Crítica de Guava Island: Cuando Childish Gambino conoció a Donald Glover

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En estos últimos años, la figura de Donald Glover ha irrumpido en el panorama audiovisual dando mucho de que hablar. El afamado y galardonado guionista de Community y 30 Rock, parece haber aparecido para quedarse al dar el paso como creador ya de sus propios proyectos en el sector. Más allá de su talento multidisciplinar que ya viene demostrando con su alter ego Childish Gambino y su faceta como actor, lo que le ha hecho destacar es el particular enfoque y estilo que ostentan sus obras como ya vimos con su serie Atlanta, en la que rompió muchos esquemas al salirse del ritmo tradicional de la comedia y sumirse en el submundo de lo cotidiano y abrazar por completo el confort y paz de su nihilismo.

La última obra a su nombre, estrenada en Amazon coincidiendo con Coachella, es la suerte de TV-Movie Guava Island, en la que prosigue su viaje de autodescubrimiento y refinación estilística acompañado del director de muchos de los episodios de Atlanta, Hiro Murai, y de la famosa cantante Rihanna. Una película sumamente especial y diferente que es un experimento en toda regla.

Bienvenidos a Guava Island

La película, rodada en Cuba, nos sumerge desde su inicio en un lugar más allá de la realidad que, aunque cercano, busca explotar el misticismo y el buen rollo isleño. Es por eso por lo que se ubica en Guava Island, un pequeño reducto paradisíaco que se ha visto corrompido por la presencia humana con el paso del tiempo. A pesar de sus mágicos paisajes, los habitantes de la isla viven en el fondo aislados de su encanto al verse completamente condicionados por el régimen de Red, el magnate dueño de la isla. Es en este punto en el que entra nuestro protagonista Deni (Donald Glover), un bondadoso músico mesiánico enamorado de la gente y de la isla que, a través de su música, rompe con lo anodino del día a día y, durante un instante, recuerda al resto de habitantes la magia del estar vivos.

Desde el primer momento es más que evidente que la película no busca una historia sorprendente y rompedora. Tanto su premisa como su ambientación están dedicadas a que nos bañemos en sus playas y vivamos sus canciones. Como producto experimental que es, Guava Island sacrifica su densidad en la historia para explorar lo clásico a través de una narrativa distinta, y es aquí donde realmente brilla.

Espiritualidad y música

En Guava Island hay que dejarse ir. La película, rodada en un cuidadosamente elegido formato 4:3, nos invita a adentrarnos en su ritmo y estilo de vida. Las imágenes granuladas de la cámara, acompañadas de los paradisíacos paisajes, recrean un aire nostálgico y cálido que busca robustecer la sensación de la cercanía distante de la fantasía, algo conocido rodeado de misticismo. Atrapada entre videoclip y musical, Guava Island consigue incluir parte de la discografía del autor en el ritmo de la película sin que desentone, haciendo a veces de momento coreografiado hollywoodiense que nos hace avanzar en la historia o siendo simplemente un impasse que hace las veces de banda sonora.

La gran dirección de Hiro Murai y el refinamiento estilístico de Donald Glover, dotan a la película de personalidad y alma, caminando a su propio ritmo y desentrañando su historia a través de un enfoque original y distinto apoyado en la música como eje central. Y, aunque algo bueno a priori, el excesivo hincapié que hace Guava Island en su ambientación y atmósfera termina revelando sus costuras a la que su historia entra en juego…

Forma vs Contenido

A pesar de la impecable forma que muestra la película y la innegable carga de crítica social que presenta, la trama se siente… pobre… Comprendo perfectamente que no es el punto focal y es evidente que no buscaban en ningún momento presentar una historia compleja, pero siendo esta el hilo conductor, la ligereza con la que es tratada provoca cierta desazón al terminar. Lo que busca ser liviandad en pos de un mayor énfasis en su atmósfera, termina pareciendo vacuo, y es una lástima pues la película goza de una base interesante y con alma que funciona pero que, por culpa de una excesiva trivialidad en el tratamiento de algunas tramas, dejan un resultado un tanto frío con personajes desaprovechados como el de Rihanna.

En definitiva, Guava Island gustará a aquellos que entren en su dinámica y espiritualidad, pero aquellos ajenos a Donald Glover que no se metan en el mundo de la película, es probable que el sabor de la intrascendencia llegue a sus labios. Personalmente, me quedo con el refinamiento estilístico que ha mostrado Glover y con la más que solvente alianza con Hiro Murai, dos nombres que tienen todavía mucho que aportar. Guava Island es un agradable experimento fácil de ver, sin duda alguna un interesante paréntesis que, a pesar de sus defectos, es una buena base sobre la que construir.



el autor

Proyecto de todo sin llegar a nada. Estudio guión cinematográfico y en ocasiones me creo crítico. Vivo en una divagación constante y no me arrepiento de ello. También doy la chapa en Twitter @PablodesdeMarte.

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