Supreme: Alan Moore nos presenta a su Superman definitivo

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Cualquier personaje con varias décadas de vida se tendrá que adaptar a los tiempos que corren, aunque siga siendo hijo de una época y un lugar determinados. El propio Shakespeare, uno de los dramaturgos de mayor renombre de la historia, actualizó leyendas ya existentes, y este mismo año Terry Gilliam nos ha presentado su propia versión de un personaje que lleva formando parte de nuestra cultura desde hace cuatro siglos: Don Quijote. Los superhéroes del cómic, con aventuras publicadas de forma ininterrumpida durante décadas, siguen estando en control de las editoriales en las que surgieron: por ello, a pesar de las incontables versiones alternativas de los mismos, suelen mantener unas características bastante similares a las que presentaban en su nacimiento. Sin embargo, hay algunos elementos de los mismos que no pertenecen a sus propietarios, por lo que existen arquetipos que escapan al copyright. Pensemos, por ejemplo, en el superhéroe más típico que podamos imaginar: a pesar del reciente éxito cinematográfico de héroes con armadura o con trajes militares, lo más probable es que pensemos en un tipo con capa, con los calzoncillos por fuera y que protege celosamente su identidad secreta. Lo más probable es que pensemos en Superman.

El hecho de que estos arquetipos sean de dominio público permite a distintos autores experimentar con ellos de forma arriesgada, creando historias que las grandes editoriales no aceptarían en sus personajes más populares. Así, surgieron grandes cómics como Miracleman, Watchmen… o, algunos peldaños por debajo, Supreme. Creado por el fundador de Image Rob Liefeld, este superhéroe comenzó como una versión violenta de Superman, uno de tantos intentos de la primigenia editorial por captar a nuevos y viejos lectores. Sin embargo, tras la contratación del legendario Alan Moore como guionista, el personaje cambiaría para siempre: pasaría de ser una actualización gamberra del primer superhéroe en la primera mitad de los noventa a convertirse en un compendio de toda su historia, paralelo a historias más clásicas como Kingdom Come o Marvels. ¿Tuvo éxito Alan Moore? Echemos un vistazo a su etapa para averiguarlo.

Reinventando al personaje

Al Bardo de Northampton no le interesaba para nada la versión de Rob Liefeld, ya que la consideraba uno de los excesos surgidos al rebufo de sus propias obras y de la de otros autores como Frank Miller, pero sin la profundidad de estas. Por lo tanto, decidió librarse de este redundante personaje con una excusa bastante original: un reboot reconocido dentro del propio cómic. Supreme, tras volver de una misión espacial, se encuentra con una sorpresa: la realidad está cambiando, y él con ella. Unos seres extraños parecidos a él le rescatan de ese mundo mutado, y le llevan a otra realidad. Se trata de un limbo al que cada Supreme va cuando la realidad se reinventa, de forma periódica. Es una especie de Valhalla para estos superhéroes, sus ayudantes y sus parejas, un paraíso al que nuestro protagonista irá cuando termine su andadura.

La Ciudadela Suprema, espacio ficticio durante el que sucede el primer número, es una auténtica delicia para los aficionados al cómic de superhéroes: no solo explica los reinicios constantes que sufren los personajes de cómic, sino que muchos de los Supremes que aparecen son un guiño a tebeos ya existentes. Tenemos a un Supreme similar al Superman de la Edad de Oro, varios Supremes que adaptan las historias imaginarias de la Edad de Plata… y hasta un Supreme siniestro de los ochenta, sospechosamente similar a Marv de Sin City. Grant Morrison acusaría a Moore de plagiar su idea del limbo de los personajes olvidados que presentó en Animal Man, en unas declaraciones cuya veracidad quedará a criterio del lector. En cualquier caso, este primer número supone un gran comienzo que el guionista no hace sino superar a lo largo de la obra.

En busca de los recuerdos

Este Supreme llega a su mundo como un adulto que ya ha pasado toda su vida en él: sabe que vive entre los mortales como el dibujante de cómics Ethan Crane, que tiene poderes muy superiores a los de la mayoría… y poco más. Para superar su amnesia, tendrá que viajar a su localidad natal y hablar con sus antiguos aliados, a la vez que revisita su fortaleza celeste para echar un vistazo a su galería de villanos o descubrir qué ha sido de sus ayudantes robóticos. Este viaje nostálgico le sirve a Alan Moore para hacer un repaso de la historia de los superhéroes a través de una versión del más anciano de ellos. El hecho de que Supreme tenga una edad avanzada y trabaje en una editorial de cómics permite mantener el tono metaficcional de los primeros números: desde su origen en los años cuarenta, pasando por la decadencia durante los cincuenta y la posterior Edad de Plata, los flashbacks de esta historieta se convierten en un ensayo y una parodia de los viejos tebeos de superhéroes, reconociendo su importancia a la vez que se hace mofa de sus elementos más obsoletos. Y cada revolución o regresión del medio en la vida real tiene su explicación dentro del delirante mundo de Supreme.

Pero esta obra no se limita a homenajear éxitos pasados, sino que es en sí misma un cómic de superhéroes muy logrado, con unas aventuras que no saben a refritos sino que explotan ideas novedosas que jamás se habían visto en las colecciones originales. ¿Cómo sería una Legión de Superhéroes que no pertenezca a una época concreta, sino que incluya a personalidades de todas ellas? ¿Y si Jimmy Olsen fuera un arrogante guionista de cómics británico? ¿Qué pasa cuando Krypto el superperro está en celo? Las respuestas a estas preguntas diferencian a esta etapa de sus fuentes de inspiración, y dan pie a situaciones cómicas y dramáticas por igual. Cuando Moore quiere que nos echemos unas risas, nos reímos. Y, aunque nunca llegamos a llorar, este cómic también muestra que la vida de un superhéroe no es un camino de rosas.

A lo largo de esta etapa, se va desarrollando la mitología del personaje, presuntamente con un plan en mente. Nunca lo llegaremos a saber, ya que las circunstancias editoriales impidieron que diera una conclusión a la obra. Sin embargo, a pesar de algún cabo suelto que otro, la trama queda cerrada de un modo discreto pero adecuado. Años más tarde, Erik Larsen tomaría las riendas de la colección, pero esa es otra historia…

Conclusión

Con la ayuda de soberbios dibujantes como Rick Veitch o Chris Sprouse, Alan Moore nos recuerda que no hay personajes malos: un buen autor puede contar una gran historia con el secundario o el villano más desfasado de los años sesenta. Además de guionizar un buen cómic de superhéroes, logra sintetizar la historia de uno de los personajes ficticios más importantes e imitados del Siglo XX con una maestría que debería hacerse ruborizar a los propietarios del Hombre de Acero. Tenemos suerte de que la epopeya de Superman haya pasado, al igual que todas las grandes historias, al imaginario popular. En cierto modo, como nos demuestran los tebeos de esta índole, ya es de dominio público.



el autor

Periodista en cuarto de carrera. Redactor en en esta página y en el portal digital madridesnoticia. Creador de un blog donde publico mis proyectos.

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