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‘Citizen Vigilante’ (2026): Uwe Boll ha vuelto (y eso nunca es una buena noticia)

Había una ligera esperanza (impulsada por un tráiler que no era malo del todo) de que el retiro parcial de Uwe Boll del cine le hubiera servido para reflexionar. Tal vez para aprender a encuadrar, dirigir a actores, o quizás para entender cómo funciona la narrativa audiovisual básica y leerse algún libro sobre ‘Como dirigir para novatos’. Spoilers: no ha aprendido nada. ‘Citizen Vigilante’ llega para recordarnos que el título del ‘peor director del mundo’ no se regala; hay que lucharlo, mantenerlo y defenderlo a base de auténticos atentados cinematográficos (o puñetazos en un ring de boxeo). Y Uwe sigue firme en el trono y dudo que nadie se lo arrebate, ni si quiera en la productora Asylum.

Si esperabas secuencias de acción mínimamente bien rodadas o coreografías que quiten el hipo, esta no es tu película. Nada está bien aquí, cosa que no debería sorprender, pero el director teutón siempre lo consigue con su mal hacer.

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La trama es simplona: Un hombre anónimo y misterioso se toma la justicia por su mano, eliminando a criminales y delincuentes sin contemplaciones. Su cruzada le convierte en una estrella de las redes sociales, pero le enfrenta a su perseguidor, el jefe de la policía local.

La forma de contar esta historia no es que sea mala; es que es francamente nefasta. Tiene un esquema torpe, plano y perezoso que parece escrito por un niño de parvulario. No hay arco de personajes, no hay transición lógica de escenas, solo una sucesión de secuencias inconexas unidas por el capricho de un director que confunde ‘provocar’ con ‘saber dirigir’.

En medio de este desastre nos encontramos a un Armie Hammer absolutamente desorientado que habría preferido seguir sin trabajar en el cine antes de meterse en este proyecto. Si ‘Citizen Vigilante’ era su billete de vuelta a Hollywood, se ha equivocado de tren por completo. Hammer está desatado en la sobreactuación, deambula más perdido que un pulpo en un garaje, poniendo caras de intensidad forzada porque, seamos sinceros, nadie sabría qué hacer con un guion tan sumamente malo. Le dan líneas de diálogo tan absurdas y vacías que ni el actor más galardonado podría defenderlas sin parecer una caricatura de sí mismo.

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EN CF: ¿TE GUSTA EL CINE MEDIOCRE? ÉCHALE UN VISTAZO A NUESTRAS ‘RESEÑAS BASURA’.


Lo siento por el intérprete, ya que demostró saber hacer bien su trabajo antes de su caída en desgracia y aquí se nota que Uwe Boll sabe de dirección de actores lo que yo sé de física cuántica.

Más allá de la evidente torpeza técnica y el espectáculo cómico involuntario que supone ver una película de Uwe Boll, ‘Citizen Vigilante’ cruza una línea que deja de ser divertida.

Boll coge el subgénero del ‘justiciero urbano’ al estilo ‘Venganza’ de Liam Neeson y, en lugar de aportar un mínimo de matiz, sátira o crítica social, se tira de cabeza al discurso extremista y xenófobo más simplista. La película no reflexiona sobre la justicia ni sobre la corrupción: reduce problemas sociales complejos a un panfleto de odio peligroso, presentado de la forma más visceral y chabacana posible.

Esta historia se podía haber contado mejor si el guion hubiese caído en manos de alguien capaz de coordinar sus neuronas (o si las tuviese). Boll convierte una premisa que podría haber sido interesante en un espectáculo bochornoso (como todo lo que hace este cineasta).

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Conclusión

‘Citizen Vigilante’ es mala como cine y preocupante como mensaje. Uwe Boll se ha agarrado a lanzar un discurso peligroso para conseguir desesperadamente atraer público a las salas de cine. Ni así la gente se acerca a ver una película de este cineasta.

Si te gusta el cine basura para reírte un rato con amigos, ten cuidado: aquí la cutrez técnica viene acompañada de un tufo extremista que no hace ni pizca de gracia. Uwe Boll sigue siendo el rey de lo insufrible y ni radicalizarse, ni que Elon Musk ponga de forma gratuita su película en Twitter va a conseguir darle reconocimiento.

Resumiendo, ni con un palo, ni sobrio hay que acercarse a esto. Si ya nos quejamos que Paul W.S. Anderson y Zack Snyder van en caída libre, Uwe Boll está a medio metro de estamparse contra el suelo.

Aquí os dejo lo mejor de ‘Citizen Vigilante’, su tráiler:

Un saludo y sed felices.

Tráiler de Clayface en español

Si hace unos años alguien me hubiera dicho que una de las películas de DC que más ganas iba a tener de ver sería Clayface, me habría reído bastante. Tráiler de Clayface en español.

Porque Clayface siempre ha sido ese villano que «daba grima» en los cómics, en Batman: The Animated Series o en los videojuegos de Arkham, pero que parecía imposible de llevar al cine sin que pareciera un montón de plastilina con mala leche. Pues me trago mis palabras

El nuevo tráiler, publicado hoy también en español, deja claro que James Gunn y DC Studios no quieren hacer otra película de superhéroes. Quieren hacer una película de terror corporal. Y eso cambia completamente las reglas del juego.

La transformación recuerda mucho más a La mosca de David Cronenberg que a cualquier película reciente de cómics.

DC lleva décadas demostrando que sus mejores historias aparecen cuando deja que cada personaje tenga su propia personalidad. Joker era un drama psicológico. The Batman funcionaba como un thriller detectivesco. Ahora Clayface apuesta directamente por el horror.

La película adapta esa idea desde una perspectiva distinta. Mike Flanagan escribió la historia original y James Watkins dirige una propuesta que mezcla tragedia, ciencia ficción y terror, con Tom Rhys Harries como protagonista. Todo apunta a que será una de las películas más diferentes y aterradoras del nuevo DCU.

Un saludo y sed felices.

Tráiler Final de Spider-Man Brand New Day en español

Ya está aquí, ya tenemos el tráiler Final de Spider-Man Brand New Day.

Voy a decir una cosa que, hace unos años, habría sonado a locura.

Después de No Way Home, no tenía nada claro que otra película de Spider-Man pudiera volver a sorprenderme. Tres Spider-Man, villanos de medio siglo de historia, nostalgia a paladas, y parecía imposible superar esto.

Pues llega el tráiler final de Spider-Man: Brand New Day y resulta que la clave no era hacer la película más grande.

Era hacerla más cercana.

El avance, publicado hoy por Sony y Marvel, recupera a un Peter Parker completamente solo después del hechizo de No Way Home. Nadie recuerda quién es, ya no tiene a Tony Stark para echarle un cable ni una red de seguridad detrás. Es, por fin, el Spider-Man de barrio que tantos lectores llevaban años esperando ver en el cine.

Pero que nadie se equivoque. Que sea un héroe de barrio no significa que vaya a tener una semana tranquila.

Es la sensación de que Peter vuelve a estar donde mejor funciona, intentando llegar vivo al final del día mientras salva Nueva York y, de paso, intenta que el alquiler no le arruine la existencia. Ese siempre ha sido el auténtico superpoder de Spider-Man. No lanzar telarañas. Seguir adelante cuando todo sale mal.

Os dejamos el tráiler en español.

Un saludo y sed felices.

“Diez años en Hawkins”: el reparto de Stranger Things mira 10 años atrás.

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Bienvenidos a Las cosas que nos hacen felices. Hoy, en plena ola de calor, me he puesto nostálgico. En el verano de 2016, cuando Netflix todavía estaba consolidando su poder en el streaming, un grupo de críos en bicicleta se asomó a la pantalla y convirtió Hawkins en un lugar tan real como cualquier pueblo de nuestra memoria.

Diez años después, con la serie ya cerrada desde la Nochevieja de 2025 y convertida en fenómeno pop global, el reparto se ha sentado frente a la cámara para hacer algo más difícil que derrotar a Vecna: Mirar atrás y explicarnos una década de sus vidas.

Diez años en Hawkins

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Un álbum de recuerdos en movimiento

El vídeo del 10º aniversario funciona como un auténtico álbum familiar: Polaroids, fotos de rodaje, miradas cómplices entre actores que llevan media vida juntos y sobre todo, la sensación de que cada imagen encierra una primera vez.

Primera audición, primer rodaje nocturno, primera convención con fans, primer miedo real camuflado bajo el diseño de un monstruo salido del «Otro Lado».

Netflix sabe explotar la nostalgia y acompaña este ejercicio de memoria con gestos como la edición especial “VHS” de la primera temporada, pensada para recrear la experiencia de alquilar una cinta de videoclub ochentero, con grano, interferencias e incluso imperfecciones simuladas.

Sin embargo, lo que emociona del vídeo no es el envoltorio retro, sino la sinceridad con la que el reparto se apropia de esa nostalgia y la convierte en algo genuinamente suyo.

Los niños que crecieron ante nuestros ojos

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En estos diez años hemos visto crecer a Once, Mike, Dustin, Lucas, Will y compañía prácticamente delante de nuestros ojos, y el vídeo lo subraya sin pudor.

