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Reseña de “El almanaque de mi padre” de Jiro Taniguchi

Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

En este blog ya hemos hablado varias veces de Jiro Taniguchi. Lo hizo Adrián hablando de “Mascotas. Un paseo en compañía”. También cuando Máximo Simancas escribió sobre los mejores mangas sin anime. O cuando Alejandro Reyes habló de Garoden, su obra sobre las artes marciales. Hoy hablaremos de la que es posiblemente su obra más conocida por España, “El almanaque de mi padre“, que ha sido publicada recientamente por parte de Planeta Cómics.

Historia

La historia de El almanaque de mi padre, que es autoconclusiva, en realidad es sencilla. Al protagonista, un atareado japonés, le dicen que ha muerto su padre, al que lleva mucho sin ver. Las páginas del cómic irán pasando mientras vamos descubriendo la difícil relación e incomunicación entre padre e hijo, hasta el punto de ser casi un desconocido para el protagonista. El dibujo es un estilo peculiar que da toda la sensación de ser uno de los acercamientos a la escuela franco-belga más cercanos que ha hecho alguien de Japón: la estructura de las viñetas, las proporciones de los personajes, el equilibrio y constancia narrativa, etcétera.

Llegados aquí se podrían hacer chistes sobre el parecido de El almanaque de mi padre con tantas películas francesas intimistas, teóricamente profundas y, en la práctica, candidatas a ser usadas como instrumentos contra el insomnio. Si es así es por lo difícil que es contar una historia costumbrista e intimista sin caer en la pornografía sentimental, dando mucha vergüenza ajena al leerlo, o en una trama sin sustancia que deja al lector totalmente indiferente. Es decir, algo tan personal, costumbrista e íntimo es muy complicado de plasmar sin provocar rechazo en quien lo lee.

La contención

Jiro Taniguchi tira de contención. En las expresiones de los personajes, en los diálogos, en las conversaciones informales, en el ritmo. No trata a lector de El almanaque de mi padre con impaciencia o durmiéndole. Se parte de la situación emocional inicial y básica (el protagonista sabe de la muerte de su padre, con el que tiene un problema de incomunicación) y poco a poco, con pequeñas conversaciones claras, sencillas y sin nada rebuscado, se va desplegando la complejidad de las relaciones padre-hijo. Es un gran mérito del autor conseguir que el ritmo de narración sea de gota a gota, construyendo constantemente sobre lo ya dicho y consiguiendo que nos interese una historia de un señor japonés al que se le muere su padre.

Y, quizás, que El almanaque de mi padre sea la obra quizás más conocida del autor se debe a esto último. El manga habla de costumbres japonesas, de los matrimonios concertados y sus trámites tradicionales, del ya conocido machismo en relación al funcionamiento de los divorcios o de su muy diferente modo de expresarse emocionalmente. Pero, aún y con eso, es fácil ponerse en lugar del protagonista. Es sencillo, como la narración, entender los sentimientos de rechazo, frialdad y querer olvidar a tu propio padre. Es fácil caer en ese alejamiento emocional cuando el padre ha sido el habitual caso de persona absorbida por el trabajo.

El estreñimiento mental

El recorrido de la historia nos lleva a una posible explicación contada desde varios puntos de vista sobre el porqué el padre vivía para el trabajo. Y es que hay un tipo de hombre que ha sido históricamente así. Es decir, hombres que la complejidad emocional de la vida normal les supera, hombres que no saben o no han aprendido a identificar lo que sienten y que les cuesta hablar de lo que les molesta, los que les hace soñar o de lo que les gustaría hablar para desahogarse. En demasiadas ocasiones es la madre de uno la que hace de paños de lágrimas, otras veces una amiga íntima. Todo ese “estreñimiento mental”, por llamarlo de algún modo, está expuesto y desarrollado en el manga. Es algo que me temo que es típicamente masculino, y más universal de lo esperable.

Siendo como es el principal foco del manga se trata con conversaciones nada peliculeras ni impostadas y que si brillan es por su naturalidad. Son todas muy creíbles, incluídas las meteduras de pata, la cortesía tensa entre gente que no se lleva bien o las muy diferentes formas de pensar y expresarse de las diferentes personas que pasan por la historia. Es sencillamente increíble cómo todo rezuma naturalidad y credibilidad, incluso si fuera un retrato de la vida personal tal cual del autor plasmarlo de este modo es complicadísimo. Pero el resultado es maravilloso, de nuevo, por su constante contención emocional, que va en consonancia con la propia contención emocional del protagonista y de su padre.

Conclusiones

Al final el autor de El almanaque de mi padre es amable y da una solución esperanzadora a la historia. Los recuerdos de la infancia y la juventud se desmuestran incompletos o procesados con emociones intensas propias de épocas de la vida en que no tenemos precisamente estabilidad emocional. Muchas veces tenemos directamente recuerdos falsos que nos hacen emborracharnos durante años con pasados que nunca existieron. A través de las conversaciones con familiares, conocidos y amigos vamos completando los huecos en nuestra historia. Y a encontrarle un sentido que encaja con lo que somos nosotros como adultos: al fin y al cabo heredamos unas cuantas cosas de nuestros padres. Una vez siendo adulto y encajando lo que no sabía el protagonista se reconcilia con su padre, es decir, con él mismo.

Entiende de donde vino su obsesión con el trabajo, conoce el inmenso amor que le tenía y que quizás no supo o no pudo expresarle. Y entiende algo que tiene que terminar entendiendo toda persona adulta: hay cosas que sólo aprendes por ti mismo, cosas que solo pueden aprenderse al llegar a determinadas edades y a determinados hitos. Cosas que no se aprenden leyendo, ni escuchándolas. La reconciliación con tus orígenes, con tu familia solo sucede, también, con determinadas cosas alineándose. Quizás no siempre es posible. Puede ser. Y es tristísimo, marca para mal a quien no puede. Pero en El almanaque de mi padre Taniguchi acaba reconciliando al protagonista con sus seres queridos a los que quizás no entendió siendo más jóven. Deja abierta la puerta a la esperanza y a la paz mental. Y, en estos tiempos actuales, con tanta incertidumbre tras tanto caos consecutivo, es más que necesario.

Sed felices.

Raúl Sánchez
Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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