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“Superman, las cuatro estaciones” de Loeb y Sale: el bellísimo resplandor del Bien Común

Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

No es fácil lo que vamos a hacer hoy sobre Superman. Es decir, esto es internet. Es un bonito código de ceros y unos guardado físicamente en a saber qué ordenadores ubicados en a saber qué sitio. Habitualmente suele ser porno sexual, porno sentimental, porno social u otras clases de porno aún por clasificar.

Es lo que solía decirse en tiempos viejunos de la red: Internet es para el porno. Por eso lo de hoy es difícil. En vez de difundir el enésimo bulo absurdo, el enésimo video extraño de gente haciendo el acto sexual de follar o el enésimo video de gatitos vamos a escribir de un cómic. Y de uno de Superman. Así que, para empezar, perdón.

Deberíamos seguir explicando antecedentes de los autores, Jeph Loeb y Tim Sale, ambos conocidos por hacer obras clásicas de Batman como Victoria Oscura o El largo Halloween. O detallando que el tomito que ha publicado ECC con la historia es autoconclusivo y no pide haberse leído nada del personaje ni antes ni después, siendo otra de esas historias atemporales de un personaje de sobras conocido.

También del trabajo fantástico de Tim Sale al dibujo, especialmente en todas las escenas rurales de la infancia y juventud de Clark Kent, de sus ambientes, de los colores del cielo, de la quietud, rutina y calma que inspira su dibujo en esos ambientes. Pero es un cómic de Superman.

Y Superman siempre termina siendo una disculpa para los adultos que lo leemos. Pero hombre, cómo vas a leer cómics de ese señor que todo lo puede, vaya aburrimiento. Pero si Superman es más simple que un sacapuntas. Pero si es una bobada de los años 30 y es un ingenuo y no se qué. Y quién sabe, a lo mejor tienen razón.

Tampoco vamos a ponernos a la defensiva. Pero Jeph Loeb y Tim Sale consiguen en este cómic algo maravilloso: un gran cómic de Superman. Es uno de esos en que luz irrumpe en la oscuridad. Uno que ilumina. Es una bobada. Es un rayo de luz iluminando un cuarto de tu casa cuando apartas la cortina, la cosa más simple del mundo. Pero es maravilloso.

Este “Superman: las cuatro estaciones” ahonda en la maravilla imperecedera de Clark Kent. Volvemos a su pueblecito estadounidense. Volvemos a su infancia sencilla y rutinaria. Volvemos a sus vecinos, desde los señores que juegan a las cartas al camarero, que por más bromas o chistes malintencionados que se puedan hacer en los momentos críticos es instintivo ayudarse unos a otros.

Volvemos a sus padres, personas sencillas con sentimiento de comunidad que no solo piensan en sí mismos. Que no lo saben todo, en realidad saben muy poco de casi nada, pero son perfectamente conscientes de lo más básico: no podrán ayudar a su hijo en todo, no saben casi nada, pero le querrán. Siempre.

Clark crece en el idealizado mundo rural estadounidense y se encuentra con las ya clásicas maravillas de la gran ciudad, no presentada como un cúmulo de horrores como haría un H.P. Lovecraft o un Robert E. Howard. Allí, ya lo sabemos, conocerá a su gran villano, Luthor. Y a su gran amor, Lois Lane. Pero el cómic contrapone de manera sencilla y eficaz a Luthor con Clark.

Aquí Luthor no es escalofriantemente psicopático como en la etapa de John Byrne, con aquella escalofriante oferta que hace a aquella camarera de cafetería. Luthor aquí queda perfectamente reflejado como lo opuesto a Clark: el hombre hecho a sí mismo, que no ha necesitado a nadie y que por tanto no puede querer a nadie. El hombre que sólo busca satisfacerse a sí mismo. Un prodigio, en este caso intelectual, al servicio de un ombligo quizás no tan prodigioso.

No son necesarios grandes giros de guion ni narrativas raras ni deconstrucciones ni nada por el estilo. Toda la trama está contada de manera sencilla y los diálogos son exactamente los necesarios sin pecar de más ni de menos. Es un cómic estética y argumentalmente contenido, sutil, con una apariencia sencilla y sin complicaciones. Uno en el que Superman no puede brillar más, no por salvar al universo de invasiones alienígenas o detener a super seres malvados sino por el contraste moral que representa lo que hace y el porqué lo hace respecto a Luthor y respecto a los que somos normales.

Clark siempre fue el superhéroe, Superman es el disfraz, dijera lo que dijera Tarantino, que claramente lo entendió mal. Es Lois Lane la que, hablando de Superman, explica perfectamente la naturaleza de la maravilla del comportamiento de Clark:

“Vuela. Ve a través de las paredes. Levanta coches, las balas le rebotan en el pecho y es capaz de hacer prácticamente lo que quiera. Y esto es lo que me conmueve. Puede hacer todo lo que quiera…¿y qué es lo que decide hacer? ¿ser un héroe? ¿por qué? Vivimos en un mundo donde nadie se juega el cuello por nadie. Escribo sobre ello día tras día. Nos mentimos. Nos brutalizamos. Nos matamos los unos a los otros. Y aparece este…este…hombre. Y se juega el cuello por todos. Y de qué modo.”

La historia de este cómic de Superman no trata de cerrar ninguna gran conspiración y hasta da igual. El paso de las estaciones nos lleva de su infancia rural a su madurez en la ciudad, a sus enfrentamientos morales con Luthor, a sus dudas lógicas sobre sus propios motivos para actuar y a la vuelta a los orígenes rurales mitificados otra vez para insistir en la lección. Y la lección es la siguiente: Clark hace lo que hace porque crece y es educado en la idea del Bien Común, de que depender de otros no te hace débil sino más fuerte, que la soledad de uno es la soledad de todos y que somos seres sociables y sociales. Y que todo el Bien reside ahí. Y que todo el Mal viene de la soledad, de la idea de que no debes nada a nadie, de que solo tú importas en este mundo.

Nada de esto se proclama desde la ingenuidad ni desde el infantilismo. Es al revés: se exalta desde la plena consciencia de todos los horrores y maldad que puede existir. Y por eso las acciones, motivaciones y límites de Clark cuando se disfraza de Superman son heróicas, hermosas, admirables y luminosas. Parecen casi de mentira incluso en un mundo imaginado del siglo XXI, atestados de apocalipsis inevitables y del enésimo tostón interminable en el que se nos intenta hacer pasar por adulto el pensamiento de que cada uno mire por su culo y gracias. Cuando, recordemos, la vida adulta es básicamente lo contrario: cuidar de hijos, de padres que se hacen mayores, de algún abuelo y, en general, de preocuparse por lo que quedará después de uno.

“Superman, las cuatro estaciones” de Loeb y Sale recuerda de manera sencilla y bella todas estas verdades. Lo hace manera inspiradora, mágica, sin artificios ni explosiones. Es narrativa y gráficamente tan puro y sencillo como la verdad dicha por un niño sin querer. El Bien Común existe. No depende de grandes discursos ni de narrativas psicológicas complicadas. Muchas veces las cosas las cosas básicas de la vida no requieren grandes andamios para llegar a ellas.

Sed felices.

Raúl Sánchez
Raúl Sánchez
Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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