Millie Bobby Brown, Finn Wolfhard, Noah Schnapp, Gaten Matarazzo, Caleb McLaughlin y Sadie Sink ya no son las promesas infantiles que descubrimos en 2016, sino adultos jóvenes que hablan de la serie como “la etapa” que definirá siempre sus carreras.

Resulta revelador escucharles contar que Stranger Things no solo les dio trabajo y fama, sino una especie de familia alternativa que se formó entre rodajes, aeropuertos, ruedas de prensa y convenciones.

Entre anécdotas de cumpleaños celebrados en el set, bromas pesadas y escenas que hubo que repetir agotados a las tres de la mañana, asoma también el vértigo de cerrar una década condensada en unas cuantas fotos y un vídeo conmemorativo.

Para quienes hemos crecido con ellos (o hemos visto crecer a nuestros hijos mientras seguíamos la serie), cada plano tiene un eco personal difícil de esquivar.

Winona Ryder y David Harbour: Las anclas emocionales

Si los jóvenes encarnan el descubrimiento, Winona Ryder y David Harbour representan la perspectiva del adulto que mira atrás y se reconoce en el viaje.

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Ella personifica el regreso definitivo de una estrella icónica que encontró en Hawkins un hogar creativo después de una etapa complicada, mientras que él ha reivindicado en varias ocasiones que la serie supuso un punto de inflexión en su vida, dentro y fuera de la pantalla.

En el aniversario, sus intervenciones aportan un tono sereno y casi confesional, como si ayudaran a los más jóvenes a entender la dimensión de lo que han vivido.

Mientras el reparto adolescente recuerda bromas y rodajes agotadores, Winona Ryder y David Harbour se detienen en algo más intangible:

La sensación de haber participado en una obra que ha marcado a una generación de espectadores y ha redefinido el papel de las series en el nuevo ecosistema audiovisual.

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Lo que fue de ellos (y lo que será)

La década de Stranger Things no se entiende solo mirando hacia atrás, sino también observando cómo se ha proyectado el reparto, una vez finalizada la serie.

Finn Wolfhard (Mike) ha alternado la serie con proyectos de cine independiente y música; Sadie Sink (Max) se ha consolidado como rostro habitual en campañas de moda y películas de prestigio; Gaten Matarazzo (Dustin) ha pisado los escenarios teatrales y Noah Schnapp (Will) ha utilizado la visibilidad que le da la serie para hablar de su identidad sin tapujos.

Eso sin hablar de Millie Bobby Brown (Once), que está teniendo una carrera meteórica.

No obstante, el vídeo no es un catálogo de logros, sino algo más íntimo: La constatación de que, hagan lo que hagan en el futuro, siempre se les preguntará por Hawkins.

Ellos parecen asumirlo con cierta tranquilidad: Stranger Things es la raíz a la que siempre volverán, el lugar donde aprendieron el oficio, hicieron amigos y descubrieron cómo manejar la carga (a veces amable, a veces pesada) de ser iconos de una generación.

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Hawkins como lugar de memoria compartida

Diez años después del estreno, muchos análisis señalan a Stranger Things como la serie que consolidó el pegarse una maratón de capítulos, reforzó el dominio de Netflix y convirtió la nostalgia en estrategia industrial.

El vídeo del aniversario añade una capa más: Convierte Hawkins en un auténtico lugar de memoria, no solo para quienes estuvieron delante de la cámara, sino para quienes la seguimos desde el sofá. En mi caso, vimos la serie entera mi mujer, mis hijas y yo.

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Un inciso para que podáis ver todos nuestros artículos sobre Stranger Things AQUÍ.

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Cuando el reparto hojea sus fotos de rodaje, no solo repasa una historia laboral, sino una década vital que coincide con nuestras propias biografías: Años en los que cambiamos de trabajo, de ciudad, de prioridades familiares, mientras esperábamos la siguiente temporada.

Tal vez por eso, al terminar el vídeo, uno siente que se despide de algo más que de una serie. Nos despedimos de una etapa de nuestra propia vida, de esos veranos y Navidades en que volver a Hawkins era una forma de recordar quiénes fuimos y con quién queríamos seguir estando.

Os dejo el vídeo justo aquí debajo:

Quizá ahí resida, al final, la verdadera fuerza de Stranger Things:

En haber transformado un relato fantástico de niños contra monstruos en un recuerdo compartido que nos acompaña, diez años después, como esas fotos ligeramente desenfocadas que guardamos en una caja y que, cuando volvemos a mirar …

¡Nos hacen realmente Felices!

¿Buscando un noir de verdad? ‘Harry Hole’ es la joya de Netflix que se te está escapando

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Hay series que llegan a las plataformas, hacen un ruido atronador durante una semana, y luego desaparecen en el olvido del catálogo. Y luego están las que se cuecen a fuego lento, las que generan debates interminables en redes sociales y de las que tus amigos te siguen hablando en las cenas meses después de su lanzamiento. Eso es exactamente lo que pasa con Harry Hole, la ambiciosa adaptación que Netflix estrenó a principios de año y que ha conseguido algo dificilísimo: poner de acuerdo a los puristas de las novelas policiacas y a los espectadores que buscaban su nuevo noir adictivo.

Darle vida al atormentado detective creado por el escritor noruego Jo Nesbø no era una tarea fácil. Estamos hablando de uno de los personajes más icónicos, autodestructivos y complejos de la literatura criminal contemporánea (véase como ejemplo El muñeco de nieve, o mejor: no la veas).  Sin embargo, la sensación generalizada que deja esta primera temporada tras reposar unos meses en la plataforma es la de estar ante una de las producciones más maduras, magnéticas y mejor ejecutadas del Nordic Noir televisivo reciente.

La trama nos traslada a un Oslo bastante sorprendente. Olvídate de la nieve, el frío y esos tonos grises; esta vez las escenas están llenas de un sol quemador donde el sudor se pega a la ropa. Un lugar donde este iracundo inspector de la policía, un lobo solitario propenso a perderse en sus propios infiernos personales, debe enfrentarse a un caso que no solo amenaza la seguridad de la ciudad, sino que conecta de forma muy peligrosa con sus propias heridas abiertas.

Si todavía formas parte del pequeño porcentaje que la tiene acumulando polvo en su lista de pendientes, te dejo este análisis que es la confirmación de que estás ante una serie de visionado obligatorio.


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Harry Hole: el magnetismo de un héroe profundamente roto

Si esperas encontrar al típico detective infalible, elegante y con la respuesta perfecta para cada situación, cambia el chip ya. Harry Hole es un desastre absoluto en lo personal, un hombre que camina constantemente por el filo de la navaja, y cuyas adicciones y fantasmas son tan peligrosos como los criminales a los que persigue.

Lo fascinante del análisis de su personaje es ver cómo esta adaptación ha sabido captar esa vulnerabilidad (quizá por que el propio escritor ha colaborado codo con codo con su guion). No se busca romantizar su autodestrucción, sino mostrar la crudeza de una mente brillante atrapada en un cuerpo y una vida al límite. La interpretación del elenco principal clava esa mirada cansada, ese lenguaje corporal de quien lleva demasiado equipaje a la espalda, logrando que empatices con un tipo difícil pero sumamente íntegro cuando se trata de buscar la verdad.

Lo que verdaderamente diferencia a Harry Hole de otros detectives del género es que su genialidad para resolver crímenes no nace de un don divino, sino de su propia relación con esa oscuridad propia de asesinos. Es un hombre que comprende a los monstruos porque él mismo libra una batalla diaria contra sus propios demonios, especialmente un alcoholismo crónico que la serie retrata sin paños calientes, y que surge en los momentos más bajos de Hole para dominarlo y llevarlo a un pozo sin fondo del que no quiere salir, por que cree ciegamente que es ahí donde se merece estar.

Harry Hole

Su mente analítica funciona de manera brillante cuando está bajo presión, pero esa misma hiperactividad cerebral es la que lo empuja al abismo cuando las luces de la comisaría se apagan. No busca ser un héroe, ni siquiera busca salvarse a sí mismo; le mueve una obsesión casi enfermiza por la justicia que a menudo arrasa con su salud, su estabilidad y  también con las pocas personas que cometen el error de intentar quererlo.

Esa vulnerabilidad emocional es lo que genera una empatía brutal en el espectador. Harry Hole es humano: vemos a un tipo brillante cometiendo errores imperdonables, sufriendo resacas físicas y emocionales, y mostrando una vulnerabilidad tan real que incomoda. No sabes si admirarlo o sentir pena por él, y precisamente eso es lo que lo convierte en un personaje cercano.

La serie acierta de pleno al no maquillar sus imperfecciones; Harry es terco, es cínico y a veces resulta profundamente antipático, pero su inquebrantable brújula moral en un entorno completamente corrompido es lo que nos obliga a seguir pegados a la pantalla, deseando que, por una vez, el lobo solitario encuentre un poco de paz en mitad de la tormenta de nieve, o en este caso, en mitad de una ola de calor.

El juego del gato y el ratón: El titánico duelo entre Tobias Santelmann y Joel Kinnaman

Si hay algo que hace que esta adaptación sea tan recomendable es el brutal magnetismo que se genera en el choque entre el protagonista y su principal adversario. La serie no se conforma con poner a Harry Hole a perseguir a un villano genérico de manual; aquí asistimos a un duelo psicológico de altura, donde el antagonista funciona como un espejo invertido en el que Hole se refleja. Es una mente fría, calculadora y sumamente meticulosa que parece ir siempre tres pasos por delante, desafiando la lógica de la investigación y obligando a Harry a exprimir al máximo sus capacidades analíticas, incluso a costa de su propia cordura.

