Crítica de El método Kominsky, temporada 2: Descubriendo la esencia

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En noviembre del pasado año, el ya más que conocido Chuck Lorre, nos sorprendió a todos con una nueva propuesta que buscaba alejarse ligeramente del formato que lo catapultó a la fama. Dejando atrás la sitcom más tradicional de The Big Bang Theory, su experimento con El joven Sheldon o Dos hombres y medio, el creador apostó por un tipo de comedia que se está demostrando vanguardista y más canalla: la dramedia. Pero no todo fluyó de manera natural…

Como ya mencioné en la crítica de su primera temporada, a Chuck Lorre se le veían mucho las costuras en ocasiones y, por su casi monotemática experiencia en la industria, la mezcla entre momentos dramáticos con su comedia tradicional de risas enlatadas y siempre agudas respuestas, no terminaba de cuajar. Pero a pesar de su irrupción un tanto atropellada en el panorama, por así decirlo, más autoral de la televisión, Netflix renovó por una segunda temporada El método Kominsky, apostando por la química entre Michael Douglas y Alan Arkin. ¿Funcionará mejor esta nueva entrega?

Entre la vejez y el gag

La primera temporada de El método Kominsky dejó una sensación agridulce. Como ya he comentado, gran parte de ello proviene de la extraña amalgama que Lorre exhibe al combinar el estilo mordaz de los diálogos rápidos y afilados de The Big Bang Theory con un dramatismo que dista mucho de estar en la misma onda. Y gran parte de este problema venía de una falta de identidad de la serie. Si bien parecía un producto que apostaba por temáticas que rodeaban y trataban la vejez, en ningún momento eso se veía plasmado en pantalla, utilizando el recurso de la senilidad y la viagra más como un gag cómico puntual que como una trama a desarrollar. Por suerte, éste no ha sido el caso en la segunda temporada.

Esta nueva entrega muestra su principal mejoría en que todas las tramas e hilos argumentales se vertebran a partir de la edad de los protagonistas y las coyunturas que tienen que afrontar. Aspectos como mentalidades obsoletas, la cercanía de la muerte y demás choques con un mundo que parece insistir en dejarles atrás, son el leit motiv de gran parte de las situaciones de esta nueva temporada que se siente más consolidada.

Más personalidad, mejores personajes

Precisamente por haber focalizado mejor que la anterior temporada su personalidad, el resto de los personajes también ganan en cuanto a profundidad. Lo que antes eran personas ingeniosas que daba la casualidad de que eran viejos, son ahora personas mayores que da la casualidad de que son ingeniosos, y esto cambia radicalmente sus interacciones. Sus problemas y dilemas son ahora más reales y por ende ellos parecen más humanos, más cercanos. La química que ya exponían en la primera temporada, cobra ahora un significado más puro de amistad en situaciones difíciles cuando la vida cambia, cuando menos preparado estás para que lo haga.

Y aunque los momentos cómicos característicos de Lorre siguen manifestándose y provocando en ocasiones ese choque extraño entre drama y comedia enlatada, el conjunto se siente más compacto y aunado. Los chistes de viejo ya no son meros gags, porque parten de las problemáticas centrales de la serie, y los problemas que experimentan los protagonistas son a su vez más dramáticos porque también se tocan con el momento que trata esta segunda temporada.

Demostrando potencial

El método Kominsky, a pesar de un inicio con turbulencias, ha conseguido sobreponerse y perfilar una identidad. Un paso que es fácil decir pero no de hacer, pues no siempre es fácil discernir la línea que hay entre entretener y contar. Esta segunda temporada ha tenido cosas interesantes que poner sobre la mesa y ha sabido exponer a través de una lente cómica dilemas propios de la tercera edad sin perder por ello autenticidad o potencial dramático.

Espero que, en el caso de continuar, lo haga manteniendo la progresión que ha demostrado en esta temporada, porque es cierto que a veces entre la carcajada y el llanto hay tan solo un viaje en taca taca.



el autor

Proyecto de todo sin llegar a nada. Intento de guionista y en ocasiones me creo crítico. Vivo en una divagación constante y no me arrepiento de ello.

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