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Crítica de Akelarre (2020)

Akelarre, una cinta casi desconocida tras su discreto estreno el año pasado, ha llegado a Netflix después de haber triunfado en los Goya de 2021 como la película más galardonada, aunque no se llevara el premio más importante. Este producto, basado libremente en el cruento caso de las brujas de Zugarramurdi, ha aterrizado en la popular plataforma y ha suscitado un interés renovado en los espectadores, alcanzando uno de los primeros puestos en los contenidos más populares dentro de nuestro país. Pero… ¿de qué trata Akelarre? ¿Merece la pena echarle un vistazo? Descúbrelo en nuestra crítica.

Antes de comenzar os dejo aquí el enlace a la crítica que escribió Lucía Hernández sobre esta misma cinta.

Una acusación infundada

Unas adolescentes son detenidas por unos enviados de la Corona bajo una premisa tan ridícula como aterradora: se les acusa de practicar la brujería y de haber llevado a cabo un terrible ritual para invocar al diablo. A pesar de que juran y perjuran que son inocentes, deberán enfrentarse a los violentos métodos de interrogación de los forasteros y al frío juez Rostegui, conocedor de las debilidades humanas y obsesionado con los ritos que se atribuyen a las hechiceras.

Aunque al principio tratan de apelar a la compasión de sus interrogadores o de desconcertarlos con mensajes crípticos, pronto descubrirán que estos hombres son experimentados y no se les puede burlar con facilidad. Por ello, una de las chicas elaborará una estratagema mucho más compleja en la que intentará convencer al juez de que, si le proporciona los recursos adecuados, podrá llevar a cabo el temible ritual satánico del que se les acusa para que este sea debidamente documentado…

Un “akelarre” y una injusticia

Usar la barbárica caza de brujas que se produjo en España y otros países europeos como alegoría de la opresión contra la mujer es ya un tópico añejo. Este comprensible lugar común, que en su momento fue un giro bienvenido a los clásicos cuentos de hechiceras malvadas, se ha vuelto tan prominente que, en la actualidad, la sorpresa inesperada es encontrarnos ante brujas de verdad en una película. A pesar de esta falta de originalidad, al previsible y muy bien llevado mensaje feminista se le une un choque de culturas entre la región vasca y el resto de España que se manifiesta a través del lenguaje. A lo largo del metraje, las muchachas usarán el euskera para comunicarse entre sí, y los personajes bilingües se volverán cruciales a la hora de establecer una comunicación entre el juez y las acusadas.

La desconexión entre un lado y el otro, que se manifiesta de manera contundente a través del idioma, sirve al director Pablo Agüero para construir escenas de una tensión irrespirable en las que detalles como el ruido escuchado a través de la pared de una celda o la mirada que intercambian el juez y su secretario pueden poner los pelos de punta. La cinta, aunque sabe sugerir sin mostrar durante su lenta primera mitad, no tiene ningún reparo en mostrarnos escenas muy desagradables que nos harán meternos en la piel de unos personajes sujetos a una injusticia escalofriante y con muy pocas posibilidades de escapar.

Akelarre

En este sentido, el largometraje va presentando de manera muy inteligente diversas soluciones a la situación que se van revelando gradualmente como estériles, demostrando que la única salvación con la que pueden soñar estas chicas se encuentra en la amistad, el verdadero tema de la película. La fraternidad entre mujeres, bautizada recientemente como “sororidad”, es uno de los núcleos fundamentales del metraje, con un apoyo inquebrantable entre las acusadas que, pese a los lapsus y pese a las confesiones forzadas, se mantendrá como un necesario respiro frente al desprecio de sus interrogadores, que no se limita a las torturas sino que se manifestará también en un lenguaje perpetuamente acusatorio que no les ofrece la presunción de inocencia.

Conclusión

Akelarre no es una película especialmente novedosa ni magistral, pero traslada su mensaje de un modo gradual e inteligente, y se sirve de una atmósfera atosigante conseguida gracias a un gran manejo de la cámara y la iluminación. La oscura e inquietante banda sonora, premiada con el Goya, contribuye a este ambiente que los actores aprovechan para dar lo mejor de sí. Entre ellos destacan Amaia Aberasturi como la líder de estas jóvenes y Alex Brendemühl como un juez cuya personalidad adusta va mutando hasta revelar detalles oscuros sobre su interior. En un registro completamente distinto al de Las brujas de Zugarramurdi, este largometraje de solo noventa minutos perturba y entretiene a la vez que nos hace reflexionar sobre lo importante de contar con amigos que nos cubra las espaldas ante la adversidad.

Un saludo y sed felices.

Máximo Simancashttps://laautopistadepalabras.wordpress.com/
Periodista recién graduado. Redactor en esta página y en el portal digital madridesnoticia. Creador de contenido para redes sociales.

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