Tobias Santelmann ha sabido captar el verdadero espíritu torturado de Harry Hole, y nos deja una interpretación perfecta de un hombre acostumbrado a una vida sin esperanza. Sus ojos son capaces de trasmitir ese dolor, pero también esa fuerza que lo convierte en alguien peligroso, sobre todo para los criminales. Su obsesión por el deber cruza todos los límites de lo salubre, y Santelmann es capaz de llevar ese peso con total solvencia.

El actor se despoja de cualquier vanidad para ofrecernos a un hombre desgastado, con una verdad y una pesadez en la mirada que traspasa la pantalla. Su interpretación física, arrastrando el cansancio y el calor asfixiante de Oslo, es magistral. Un rostro que no necesita hablar para decirlo todo.

Y enfrentado a él tenemos a Joel Kinnaman en la piel del retorcido y carismático Tom Waaler que no se queda atrás, para nada. Kinnaman despliega una presencia imponente y una contención gélida que choca de frente con la naturaleza caótica de Santelmann. Su control, su pulcritud casi enfermiza, y la falta de respeto por los valores éticos, lo convierten en el antagonista ideal para Harry Hole. Pero, como dice el refrán: los opuestos se atraen. Y ambos personajes acaban buscándose, atraídos por el carisma del otro.

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Ver cómo se miden las distancias, cómo se estudian mutuamente y cómo Waaler aprovecha cada grieta emocional y cada flaqueza de Hole para desestabilizarlo es pura adrenalina. No hay grandes persecuciones ni tiroteos hollywoodienses; la verdadera acción se libra en los silencios, en las miradas y en una guerra psicológica subterránea que ambos actores sostienen con un listón interpretativo altísimo, manteniéndote con el corazón en un puño en cada secuencia que comparten.

El ‘Nordic Noir’ bajo el sol: El acierto de una atmósfera asfixiante y luminosa

El género negro nórdico nos tiene malacostumbrados a los paisajes nevados, los abrigos largos y las noches eternas, pero esta producción rompe las reglas del juego de una manera brillante. En lugar del invierno glacial, la serie nos sumerge en un Oslo azotado por una inusual ola de calor y un sol de justicia que no da tregua. Esta decisión estética es un puñetazo sobre la mesa que cambia por completo la atmósfera: la luz cruda del verano noruego no oculta los secretos en las sombras, sino que los expone de forma implacable bajo una claridad casi enfermiza.

Ese contraste entre el calor asfixiante, el sudor y la luminosidad constante genera una sensación de agobio y malestar que funciona como un tiro a nivel narrativo. Los callejones y la arquitectura minimalista de la capital ya no resultan fríos, sino polvorientos, pesados y opresivos, convirtiendo el verano en un personaje hostil más. Ver a los protagonistas atrapados en una investigación criminal mientras la ciudad entera parece derretirse añade una capa de incomodidad física que se transmite al espectador a través de la pantalla, demostrando que para crear tensión de la buena no siempre hace falta una tormenta de nieve, ni un paisaje grisáceo.

Un rompecabezas narrativo que respeta al espectador

A nivel de guion, el análisis de la estructura de la temporada desvela un trabajo impecable. En lugar de acelerar los acontecimientos para buscar el impacto fácil o el giro de guion tramposo al final de cada episodio, la historia se despliega con una paciencia admirable. Se toma el tiempo necesario para presentar las subtramas, sembrar las pistas y desarrollar las dinámicas entre el cuerpo policial y los sospechosos.

Esta madurez narrativa se agradece enormemente. La serie confía en la inteligencia de su audiencia, permitiendo que unamos las piezas del puzle a la vez que los protagonistas. Los hilos conductores se van entrelazando de forma orgánica, generando un suspense adictivo que no decae en ningún momento y que justifica por qué tanta gente se pegó el maratón completo en un solo fin de semana.

Conclusión: un buen noir con final cerrado

Meses después de su desembarco, el veredicto colectivo es rotundo: Harry Hole no es una serie más de policías y asesinos. Es una obra elegante, cruda y profundamente psicológica que entiende las reglas del género y las ejecuta con una precisión milimétrica. Ha sabido capturar el alma de la obra de Nesbø y transformarla en un producto audiovisual con identidad propia, capaz de dejar una huella duradera en el espectador.

Si estás buscando una historia que te desafíe, que te atrape por su ambientación y que te deje pensando en la dualidad de la naturaleza humana mucho después de que aparezcan los créditos finales, no busques más. Deja lo que estés haciendo, enciende la pantalla y adéntrate en el frío de Oslo. Te garantizo que la espera habrá merecido la pena.

Los colores del mal: negro (Netflix). El noir polaco repite fórmula.

La industria cinematográfica polaca se ha convertido, por méritos propios, en el ojito derecho de Netflix a la hora de proveer thrillers criminales oscuros, densos y cargados de una violencia incómoda. Tras el impacto de la primera entrega, la plataforma estrena ahora Los colores del mal: negro (Colors of Evil: Black), la esperada continuación cinematográfica que promete sumergirnos de nuevo en las cloacas de la corrupción y los secretos inconfesables de Tricity.

Con el fiscal Leopold Bilski (Jakub Gierszal) de nuevo al frente y un laberinto de mentiras que esta vez cala hasta los huesos de las instituciones, la película se presentaba como el plato fuerte del fin de semana para los amantes del suspense.

La premisa, como mandan los cánones de la saga, arranca con una energía y una garra atrapantes. Un nuevo crimen, conectado de forma sutil pero perturbadora con los pecados del pasado de la región, obliga a Bilski a tirar de una manta que muchos preferirían dejar bien estirada.

El misterio inicial nos pone sobre la mesa un hecho sumamente enigmático que te clava al asiento durante los primeros treinta minutos, prometiendo un rompecabezas psicológico adulto y asfixiante. Sin embargo, a medida que la cinta avanza y el metraje empieza a acumular minutos, la realidad se impone de forma dolorosa. Y esta segunda adaptación es la prueba definitiva de que la fórmula de la saga empieza a dar preocupantes síntomas de fatiga, repitiendo los mismos vicios que ya le conocemos a las producciones de la plataforma.

Y no deja de darnos rabia esa manía de encajar todas las producciones en una especie de plantilla automática que deja fuera esa esencia que hizo que las novelas que adapta se convirtieran en referentes para el nordic noir actual. Todo por no querer ser valientes y salirse de ese camino que valora más la estética que el alma.


Oasis (Netflix). Un espejismo de lujo, adolescentes caprichosos, y un misterio que no termina de arrancar


Los colores del mal: Negro. Una puesta en escena impecable que esconde un guion con demasiados agujeros

Si algo hay que concederle a Los colores del mal: negro, es puesta en escena. Visualmente es una película soberbia: la fotografía utiliza los tonos fríos, las luces de neón de los bajos fondos y la crudeza del paisaje polaco para crear una atmósfera sucia y asfixiante que te entra por los ojos. El director sabe perfectamente cómo rodar la tensión y cómo incomodar al espectador a través del encuadre.

El gran problema llega cuando intentas rascar esa superficie tan bien pulida. Conforme avanza el desarrollo, la historia se va desinflando a marchas forzadas. El guion empieza a mostrar una alarmante cantidad de agujeros narrativos que pasan casi inadvertidos por esa manía tan contemporánea de meter información a cascoporro.

La película te bombardea con giros de manual, sospechosos que entran y salen de la nada y subtramas mafiosas caóticas con un único objetivo: mantenerte tan aturdida con el ritmo que no te pares a pensar en lo inverosímil que se está volviendo todo.

Al final, te quedas con esa sensación de haber perdido el tiempo en algo que prometía ser mucho más de lo que ha acabado siendo. Así que, si decides verla, no pongas las expectativas muy altas con su inicio, para no decepcionarte con su final.

Los colores del mal: negro

Un reparto sólido que navega en la previsibilidad

Es una auténtica pena que el talento de su elenco se vea limitado por una trama con un guion tan encorsetado. Los actores principales defienden sus papeles con uñas y dientes; el fiscal Bilski sigue desprendiendo ese magnetismo del antihéroe cansado, obsesivo y moralmente íntegro que tan bien funciona en el nordic noir, y los secundarios que encarnan a las altas esferas corruptas de la ciudad aportan una presencia inquietante en pantalla.

Pero tener un buen plantel de personajes no sirve de nada si los reduces a meros peones mecánicos. Los sospechosos cambian de bando de la forma más previsible posible y las revelaciones clave caen del cielo en lugar de ser el fruto de una investigación policial inteligente y madura. Al faltar un desarrollo humano coherente que conecte los puntos con lógica, el suspense se transforma en un trámite rutinario.

