Crítica de La trinchera infinita | SSIFF 2019

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Regresamos un día más, queridos lectores, con las impresiones que nos están dejando las más sonadas y comentadas cintas del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Lo que hemos podido ver de la Sección Oficial, en líneas generales nos está dejando bastante fríos. El Perlak, sin embargo, sigue siendo fuente de las mejores películas presentadas en el certamen.

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Teniendo en cuenta lo que hemos visto hasta ahora, de la Sección Oficial, Lhamo and Skalbe ha sido la peor. Un drama amoroso lento, poco claro y con reflexiones nada interesantes en el que no logro encontrar su sentido o finalidad. A dark, dark man, la cinta en la que más público se ha ido durante su proyección, a pesar de larga y lenta, es una propuesta interesante con una potente reflexión, cuya maravillosa fotografía hace que este viaje merezca la pena. Ocurre algo parecido con The other lamb, aunque en este caso, con una historia que siento que ya ha sido contada.

Mano de obra y Pacificado, aunque en el fondo sean dos películas remotamente diferentes, presentan algunas similitudes de fondo. Ambas retratan las dificultades de la vida tercermundista; la primera presenta a unos obreros mejicanos explotados y con condiciones laborales pésimas que intentan conseguir un mejor futuro en forma de tragicomedia, mientras que la segunda es un relato mucho más crudo sobre la decadencia y muerte existente en las favelas brasileñas. Pacificado, hasta el momento, es mi segunda candidata a la Concha de Oro, pero mi favorita, sin dudarlo, es la española La trinchera infinita.

La trinchera infinita

Uno no entra en el cine muy dispuesto a las 8:30 de la mañana a ver dos horas y media de película después de haber dormido apenas cinco y cruzando San Sebastián a pie bajo un intenso diluvio mañanero. Pero nada más empezar La trinchera infinita, todos esos contratiempos desaparecen y te embarcas, sin darte cuenta, en un viaje realmente apasionante, emotivo, duro y consistente que durante sus primeros minutos no te deja ni coger aliento.

Tenía las expectativas altas teniendo en cuenta que la anterior cinta de este trío de directores vasco era Handía, una de las mejores películas españolas de los últimos años. Pero Jon Garaño, Aitor Arregi y José Mari Goenaga las han superado con creces.

La película relata la historia de un topo, uno de esos personajes que se escondieron durante la Guerra Civil para no ser fusilados y que durante los más de 30 años que pasaron de dictadura hasta que se firma en el 69 el decreto de amnistía para todos aquellos delitos cometidos antes del final de la Guerra, se mantuvieron encerrados en escondites completamente inhumanos por miedo a ser asesinados. Pero no es solamente su relato; también el de su mujer, cómo sigue su vida, desesperada, teniendo a su marido encerrado, desprotegida ante una sociedad fascista y machista que raramente la dejará tranquila.

La trinchera infinita tiene un nivel de madurez visual impresionante que narra de forma sutil una historia sobre miedo, sobre miradas furtivas que la cámara sigue y describe con la delicadeza oscuramente mágica que envuelve gran parte de la película. Dura dos horas y media, pero tiene un ritmo fantásticamente elaborado. En ningún momento llega a hacerse pesada, nunca llega a alargarse tanto la narración de una parte del film o de una secuencia como para romper ese perfecto hilo de angustia y tensión que tan bien se prepara y formula desde el primer momento. Frenética en su comienzo y más pausada en su segunda mitad, es siempre agotadora en cuanto al pánico que sentimos cada vez que algo no va bien, porque puede significar ser descubierto, o en otras palabras, la muerte. Que no es banal.

Antonio de la Torre demuestra de nuevo que es uno de los mejores actores en España actualmente, aunque por momentos, Belén Cuesta realiza un trabajo de actuación tan desmesurado que logra comerse con creces a su compañero en pantalla. Dúo de Goya, os lo aseguro.

La trinchera infinita es impactante en muchos niveles, es inteligentemente calmada en su desarrollo aunque, por momentos, tan agitada que va a mantener tus ojos bien abiertos. Y ese es uno de sus puntos fuertes que otras películas de la misma sección no supieron conseguir: que a pesar de su metraje, el público haya permanecido íntegro en sus butacas hasta el final. Y sobretodo, que en sus dos horas y media no pierda nunca de vista su objetivo.

Un aplauso para La trinchera infinita. De momento, la Concha de Oro es suya.



el autor

Soy, entre otras cosas, estudiante, cinéfilo, músico y lector; escribo sobre lo que me gusta y también tengo twitter @maffde

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