¿Te suena esta melodía? Sí, es de la BSO del Exorcista, y pertenece a Tubular Bells, una de las mágicas creaciones de Mike Oldfield. Un portento musical, creador de atmósferas y melodías oníricas.
Mike Oldfield es un señor inglés que lleva toda su vida componiendo. En la wikipedia o su página en español puedes encontrar mucha información sobre él, así que yo sólo voy a hablar de lo que me interesa. Tres de sus discos que me vuelven loco. En el título de cada disco está el enlace para que escuches la versión con mejor calidad que he encontrado.
3. Ommadawn (1975): es su obra más elaborada y más cuidada musicalmente, bajo mi punto de vista. Después de varios años en los top charts, Oldfield publica un disco ecléctico, con múltiples influencias. Tiene algunos puntos celtas, acercándose a lo que sería después Voyager. Las atmósferas que convoca son, como nos tiene acostumbrados, ilusiorias y llenas de apelaciones sensoriales. Igual que el Hergest Ridge y Tubular Bells, es un disco dividido en dos, Parte 1 y Parte 2.
Mi sección favorita aquí es la llamada “tormenta eléctrica”: 65 guitarras eléctricas dobles, tocadas y grabadas a la vez, al comienzo de la Parte 2. Toda la parte dos, de hecho, es bastante espectacular. Al final de ésta se incluye el que se dice es el mejor solo de guitarra de la carrera musical de Oldfield. Y para cerrar, un tema vocal cantado por él mismo: On horseback (que personalmente considero un poco ñoño).
2. Hergest Ridge (1974): fue la segunda obra de Mike Oldfield, y no se queda atrás en espíritu y calidad. Se dice de este disco que es más rural y bucólico, mientras que el Tubular Bells fue más urbano y rock
ero. Me parece una acertada descripción, incluso la portada concuerda. A pesar de esto, es un disco tremendamente potente. Cuando lo pongo, siempre espero anhelante que llegue lo que yo llamo la “tormenta de guitarras”, similar a la “tormenta eléctrica” de Ommadawn. Aquí empieza en el minuto 9.42 de la Parte 2. Una cascada de distorsión, construida por un número indeterminado de guitarras tocadas a la vez (se dice que 96) nos lleva a una cúspide auditiva violenta y placentera a la vez. De mis momentos favoritos en la historia de la música. El disco vale la pena sólo por eso, aunque tiene muchas cosas disfrutables más.
1. Tubular Bells (1973): Si conoces algo de Oldfield, seguramente sea esto. Y no es ilógico, pues para mí, y muchos, es su obra cumbre. No pierde vigencia, a pesar de que hayan pasado más de 40 años desde su publicación. Es un disco que le ponía los pelos de punta a mi padre, y me los pone a mí. Y espero que también a mis hijos, si algún día los tengo.
Tubular Bells fue la primera obra de Oldfield, y el salto a la fama no sólo suyo sino de la disquera con que grabó, Virgin Records. Porque es un hecho fundamental en la historia de las discográficas: Richard Branson decidió que el primer disco de la compañía que acababa de fundar, Virgin Records, y que se convertiría en lo que todos sabemos que es hoy, sería el Tubular Bells. Y acertó: estuvo en las listas de más vendidos por 247 semanas, bastante impresionante para un primer disco. Incluso ocurrió la situación de que otro disco suyo lo superara en la lista, el Hergest Ridge.
He hecho un post aparte en el que describo el viaje sensorial que es la Parte 1 del Tubular Bells. Es increíble, no me canso, cada vez que lo pongo me descubro emocionado y con un ansia que no me cabe en el pecho. Léelo si quieres acompañarme y contarme después cómo ha sido para ti.
Mi sección favorita de la Parte 2: 8.48-11.46: empieza una guitarra distorsionada estridente, con un ritmo un poco atrasado, que encaja muy bien con su fondo, y recuerda perfectamente a cualquier fiordo gallego o escocés, con las olas rompiendo en las rocas oscuras y las nubes pesadas y eléctricas confundiéndose con el horizonte del mar gris. Final digno de Braveheart.

¡A qué esperas! Búscate unos buenos altavoces o auriculares, sube el volumen al máximo, olvídate de lo que digan tus vecinos, y sumérgete en una experiencia sensorial que entrea por los oídos y se transmite a toda la extensión de tu sistema nervioso.




Las reglas de
Sakamoto conoce a éste señor de casualidad, y lo pilla agachado, cagando y completamente indefenso. Entre ellos se entabla cierta amistad cuando se dan cuenta de que están abandonados a su suerte si el otro no regresa, aun así se resisten al principio ¿quien no? por la naturaleza desconfiada del ser humano.
Aquí todos pierden la cabeza en algún momento y se dejan llevar por sus más básicos instintos. Incluso Sakamoto duda de su integridad moral en un momento en que la chica está insconsiente en el suelo. Piensa ¿si le hago algo ahora no se va a defender? Sí, tenemos que reconocer que todos podemos tener pensamientos así de retorcidos. La diferencia está en llevarlos a cabo o no.

Earl Hickey es un ladronzuelo de poca monta al que le toca la lotería e inmediatamente un coche lo atropella. Con el billete premiado perdido y en la cama del hospital, escucha en la televisión hablar sobre el karma y se plantea si su mala suerte es consecuencia de sus malas acciones. Por lo tanto, Earl decide hacer una lista con todas las cosas malas que ha hecho en su vida para enmendarlas e intentar ser mejor persona. De esta forma no sólo recupera el billete de lotería, sino que poco a poco va encauzando su vida.
Como todo protagonista, Jason Lee encarna a Earl con una naturalidad que, si no fuera por su pasado cinematográfico, podríamos creer que el tipo es así día a día. Se conoce que se negó un par de veces a protagonizar la serie, pero cuando conoció a Greg García, el creador de la sitcom, se unió al proyecto. A Ethan Suplee le sucede lo mismo en el pellejo de Randy. De hecho, la inocencia que rezuma contrasta, y mucho, con otros papeles suyos (American Story X). No deberíamos olvidar la labor de Eddie Steeples en la ese disfraz que es Darnell Turner alias Hombre Cangrejo, que irradia felicidad y buen rollo y, desde luego, la estrella de la serie: Joy Turner. Ex de Earl y mujer del Hombre Cangrejo, Jamie Pressly fue una conejita de Playboy que borda a la perfección a esta choni de parque de caravanas con muy mala uva, dudoso sentido de la moda y a cargo de dos hijos.
La serie plantea de inicio una interpretación simplista de lo que es el karma (que en su momento lleva a algún chite que otro) debido al filtrado del concepto en la mente de Earl. Alejándose de complejidades, Earl abraza al karma como a una deidad, a la que se dirige en muchas ocasiones. Al seguir esa filosofía de “haz cosas buenas y te pasarán cosas buenas”, esa dinámica de “acción-reacción” son el motor de vida para el nuevo Earl. Incluso, poco a poco, va motivando al resto a preguntarse si no sería mejor seguir la nueva filosofía de vida que lleva Earl.