Un desenlace ya visto que termina por aburrir

El tramo final de la película nos aboca a una resolución convencional y vista anteriormente en decenas de producciones similares de intriga criminal. Lejos de dejarte impactado, con el estómago del revés o con la mente dándole vueltas a los dilemas morales que plantea, el cierre te deja totalmente indiferente ante lo que acabas de presenciar. Imposible no preguntarse por el momento en que ese principio tan impactante cambió a esta languidez soporífera. Y lo peor, como un hecho tan terrible quedó menospreciado conforme los minutos fueron pasando.

Cuando una historia que empieza con tanta fuerza y potencial se desvía por los caminos más trillados del género, la frustración es inevitable. Los colores del mal: negro, no arriesga nada, se conforma con seguir la plantilla marcada para no generar incomodidad y conseguir gustarle a todos, y termina por ofrecer un viaje plano que, en su tramo central, acaba por aburrir soberanamente al espectador que ya estamos hartos de esta flojera y falta de determinación tan blandita.

Veredicto final: ¿Merece la pena adentrarse en la oscuridad polaca?

Solo si eres muy fan de la saga y buscas un entretenimiento ligero sin exigirle demasiada coherencia. La película funciona como un chicle visual oscuro gracias a su potente atmósfera y a la solvencia de su puesta en escena, pero como thriller inteligente se queda a medio gas. El envoltorio es de primera, pero el contenido está vacío y la fórmula, de tanto usarla, se ha roto por completo. Una secuela rutinaria que no aporta nada nuevo al catálogo.

A fin de cuentas, este regreso a las sombras polacas nos deja con la amarga sensación de que la saga ha estirado tanto el chicle en apenas dos entregas que ha terminado por perder todo su sabor original. Lo que en su día arrancó como una propuesta cruda, valiente y dispuesta a remover las conciencias del público con la sordidez de sus tramas, se ha acomodado en esta última entrega convirtiéndose en un producto predecible de consumo rápido para el fin de semana.

No es que sea una película desastrosa, pero da una rabia tremenda ver cómo una franquicia que tenía todas las papeletas para marcar un antes y un después en el suspense europeo se despide por la puerta de atrás, de forma gris y sin hacer el más mínimo ruido. Esta vez nos quedamos con un sabor de boca bastante amargo y la certeza de que, a veces, es muchísimo mejor una retirada a tiempo que arrastrar una fórmula hasta su completo agotamiento.

Un saludo, y sed felices.

Funcionarios contra capos. El peligroso juego de Tom Burke en Legends

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Esto se tiene que decir. Si hay algo por lo que felicitar al Reino Unido, es por que maneja el thriller criminal basado en hechos reales como nadie en el mundo (El testigo, La excavación, La serpiente, Chernobyl…). No necesitan artificios, ni persecuciones a lo Hollywood, ni giros de guion tramposos que insulten la inteligencia del espectador. Lo que hacen es coger las cloacas de su propia historia, añadirle un reparto en estado de gracia y cocinar una atmósfera de tensión asfixiante que te mantiene pegado al sofá.

Eso es exactamente lo que ha ocurrido con la última producción policial protagonizada por el magnético Tom Burke, Legends. Una miniserie cruda sobre la infiltración aduanera en las redes del narcotráfico que, tras unos meses desde su desembarco en las plataformas, se ha convertido en el secreto mejor guardado de los amantes del género.

La premisa nos aleja de los típicos despachos brillantes de Scotland Yard para meternos de lleno en los suburbios, los muelles, los almacenes industriales y las oficinas lúgubres de los funcionarios de aduanas del Reino Unido.

Basada en una sobrecogedora historia real que mantuvo en vilo a las autoridades británicas, la trama disecciona cómo un grupo de trabajadores, acostumbrados a la burocracia y al control rutinario de mercancías, son seleccionados y captados para una misión suicida: infiltrarse en el núcleo duro de organizaciones criminales dedicadas al tráfico de drogas a gran escala. Bandas tan peligrosas y ramificadas que tenían a la propia policía tradicional completamente desbordada y contra las cuerdas.

Si estás buscando tu próxima obsesión televisiva, y quieres huir de los productos prefabricados de siempre, te analizamos los puntos fuertes de una serie que exige ser descubierta.

Legends: el miedo real como motor dramático

Lo que hace verdaderamente adictivo Legends, es el enfoque tan realista que se le da al concepto del ‘agente encubierto’. Aquí no hay super espías entrenados para matar con un bolígrafo, sino funcionarios normales y corrientes, personas con familias, hipotecas y vidas completamente mundanas, que de la noche a la mañana se ven ‘obligados‘ a cenar con asesinos, negociar con capos de la droga y mantener una doble identidad donde un solo parpadeo en falso significa una ejecución segura.

El guion brilla al capturar esa presión psicológica constante. La atmósfera no se genera a través de tiroteos constantes, sino en los silencios incómodos, en las llamadas telefónicas cortadas a tiempo y en la paranoia destructiva que empieza a devorar a los protagonistas por dentro. El espectador comparte ese sudor frío, esa sensación de saber que el peligro no está solo en las bandas criminales, sino en la fragilidad de un sistema institucional que a menudo trata a estos hombres como piezas de ajedrez prescindibles.

El peso interpretativo de un Tom Burke descomunal

Hablemos claro: Tom Burke posee una de las presencias más magnéticas de la televisión británica actual, y en Legends, vuelve a demostrar por qué es un actor de culto. Su capacidad para interpretar a personajes herméticos, de mirada cansada y con una tormenta interior que raras veces explota hacia fuera, encaja a la perfección con las exigencias de esta historia.

Burke se convierte en el ancla dramática del relato, interpretando al responsable de la operación o al hombre que debe tomar las decisiones más oscuras cuando las cosas se tuercen en la frontera.

Legends

El actor británico se mete en la piel de Guy, un tipo corriente que pasa de revisar maletas en Heathrow a lidiar con el abismo bajo sus pies tras infiltrarse en una organización criminal, y lo hace firmando una de las actuaciones más imponentes y físicas de su carrera. Burke domina el metraje no a base de discursos grandilocuentes, sino apoyándose en una contención y una mirada pesada que transmiten a la perfección el desgaste mental de sostener una doble identidad.

Su interpretación equilibra con maestría esa doble fachada: la del hombre corriente que teme por su vida y su entorno, y la del frío operativo que descubre una inesperada y peligrosa adrenalina en el engaño. Es un recital interpretativo soberbio, lleno de matices psicológicos, que convierte la transformación de su personaje en el verdadero motor emocional de Legends.

Su actuación está arropada por un elenco de secundarios que retrata con maestría las dos caras de la moneda: la codicia desesperada de los criminales del puerto y el cansancio burocrático de una policía que se ve superada por los nuevos métodos del narcotráfico internacional. La química, o más bien la desconfianza mutua, que se respira en cada reunión clandestina eleva el listón de la serie, transformando un procedimental clásico en un drama humano de primer nivel.

Secundarios de lujo

Si bien el magnetismo de Tom Burke es el faro que guía a Legends, el verdadero triunfo coral de Legends, reside en un reparto secundario de un nivel descomunal. Aquí no hay personajes de relleno, y nombres como Hayley Squires y Jazmín Blackborow aportan una fuerza y una humanidad aplastantes en la piel de esas personas corrientes atrapadas en una red que les viene gigantesca.

A través de los ojos de Squires conoceremos el miedo y la emoción de saber que un paso en falso podría acabar con sus vidas, o con la de algún compañero y su familia. Ritchie nos presenta a un personaje en la sombra, una mujer que no tiene que exponerse directamente al peligro pero que sabe que hay vidas en sus manos.

Por su parte, la veteranía de Steve Coogan en el papel de un jefe de equipo que se mueve en terrenos pantanosos, con un equipo de aficionados que juegan a ser profesionales. El será el encargado de subir la moral en los momentos más complicados, incluso cuando él mismo tiene dudas de que todo vaya a salir según los planes.

También hay que hablar de la intensidad de Johnny Harris en un papel bastante dramático que demuestra que los malos también sufren. Ambos actores inyectan una tensión salvaje en cada escena, demostrando por qué son maestros en dominar los silencios y las miradas cargadas de peligro.

Legends

A esto se le suma el impecable trabajo de Charlotte Ritchie, Gerald Kyd, Aml Ameen y Tom Hughes, que terminan de completar un reparto para Legends, sin fisuras donde todos ellos cumplen a la perfección con el papel que el guion les ha asignado. Son ellos, con sus interpretaciones repletas de matices, los que consiguen que la asfixia de la infiltración traspase la pantalla, obligando al espectador a sufrir por el destino de cada uno de los peones de este tablero.

El sol del invierno británico y el costumbrismo criminal

Al igual que sucedía con los mejores referentes del género, Legends destaca por su impecable diseño. Olvídate de la estética glamurosa del crimen; aquí todo tiene un aroma a asfalto mojado, a café de máquina en salas de interrogatorio oscuras y a polígonos industriales grises en la periferia de Londres.

Esta fidelidad visual al entorno obrero y portuario del Reino Unido le aporta una capa de autenticidad brutal que hace que el espectador recuerde en todo momento que lo que está viendo ocurrió de verdad.

Legends avanza con un ritmo británico impecable: pausado pero implacable, donde cada pieza del rompecabezas aduanero va encajando de forma orgánica. La dirección se toma el tiempo necesario para explicar cómo se mueve el dinero, cómo se camufla la mercancía en los contenedores y cómo la corrupción es capaz de pudrir las instituciones desde la base, ofreciendo una radiografía social y criminal fascinante que va mucho más allá del simple entretenimiento de suspense.

