me olvida que estamos ante uno de los hombres más guapos y elegantes del cine moderno al verlo desaliñado como un pobre conductor de autobús que no tiene donde caerse muerto.

Puede que Laberinto en llamas peque de excesivamente melodramática en su conflicto familiar (previsible hasta decir basta) y que se alargue tanto en este ámbito como en la reflexión sobre las causas del auge de los incendios actuales, pero es un peliculón de catástrofes de los que ya no se hacen, repleto de tensión y acciones heroicas de gente corriente que, cuando la naturaleza nos arrasa, siempre saca su mejor versión.
¡Un saludo y sed felices!
¡Nos leemos en Las cosas que nos hacen felices!



