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Crítica de El bar de las grandes esperanzas (The Tender Bar): pon un tio Charlie en tu vida

Amazon Prime está llena de sorpresas, de pequeñas joyas que pasan desapercibidas entre el maremagnum de multiversos, superhéroes y grandes superproducciones. Una de esas joyas es la nueva película de George Clooney como director, El bar de las grandes esperanzas (The Tender Bar), basada en la novela del escritor J.R. Moehringer. Una película que nos recuerda que hay cine más allá de Marvel, DC y compañía y que no deberías dejar pasar. Ahí vamos, al ritmo de los King Harvest.

Buscando al padre

Principios de los años 70. JR y su madre regresan a casa de su huraño abuelo (un maravilloso Christopher Lloyd) tras haber sido desahuciados. Su padre hace tiempo que los abandonó pero el chico sigue pensando que algún día se reencontrará con él. Mientras, en el destartalado hogar donde se han instalado y que a veces está abarrotado de familiares, se encuentra con su tio Charlie. El tio Charlie tiene un bar, “El Dickens”, y ejercerá de figura paterna y de guía espiritual y terrenal para JR entre parroquianos borrachos, whisky, gin tónics y libros. Muchos libros.

El bar de las grandes esperanzas narra el tránsito de JR, personaje basado en el propio J.R. Moehringer, de niño a adulto. Es de esas películas del género “búsqueda de uno mismo” pero lo hace de una forma cálida, amable, sin entrar en juicios de valor ni grandes melodramas, ni siquiera giros de guión sorprendentes. El título original, “The Tender Bar” (“El Bar Tierno” en versión Google Translator) ya es una declaración de intenciones.

Sin bruscos movimientos de cámara y con una puesta en escena más que correcta, George Clooney se apoya en la ambientación, en la música y sobre todo en los actores. Actores como Tye Sheridan encarnardo a un JR ya adulto, o todo lo adulto que puede ser un universitario que busca su camino. Quizás su parte se desarrolla en exceso pero tampoco agobia excesivamente. Al fin y al cabo, esta es su historia.

Menos minutos pero muy bien aprovechados tiene Chistopher Lloyd, en un papel muy alejado del que todos recordamos. Es un abuelo huraño, que regatea amor y que está hasta los cojones de que los fracasados de sus hijos se hayan instalado en su casa a perpetuidad pero tiene, junto al joven JR, una de las mejores escenas de la cinta.

Ese tio Charlie, como mola

Pero si hay alguien que destaca por encima del resto ese es Ben Affleck, que hace suyo un personaje por el que debería ser recordado, el del tio Charlie. Es muy injusto que Affleck sea nominado a los razzies por El último duelo (será por el rubio platino que luce porque tampoco lo hace tan mal) y se le ignore en esta cinta. No es que sea un actor sobresaliente. No lo ha sido nunca y no va a empezar ahora pero se hace muy difícil pensar en otro actor encarnando ese papel una vez vista la película.

Y es que el tio Charlie ejerce de figura paterna desinteresada, un ejemplo a seguir, el tio/padre que todos querríamos ser y/o tener. Cuando él y su bar y sus parroquianos aparecen en escena es cuando la película gana muchos enteros. Me ha dado la sensación de que merecían más metraje pero al mismo tiempo creo que están dosificados en su justa medida, que haber metido más Dickens, más parroquianos y más tio Charlie habría resultado demasiado.

En este sentido, Charlie, sus clientes y el Dickens actuan como punto de unión entre las diferentes fases por las que pasa JR. Es como si sirviesen de tránsito, de punto inflexión entre los acontecimientos que marcarán la vida del joven.

BAR

No he leído la novela en la que se basa la película por lo que no puedo decir si es una buena o una mala adaptación pero, tras ver la cinta e informarme un poco, tengo la impresión de que George Clooney se han quedado un tanto corto. Y teniendo en cuenta que J.R. Moehringer es el tipo detrás de las brutales memorias de Andre Agassi, el libro ha subido puestos en mi lista de pendientes. Aun así, se agradece mucho que haya dejado el metraje en una hora y cuarenta minutos, más o menos, frente a películas que nos meten la burrada de casi 3 horas de historia. A veces no hace falta más.

Escribía mi compañero Carlos María Porras que hay peliculones que no piensa volver a ver en la vida por el mal sabor de boca que te dejan al final. El bar de las grandes esperanzas es justo lo contrario. No será un películon pero no te importará verla unas cuantas veces. Es más: debería ser obligatorio, mínimo una vez año. Un saludo, sed felices.

Pedro Pérez S.
Pedro Pérez S.
Aficionado también al cine, las series de televisión, la literatura fantástica y de ciencia ficción, a la comida, la cerveza y a todas las pequeñas cosas que nos hacen felices.

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