Conclusión: Un visionado obligatorio para paladares exigentes

A estas alturas del año, con los catálogos saturados de producciones idénticas, cortadas por el mismo patrón, encontrarse con una propuesta tan sólida, sobria y honesta como esta es un auténtico regalo.

Legends respeta profundamente al espectador, que no busca el aplauso fácil y que confía plenamente en la fuerza de su historia real y en el talento de sus actores.

Si te consideras un verdadero sibarita de los thrillers de investigación y la dejaste pasar en su día, hazte un favor: búscala, dale una oportunidad este fin de semana, y prepárate para disfrutar de una de las intrigas más tensas, realistas y adictivas de la temporada televisiva. No te vas a arrepentir.

Análisis de La Casa de la Pradera (2026). Temporada 1. Netflix ofrece una mirada más realista sobre la familia Ingalls

Con sus ocho episodios, se ha estrenado en Netflix la primera temporada de La Casa de la Pradera (Little House on the Prairie), serie que, al igual que la ya clásica de 1974, se basa en las memorias de Laura Ingalls Wilder, pero de modo más fiel y dando mayor contexto histórico a la dura vida de las familias de colonos en el oeste americano.

Para quien tenga más de cincuenta, es difícil que su infancia no esté ligada a los Ingalls. La Casa de la Pradera fue una serie que, creada y protagonizada por Michael Landon (y conocida también, según países, como La Familia Ingalls, Los Colonos o La Pequeña Casa en La Pradera) fue emitida por NBC a lo largo de nueve temporadas y 204 episodios entre 1974 y 1983. Recreaba la vida de una familia de colonos sobreponiéndose a las adversidades del oeste norteamericano y se basaba en los libros que, sobre sus propias experiencias, escribió Laura Ingalls Wilder, interpretada en dicha serie por Melissa Gilbert.

Caracterizada por su tono familiar y entrañable, así como por sus carismáticos personajes, la misma fue señalada muchas veces como poco fiel al material original, al cual, decían, lavaba y edulcoraba en demasía. Un acercamiento algo más fiel mostró en cambio una segunda adaptación en formato de miniserie emitida en 2005 por la cadena ABC. Y Netflix da ahora aun un paso más con este modelo 2026 creado por Rebecca Sonnenshine (The Boys, Crónicas Vampíricas).

Las comparaciones son desde luego siempre difíciles y más aún cuando la primera adaptación es tan icónica. Lo primero para decir, no obstante, es que la nueva versión presenta una visión menos ingenua y más cruda de la vida en el oeste durante los años de la colonización, pero sin por ello perder el componente emotivo que siempre acompañó a los Ingalls, ya que por mucho que se quiera relacionarla al material original, se hacen inevitables ciertas referencias a la serie de los setenta en virtud de lo instalada que la misma ha quedado en la cultura general.

Aquella, recordemos, se caracterizaba por su carácter autoconclusivo (prácticamente regla en casi todas las de su tiempo): cada capítulo planteaba un problema que al final se resolvía y dejaba alguna moraleja constructiva sobre la resiliencia, la solidaridad y el valorar las cosas simples. Ojo, no es que esta nueva versión reniegue de todo ello, pero pone más acento en la continuidad y los problemas no siempre se resuelven o incluso pueden desembocar en dilemas éticos.

Lo Difícil de dejar atrás el Pasado

La historia básica sigue siendo la de los Ingalls migrando hacia el oeste americano y debiendo allí lidiar con todos (pero todos) los problemas que se puedan imaginar, pero mientras que en la serie clásica casi no tenían un pasado ni sabíamos demasiado del mundo o la vida que habían dejado atrás, ello está aquí presente todo el tiempo. Y el contexto histórico pasa a ocupar un lugar mucho más central, insertando la historia de los Ingalls en el marco de otras mucho más amplia que tiene que ver con los cambios políticos y sociales de la época.

No hay que olvidar que muchos de los colonos que partieron al oeste americano en busca de tierras y de labrarse una nueva vida eran familias dañadas por las penurias económicas y heridas psicológicas causadas por la guerra civil, lo cual se hace aquí patente desde el momento en que el propio Charles Ingalls (Luke Bracey) ha perdido un hermano en la misma y se siente atormentado por las visiones de su fantasma. De modo análogo, su esposa Caroline (Crosby Fitzgerald) se ve igualmente perseguida por el pasado, en su caso por la conflictiva relación con su familia de origen.

Esta nueva adaptación, además, no se ambienta en Minnesota o en la pequeña población de Walnut Grove (aunque el final de temporada parece anunciarnos que así será a partir de la segunda), sino que recala de manera especial en la previa parada que, tras dejar atrás Wisconsin, los Ingalls hacen en la población de Independence, en Kansas, adonde son atraídos por la promesa de tierras gratuitas.

Además del matrimonio, el resto de la familia nuclear está compuesta por Laura y Mary Ingalls, interpretadas respectivamente por Alice Halsey y Skywalker Hughes (sí, se llama Skywalker), siendo la primera de ambas el corazón de la serie merced a su lugar central en la historia y a una magnífica interpretación de la actriz a pesar de sus once años y de que los primeros planos la pongan a prueba constantemente.

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No suena la voz de Laura en off, como a veces sucedía en la serie original, pero es su perspectiva la que prima. Y aún no ha nacido la pequeña Carrie, aunque pronto nos enteramos que Caroline está embarazada, lo cual, desde el punto de vista cronológico, tiene sentido.

En Independence, los Ingalls entran en relación con los colonos ya instalados, lo que incluye a algunos personajes ya por nosotros conocidos y otros que no. Entre los primeros destaca especialmente el señor Edwards (Warren Christie), cuyo carácter rústico e inicialmente huraño se condice con el que en la serie original fuera interpretado por Victor French, pero es menos alegre y más bien oscuro e introspectivo, en buena medida por cargar con la pérdida completa de su familia.

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Entre los nuevos, tenemos al doctor Tann (Jocko Sims), quien tiene la particularidad de ser afroamericano. Y aunque pueda sonarnos extraño que alguien de tal etnia llegase a ser médico en ese contexto histórico y social, se trata de un personaje real, cuya presencia en la serie es coherente con lo que Laura Ingalls relata en sus memorias. Y no debe ser confundido con otro doctor también afroamericano que apareció en algún que otro episodio ya bastante avanzada la serie clásica.

Tenemos también a los James, cuyo jefe de familia Eli (Michael Hughes) es un acaudalado empresario del ferrocarril. Su esposa Jemma (Mary Holland) es una de las clásicas “damas de beneficencia” y sus hijas gemelas Romanzy y Edith (respectivamente Paisley Cadorath y Edith Jones) son las típicas “niñas bien” arrogantes y antipáticas. Llegué equivocadamente a pensar que los James fueran el equivalente de los Oleson, pero hacia el final de la temporada hay indicios de que veremos a estos últimos en la segunda.

Emily (Barrett Doss) es la encargada de la tienda local e interés romántico del doctor Tann, mientras que Caleb (Kowen Cadorath) es un joven huérfano que allí trabaja y al que ella ha acogido a su cargo pero, además y fundamentalmente, es quien en esta temporada establece una relación de amistad y atracción recíproca con Mary Ingalls.

Choque de Culturas

Como decíamos antes, es difícil quitarse la serie original de la cabeza por mucho que se busque el acercamiento a los textos originales. Hay imágenes que remiten claramente a la misma, como la carreta de los Ingalls cruzando el campo o las niñas corriendo y jugueteando con su perro. Y aunque la historia se ubique todavía algo antes, hay también momentos que remiten a aquel episodio piloto, como el acecho de los lobos (con un CGI bastante flojo, hay que decirlo) o el encuentro con los aborígenes locales.

Ese último punto merece ser destacado, pues en la serie original los mismos ya no volvían a aparecer después del inicio mientras que aquí la tribu de los Osage tiene un papel fundamental durante toda la temporada, al punto que las tierras en que los Ingalls construyen su casa se hallan en sus dominios y no hay todavía ningún arreglo del gobierno al respecto.

La coexistencia entre culturas plantea pues un dilema moral, ya que la familia ansía obtener la propiedad de la tierra, pero ello entra en conflicto y culpa con que los habitantes originarios deban marcharse y más aún considerando la amistad que Charles mantiene con el mestizo William Mitchell (Meegwun Fairbrother) o, de manera especial, Laura con la niña Águila Buena (Wren Zhawenim Gotts), hija del anterior.

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En Definitiva…

La Casa de la Pradera termina siendo, en esta nueva versión de Netflix, una prolija y eficaz adaptación, a la par que una aceptable y remozada actualización del tono de la serie clásica. Y no es que necesite recurrir a la tan frecuente inclusión compulsiva para amoldarse a los tiempos, pues la propia serie original era ya de por sí bastante inclusiva en el tratamiento de temas como el racismo, el bullying o la discriminación. La diferencia, en todo caso, es que aquí persigue más la reflexión que la moraleja y está menos marcado el discurso cristiano que caracterizaba a aquella.

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Y si bien la vida de los colonos es mostrada de manera mucho más realista, ello se equilibra con momentos de nostalgia que, muy bien dosificados, no terminan por devorarse a la serie ni quitarle su carácter de propuesta nueva.

