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Los enemigos superiores de Spider-Man de Nick Spencer y Steve Lieber. Los mediocres heredaremos la tierra.

Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

Madre mía los mediocres. Lo estamos fastidiando todo, ya lo sabéis. Es una auténtica lástima. Toda la muchachada brillante de este país pudo retuitear, compartir y comentar la justa indignación del artículo enlazado contra la tropa de gente gris que domina el mundo. Ni que decir tiene que la legión de personas que lo hacía se ponía en el lugar, por supuesto, de la gente creativa, brillante y especial. Es un auténtico misterio que haya tantas cosas rotas por todos los lados con la superabundancia que tenemos de gente superbrillante. Aunque no te creas, solitario lector, yo soy de los tuyos. Hablaban de mí. Y de ti. De los mediocres que hablaba el artículo. Los que no destacamos en absolutamente nada. Los que no ganarán un mundial de fútbol andando, como Ronaldo Nazario. Los que no dibujarán como George Pérez en los años 80. Los que no escribirán El nombre de la Rosa, como Umberto Eco. Es decir, el 99,99% de la humanidad. Para esa inmensa minoría que no se sintió aludida: bienvenida. Soy de los vuestros.

Pero entendamos a quien cree que no forma parte de la masa gris e inmensamente minoritaria. Son, como casi todos los demás, masillas, esbirros con delirios de grandeza, pero se creen el centro del mundo. Cómo culparles. Todos admiran a Thanos, se compran su guante de juguete y fantasean con hacer desaparecer a Los Malos (que básicamente suelen ser todos los que le caen mal a uno). O, bueno, fantasear con ser el Joker un día y pasarse por la oficina a las ocho de la mañana a liarla como nunca. Pero nadie quiere pensar en ser el Conmocionador, por más que hayamos empujado desde aquí por su causa. No es sexy. No es único. Y ya no hablamos de niveles de poder, traje molón o haber dicho frases “reshulonas” en alguna película o serie. No. Es que ni en los comics tiene ningún glamour. Supervillanos que son grises, que sólo quieren ganar dinero y dejar de trabajar. No quieren gobernar el mundo, ni destruirlo ni que liberen a presos políticos de no se qué país ni destruir la Constitución que todos nos hemos dado. Que no. Que quiero forrarme y que me dejen en paz.

Es por eso que la serie de comics “Los enemigos superiores de Spider-Man” de Nick Spencer y Steve Lieber, que hemos tenido en España en un bonito tomo por parte de Panini Cómics hace poco, estaba destinada al fracaso. Se juntaban algunos de los supervillanos más patéticos de Spider-Man, más grises, más fracasados y con menos ambiciones para, básicamente, forrarse vivos con un último gran golpe. La serie consiguió acabar a duras penas con no precisamente muy buenas ventas, pero muchos de los que íbamos leyendo aquello estábamos entusiasmados. Allí estaba todo. Teníamos un tono humorístico salido de una sitcom, profundamente desenfadado y choteándose sin ningún complejo de lugares comunes del género de superhéroes. Todo ello desde el amor incondicional al género. Tenemos todo un quién es quién de mafiosos de poca monta, ridículos, desfasados, con modos de hablar y actuar que serían trágicos en cualquier otro lado, pero que aquí son cómicos. Hay una trama loca clásica del golpe de unos pillos fracasados que quieren jugársela a los jefes ridículos de la mafia. Pero sobre todo están los protagonistas.

Es complicado no querer, no amar, a los protagonistas de la historia. Los Seis Siniestros. Qué nombre.  Pero sólo son cinco. Desde el principio hay situaciones ridículas sobre cómo coger el nombre del grupo de supervillanos clásico de Spider-Man, los que de verdad se las han hecho pasar canutas, y cogerlo siendo precisamente los que suelen ser apalizados en una página antes de pasar a otra cosa. Hay una conciencia nada disimulada por parte de estos patéticos villanos de que lo son. Viven en pisos de mierda. Prácticamente nunca han ganado en una pelea a un superhéroe. Prácticamente no han dado golpes buenos y a lo más que llegan es a malvivir. La aparición de prácticamente cualquier superhéroe o supervillano medianamente fuerte les hace cagarse encima y en ese momento el cómic es una partida de La Llamada de Cthulhu: hay zancadillas para que se entretenga contigo, tonto el último y me llevo el botín por si acaso. Como miserables y maravillosamente mediocres que son no pueden sino traicionarse constantemente unos a otros y para sí mismos. El dibujo contribuye a crear esa atmósfera mitad dibujos animados de la Warner mitad sitcom estadounidense pasada de vueltas con mil referencias a la cultura popular pop estadounidense del siglo XXI, incluído el final del relato del protagonista principal a lo Perdidos. No se esconde nada de esto, hasta el punto de reconocer abiertamente que mucha de la personalidad del protagonista, el fracasado embaucador maravilloso Búmeran, tiene que ver con el Jack Sparrow de la primera película de la saga.

Los miserables protagonistas no pueden evitar fracasar, ser una parodia de lo peor de los cómics de superhéroes y ser conscientes de que, quizás, no puede ser de otro modo. No son el Dr. Muerte, no son Magneto, no son el Duende Verde y ya no digamos Thanos. No están obsesionados con ninguna ideología que quieran imponer y no quieren dedicar muchos esfuerzos en vengarse, que vivir bien va primero de eso. Ninguno de ellos protagonizará ninguna película en la vida, ni una serie, y en caso de aparecer será dentro de un montón de otros villanos. Su teórico líder, Búmeran, miente más que habla, se tropieza andando y no puede derrochar más patetismo, tanto en sus teóricas fechorías como en su vida personal o amorosa. Pero todo el cómic es un canto maravilloso a la suciedad de los mediocres, a nuestros absurdos delirios de grandeza pasajeros, a nuestros constantes tropezones con la realidad, a la lucha absurda, cómica y desigual contra el universo indiferente en el que estamos, universo que nos deja sistemáticamente con la enorme masa gris y olvidable del mundo. Y a la maravillosa, carente de todo sentido y profundamente esperanzadora cabezonería para no abandonar nunca. Que no es ignorancia de cómo funcionan las cosas. Que es el sentido romántico de la vida el que está en tantísimos fracasados, seres grises mediocres sin los cuales este mundo, con sus mierdas, cosas horribles, cosas aleatorias y cosas maravillosas nunca podría funcionar. Que el mundo no puede funcionar sólo con espectaculares creativos 2.0 general manager accounting of my ass y que puede que también hagan falta reparadores de persianas chapuceros. De todo esto va el cómic y con todo eso nos maravilla, tras habernos hecho reír, sorprendernos y querer que ganen esos fracasados, esos patéticos sujetos que se autoengañan pero que con toda su falta de valor, de coraje o de integridad no dejan de creer. Su mentira, su miseria y su autoengaño es más bello que muchas de las verdades de los supervillanos grandes, admirables, profundos y de los que se hacen miles de memes, camisetas y videojuegos.

Sed felices.

Raúl Sánchez
Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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