La fotografía es bellamente correcta y captura a la perfección los paisajes rurales que hacen de marco a la historia, en tanto que las actuaciones del elenco se sostienen de manera solvente, muy especialmente la ya mencionada Alice Haisley en el papel de Laura, pero también hay que destacar los buenos desempeños de los actores adolescentes Skywalker Hughes y Kowen Cadorath, o de los adultos Crosby Fitzgerald y Jocko Sims.

Pero, por sobre todo, La Casa de la Pradera consigue emocionar y sería impensable otra cosa en una serie sobre la familia Ingalls. No podemos aún decir si hará historia como la original o los personajes acabarán alcanzando un carisma comparable, pero esta primera temporada constituye un comienzo más que aceptable y nos deja con ganas de la siguiente, sobre todo ahora que la historia comenzará a rozarse más con la que ya conocemos. Y, dado el aparente éxito de la serie en la plataforma, es de creer que la habrá…

Vale la pena darle un vistazo y, si eres joven y nunca has oído hablar de los Ingalls o solo te han llegado por mención de tus padres, puedes igualmente entrar sin problemas pues la nostalgia, aunque presente, no es requisito esencial para el visionado.

Hasta la próxima y sean felices…

Tráiler de Vengadores: Doomsday en español

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El Tráiler de Vengadores: Doomsday ya está aquí, y creo que engancha.

Estoy contento, no porque el tráiler enseñe explosiones. De esas Marvel va sobrada. Estoy contento porque vuelve a transmitir una sensación que llevaba tiempo perdida, la de que estamos ante un acontecimiento.

El gran protagonista del avance es, sin discusión, el Doctor Doom. Ver a Robert Downey Jr. regresar al Universo Marvel, pero convertido ahora en Victor Von Doom, resulta tan extraño como fascinante. Ojo, que no le vemos la cara, pero sabemos que detrás de la máscara está este actor ganador del Oscar. Durante años fue Iron Man. Ahora será el hombre que puede poner de rodillas a todos los héroes de Marvel. Solo esa idea ya vale una entrada de cine.

Pero el tráiler guarda más ases bajo la manga.

Los Cuatro Fantásticos, los X-Men clásicos, Thor, los Nuevos Vengadores, Wakanda… todo apunta a una película gigantesca donde varias generaciones de personajes compartirán pantalla. Sobre el papel suena a locura. En imágenes, también. Pero de las buenas.

Lo curioso es que Doctor Doom no necesita presentación para los lectores de cómics. Desde su primera aparición en Fantastic Four #5, en 1962, se ha convertido en uno de los grandes villanos de Marvel. Un personaje que ha protagonizado algunas de las mejores historias de la editorial, como la inolvidable Secret Wars de Jonathan Hickman, una de las grandes inspiraciones de esta nueva etapa del Universo Cinematográfico de Marvel.

Y sí, Doom ya pasó por el cine. Varias veces. El problema es que ninguna consiguió capturar la grandeza del personaje. Da la sensación de que Marvel ha decidido que ya era hora de hacer justicia al dictador de Latveria.

Los hermanos Russo también regresan a la dirección, y eso se nota en el tono del avance. Hay menos chiste fácil y más sensación de amenaza. Más Infinity War que Thor: Love and Thunder. Y, sinceramente, creo que era exactamente lo que necesitaba el UCM después de unos años bastante irregulares.

¿Será la película que devuelva a Marvel a lo más alto?

Un saludo.

Reseña de Escape (2026). Un trepidante cómic bélico que profundiza en los dilemas morales de la guerra

Hay cómics bélicos que hablan de la guerra y otros que hablan de las personas atrapadas dentro de ella. Escape, el último trabajo de Rick Remender que Norma Editorial acaba de publicar en España, pertenece claramente al segundo grupo. El guionista (con Daniel Acuña en el dibujo) construye una historia que, bajo la apariencia de un relato de supervivencia tras las líneas enemigas, termina convirtiéndose en una reflexión sobre la culpa, la responsabilidad y el precio de las decisiones tomadas en mitad del caos.

El resumen de la editorial de la obra es el siguiente: Escape es un duro viaje a través de la bruma de las consecuencias de la guerra. Un relato sobre la violencia que ejercemos, las almas que intentamos salvar y el coraje necesario para atravesar las llamas. Milton Shaw es un experimentado piloto de aviones bombarderos en una guerra contra un imperio despiadado. Cuando su avión es alcanzado, Milton se ve obligado a saltar en paracaídas, quedando atrapado en territorio enemigo: una ciudad en ruinas que él contribuyó en destruir. Herido, desarmado y perseguido por calles enemigas, la única oportunidad de escapar que tiene Milton son un padre y su hijo, civiles víctimas del régimen fascista que gobierna su país con mano dura. Juntos deberán escapar antes de que la guerra acabe con todo… y con todos.

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El protagonista, Milton Shaw, es un piloto de bombardero derribado sobre una ciudad que él mismo ha contribuido a destruir, una premisa tan simple como poderosa que marca el tono de toda la obra.

Lo primero que llama la atención es que Remender evita el heroísmo fácil. Si en muchas películas bélicas el soldado derribado se convierte automáticamente en un héroe al que apoyar sin fisuras, aquí sucede justo lo contrario. Todo parte de una pregunta que todos nos hemos hecho mil veces ¿El fin justifica los medios? Milton es un hombre cargado de contradicciones. Es consciente de las consecuencias de sus actos, de las miles de muertes que ha causado por lo que el entiende que es una causa justa. Así se produce una sensación de incomodidad moral que atraviesa todo el relato y le da una profundidad emocional poco habitual dentro del género.

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El autor vuelve a trabajar con personajes emocionalmente heridos, una constante en obras como Ciencia Oscura, Clase Letal o LOW. Y estamos ante una obra con un gran, enorme más bien, contenido político. Esto es algo muy habitual en las obras de Remender, un guionista con una fuerte ideología progresista que siempre plasma en sus obras, Pero aquí va un paso más allá.

La historia está ambientada en un mundo ficticio en el que los protagonistas son animales antropomórficos, pero al igual que pasaba en la sublime Maus, tampoco hace falta ser muy listo para ver que nos están contando.

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La obra toma elementos clásicos del cine y el cómic de guerra para darles una nueva lectura. Hay ecos de relatos ambientados en la Segunda Guerra Mundial, pero Remender utiliza ese contexto para hablar de cuestiones universales: la deshumanización del enemigo, la supervivencia y el coste moral de la violencia y cómo es posible que la gente permita llegar al gobierno a unos monstruos. Quien busque un cómic bélico al uso puede ir olvidándose del tema. Si, la acción es una premisa constante, pero la forma de disfrutar plenamente de esta obra es cuando se lee con calma y se reflexiona sobre lo que realmente está contando. Se me hace complicado pensar que en las situaciones narradas los personajes pudieran tener conversaciones tan profundas como las que vemos, pero es que Remender busca ir más allá de la típica narración bélica y está es su manera de lograrlo.

La narración es ágil, intercalando esas partes más expositivas con escenas de acción muy logradas que están perfectamente integradas en el desarrollo dramático. Y cada escena de peligro tiene consecuencias reales. La tensión funciona porque el lector entiende que nadie está completamente a salvo y que la guerra no distingue entre soldados y civiles. Mención especial merece el primer capítulo, que parece sacado directamente de la serie Los Amos del Aire y en el que se nos muestra sin ninguna concesión y con un ritmo infernal como se destruye el bombardero de Milton.

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Pero si el guion es sólido, el apartado gráfico es sencillamente espectacular. Daniel Acuña demuestra una vez más por qué es uno de los artistas españoles más respetados del mercado estadounidense. A pesar de que los personajes son animales, el dibujante no cae en la tentación de usar caricaturas y usa un tono serio, con una expresividad extraordinaria que contrasta de manera perfecta con la narrativa cinematográfica que imprime a las espectaculares escenas de acción. Las secuencias aéreas poseen una sensación de velocidad y vértigo impresionante, mientras que las escenas urbanas transmiten una atmósfera opresiva que recuerda a las grandes películas de guerra europeas. Acuña no se limita a dibujar la destrucción: consigue que el lector casi sienta el polvo, el humo y la desesperación de quienes sobreviven entre las ruinas.

 

Especial mención merece el color, realizado también por el propio Acuña. La paleta cromática oscila entre tonos apagados, terrosos y grisáceos, reforzando la sensación de devastación permanente. Sin embargo, cuando la historia necesita un golpe visual, el artista introduce explosiones de color que resaltan sin romper la coherencia estética. Es uno de esos trabajos en los que dibujo y color son inseparables, como ocurre con los mejores álbumes europeos contemporáneos.

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En cuanto a la edición española de Norma Editorial, el primer volumen recopila los seis primeros números de la serie original publicada por Image Comics. Se presenta en rústica, con un tamaño de 17 x 26 cm, 168 páginas a color y con unos extras que incluyen una galería de portadas y una breve semblanza de los autores. Su precio es de 22 euros. Junto a este primer tomo Norma ha publicado Escape: El arte de la guerra, un libro a gran formato con la primera grapa de la serie sin bocadillos, con entrevistas y diseños de personaje, de cubierta y lápices de Daniel Acuña. Su precio es de 20 euros.

En resumen, Escape es un excelente cómic bélico que ofrece acción, tensión y espectáculo visual, pero sobre todo una mirada profundamente humana sobre la guerra y sus consecuencias. Es cierto que puede resultar denso para quienes busquen sólo acción, pero si puedes entrar en la propuesta que ofrecen los autores vas a encontrar una lectura con suficiente profundidad como para permanecer en la memoria mucho después de cerrar el tomo.

El cómic de la semana: Alan Moore en 2000 AD. Las obras completas Vol. 1

Bienvenidos una vez más a la sección de los amantes del cómic. Bienvenidos a “El cómic de la semanaHoy destacamos Alan Moore en 2000 AD. Las obras completas Vol. 1Al final del artículo tendréis la portada y el enlace.

Antes de Watchmen, el genio ya estaba haciendo magia

Hay un error bastante común cuando se habla de Alan Moore. Mucha gente cree que empezó siendo Alan Moore el día que escribió Watchmen. Como si un buen día se levantara de la cama, se pusiera la barba, acariciara una serpiente imaginaria y dijera: “Hoy voy a cambiar la historia del cómic”. Pues no.

Antes de revolucionar el cómic americano, Moore ya llevaba unos cuantos años dejando claro en las páginas de la revista británica 2000 AD que aquello de escribir historias no se le daba precisamente mal. Y ahora Dolmen Editorial recupera ese material en Alan Moore en 2000 AD. Las obras completas Vol. 1, un tomo de 272 páginas que recopila sus primeras colaboraciones para la mítica revista, muchas de ellas inéditas hasta ahora en España.

Aquí no vais a encontrar al Moore más filosófico ni al de los experimentos narrativos imposibles. Lo que hay es un guionista joven con unas ganas tremendas de demostrar que podía convertir una historia de cinco o seis páginas en algo que te dejara pensando todo el día. Y casi siempre lo conseguía.

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Aquí ya está el Alan Moore que cambiaría el cómic, pero aún estaba empezando

Lo fascinante del tomo es ver cómo muchas de las ideas que después desarrollarían Watchmen, V de Vendetta o From Hell ya estaban asomando la cabeza. Hay humor negro, hay ciencia ficción, hay finales inesperados, y sobre todo, hay una imaginación desatada.

Las famosas Future Shocks, las historias de Abelard Snazz y sus colaboraciones con personajes como ABC Warriors o Rogue Trooper demuestran que Moore entendía perfectamente cómo sorprender al lector en muy pocas páginas. Y lo hacía acompañado por dibujantes que acabarían siendo leyendas, como Dave Gibbons, Steve Dillon, Alan Davis, Ian Gibson o Jesús Redondo. Una joya de tomo.

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El laboratorio donde nació un genio

Leyendo este volumen entiendes por qué la revista 2000 AD fue una fábrica de talentos durante décadas.

Por sus páginas pasaron autores como Grant Morrison, Neil Gaiman, Brian Bolland, John Wagner o Garth Ennis. Era un lugar donde los guionistas podían probar ideas locas sin demasiadas restricciones. Y Moore aprovechó aquella libertad como pocos.

Cada historia parece una pequeña competición de los autores consigo mismos para ver hasta dónde podían llegar con una premisa imposible. Unas envejecen mejor que otras, claro. Es normal. Estamos hablando de material de principios de los años ochenta. Pero incluso cuando alguna resulta más ingenua, sigue teniendo esa chispa que hace reconocer inmediatamente quién está escribiendo.

Con esto quiero repetir para que nadie se lleve a engaño que este Alan Moore es un Alan Moore en «prácticas», un becario que fue desarrollando ideas y forjándose como autor hasta llegar al que conocimos todos en sus obras magnas. Sin este Alan Moore, no existiría el de Watchmen. Por tanto, veremos grandes historias y otras más flojas, pero ver el intento en hacernos cambiar ideas y perspectivas en pocas páginas, sin posibilidad de desarrollar una idea o concepto en su guión, es digno de mención.

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Alan Moore es uno de los autores más importantes de la historia del cómic. Antes de transformar el medio con sus cómics publicados en Estados Unidos, Moore dio sus primeros pasos en la revista 2000 AD. En esas páginas, el autor de Watchmen o V de Vendetta perfeccionó su talento y dio rienda suelta a su imaginación, demostrando ser ya todo un maestro en historias cortas.

Este es el primer volumen de una serie que recopila todas las aportaciones de Alan Moore en 2000 AD, desde Future Shocks a Abelard Snazz pasando por sus anuales con los ABC Warriors o Rogue Trooper.

La mayoría inéditas en España, aquellas publicaciones contaron con la colaboración de dibujantes de la talla de Dave Gibbons (Watchmen), Steve Dillon (Predicador), Jesús Redondo (Nemesis the Warlock), Ian Gibson (La balada de Halo Jones), Bryan Talbot (Grandville), Alan Davis (Harry 20 en High Rock), Brendan McCarthy (Juez Dredd), Eric Bradbury (Rogue Trooper), Brett Ewins (Bad Company) y muchos más.

Debajo de estas líneas os dejo la portada de la edición española de Dolmen y el enlace a la editorial pinchando aquí.

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Un saludo y sed felices.

Crítica de La odisea (2026), la obra maestra más grande que la vida de Christopher Nolan.

A mis treinta y tres años, puedo afirmar que mido mi vida en películas de Christopher Nolan. Tenía doce años cuando vi Batman Begins y, desde entonces, cada noticia sobre la nueva película del director británico desataba mi ansia de un estreno que parecía no llegar. Pero todo llega, y ya tenemos aquí La odisea, su última película tras la triunfal Oppenheimer, con la que ganó el Oscar a mejor director.

Aquí nuestra crítica de Oppenheimer y, aparte, un análisis de su narrativa fragmentada.

Adaptación de la inmortal obra de Homero, La Odisea comienza tras el final de la guerra de Troya, con Odiseo haciendo todo lo posible por regresar a Ítaca mientras es frenado por los dioses y otras criaturas. Mientras tanto, su mujer Penélope debe hacer frente a la posibilidad de que su marido haya muerto y deba elegir otro rey para su pueblo.

Por mucho nombre que tenga su reparto, aquí la estrella es el director, uno de los pocos (me vienen a la mente Steven Spielberg y James Cameron) capaces de sacar adelante proyectos mastodónticos con el beneplácito de las productoras.

En el caso de Nolan, hace ya tiempo que parece empeñado en explorar géneros distintos con cada obra: de la ciencia ficción sesuda de Interstellar al género bélico en Dunkerque, pasando por el espionaje de Tenet o la biografía de Oppenheimer. Ahora es el turno del cine épico de aventuras, un género muerto que vivió su último gran renacer hará poco más de veinte años, con películas como Gladiator, Braveheart, El último samurái, El rey Arturo, El señor de los anillos o Troya, película inevitablemente relacionada con esta por ser adaptación de la Iliada y, por qué no decirlo, por ser diametralmente opuesta a esta La odisea. Y eso que Troya es una formidable película de aventuras.

Pero La Odisea es otra cosa.

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Alejado de las corrientes actuales y confiado tanto en su talento como en qué le van a dar lo que pidan, Nolan apuesta por rodar la primera película IMAX, casi 3 horas de experiencia que en un cine convencional es apabullante. No quiero ni imaginar en una sala preparada para lo que Nolan ha concebido con tanto ahínco.

Esencialmente, La odisea nos va a ofrecer casi tres horas de aventuras, especialmente marinas, en una doble vertiente. La más importante es la que concierne a Odiseo, un Matt Damon tan contenido como siempre, que sostiene el 80% de la película. Aquí tenemos el supuesto viaje del héroe a la inversa, el de un hombre con cicatrices que aprende regresando a un hogar que ya no es el mismo, a través de su relación con distintos obstáculos y personajes narrados de forma exquisita por Nolan.

El director se sumerge en la mitología del relato y da rienda suelta a la fantasía en pasajes que desbordan suspense y, sobre todo, tensión. Es difícil apartar la mirada o cerrar la boca ante algunas de las escenas que vais a contemplar en la Odisea. De hecho, el fragmento central parece tener el ritmo de un épico tráiler.

Por suerte, Nolan no quiere dejarnos agotados de intensidad y apuesta también por el viaje del héroe más convencional de Telémaco, un comedido Tom Holland.

De hecho, comedidos están todos. Puede verse como un defecto, pero el estelar reparto de La odisea trabaja entregada al objetivo de su director. Algunos de los actores anunciados no pasan del mero cameo, pero cumple a la perfección con lo que se les pide.

Algo así ocurre con la banda sonora de Ludwig Goransson, en la línea de lo que vimos tanto en Oppenheimer como en Tenet. No esperéis una melodía memorable como la de El señor de los anillos. Pero sirve al propósito que Nolan quiere.

Al final, tanto la música como los actores caen bajo el peso de unas imágenes imponentes y de un ritmo tan endiablado como contundente.

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Probablemente lo que mejor pueda resumir, sin entrar en spoilers, lo que ha querido rodar Nolan en La odisea es, precisamente, toda la escena del caballo de Troya. Donde primaba la aventura y la fanfarria de la Troya de 2004, aquí tenemos suspense, angustia y tensión.

Todo cumple su función para dar una vuelta de tuerca a una de las historias más básicas de la civilización occidental. Nolan nos habla precisamente de eso, de la sociedad que se ha construido, de como podemos caer cuando nos olvidamos de nuestras raíces y de nuestras tradiciones y ahí…ahí solo queda el caos.

Incluso deja a un lado parte de su conocida tendencia por la fragmentación narrativa, amparándose en el relato oral como hizo en El truco final con el relato epistolar.

En definitiva, La odisea es un nuevo triunfo de Christopher Nolan. Una película en la que ningún nombre (Charlize Theron, Anne Hathaway, Zendaya, Robert Pattinson, etc) ni elemento está por encima de su director de orquesta. Una obra maestra más grande que la vida en la que tenemos culpa, aprendizaje, amor, terror, suspense y violencia de una forma que nos hace creer que todavía hay esperanza para el cine en pantalla grande, el de verdad, el que te mantiene boquiabierto y sumergido en una historia de más de 2500 años.

Disfrutadla.

¡Un saludo y sed felices!

¡Nos leemos en Las cosas que nos hacen felices!

El cuerpo de Cristo, el cómic donde coser la herida es un arte

Ganadora del Premio nacional del cómic de 2024 y publicada por la editorial Astiberri Bea Lema crea con “El cuerpo de Cristo” una rara avis: una obra fuera de los circuitos comerciales, totalmente underground, con un dibujo que navega entre lo indie y lo naíf. Desprende aromas de art brut, y recuerda a artistas como Adolf Wölfli.

Además, incorpora diferentes técnicas, como el bordado, convirtiendo los primeros ejemplares en auténticos incunables, ya que en sucesivas ediciones esas páginas bordadas se presentarán como fotografías, evidentemente por los costes de producción. Sin embargo, ese detalle mantiene intacto el valor de la obra.

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Obra de art brut de Adolf Wölfli

ARGUMENTO: ¿DE QUÉ VA?

Concebido como un álbum familiar, la historia narra la relación de una familia en torno a los delirios religiosos de la madre: el desapego del padre, el intento del hijo de abandonar aquello que duele y la fe de la hija en salvar al enfermo.

Repasa diferentes escenas de la vida familiar y nos desvela los ritos sociales ligados a los enfermos en distintas épocas: Dios y la pastilla.

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Dios y la pastilla

Asimismo, desgrana la historia familiar y veremos cómo el desarraigo, la brutalidad y la incultura de nuestros antepasados son la mayor de las locuras que podemos heredar.

La familia es una caja cerrada en un armario que nadie abre. Y eso es exactamente lo que cuenta el cómic: una casa llena de cosas que nadie se atreve a nombrar. El gran tema de “El cuerpo de Cristo” no es la religión: es la familia. Esa maquinaria perfecta, capaz de amar y destruir a la vez. Esa estructura donde todo se sostiene con esfuerzo. Y donde lo que se rompe no se arregla: se esconde.

El libro habla de madres, de hijas y de la transmisión del dolor. Porque el trauma no se hereda como un objeto; se hereda como una costumbre. Y eso es lo que da miedo: que nadie lo hace queriendo.

El problema no es el problema. El problema es que nadie sabe vivir con él.

ANÁLISIS DEL CÓMIC

El germen de “El cuerpo de Cristo” se remonta a 2017, un proyecto que fue creciendo durante seis años hasta ser publicado en Francia en 2023 y, posteriormente, en España, tras el éxito recibido en el país vecino.

El desarrollo del cómic, totalmente al margen, rodando durante años fuera de la industria, ha llegado a ganar diversos premios que lo han catapultado, constituyendo un logro enorme.

Debe concebirse como un “cómic-objeto”. Su lectura se disfruta tanto por su forma como por su trama. Es una obra terrorífica sobre las enfermedades mentales, pero aún más terrorífica por el rito y la barbarie, por la distancia social y por una familia que solo sabe sobrevivir mirando hacia otro lado.

No es para todos los públicos, pero el mérito es evidente. La construcción de las escenas es inteligente y muy trabajada. Tiene un ingenio tremendo y plantea situaciones de manera brillante, como el distanciamiento entre la psicóloga y la niña que acude buscando ayuda para su madre: la mesa entre ambas no deja de crecer.

Es un drama muy íntimo y, por lo tanto, muy real. Nada es impostado. Una forma muy original y atrevida de contarlo.

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Perdido en uno mismo

Comparte similitudes y recuerda, en ciertos aspectos, a “Chucrut” de Anapurna, tanto por el relato personal —que en el caso de Anapurna es la pérdida del padre— como por el estilo de dibujo y la composición de viñeta, que utiliza el blanco de la página dándole protagonismo. Aunque cada obra adopte su propia voz, ambas comparten un duelo honesto.

También recuerda, por temática —sobre todo en su origen y final—, a “El arte de volar” de Kim y Altarriba, donde se narra la historia de España a través del personaje protagonista, mientras se muestra cómo las miserias de nuestros abuelos y la crudeza del día a día son, en verdad, los escalones del suicida.

En “El cuerpo de Cristo” veremos esa escalera, aunque el argumento pivote más sobre el drama familiar que sobre el desarrollo histórico.

Bea Lema crea un mapa genealógico que esconderá multitud de secretos para explicar por qué, a veces, la locura es una mera forma de huir de otra locura: el dolor cotidiano.

EN RESUMEN

Bea Lema narra desde la herida. La autora no escribe para impresionar: escribe como quien recuerda, como quien intenta ordenar una vida que no encaja, como quien necesita contarlo para poder seguir adelante. El resultado es brutal, porque se nota que no hay impostura. No hay giros forzados. No hay escenas diseñadas para gustar. No hay momentos “de guion”. Hay verdad. Y la verdad, cuando se cuenta bien, incomoda.

Este cómic no está dibujado: está cosido, como se cose una herida. Y cuando lo terminas, queda esa sensación inquietante: que algunas heridas no se cierran, solo se aprenden a llevar.

cristo funeral
Bordado de El cuerpo de Cristo

La serie de God of War recibe un mazazo inesperado

Cuando una serie mueve cientos de millones de dólares, hay una regla de oro, que no se lesione el protagonista o le pase algo grave. A God of War le ha mirado un tuerto.

La adaptación de God of War para Prime Video acaba de sufrir uno de esos golpes que nadie quiere recibir en pleno rodaje. Ryan Hurst, el actor elegido para interpretar a Kratos, sufrió una grave lesión en un bíceps durante una escena de acción, tuvo que pasar por quirófano y la recuperación será tan larga que Amazon y Sony han tomado una decisión drástica, sustituirlo por otro actor y volver a rodar todo lo que ya había grabado. Sí, habéis leído bien. Todo. Y la broma no es pequeña.

Según las informaciones publicadas, ya había cuatro episodios completos filmados de una producción que, además, estaba rodando dos temporadas seguidas. Eso significa que el presupuesto se dispara y que buena parte del trabajo realizado acabará, literalmente, en un cajón. Sigo flipando con la noticia. Me parece una salvajada, pero en fin, habrán hecho números y les resultará más rentable.

Lo peor es que Ryan Hurst parecía una elección muy interesante. Los fans lo conocían por Hijos de la anarquía, pero también por poner voz y captura de movimiento a Thor en God of War Ragnarök. Era un actor que conocía perfectamente este universo y que se había preparado físicamente durante meses para convertirse en Kratos. La mala suerte, esta vez, ha sido más fuerte que el Dios de la Guerra.

Las series que nos hacen felices: Hijos de la anarquía

La serie adaptará la etapa nórdica de la saga, probablemente la mejor recibida por crítica y público. El viaje de Kratos y Atreus para cumplir el último deseo de Faye no solo reinventó la franquicia de PlayStation, sino que convirtió una historia de dioses y monstruos en un relato sobre la paternidad, la culpa y la redención. Y ahí está precisamente el reto.

Después del éxito de The Last of Us, las adaptaciones de videojuegos ya no pueden limitarse a copiar escenas espectaculares. El público espera personajes de verdad, emociones y respeto por el material original. Amazon parecía haber entendido esa lección confiando el proyecto a Ronald D. Moore, creador de Battlestar Galactica y Outlander.

God of War

Curiosamente, God of War ya estuvo cerca de convertirse en película hace más de una década. Hubo guiones, cambios de escritores y varios intentos de sacar adelante un largometraje que nunca llegó a materializarse. Al final, la historia encontró un formato mucho más adecuado en una serie de televisión, donde hay tiempo para desarrollar la compleja relación entre Kratos y Atreus sin tener que resumirla en dos horas.

Ahora solo queda esperar quién será el nuevo Kratos.

No va a ser una tarea sencilla. No basta con medir dos metros, tener una barba espectacular y parecer capaz de partir un tronco con la mirada. Kratos necesita transmitir fuerza, rabia contenida y, al mismo tiempo, ese inesperado lado humano que convirtió los últimos juegos en algo mucho más grande que un simple festival de hachazos.

Ojalá el próximo actor esté a la altura.

Porque bastante guerra tiene ya Kratos con los dioses como para ponerse también a luchar contra el calendario de producción.

Un saludo y sed felices.